sábado, junio 06, 2026

Victoria Oakley, CEO mundial del gremio: La inglesa que vino a defender la industria discográfica del impacto de la IA

Victoria Oakley estudió diplomacia en Inglaterra, trabajó en Google y ahora dirige Ifpi. Cristián Carvallo


 El Mercurio

Cuenta que detrás del streaming , el vinilo es el formato más importante para los jóvenes, ya que les permite una conexión con sus artistas favoritos.

Por Sottovia Jara

Victoria Oakley, presidenta global del gremio que reúne a varios de los sellos discográficos más importantes del mundo, la International Federation of the Phonographic Industry (Ifpi), vino a Chile justo en medio de un debate surgido al alero del proyecto de Reconstrucción Nacional. Se trataba del polémico artículo 8, mediante el cual el Gobierno proponía liberar del pago de derechos de autor, por obras utilizadas para entrenamiento de inteligencia artificial (IA), a los dueños de plataformas. En la Cámara de Diputados no hubo respaldo.

“Estamos en contacto con muchos gobiernos alrededor del mundo y nos hemos dado cuenta de que varios gobiernos han retrocedido en tratar de establecer estas excepciones. Más recientemente en el Reino Unido, y en Australia. Y también aquí en Chile, lo que es una buena noticia”, comenta.

El argumento: “Si queremos tener buena música producida por humanos, producida por IA o producida por una combinación de los dos, necesitas comenzar teniendo buen contenido. Y si no pagamos por eso y no le damos el valor que tiene o que merece, entonces, si eso se devalúa, no va a haber interés en que la gente haga música o que sea artista o que produzca estos contenidos”.

Si bien el mercado local de consumidores de contenidos musicales es pequeño en el país, crece a tasas superiores a la media mundial. El streaming en Chile es preponderante, con casi US$ 85 millones, un 70% del total de ventas. El segundo lugar es el vinilo (crece a tasas cercanas al 40%), afirma Oakley. El fenómeno del vinilo ocurre pese a que sus principales compradores, los millennials, sean de una generación que con suerte nació con el CD, cuando era el formato estrella. La clave de ese comportamiento, indica la diplomática británica de carrera (49, casada en segundas nupcias, con cinco hijos “between us”, señala), es que los vinilos son más un objeto de atesoramiento físico de colección para estos jóvenes, que siguen escuchando preponderantemente sus canciones favoritas a través del streaming.

Sabe muy bien cómo opera la industria, como también Google, donde trabajó durante unos cuatro años, en lo que podría considerarse el “lado oscuro de la fuerza”, asiente, riendo, al ser consultada por este tema.

Su banda preferida son las Spice Girls, dice, porque, a su juicio, es el primer conjunto que no “habla en sus canciones acerca de conseguir un marido”.

sábado, abril 11, 2026

Marta Carrasco: Retratos de Familia

Marta Carrasco abrió un camino con sus ilustraciones con sello autoral. Archivo de Gráfica Chilena Biblioteca Nacional

 


El Mercurio


La pintura fue la primera vocación de Marta Carrasco, la acompañó toda su vida, pero la mantuvo oculta mientras sus ilustraciones se divulgaban en libros infantiles y juveniles. A casi 20 años de su muerte, se dan a conocer estas obras que guardó por décadas, y en las que retrató a su hija, nietos, hermanas… plasmando temas como la maternidad, la vida cotidiana y la familia. Ahora se pueden apreciar en la Sala Pinacoteca del Centro de Extensión UC.

Texto, María Cecilia de Frutos D. Fotografías, José Luis Rissetti Z.

La artista Marta Carrasco Bertrand (1939- 2007) fue de esos talentos que nunca quieren sobresalir más de la cuenta. Sus ilustraciones acompañaron la infancia de muchas generaciones que no supieron quién estaba detrás de los dibujos que aparecían en sus libros escolares, en sus cuentos favoritos, en el inolvidable Papelucho, Los Pecosos o Perico trepa por Chile. Y aunque desde hace una década se ha empezado a dar a conocer el aporte que hizo a la ilustración entre los 60 y 90, era su vocación como pintora la faceta que faltaba descubrir. Y es que la Martita, como todos le decían, siempre pintó, desde que entró a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile en 1959, pero recién ahora estas obras salen a la luz.

Lo hacen por medio de la exposición “La otra orilla de Marta Carrasco. Antología Pictórica”, que se exhibe en la Sala Pinacoteca del Centro de Extensión UC, curada por Rosa María Droguett, Claudio Aguilera y Hugo Palmarola. Una muestra que reúne cerca de 40 cuadros, un par de figuras de arcilla y la serie de dibujos inéditos “Mujeres libres” (perteneciente al Archivo de Gráfica Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile). Fue su hija, Camila Couve, quien puso a disposición este material, que corresponde solo a una selección de lo que encontró guardado en los clósets de su casa, apilados contra la muralla, y que ella nunca quiso ni pensó en mostrar. “Creo que cuando compartes una obra, esta deja de ser tuya, eso que trabajaste de manera tan personal e íntima, sin que nadie supiera... Mi mamá era cero pública, y en contraposición, le tocó divulgar sus ilustraciones porque era su trabajo, tenía que vivir; esto era distinto”, cuenta Camila.

