El Mercurio
Su viudo, Osvaldo Cádiz, en conjunto con la escritora Sonia Montecino, prepara un libro biográfico sobre la llamada "Andariega de Chile".
Por Eduardo Miranda
Osvaldo Cádiz, sentado al comedor en su casa de La Reina, toma un álbum de fotos y comienza a pasar las amarillentas páginas. Aparecen imágenes en blanco y negro de Margot Loyola en su juventud: en una luce una trapelacucha, en otra está junto a académicos en Estados Unidos; o recorriendo el campo chileno, mientras toca guitarra. En la última baila con un pañuelo al viento. "Es que el pañuelo en alto significa muchas cosas. Es parte de nuestra cultura, y para Margot siempre fue un símbolo", dice Cádiz sobre su mujer, quien falleció el 3 de agosto de 2015, a los 96 años.
El próximo 15 de septiembre se cumplirá el centenario del nacimiento de la compositora, recopiladora e investigadora del folclore local; por eso, su viudo, a la cabeza de la Academia Nacional de Cultura Tradicional Margot Loyola Palacios, pretende realizar una serie de homenajes que incluyen libros, discos, seminarios, un monumento y hasta un documental. "Esperamos hacer algo central en la Plaza de la Constitución, con música y con baile. Pero también hay actividades académicas", explica.
Junto a Juan Pablo López, quien oficia como director ejecutivo de la academia, está agendando un listado de actividades. Entre ellas, el Ballet Folclórico Nacional, Bafona, va a realizar una propuesta que verá la luz e itinerará durante 2018 y se inspira en las creaciones y la labor de Loyola.
La academia también está a la espera de la Ley 20.926, que autoriza a levantar un monumento dedicado a la llamada "Andariega de Chile", en Linares, su ciudad natal. "Tenemos una pequeña copia en fibra de vidrio, realizada por un artesano de la zona. Allí, también, un colegio ha cambiado su nombre en homenaje al de la fallecida maestra", comenta López.
Además, hay dos creaciones dedicadas a la biografía de Loyola: un libro escrito por su viudo y la Premio Nacional de Humanidades Sonia Montecino, y un documental a cargo de la realizadora Alejandra Fritis, quien siguió a la investigadora en sus clases y en recorridos por Valparaíso. "Además, hemos colaborado con algunos proyectos teatrales que se presentaron a Fondart y que pretenden realizar obras dedicadas a Margot", agrega Cádiz.
Algunas de las actividades ya se coordinan en conjunto con el Ministerio de las Culturas. "El gran objetivo de esta conmemoración es poner en valor la figura de Margot Loyola y recuperar su patrimonio en torno a su labor como investigadora y difundirlo a la ciudadanía, además de potenciar el trabajo de formación con las nuevas generaciones. También esperamos fortalecer el concurso de Cultura Tradicional que lleva su nombre", dice el ministro Ernesto Ottone.
Hay una cosa más, detalla López: "Estamos haciendo las gestiones para entregarle al Papa, en su visita, el libro 'La cueca: danza de la vida y de la muerte', como un testimonio de nuestra cultura y del legado de Margot".
Este es un blog que tiene como misión recopilar información o noticias sobre música chilena, la Industria musical y la industria cultural de nuestro país aparecida en diversos medios de comunicación. Por lo tanto los textos son propiedad de los medios y de los periodistas que encabezan cada nota.
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miércoles, diciembre 20, 2017
lunes, junio 29, 2015
“Margot no está enferma. Pero es como una velita que se cansó de alumbrar y se está apagando..."
Radio U de Chile
Tiene 96 años y ya no da entrevistas ni participa de actividades pero junto a su marido Osvaldo Cádiz continúa preparando libros y entregando su conocimiento a sus incontables alumnos. De cuecas, tonadas, bailes y amor por los pueblos hablan aquí quienes han conocido de cerca a la más importante de las investigadoras de nuestras tradiciones que continúa con vida.
Por Rodrigo Alarcón
Antes de estudiar Pedagogía en Castellano, antes de ser alumno y luego ayudante de Margot Loyola, antes de codirigir el conjunto Palomar y antes de publicar innumerables libros y artículos junto a su mujer acerca de variadas tradiciones chilenas, Osvaldo Cádiz vivía en San Fernando y estaba obsesionado con el rocanrol. Con el baile, para ser precisos.
