sábado, abril 11, 2026

Marta Carrasco: Retratos de Familia

Marta Carrasco abrió un camino con sus ilustraciones con sello autoral. Archivo de Gráfica Chilena Biblioteca Nacional

 


El Mercurio


La pintura fue la primera vocación de Marta Carrasco, la acompañó toda su vida, pero la mantuvo oculta mientras sus ilustraciones se divulgaban en libros infantiles y juveniles. A casi 20 años de su muerte, se dan a conocer estas obras que guardó por décadas, y en las que retrató a su hija, nietos, hermanas… plasmando temas como la maternidad, la vida cotidiana y la familia. Ahora se pueden apreciar en la Sala Pinacoteca del Centro de Extensión UC.

Texto, María Cecilia de Frutos D. Fotografías, José Luis Rissetti Z.

La artista Marta Carrasco Bertrand (1939- 2007) fue de esos talentos que nunca quieren sobresalir más de la cuenta. Sus ilustraciones acompañaron la infancia de muchas generaciones que no supieron quién estaba detrás de los dibujos que aparecían en sus libros escolares, en sus cuentos favoritos, en el inolvidable Papelucho, Los Pecosos o Perico trepa por Chile. Y aunque desde hace una década se ha empezado a dar a conocer el aporte que hizo a la ilustración entre los 60 y 90, era su vocación como pintora la faceta que faltaba descubrir. Y es que la Martita, como todos le decían, siempre pintó, desde que entró a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile en 1959, pero recién ahora estas obras salen a la luz.

Lo hacen por medio de la exposición “La otra orilla de Marta Carrasco. Antología Pictórica”, que se exhibe en la Sala Pinacoteca del Centro de Extensión UC, curada por Rosa María Droguett, Claudio Aguilera y Hugo Palmarola. Una muestra que reúne cerca de 40 cuadros, un par de figuras de arcilla y la serie de dibujos inéditos “Mujeres libres” (perteneciente al Archivo de Gráfica Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile). Fue su hija, Camila Couve, quien puso a disposición este material, que corresponde solo a una selección de lo que encontró guardado en los clósets de su casa, apilados contra la muralla, y que ella nunca quiso ni pensó en mostrar. “Creo que cuando compartes una obra, esta deja de ser tuya, eso que trabajaste de manera tan personal e íntima, sin que nadie supiera... Mi mamá era cero pública, y en contraposición, le tocó divulgar sus ilustraciones porque era su trabajo, tenía que vivir; esto era distinto”, cuenta Camila.

Es entrar en la sala y darse cuenta de que se trata de un verdadero “álbum familiar”. En las telas de pequeño y mediano formato se reconocen niños, mujeres, hombres, todos retratados en situaciones cotidianas, en sus rutinas hogareñas, en momentos tiernos, alegres, tranquilos… como quien toma una foto de un instante sin mayor importancia, pero que logra así reflejar un modo de ver la vida sencillo y a la vez libre. Camila en todas las edades –la única hija que tuvo con Adolfo Couve, quien fue su marido entre 1961 y 1974–, sus nietas y nieto, sus hermanas, su papá, amigos, todos ellos forman parte de estos óleos que evidencian la gran pintora que fue la Martita, su genial manejo del color, la luz y el movimiento. “Ella miraba su entorno, a su familia en el presente, pero también en el pasado, muy desde lo personal”, dice Claudio Aguilera, jefe del Archivo de Gráfica Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile, que custodia 10 mil documentos de la artista, entre dibujos originales, bocetos y manuscritos.

Para Pedro Maino, curador de la Sala Pinacoteca UC –que busca consolidar la colección de la universidad con obras realizadas entre 1830 y 1950– esta exposición reconoce el lugar que merece la Martita dentro del ámbito artístico, habitando una sala por la que han pasado autores como Juan Francisco González y Ana Cortés. En estos cuadros ella plasmó los temas que le importaban: la infancia, la maternidad, la pareja, la adolescencia... en escenas que expresan toda la libertad que ella misma no tuvo por completo, al depender de dos muletas para caminar desde que a los 10 años le dio polio.

Al mismo tiempo, nada la frenó; mientras pintaba y dibujaba, también escribía y llegó a publicar cuatro libros ilustrados: con el primero, El club de los diferentes, ganó en 1984 el premio Apeles Mestres y fue invitada a la Feria del Libro de Bolonia; el último, La otra orilla, salió de manera póstuma. Trabajó con Marcela Paz y Alicia Morel, con distintas editoriales e incluso realizó los personajes de Tata Colores para TVN en 1992. “Ahora quiero que se sepa que mi mamá también era pintora. Pienso que no se puede tener algo tan bonito guardado. Y a lo mejor, no con su permiso, pero como dice Claudio, sí con su venia, que la gente lo disfrute”, agrega Camila.