Es entrar en la sala y darse cuenta de que se trata de un verdadero “álbum familiar”. En las telas de pequeño y mediano formato se reconocen niños, mujeres, hombres, todos retratados en situaciones cotidianas, en sus rutinas hogareñas, en momentos tiernos, alegres, tranquilos… como quien toma una foto de un instante sin mayor importancia, pero que logra así reflejar un modo de ver la vida sencillo y a la vez libre. Camila en todas las edades –la única hija que tuvo con Adolfo Couve, quien fue su marido entre 1961 y 1974–, sus nietas y nieto, sus hermanas, su papá, amigos, todos ellos forman parte de estos óleos que evidencian la gran pintora que fue la Martita, su genial manejo del color, la luz y el movimiento. “Ella miraba su entorno, a su familia en el presente, pero también en el pasado, muy desde lo personal”, dice Claudio Aguilera, jefe del Archivo de Gráfica Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile, que custodia 10 mil documentos de la artista, entre dibujos originales, bocetos y manuscritos.

Para Pedro Maino, curador de la Sala Pinacoteca UC –que busca consolidar la colección de la universidad con obras realizadas entre 1830 y 1950– esta exposición reconoce el lugar que merece la Martita dentro del ámbito artístico, habitando una sala por la que han pasado autores como Juan Francisco González y Ana Cortés. En estos cuadros ella plasmó los temas que le importaban: la infancia, la maternidad, la pareja, la adolescencia... en escenas que expresan toda la libertad que ella misma no tuvo por completo, al depender de dos muletas para caminar desde que a los 10 años le dio polio.

Al mismo tiempo, nada la frenó; mientras pintaba y dibujaba, también escribía y llegó a publicar cuatro libros ilustrados: con el primero, El club de los diferentes, ganó en 1984 el premio Apeles Mestres y fue invitada a la Feria del Libro de Bolonia; el último, La otra orilla, salió de manera póstuma. Trabajó con Marcela Paz y Alicia Morel, con distintas editoriales e incluso realizó los personajes de Tata Colores para TVN en 1992. “Ahora quiero que se sepa que mi mamá también era pintora. Pienso que no se puede tener algo tan bonito guardado. Y a lo mejor, no con su permiso, pero como dice Claudio, sí con su venia, que la gente lo disfrute”, agrega Camila.


“El espejo”, óleo sobre tela de 2000. Han registrado más de 100 obras, la exposición solo muestra una parte.

En sus pinturas hablaba sobre la maternidad y la infancia; siempre las guardó y no las quiso mostrar.

Fue una de las ilustradoras de Papelucho , hacia los años 80 y 90. Archivo de Gráfica Chilena Biblioteca Nacional

En este óleo de 2004 se pintó con su papá, Eduardo Carrasco.

A su hija Camila la pintó en todas sus edades. “La ilustración era su registro público; la pintura, su registro privado”.

Aquí retrató a su nieta Isidora, en Canarias, hacia 1987.




martes, enero 13, 2026

Melissa Aldana “La música es un motor que me ayuda a salir de las situaciones complicadas”

 
El Mercurio

Desde Nueva York, la saxofonista chilena habla de un proceso de cambio personal, del estudio como eje de su vida y de un nuevo disco de baladas en español que marca un giro en su carrera, justo antes de su regreso a Chile en febrero. Sobre el éxito que ha alcanzado en el jazz , asegura: “Para mí, siempre lo más importante ha sido tener el tiempo para estudiar y mejorar como músico”.

Por Juan Toro. Fotos: Travis Bailey, cortesía Blue Note Records.

El fin de año en Nueva York es frío. Para la saxofonista chilena Melissa Aldana, eso ya es parte de su vida. Desde 2010 que la ciudad se convirtió en su hogar y desde 2007 que vive en Estados Unidos. Aun así, extraña el calor veraniego de Chile.

—Llevo mucho tiempo aquí. Ya son 18 años —dice en una llamada el último martes del 2025, pocos días después de llegar de Europa, donde tuvo dos conciertos y desde ya se alista para la publicación de su próximo disco “Filin” el 13 de febrero, que viene acompañado de su regreso a Chile para dos conciertos en Viña del Mar el 17 y Santiago el 18 del mismo mes.