“Me fascinaba. En los ‘50 iba a ver las películas de Gene Kelly y Fred Astaire y en mi casa trataba de imitar sus pasos. Luego vino el boom del rock. Empezó a sonar en las radios y nos decían cómo era, pero no lo conocimos hasta que llegó la película Al compás del reloj (Rock around the clock). La estrenaron en el cine Real, que quedaba en Compañía, al llegar a la Plaza de Armas de Santiago”, recuerda ahora.
Osvaldo Cádiz era tan fanático, que consiguió algo de dinero y un lugar donde alojar y tomó un tren a Santiago. Vio la película no una ni dos ni tres veces, sino muchas: “Como estaba metido en la juventud católica, me quedé en una casa de reposo y me aprendí el recorrido de memoria: tenía que llegar a La Moneda, cruzar la Plaza de la Constitución en diagonal, caminar otra cuadra y subir. Me quedé como dos o tres días y, como era rotativo, me iba lo más temprano posible después de almuerzo y me quedaba toda la tarde viéndola. Tenía como 14 años y de tanto ver bailar, aprendí y llegué a San Fernando a enseñarle a mis compañeros”, relata.
Luego, en 1958, cuando se instaló en Santiago para estudiar, Osvaldo Cádiz seguía siendo un joven “colérico”, pero ganó un concurso de baile en una radio y el premio era un curso de cueca, enseñada por Margot Loyola. Aunque han pasado las décadas desde entonces y han viajado, dictado clases y hecho publicaciones juntos, Osvaldo Cádiz corrige cuando se le dice que en el pasado fue alumno de Margot Loyola.
“Sigo siéndolo”, precisa.
Células activas
Osvaldo Cádiz es el más cercano de los innumerables alumnos que ha tenido Margot Loyola Palacios, nacida un 15 de septiembre de 1918 en Linares. Luego de formar el dúo Las Hermanas Loyola junto a su hermana Estela y de sus primeras incursiones en los campos para recopilar canciones tradicionales, en 1949 Margot Loyola se integró a las Escuelas de Temporada que realizaba la Universidad de Chile y comenzó una labor pedagógica que ni siquiera hoy se ha detenido.
También tuvo sus maestros, algunos de los cuales homenajeó cuando recibió el Premio Nacional de Artes, en 1994: Carlos Isamitt, por ejemplo, quien le mostró el mundo mapuche. Blanca Hauser, su maestra de canto. Flora Guerra, quien le enseñó piano. Pablo Garrido, Eugenio Pereira Salas, Cristina Miranda y hasta su amiga Violeta Parra.
A ellos habría que sumar a todas las anónimas personas que le enseñaron cantos, danzas y tradiciones que luego ella se ha encargado de transmitir a sus alumnos: “El sistema de trabajo en terreno que tenemos con Margot es ser una célula activa dentro de la comunidad, pasar a ser uno más de ellos”, explica Osvaldo Cádiz. “Cuando estudiamos el cachimbo, por ejemplo, nos llevó más de cinco años en Pica, Matilla, Tarapacá, Iquique, toda esa zona. Estudiábamos la danza, la mostrábamos y la gente nos decía: está bien, pero algo nos dice que ustedes son del sur tratando de bailar como el norte. Entonces les preguntábamos: ¿es por el pañuelo? ¿Los pasos? No, está todo, nos decían. ¿Entonces qué falta? Hay algo que no dice no más poh, nos respondían. Era eso interno que debe tener todo intérprete, captar el espíritu de esa danza para luego poder entregarla con fidelidad. Así, recién a los cinco años nos dijeron: ahora son como nosotros”.
Una de las principales herramientas de la pareja para enseñar es Palomar, el conjunto que fundaron en 1962 y que busca encarnar ese método de trabajo: “Cada vez que escuches al Palomar, siempre será distinto. Lo mismo pasa con la danza. Nosotros entregamos todas las posibilidades de pasos, de movimientos, y cada vez el alumno tiene que recrear la danza, hacerla propia, internalizarla, no repetirla”, asegura Osvaldo Cádiz.
Hoy, Palomar está a cargo sobre todo de un coordinador general, Richard Faúndez, quien se integró al grupo en 1984, cuando ensayaban en la Recoleta Domínica. Así recuerda el primer encuentro con la maestra: “Yo llevaba muy poco tiempo y cuando mis compañeros supieron que iba Margot, se produjo una cierta tensión que en su momento no entendí. Es que Margot siempre se ha caracterizado por ser directa y si algo no le gustaba, lo decía”, rememora.