“El espejo”, óleo sobre tela de 2000. Han registrado más de 100 obras, la exposición solo muestra una parte.

En sus pinturas hablaba sobre la maternidad y la infancia; siempre las guardó y no las quiso mostrar.

Fue una de las ilustradoras de Papelucho , hacia los años 80 y 90. Archivo de Gráfica Chilena Biblioteca Nacional

En este óleo de 2004 se pintó con su papá, Eduardo Carrasco.

A su hija Camila la pintó en todas sus edades. “La ilustración era su registro público; la pintura, su registro privado”.

Aquí retrató a su nieta Isidora, en Canarias, hacia 1987.




martes, enero 13, 2026

Melissa Aldana “La música es un motor que me ayuda a salir de las situaciones complicadas”

 
El Mercurio

Desde Nueva York, la saxofonista chilena habla de un proceso de cambio personal, del estudio como eje de su vida y de un nuevo disco de baladas en español que marca un giro en su carrera, justo antes de su regreso a Chile en febrero. Sobre el éxito que ha alcanzado en el jazz , asegura: “Para mí, siempre lo más importante ha sido tener el tiempo para estudiar y mejorar como músico”.

Por Juan Toro. Fotos: Travis Bailey, cortesía Blue Note Records.

El fin de año en Nueva York es frío. Para la saxofonista chilena Melissa Aldana, eso ya es parte de su vida. Desde 2010 que la ciudad se convirtió en su hogar y desde 2007 que vive en Estados Unidos. Aun así, extraña el calor veraniego de Chile.

—Llevo mucho tiempo aquí. Ya son 18 años —dice en una llamada el último martes del 2025, pocos días después de llegar de Europa, donde tuvo dos conciertos y desde ya se alista para la publicación de su próximo disco “Filin” el 13 de febrero, que viene acompañado de su regreso a Chile para dos conciertos en Viña del Mar el 17 y Santiago el 18 del mismo mes.

En estos años en Estados Unidos, con cinco discos publicados, Aldana se convirtió en una de las figuras más relevantes del jazz contemporáneo. En 2013 fue la primera mujer en ganar el Thelonious Monk International Jazz Saxophone Competition, en 2022 debutó en el prestigioso sello Blue Note Records y al año siguiente fue nombrada por la revista Downbeat como una de las mejores saxofonistas tenor del mundo.

Pero el paso de los años y los logros no han sido en vano:

—He cambiado mucho en estos últimos meses y como que me estoy viendo. Todos los pensamientos o recuerdos de cuando me mudé acá, de dónde estoy ahora, de lo que he logrado, de lo que estoy haciendo con mi vida… todo se pasa súper rápido. Es como verse a una misma y la separación del ego.


—¿Cómo se separa del ego en este momento de su carrera?

—Para mí, siempre lo más importante ha sido tener el tiempo para estudiar y mejorar como músico. Ese es el motor de todo, por eso necesito una carrera: para crear oportunidades y poder tocar y seguir desarrollándome.

***

A pesar de los hitos de su carrera, la música, para Aldana, no aparece como un resultado ni como una meta alcanzable, sino como un proceso continuo:

—Hay una parte del proceso en que imitas a alguien para entender lo que tú eres como individuo, y a través de eso entiendes quién eres y te transformas en ti mismo. Tuve que aprender a desprenderme de algunas cosas, también de la idea de lo que significa ser un buen y un mal saxofonista.

Lo importante, asegura, es la presencialidad:

—Aprender a estar en el momento cuando estoy tocando… cómo puedo estar lo más presente posible para poder contar la historia que estamos creando como músicos.

Cuando eso ocurre, dice, aparece una experiencia difícil de explicar sin que suene exagerada:

—Es como un tipo de telepatía entre los músicos, con gente con la que tocas mucho tiempo y que son muy buenos músicos, esa comunicación es mucho más profunda. Pero para lograr esa profundización como músico, tuve que hacerlo como persona y aprender a dejar ir cosas, tuve que parar de identificarme con mi historia y verlo como algo separado.


—¿Cómo puede separarse de su historia?