En estos años en Estados Unidos, con cinco discos publicados, Aldana se convirtió en una de las figuras más relevantes del jazz contemporáneo. En 2013 fue la primera mujer en ganar el Thelonious Monk International Jazz Saxophone Competition, en 2022 debutó en el prestigioso sello Blue Note Records y al año siguiente fue nombrada por la revista Downbeat como una de las mejores saxofonistas tenor del mundo.

Pero el paso de los años y los logros no han sido en vano:

—He cambiado mucho en estos últimos meses y como que me estoy viendo. Todos los pensamientos o recuerdos de cuando me mudé acá, de dónde estoy ahora, de lo que he logrado, de lo que estoy haciendo con mi vida… todo se pasa súper rápido. Es como verse a una misma y la separación del ego.


—¿Cómo se separa del ego en este momento de su carrera?

—Para mí, siempre lo más importante ha sido tener el tiempo para estudiar y mejorar como músico. Ese es el motor de todo, por eso necesito una carrera: para crear oportunidades y poder tocar y seguir desarrollándome.

***

A pesar de los hitos de su carrera, la música, para Aldana, no aparece como un resultado ni como una meta alcanzable, sino como un proceso continuo:

—Hay una parte del proceso en que imitas a alguien para entender lo que tú eres como individuo, y a través de eso entiendes quién eres y te transformas en ti mismo. Tuve que aprender a desprenderme de algunas cosas, también de la idea de lo que significa ser un buen y un mal saxofonista.

Lo importante, asegura, es la presencialidad:

—Aprender a estar en el momento cuando estoy tocando… cómo puedo estar lo más presente posible para poder contar la historia que estamos creando como músicos.

Cuando eso ocurre, dice, aparece una experiencia difícil de explicar sin que suene exagerada:

—Es como un tipo de telepatía entre los músicos, con gente con la que tocas mucho tiempo y que son muy buenos músicos, esa comunicación es mucho más profunda. Pero para lograr esa profundización como músico, tuve que hacerlo como persona y aprender a dejar ir cosas, tuve que parar de identificarme con mi historia y verlo como algo separado.


—¿Cómo puede separarse de su historia?

—Hay muchas cosas que pasaron cuando era niña que me marcan ahora como persona y que también me estancan como persona. Tuve que aprender a ver esas cosas dolorosas, verme a mí misma y soltar para ver quién soy realmente sin todo ese bagaje.

Ese proceso se reflejó en la música de manera natural. Es algo que había estado viviendo sobre todo al momento de incorporar nuevas influencias en sus composiciones y su interpretación:

—Yo tengo mucho de Coltrane, de Wayne Shorter, mucho de Sony Rollins, pero al final, todas esas personas son quien soy yo. Antes, cuando terminaba de transcribir a alguien, trataba de huir del proceso, de no escuchar a esa persona nunca más, porque era parte del pasado.


—¿Ya no?

—Me di cuenta de que la suma de todas esas personas es quien soy yo. Igual que en lo personal, creo que había corrido toda mi vida de quien soy, había estado en modo sobrevivencia. Estoy muy agradecida de que tuve la música, la pasión. La música es un motor que me ayuda a salir de las situaciones complicadas en que crecí para llegar donde estoy ahora.


—¿Es una búsqueda de la originalidad?

—Claro, pero al final lo que haces es único porque eres tú. Eso lo hace único.


—¿Y encontró lo suyo?

—No. Pero es parte normal del proceso estar cuestionándose el cómo puedes mejorar, incluso qué es mejorar. Es una parte un poco mística del proceso que tiene que ver con encontrar algo que no sabes qué es realmente. Pero ese es el proceso.

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El día a día de Melissa Aldana está marcado por el estudio. No como preparación puntual para un concierto o una grabación, sino como una forma de habitar el tiempo. Tres o cuatro horas al día. A veces menos, cuando la logística lo impide. Pero siempre algo:

—Estoy constantemente estudiando de una u otra manera. Cuando estoy de gira siempre mantengo una horita o dos, a menos que sea realmente imposible.

Viajar —dice— es una locura: aeropuertos, vuelos largos, traslados que consumen el día entero. En medio de eso, estudiar se vuelve una forma de orden y de conexión con lo esencial.

—Estudiar y mantenerme cercana a lo que importa, que es la conexión con mi instrumento, me ayuda a conectar todo lo que estoy haciendo y a disfrutarlo.


—¿No cuesta hacer esas pausas a medida que el ritmo de vida se acelera por su carrera?

—Trato de pausar o tomar descansos y tener un balance. Estudiar es importante.


—Hace unos años decía estar más enfocada en practicar que componer. ¿Y hoy?

—Sigo en lo mismo. Pero también estoy escribiendo más y tratando de tener el balance, pero lo que en realidad me encanta hacer es tocar. Y escribir es algo que necesito para poder tocar más.