La casa de Osvaldo y Margot
A la labor de Palomar hay que sumar una multitud de grabaciones, artículos y extensas investigaciones. Solo entre los más recientes: los libros La tonada: Testimonios para el futuro (2006); La cueca: Danza de la vida y de la muerte (2010); y 50 danzas tradicionales y populares en Chile (2014); el disco Otras voces en mi voz (2010); y un ciclo de 25 programas radiales, Conversando Chile con Margot Loyola y Osvaldo Cádiz.
“Ahora estamos completando cuatro libros, con la ayuda de nuestros alumnos”, añade Osvaldo Cádiz, apuntando a otra arista de su labor: la gran cantidad de personas que llega a su casa en La Reina para aprender.
Una de ellas es la cantautora Natalia Contesse, quien se acercó a Margot Loyola en 2009, luego de un viaje a Bolivia en que tocó música chilena y se dio cuenta que “en realidad no sabía nada”. Así, comenzó a visitar a la pareja, escuchaban música y ella les mostraba sus composiciones, hasta que llegaron a una conclusión: “En el fondo, lo que yo estaba buscando era la tonada”, dice Natalia Contesse.
También llegó a su casa, más de una vez, Daniel Muñoz. En su caso, fue luego de actuar junto a 3 x 7 Veintiuna en el Festival del Huaso de Olmué: “Hicimos un espectáculo de cueca y días después me invitaron a su casa”, recuerda el actor. “Nos agradeció la difusión de la cueca y comenzó una amistad. Cada cierto tiempo nos reuníamos, conversábamos, nos hacían comentarios y nos pasaban material”.
Luego, Daniel Muñoz se hizo cargo de la obertura del Festival de Viña del Mar y se basó en la investigación que Margot Loyola había hecho sobre la cueca en Latinoamérica, sobre la cual gira también el espectáculo que hoy presenta junto a su banda, Los Marujos. Con ellos, más tarde, grabó el disco Cueca (2013), que les provocó un reproche: “Hicimos una cueca que pensábamos que era cuyana, pero Osvaldo y la señora Margot nos dijeron que era una tonada simple, así que nos destruyeron un diez por ciento del disco”, recuerda entre risas el cantante. “Tuvimos que volver a buscar hasta encontrar una cueca cuyana como corresponde, que es lo que cantamos ahora en vivo”.
Otro que recibió el llamado de Margot Loyola y Osvaldo Cádiz después de actuar en Olmué fue Daniel Riveros (Gepe), quien también llegó a su casa para cantar y conversar: “Para que me escuchara, tenía que cantarle al lado de su oído y fue súper emocionante, porque me decía ‘qué bonita esa parte’. Estaba muy atenta y ponía todo su esfuerzo para escuchar. Fue inolvidable”, recuerda.
Daniel Riveros dice que le llamaba la atención “que una persona aparentemente tan ortodoxa como Osvaldo Cádiz pudiera apreciar o interesarse por algo tan poco ortodoxo como lo que hago. Ya era genial que no lo encuentre una falta de respeto. En general, el mundo más ortodoxo no me tiene tanta buena y me parece natural, casi obvio, entonces es divertido que una autoridad del folclor tuviera esas ganas de conocerme”.
Una vela que se apaga
¿Qué fue lo más importante que te enseñó Margot Loyola? Es una pregunta para la que muchos se toman un momento antes de responder. Natalia Contesse, por ejemplo, dice que fueron demasiadas, pero ensaya una respuesta: “Fue la confirmación de la profundidad del folclor, que la vi en la pasión y certeza de ella. También en las experiencias que me cuenta, en sus caminos, en cuando encuentra a la gente. Ella me decía: uno camina para adentro por los campos, se siente el viento y ahí está la tonada, la fuerza, la profundidad, el sentimiento, el llanto de una tonada. Esa es la confirmación de que este lenguaje es muy profundo y muy importante tomarlo, más si uno está en este territorio”, explica.
Daniel Muñoz, en tanto, acude a un recuerdo particular: “La palabra dinámica me quedó grabada de una conversación que tuve con ella. Que el folclor tiene que ver con una dinámica, con algo que está en constante movimiento, como el mar que va transformando una orilla o una roca, la va moldeando o la roca se va acomodando a lo que le propone el mar. Si bien nuestras tradiciones son sólidas, no quiere decir que sean inmutables. Es lo que atesoro mucho de las conversaciones con ella: que estamos en presencia de algo vivo, no algo que está en un museo para ser venerado y adorado”.