—Hay muchas cosas que pasaron cuando era niña que me marcan ahora como persona y que también me estancan como persona. Tuve que aprender a ver esas cosas dolorosas, verme a mí misma y soltar para ver quién soy realmente sin todo ese bagaje.

Ese proceso se reflejó en la música de manera natural. Es algo que había estado viviendo sobre todo al momento de incorporar nuevas influencias en sus composiciones y su interpretación:

—Yo tengo mucho de Coltrane, de Wayne Shorter, mucho de Sony Rollins, pero al final, todas esas personas son quien soy yo. Antes, cuando terminaba de transcribir a alguien, trataba de huir del proceso, de no escuchar a esa persona nunca más, porque era parte del pasado.


—¿Ya no?

—Me di cuenta de que la suma de todas esas personas es quien soy yo. Igual que en lo personal, creo que había corrido toda mi vida de quien soy, había estado en modo sobrevivencia. Estoy muy agradecida de que tuve la música, la pasión. La música es un motor que me ayuda a salir de las situaciones complicadas en que crecí para llegar donde estoy ahora.


—¿Es una búsqueda de la originalidad?

—Claro, pero al final lo que haces es único porque eres tú. Eso lo hace único.


—¿Y encontró lo suyo?

—No. Pero es parte normal del proceso estar cuestionándose el cómo puedes mejorar, incluso qué es mejorar. Es una parte un poco mística del proceso que tiene que ver con encontrar algo que no sabes qué es realmente. Pero ese es el proceso.

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El día a día de Melissa Aldana está marcado por el estudio. No como preparación puntual para un concierto o una grabación, sino como una forma de habitar el tiempo. Tres o cuatro horas al día. A veces menos, cuando la logística lo impide. Pero siempre algo:

—Estoy constantemente estudiando de una u otra manera. Cuando estoy de gira siempre mantengo una horita o dos, a menos que sea realmente imposible.

Viajar —dice— es una locura: aeropuertos, vuelos largos, traslados que consumen el día entero. En medio de eso, estudiar se vuelve una forma de orden y de conexión con lo esencial.

—Estudiar y mantenerme cercana a lo que importa, que es la conexión con mi instrumento, me ayuda a conectar todo lo que estoy haciendo y a disfrutarlo.


—¿No cuesta hacer esas pausas a medida que el ritmo de vida se acelera por su carrera?

—Trato de pausar o tomar descansos y tener un balance. Estudiar es importante.


—Hace unos años decía estar más enfocada en practicar que componer. ¿Y hoy?

—Sigo en lo mismo. Pero también estoy escribiendo más y tratando de tener el balance, pero lo que en realidad me encanta hacer es tocar. Y escribir es algo que necesito para poder tocar más.

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Hoy la atención de Melissa Aldana va a su próximo trabajo, algo que se sale del sonido que ha experimentado hasta ahora. Un disco de baladas en español que grabó en abril y que saldrá el 13 de febrero. Aldana lo describe como un momento de claridad, pero también como el resultado de un período exigente.

—Se me ocurrió grabar un disco de palabras, porque sentí que estaba lista para decir algo y quería profundizar en mi sonido.

La idea apareció en un momento complejo, marcado por relaciones profesionales desgastantes y una necesidad urgente de romper con ciertas dinámicas:

—Tuve malas relaciones con mánagers… y pensé “quiero hacer algo completamente diferente”.

Convocó a músicos con los que probablemente no volverá a tocar pronto, entre ellos el presidente de Blue Note, Don Was, que produjo el disco; el pianista Gonzalo Rubalcaba, el bajista Peter Washington y la vocalista Cécile McLorin Salvant. Grabaron todos juntos, en una misma sala:

—Grabé con amigos. Estábamos todos juntos, con audífonos, tocando despacito. Grabamos el disco y quedó muy lindo. Es un disco balada, pero realmente balada.

Para la composición, entró de lleno en el sonido cubano de las décadas del 40 y 50, en la mezcla del jazz y el bolero. El trabajo fue meticuloso. Transcribir, imitar, internalizar. Aprender las melodías como si fueran voz, incluso sin palabras.

—Cuando empiezas a poner el sonido más lento, empiezas a encontrar todos los detalles, los melismas, las pequeñas cositas que hacen que la voz de esa persona sea esa persona.


—¿Qué tanto difiere de lo que ha hecho antes?