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Hoy la atención de Melissa Aldana va a su próximo trabajo, algo que se sale del sonido que ha experimentado hasta ahora. Un disco de baladas en español que grabó en abril y que saldrá el 13 de febrero. Aldana lo describe como un momento de claridad, pero también como el resultado de un período exigente.

—Se me ocurrió grabar un disco de palabras, porque sentí que estaba lista para decir algo y quería profundizar en mi sonido.

La idea apareció en un momento complejo, marcado por relaciones profesionales desgastantes y una necesidad urgente de romper con ciertas dinámicas:

—Tuve malas relaciones con mánagers… y pensé “quiero hacer algo completamente diferente”.

Convocó a músicos con los que probablemente no volverá a tocar pronto, entre ellos el presidente de Blue Note, Don Was, que produjo el disco; el pianista Gonzalo Rubalcaba, el bajista Peter Washington y la vocalista Cécile McLorin Salvant. Grabaron todos juntos, en una misma sala:

—Grabé con amigos. Estábamos todos juntos, con audífonos, tocando despacito. Grabamos el disco y quedó muy lindo. Es un disco balada, pero realmente balada.

Para la composición, entró de lleno en el sonido cubano de las décadas del 40 y 50, en la mezcla del jazz y el bolero. El trabajo fue meticuloso. Transcribir, imitar, internalizar. Aprender las melodías como si fueran voz, incluso sin palabras.

—Cuando empiezas a poner el sonido más lento, empiezas a encontrar todos los detalles, los melismas, las pequeñas cositas que hacen que la voz de esa persona sea esa persona.


—¿Qué tanto difiere de lo que ha hecho antes?

—Es interesante aprenderse y tocar temas en tu mismo idioma, es diferente a los temas norteamericanos que suelo tocar. Hay una conexión más profunda, entiendo lo que dicen y lo siento. Así que cuando grabé, toqué las melodías, de lo primero que sentí y lo primero que se me vino a la cabeza.

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Nueva York para Melissa Aldana no es solo el lugar donde reside. Es también la escena donde aprendió a hacer una vida. Se define como introvertida, pero capaz de construir relaciones profundas cuando hay una conexión genuina.

—No tengo muchos amigos, pero la gente que es mi amiga es como familia para mí. Y tengo la suerte de que muchos de esos amigos son también músicos o ingenieros con los que puedo trabajar. No soy parte de una comunidad específica, siento que soy parte de muchas comunidades.


—¿Y Nueva York ya se siente como el hogar?

—Absolutamente. Es un lugar difícil para vivir como músico de jazz, sobre todo lo que está pasando en estos tiempos. Pero yo tengo mi departamento, mi comunidad de amigos, hay muchos conciertos. Estoy además en una parte de mi carrera en que voy subiendo y es importante estar acá.


—¿No se vuelve muy competitivo?

—Sí y no. Aunque más sí, depende de la persona. En mi caso, mi mayor competencia la tengo conmigo misma, pienso en cómo puedo ser una mejor versión de mí misma. Si entras en la volada de pensar quién es el mejor e intentar competir con ellos, es diferente. Para mí no se trata de eso.

Aunque extraña Chile, admite que estar en Estados Unidos es lo que mejor funciona hoy profesionalmente:

—No podría vivir en Chile por una cuestión de carrera; si quiero seguir creciendo y mejorando, siento que tengo que quedarme acá.


—¿Y después de tantos años, qué queda de Chile en usted?

—Yo soy chilena y me siento chilena. Echo de menos Chile, el mote con huesillo, el calorcito, mi mamá y mis amigos. Pero hoy mi identidad es mitad chilena y mitad neoyorquina.

Al comparar Chile y Nueva York, para un músico de jazz, dice, las diferencias son gigantes. Pero no es solo por la industria chilena:

—El nivel de Nueva York es incomparable. Uno sabe cuando los músicos son de Nueva York, hay una energía, una fuerza en cómo tocan. Incluso dentro de Estados Unidos, comparando con otros estados, lo que sucede aquí es otro nivel. Eso no quita que en Chile hay muy buenos músicos.

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A pesar de que Melissa Aldana está hoy entre las mejores del jazz, medir el éxito no es lo suyo. Al hablar sobre números, ventas, audiencias o premios, Aldana los ubica en un segundo plano:

—No es mi volada. Obviamente yo sé que todo eso es importante, si quiero tener una carrera y sobrevivir en esta ciudad necesito la plata y que me vaya bien, pero ese no es mi motor. Necesito números para que me vaya bien, para crear oportunidades y tocar… pero eso no es lo que está en mi cabeza.

El éxito, insiste, no llegó como una idea abstracta ni como un objetivo grandilocuente. Llegó como algo mínimo y concreto: estabilidad, calma, tiempo.

—Para mí, el éxito era poder tener un departamento en Nueva York y estar tranquila.