Gepe, por su parte, recurre al asombro: “Cuando la conocí ella tenía más de 90 años, apenas escuchaba, pero le ponía mucho entusiasmo. Hablaba como si tuviera 15 ó 20, con el mismo entusiasmo de una persona joven o de una persona que está obsesionada con algo. Era un entusiasmo profundo, esa llama que tiene adentro”.
Osvaldo Cádiz, finalmente, dice que lo primero que aprendió de Margot Loyola es “el profundo amor y respeto por los pueblos y el dolor por las injusticias que sufren”. Luego, recuerda cuando hacían clases juntos: “A los alumnos les decíamos que no íbamos a enseñarles que esta es la verdad absoluta. Venimos a mostrar puertas y ventanas, ustedes sabrán por qué ventanas miran y por qué puertas salen y qué camino toman, pero lo que hagan, que esté cimentado en un profundo estudio y cariño por el hombre que es portador de estas manifestaciones. Eso les decíamos y es otra gran enseñanza que me deja Margot: aprender a ver, a respetar y a querer. Más que la danza, lo que importa es su portador; más que la canción, importa quién la canta, cómo la canta y por qué la canta”.
El próximo 15 de septiembre, Margot Loyola cumplirá 97 años. Continúa recibiendo personas en su casa, pero ya no da entrevistas ni tampoco hace apariciones públicas. En mayo pasado, incluso, un comunicado salió al paso de un supuesto deterioro de su estado salud.
¿Cómo está ella ahora?
Osvaldo Cádiz, su marido, su compañero de investigaciones, su alumno, lo responde: “Margot no está enferma. Le hemos hecho exámenes y está todo muy bien, pero es como una velita que se cansó de alumbrar y se está apagando. Como decimos en el campo, tiene 96, pero anda en los 97. Ella decidirá el momento en que diga “me voy de Chile y me despido de toda la gente que me quiere y pregunta por mí’. Está muy tranquila, eso es lo principal”.
martes, mayo 19, 2015
Margot Loyola: Una vida marcando a generaciones de músicos chilenos
El Mercurio
En medio de versiones de que su salud atraviesa un mal momento, Osvaldo Cádiz, esposo de la folclorista de 96 años, despeja las dudas, recuerda momentos claves de su vida y reflexiona sobre el legado que deja para la cultura nacional.
Javier Contreras
"Mire, comadre, uno tiene que decidir el momento en que se muere, en que se va", le dijo Violeta Parra a Margot Loyola, entonces amigas inseparables, meses antes de que la autora de "Volver a los 17" se quitara la vida. Pero Loyola discrepó: "Yo no, porque yo no me quiero morir". De ese diálogo han transcurrido más de cinco décadas, y la compositora y folclorista Premio Nacional de Artes Musicales todavía se aferra a ese deseo. A los 96 años -nació en Linares un 15 de septiembre de 1918-, Margot Loyola sigue eligiendo vivir.
"Últimamente ha recibido visitas de un italiano", dice su esposo Osvaldo Cádiz (73), mientras ella descansa en su habitación. "De franco deterioro", puntualiza el hombre y luego suelta una carcajada. Echa mano a la picardía para restarle dramatismo a las versiones de que en las últimas semanas su salud ha empeorado, al borde de encender las alarmas de una inminente desgracia.
"Naturalmente que a estas alturas está con los achaques propios de los años. Se cuida mucho de los fríos. La levantamos poco porque nos han dicho que tenemos que evitar los cambios bruscos de temperatura. Para no tener problemas, tiene que estar tomando remedios todos los días", explica Cádiz, su compañero desde principios de los 60 -se conocieron cuando él tenía 15 y ella 39-y marido
desde 1990.
Pese a los cuidados, Margot se las arregla para mantenerse activa. "Ella sigue recibiendo alumnos, sigue corrigiéndoles, sigue dictándole letras, sigue enseñándoles rasgueos de guitarra, y a pesar de lo poco que se levanta, también les enseña movimientos de pañuelos y movimientos de brazos", explica.
Gepe, Juga di Prima, Natalia Contesse, Daniel Muñoz y los integrantes de El Parcito se cuentan entre quienes han visitado a la maestra para aprender de ella técnicas compositivas y de interpretación, así como para interiorizarse de los géneros del folclore nacional y de sus manifestaciones en las distintas regiones del país. Cádiz recuerda en particular una conversación que Loyola tuvo con Lulo, miembro del grupo hip-hop Legua York a quien le tiene un gran cariño. "'Nosotros también en la tradición tenemos rap', le discutía Margot. 'De dónde', le dijo el joven. Y ella empezó a tocar la guitarra y se puso a 'rapear' un canto recitativo: 'huifa, rendija, la mama, la hija, Rancagua, Pisagua, le lloran la guagua. Y Lulo dijo: '¡de veras!'"