—Es interesante aprenderse y tocar temas en tu mismo idioma, es diferente a los temas norteamericanos que suelo tocar. Hay una conexión más profunda, entiendo lo que dicen y lo siento. Así que cuando grabé, toqué las melodías, de lo primero que sentí y lo primero que se me vino a la cabeza.

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Nueva York para Melissa Aldana no es solo el lugar donde reside. Es también la escena donde aprendió a hacer una vida. Se define como introvertida, pero capaz de construir relaciones profundas cuando hay una conexión genuina.

—No tengo muchos amigos, pero la gente que es mi amiga es como familia para mí. Y tengo la suerte de que muchos de esos amigos son también músicos o ingenieros con los que puedo trabajar. No soy parte de una comunidad específica, siento que soy parte de muchas comunidades.


—¿Y Nueva York ya se siente como el hogar?

—Absolutamente. Es un lugar difícil para vivir como músico de jazz, sobre todo lo que está pasando en estos tiempos. Pero yo tengo mi departamento, mi comunidad de amigos, hay muchos conciertos. Estoy además en una parte de mi carrera en que voy subiendo y es importante estar acá.


—¿No se vuelve muy competitivo?

—Sí y no. Aunque más sí, depende de la persona. En mi caso, mi mayor competencia la tengo conmigo misma, pienso en cómo puedo ser una mejor versión de mí misma. Si entras en la volada de pensar quién es el mejor e intentar competir con ellos, es diferente. Para mí no se trata de eso.

Aunque extraña Chile, admite que estar en Estados Unidos es lo que mejor funciona hoy profesionalmente:

—No podría vivir en Chile por una cuestión de carrera; si quiero seguir creciendo y mejorando, siento que tengo que quedarme acá.


—¿Y después de tantos años, qué queda de Chile en usted?

—Yo soy chilena y me siento chilena. Echo de menos Chile, el mote con huesillo, el calorcito, mi mamá y mis amigos. Pero hoy mi identidad es mitad chilena y mitad neoyorquina.

Al comparar Chile y Nueva York, para un músico de jazz, dice, las diferencias son gigantes. Pero no es solo por la industria chilena:

—El nivel de Nueva York es incomparable. Uno sabe cuando los músicos son de Nueva York, hay una energía, una fuerza en cómo tocan. Incluso dentro de Estados Unidos, comparando con otros estados, lo que sucede aquí es otro nivel. Eso no quita que en Chile hay muy buenos músicos.

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A pesar de que Melissa Aldana está hoy entre las mejores del jazz, medir el éxito no es lo suyo. Al hablar sobre números, ventas, audiencias o premios, Aldana los ubica en un segundo plano:

—No es mi volada. Obviamente yo sé que todo eso es importante, si quiero tener una carrera y sobrevivir en esta ciudad necesito la plata y que me vaya bien, pero ese no es mi motor. Necesito números para que me vaya bien, para crear oportunidades y tocar… pero eso no es lo que está en mi cabeza.

El éxito, insiste, no llegó como una idea abstracta ni como un objetivo grandilocuente. Llegó como algo mínimo y concreto: estabilidad, calma, tiempo.

—Para mí, el éxito era poder tener un departamento en Nueva York y estar tranquila.

Esa forma de medir las cosas sigue operando hoy. Por eso, cuando piensa en el futuro, no habla de metas cerradas ni de conquistas definitivas. Habla de procesos que no se acaban.

—Tengo metas infinitas… termino algo y estoy pensando en lo próximo. Pero son metas como nuevas cosas que quiero estudiar, siempre me estoy preparando para algo y siempre siento que me falta. Eso siempre ha sido parte de mi felicidad.


—¿Pero no es síndrome del impostor?

—Es algo que tengo, pero creo que es parte de la vida de todos los artistas. Es diferente y tiene que ver con la historia de cada uno.


—¿Aun hoy con lo que ha logrado?

—Con los años va pasando y cambia, con el tiempo tu relación con esa parte tuya es diferente. Pero no desaparece, es solo una relación diferente. Cuando entiendes de dónde viene, entiendes lo que es, es un pensamiento que existe, pero no es lo que soy.


—Y después del síndrome del impostor y de los cambios de estos años, ¿quién es Melissa Aldana?

—Estoy explorando aún. Es una persona que está explorando y que constantemente está tratando de ver una situación desde diferentes puntos para poder crecer y aprender de los errores. Es una persona que está aprendiendo a sentirse segura de sí misma. Pero con tranquilidad, con amor y paciencia, es un proceso eterno.


Travis Bailey, cortesía de Blue Note