Esa forma de medir las cosas sigue operando hoy. Por eso, cuando piensa en el futuro, no habla de metas cerradas ni de conquistas definitivas. Habla de procesos que no se acaban.

—Tengo metas infinitas… termino algo y estoy pensando en lo próximo. Pero son metas como nuevas cosas que quiero estudiar, siempre me estoy preparando para algo y siempre siento que me falta. Eso siempre ha sido parte de mi felicidad.


—¿Pero no es síndrome del impostor?

—Es algo que tengo, pero creo que es parte de la vida de todos los artistas. Es diferente y tiene que ver con la historia de cada uno.


—¿Aun hoy con lo que ha logrado?

—Con los años va pasando y cambia, con el tiempo tu relación con esa parte tuya es diferente. Pero no desaparece, es solo una relación diferente. Cuando entiendes de dónde viene, entiendes lo que es, es un pensamiento que existe, pero no es lo que soy.


—Y después del síndrome del impostor y de los cambios de estos años, ¿quién es Melissa Aldana?

—Estoy explorando aún. Es una persona que está explorando y que constantemente está tratando de ver una situación desde diferentes puntos para poder crecer y aprender de los errores. Es una persona que está aprendiendo a sentirse segura de sí misma. Pero con tranquilidad, con amor y paciencia, es un proceso eterno.


Travis Bailey, cortesía de Blue Note

martes, enero 06, 2026

Denisse Malebrán “He aprendido que como artista no conviene opinar”

 




El Mercurio

El año pasado Saiko realizó una gira por todos los teatros de Arica hasta Punta Arenas y fue galardonado con uno de los premios Presidente de la República a la Música Nacional. Denisse Malebrán, su vocalista, repasa sus polémicas, analiza las políticas en torno a la cultura y dice sobre su carrera musical: “Antes tenías que saber cantar y cantar bien. Hoy alguien que no canta nada perfectamente puede ser la estrella más popular del mundo”.

Por Juan Luis Salinas T. Fotografías: Sergio Alfonso López.

Un sol vertical caía sobre el Patio de los Naranjos en el Palacio de La Moneda. Mediodía del jueves 18 de diciembre. Entre los muros blancos y con el sonido del agua de la fuente, más de un centenar de invitados se ubicaba frente al escenario donde se entregarían los Premios Presidente de la República a la Música Nacional y las Artes Escénicas 2025. Denisse Malebrán esperaba el inicio de la ceremonia. A su lado estaban sus tres hijas, su padre, sus compañeros de Saiko.

Cuando empezó el acto, el Presidente Gabriel Boric nombró a cada uno de los galardonados. Partió por el director de la Orquesta de Cámara de Valdivia, Rodolfo Fischer, que es reconocido en la categoría Música Docta; luego nombró al sonidista José Oplustil por Edición Musical, siguió con Héctor “Titín” Molina por su aporte al folclor y la tradición oral; y finalmente, en la categoría Música Popular, habló de Saiko. Boric los felicitó por la gira que el grupo realizó durante el año por los teatros municipales de Chile. Pero se tomó un momento para referirse a la vocalista de la banda.

“En Denisse uno reconoce ese artista comprometido, que no tiene miedo a decir su opinión, que a veces puede ser filosa, que a veces puede molestarles a algunos, pero al final de eso se tratan las opiniones, y acá no somos nada monedita de oro. Acá no estamos para caerle bien a todo el mundo, estamos para construir, para construir y muchas veces hay que romper huevos”, dijo Boric antes de entregarle el premio a la banda.

Tres horas después de la premiación, cansada, pero alegre, Denisse Malebrán comenta ese momento. La cantante confiesa que le sorprendió cuando hace tres semanas la llamaron del Ministerio de las Culturas para anunciarle que premiarían a Saiko, pero le asombró que Boric se refiriera a ella y a sus opiniones en la ceremonia.

—Me gustó que lo hiciera. En el fondo es como decir; hay una crítica y una persona que te hace cuestionarte. Eso no quiere decir que yo tenga razón, pero creo cuando alguien te dice las cosas desde otro lado, capaz que otras personas, no digo específicamente en caso del Presidente, piensen: “Sí, en realidad podríamos hacerlo de otra forma” o decir: “Aquí hay una visión distinta de lo que nosotros creemos que está bien hecho”.

En diferentes ocasiones y contextos, las opiniones de Malebrán han causado polémica en las RR.SS. Entre las más conocidas ocurrió en septiembre de 2020, cuando habían pasado once meses del 18 de octubre, la cantante criticó la violencia en la Zona Cero. Entonces se dijo que era “semaforista”, por llamar a no destrozarlos. A comienzos de enero de 2023 defendió el legado musical de Benjamín Mackenna, el vocalista de Los Huasos Quincheros que había muerto. Le cuestionaron que se definiera como mujer de izquierda y la acusaron de “avalar a un grupo pinochetista”. Otros reconocieron que separara la obra de la persona. El año pasado, en un pódcast, Malebrán comentó que en la gestión del actual Gobierno “a su parecer” existía una gran desorganización interna y que se había perdido el foco.


—¿Se considera una mujer de opiniones “filosas” como señaló Boric?

—Es cierto, pero juro que nunca me lo propuse. A veces se me olvida que lo que uno dice puede tener alguna repercusión. Aunque no me considero tan importante, sin embargo, sí me lo han hecho notar: he perdido amigos, la aprobación de algunos artistas que consideraba cercanos, porque a nadie ni a los músicos les gusta mucho que alguien opine tan distinto a ellos. Siempre que causaba algún impacto o me funaban o pasaba algo con alguna opinión mía, yo me sentía como súper torpe y que había un castigo por no decir lo que el resto está diciendo. Hoy le puedo dar otro significado. Estoy más vieja, ya dejé de ocupar Twitter (Hoy X) por lo mismo. He sido poco hábil al opinar demasiadas cosas que obviamente no me benefician a mí como artista. Me reconozco como alguien que está muy pendiente de lo social, de lo que ocurre y de lo que leo, pero he aprendido que como artista no conviene opinar. La mayoría no lo hace porque perderían auspicios, pero yo me fui al otro lado.


—¿De los ataques por sus opiniones, cuáles fueron las que más le afectaron?

—Sin duda reconocer a Benjamín Mackenna como un par y que merecía tener honores en su fallecimiento, fue lo que más caló en mi gremio. No se entendió que espero que ellos, independiente de sus opiniones políticas, reciban el mismo respeto. Yo no soy como los que operaban en dictadura que te censuraban y que no te permitían dedicarte a lo que tú hacías por lo que pensabas. Así como yo espero que se valore mi opinión y la de gente de muy izquierda o de centroizquierda, de cualquier tipo de izquierda, también pienso que lo merece alguien de derecha.

Denisse Malebrán luego agregará:

—Asumí que hay muchas personas a las que les molesto. Hasta hice una canción que se llama así. Son personas a las que no les gusta que otras les digan cosas. Creo que la posición de un artista es incomodar, pero no solo al poder, también a quienes son cercanos a lo que uno piensa y que siento que se están equivocando.


—Ha dicho que la sorprendió que Saiko recibiera este premio.

—No lo esperaba. Creo que me sorprendió que quienes eligen este premio se hayan centrado 100% en la música. Uno no está acostumbrado a que no se dejaran llevar por otros factores. Soy una persona de pocos amigos y a veces en esta industria sirve tenerlos en todos los ámbitos: es gente que te va a poner ahí, que sugerirá tu nombre para ciertas cosas. Todos sabemos esto. Además, no me imaginé ser merecedora de reconocimiento y porque después de muchos años de carrera dejé de esperar nomás. Siempre veo cosas buenas en lo que hacen los demás, pero me cuesta mucho ver lo propio. Sin embargo, este año con Saiko que habíamos hecho tantas cosas: la gira por todos los teatros de Chile que se llenaron… Este premio es como al valor de la perseverancia.

A finales de los 90, Chile era un escenario tosco para cualquier mujer con ambiciones en la escena musical alejada de las baladas, pero para las cercanas al rock o al pop los referentes eran pocos, comenta Denisse Malebrán.

—Fue un camino mucho más áspero, más tosco, sobre todo para mí como mujer, porque prácticamente no había bandas con mujeres. A principios de esa década estaba Colombina Parra, con los Ex. También Javiera Parra que lideraba Los Imposibles y estaba la Nicole, pero éramos como una del pop por allá y otra por acá, versus 55 artistas y bandas de puros hombres. Era un entorno donde tenías que validar constantemente que tenías opinión y que no eras solo una cara puesta ahí por un sello.

Denisse Alejandra Malebrán Soto desde niña se interesó en la música. La primera canción que se aprendió fue “la de la mochila azul”, una ranchera que le gustaba a su padre. Mientras cursaba su enseñanza media en el colegio “Sagrado Corazón de San Bernardo” con algunos de sus compañeros formó Turbomente, una banda que alcanzó a publicar un único álbum antes de su disolución.

—Mis compañeros de esa banda me fueron a ver a La Moneda —dice Denisse Malebrán y recuerda que para reunir la plata para grabar ese primer disco ella participó en “¿Cuánto vale el Show?” que entonces animaba Leo Caprile, tenía de jurado a Enrique Lafourcade, Eric Polhamer y a Marcela Osorio.

—Me fue bien. Partí ganando el día, después la semana, el mes, pero no gané la temporada —dice y reflexiona—. Uno de alguna manera se abre camino, pero en esa época era difícil. Hoy ya los cabros que hacen música pueden subirla a una plataforma digital y ponerla en el Spotify. Hay más espacios.

Cuando Malebrán salió de cuarto medio entró a Sociología, y en paralelo a la escuela de canto Projazz. A los veinte años tuvo a su primera hija, pero no abandonó sus intenciones de dedicarse a la música. A comienzos de 1999, trabajaba como vendedora en una tienda de discos en el Jumbo de Bilbao, seguía sus estudios universitarios y se hacía cargo de su hija, la cantante escuchó en un programa de televisión que dos exintegrantes de La Ley, Luciano Rojas y Rodrigo Aboitiz buscaban una vocalista para su nuevo proyecto musical.

Dice que ella asistió a las audiciones solo para conocer cómo trabajaban los profesionales. Improvisó una melodía sobre una pista musical. La selección tomó su tiempo. Se reunieron varias veces, le dijeron que estaba preseleccionada entre otras tres cantantes.

—Cuando me llamaron para decirme que era seleccionada fue como ganar el Loto. Dejé la disquería, la universidad, armé un circo para ser madre y estar en el grupo.

Tenía que grabar un disco, tenía que hacer fotos, videos, entrevistas, empezar a trabajar con ellos. Iba todos los días a más de 12 o 15 horas a grabar un disco que se concluyó entre mayo y septiembre. El disco salió en diciembre de 1999. Me cambió la vida de un día para otro. Me empecé a dedicar a esto, a ser músico profesional.


—¿Cómo recuerda su relación con sus pares de la época?

—Cuando partimos, en esta generación, no había nada. Ni los premios. Existían los Apes, que entregaban los periodistas. Entonces uno se acostumbró a ser un obrero, a estar trabajando, trabajando, y que nadie le diga que es bonito, porque lo que más recibe uno cuando te va bien es chaqueteo, no es un aplauso, digamos. Y cuando no te va bien, indiferencia. Entonces, en el fondo siento que cuando haces un camino largo como ha sido el de Saiko, te acostumbras a habitar ambos espacios. Los que vienen después de nosotros, al revés, están acostumbrados a todo. Al reconocimiento, hay 200 premios nuevos, los que dan aquí, por allá, los de los medios, los de la radio… de alguna manera la generación después de la nuestra llega a un terreno un poquito más simpático.

Denisse Malebrán recuerda que hace unas semanas se juntó con la cantante Nicole, a quien considera su compañera de ruta, y su hija que tiene 13.

—Ella me preguntaba cosas. Mira, le dije, si nosotras no hubiésemos sido buenas en lo que hacemos, jamás nos hubiesen pescado. Hace 30 años, si no eras bueno no podías hacer una carrera. No había nada en tecnología. Tenías que saber cantar y cantar bien. Hoy alguien que no canta nada perfectamente puede ser la estrella más popular del mundo. Y da lo mismo. A la gente no le importa. Por eso, que hoy nos reconozcamos entre nosotras tiene un valor doble.

—¿Siente que se hace justicia a lo que ustedes pavimentaron?

—Me queda la sensación de que los jóvenes, incluso los periodistas, hablan de la nueva generación del pop chileno como si hubiera partido con los artistas que vinieron después del 2000. El problema es que hacia atrás pareciera que no hubiera existido ni Saiko, ni Los Bunkers. Pero partió mucho antes, partió con Aparato Raro, partió con La Ley, partió con Los Prisioneros. Es como que un pedazo de la historia dejó de contarlo.

La cantante medita y luego agrega:

—Las mujeres hoy han tomado el control de la música chilena, pero a nosotras nos tocó abrir ese búnker a patadas. Creo que dejando de lado el fenómeno urbano, hoy las mujeres han sido las más atractivas en la última década musical chilena. No hay una figura que se compare con Mon Laferte. Siento que los hombres, en ese sentido, se quedaron en un sector un poco más parecido a lo que se hacía antes. Pero ellas son las que dan la novedad, las mujeres. La Fran Valenzuela, la Denisse Rosenthal, la Javiera Mena, que tienen un público impresionante.


—¿Qué le exige el público joven que no pedía el fan de los noventa?

—Hoy existe una cosa medio obsesiva de las nuevas generaciones de querer que sus estrellas estén, al menos, opinando igual con ellos. Dicen, por ejemplo: “Rosalía no dijo lo que yo quería, no se atrevió”. Yo me pregunto: “¿Por qué Rosalía va a tener que pensar como tú? ¿Qué es esa obsesión que tienen de que sus artistas tienen que ser como ustedes para poder admirarlos? Antes no existía esa presión. Es cierto que los Bunkers, los Saiko, hicieron la gira de Bachelet, pero nadie nos andaba persiguiendo para que lo hiciéramos.


—Tampoco existían las redes sociales que dan esa sensación de inmediatez.

—Siento que todos los cabros que han salido en los últimos años han conseguido un éxito demasiado rápido. Son cabros que están llenando un Movistar, o sea, nunca tocaron en un pub para hacerse conocer. A mí me parece impresionante. Y admirable en el tiempo. Los Jaivas se demoraron como 50 años en una situación como esta.


—¿Qué opina de la música urbana?

—Aunque al inicio la gente creía que era una moda, ya cautivó una audiencia completa a tal punto que es reconocida por la prensa especializada… Hubo un tiempo en que me preguntaba por qué era tan popular, ahora lo entiendo. Nosotros nos movemos en un espacio tan reducido, pero si cruzas más allá, te das cuenta de que estos cabros quieren tener un referente muy parecido a sí mismos, a sus aspiraciones… Veo el fenómeno parecido a lo que ocurre con los futbolistas. Tiene que ver con lo que representa el éxito de una persona que venía de la misma población y que lo logró con muy pocos recursos.

La premiación de Saiko en La Moneda no aplaca el espíritu crítico de su vocalista. Hace una semana José Antonio Kast fue elegido como nuevo Presidente de Chile, y la actriz está convencida de que esta transición será difícil para el mundo de las artes y la cultura.


—Son muchos los que han cuestionado al Ministerio de Cultura.

—Creo que había muchas esperanzas con que se hubiera hecho más cosas, pero siendo realista creo que era muy difícil que eso ocurriera. Era muy poco tiempo, porque los períodos presidenciales son cortos, para haber hecho todos los cambios que el mundo de la cultura quería. Por eso hubo tanta desazón, gente que se sentía triste, desilusionada. Creo que hay cosas que efectivamente no aportan. Pero no solamente están alojados en los presupuestos del Ministerio de Cultura. Hay cosas que a mi parecer se hicieron como una mala costumbre.


—¿Como qué?

—Hay como fiebre de ferias a la que van muchos artistas, pero mi pegunta es: ¿qué pasa, con qué fueron?, ¿los trabajaron después?, ¿le empezó a ir bien a ese artista que fue a esa feria en España, México, Colombia, donde sea? No veo un trabajo de seguimiento y tiene que haberlo para poder después ver el fruto del Estado que invirtió.


—Saiko ganó este año un fondo para financiar una gira por los teatros de Chile.

—Por primera vez en 30 años de carrera postulé a un fondo que gané para montar la gira de Arica a Punta Arenas, pero antes nunca me lo gané y no me lo tomé como personal. Ahora cuando gané un fondo para ir a regiones, lo agradezco porque el propósito es que la gente de Punta Arenas o Arica pueda ver el mismo show que en Santiago. Montarlo acá sale uno, pero llevarlo allá sale 200 por los pasajes y el equipo. El Estado debe ayudar a que la cultura llegue a todas las comunas y regiones, no solo a los mismos de siempre.


—Muchas figuras del arte nacional que son reconocidas, ahora critican la falta de apoyo en la vejez.

—Es súper triste envejecer en un país como Chile para cualquier persona. Mi padre era policía y trabaja de conserje, de guardia, porque no le alcanza la plata. Todos conocemos a alguien que es viejo y no le da la pensión. Entonces debe ser difícil para ciertos artistas, no haber cachado hasta que estuvieron esta edad que les ocurriría esto. Quizás pensaron que el país les daría un trato distinto, pero a todos los adultos mayores les pasa lo mismo. Yo creo que es indigno. No deberían estar trabajando.


—Pero hay casos de artistas que terminan en la miseria.

—Por ejemplo, a Zalo Reyes, que para mí fue y sigue siendo una las figuras más importantes de la música popular, nunca le dieron este premio a pesar de haber contado con el cariño del pueblo, pero no necesariamente con la aprobación de quienes son los que dicen este es bueno y este no. Me acuerdo que costó un mundo que a la Cecilia le dieran el premio. Y para qué decir con Valentín Trujillo, imagínate la cantidad de años que lo postulábamos para que se ganara el Premio Nacional de Arte, de música. Evidentemente la gente de la academia no se lo quería dar a él porque era popular.

Denisse Malebrán retoma la reflexión sobre la vejez de los artistas:

—Les pasa a los actores, les pasa a los músicos. Somos muy pocos los que podemos vivir de esto, muy pocos los que no necesitamos hacer otro trabajo, muy pocos los que llegamos con ahorro. Uno tiene que tener claro que va a llegar un momento en que no se puede producir como a los 50 años. Yo digo, a los 70 no voy a tener ganas de tocar como ahora. Yo me siento afortunada de poder dedicarme a la música porque tengo un público que me lo permite. Ese es el verdadero sustento que nos permitirá jubilarnos, porque ellos nos seguirán apañando los próximos 20 años. Hoy en La Moneda fue importante, pero mi realidad sigue siendo la de una trabajadora. Siento que no me deben nada.