Como la principal folclorista del país y reconocida investigadora -el método que utiliza para sus estudios de los cantos de tradición oral es referido en las universidades estadounidenses como el de "la chilena"- ha sido inspiración constante para los artistas nacionales. "Y transversal", enfatiza su esposo y mano derecha en labor académica. "Desde Los Huasos Quincheros hasta Víctor Jara, todos han admirado su trabajo", agrega.
Cádiz recuerda su relación con Jara: "Cuando Víctor iba a trabajar en terreno, llegaba después con temas que estaba estudiando. Y partía donde Margot para hacérselos escuchar. Y Víctor le decía: 'esto qué cosa es', 'cómo lo podemos clasificar'. Tenían una relación muy linda desde que en 1961 hicieron una gira juntos cuando él estaba en Cuncumén". Con Los Huasos Quincheros, a quienes Loyola ha prestado varias de sus canciones, había un respeto mutuo, en particular por Benjamín Mackenna. "Después del golpe militar, estuvo muy preocupada de los amigos folcloristas y profesores que estaban detenidos, y ayudó a sacar a algunas personas de Chile. El puente fue Benjamín Mackenna, que estaba a cargo de la cultura", revela.
Pero de todos los artistas a los que guió, fue Violeta Parra quien le cambió la vida. "Tuve la gran suerte de verlas a las dos juntas; conversar, cantar, intercambiarse los temas que estaban componiendo, eras dos volcanes", rememora Cádiz. Y continúa: "Ella conoció a la Violeta actuando en una fonda en la Quinta Normal. Se acerca y la felicita porque había cantado dos temas propios. Margot le pregunta si los tiene inscritos y le dice que no. Llegan a la casa de Margot, y Margot le transcribe y le inscribe estos temas. Al poco tiempo le pide que sea la madrina de Rosita Clara, con Nicanor como padrino".
"Ella le cantaba y dictaba sus canciones, y Margot anotaba y transcribía. Violeta no sabía partituras. Cuando se encuentran, Margot la invita a escribir las partituras en sus temas y luego la lleva a las diferentes radios, y la promociona, entendiendo que Violeta era una figura extraordinaria", explica Juan Pablo López, director ejecutivo de la Academia Nacional de Cultura Tradicional, organización que administra el legado formativo de la folclorista (su contraparte musical recae en el grupo Palomar).
Un legado que bien vale recordar hoy, cuando Margot Loyola insiste en su determinación de abrazar la vida. De abrazar un país. Porque pocas nombres resumen mejor en su biografía la identidad de Chile. "Cuando le han preguntado donde le hubiera gustado haber nacido, la maestra ha dicho siempre, con toda fuerza: 'en mi país, no podría haber nacido en otro país'".
Amiga de la Presidenta
Loyola ha cultivado una estrecha amistad con Michelle Bachelet. Hasta hoy la Mandataria usa un anillo con forma de kultrun que le regaló la folclorista y que sirve para "alejar las malas vibraciones y atraer lo positivo".
sábado, agosto 31, 2013
Margot Loyola a los 95 años: "Me siento con la vitalidad de una negra"
El Mercurio
Este 14 de septiembre, el conjunto de cantos y danzas Palomar, creado por la investigadora en 1962, estrenará en el Cine Arte Normandie la obra "Me niegan, pero existo", donde da cuenta de la influencia afrodescendiente en la cultura popular chilena.
IÑIGO DÍAZ
La llamaban La Monona, había llegado desde Lima hacia 1820 y regentaba una chingana cerca de la Casa de Moneda. Su baile de la sajuriana habría sido tan lascivo que fue excomulgada. "La Monona era negra y tenía movimientos de cadera lujuriosos. Al girar, mostraba más arriba de la rodilla. Un hacendado de San Felipe se enamoró de ella, se casó y se la llevó de Santiago. Más tarde, la mató por celos", cuenta el folclorista Osvaldo Cádiz.
"La mató, pero su danzar quedó, y siguió entre las mulatas chilenas. Fueron las mujeres negras las que mantuvieron viva la sajuriana", dice Margot Loyola, compañera de Cádiz a lo largo de múltiples viajes por Chile en busca de tradiciones históricas e identidad popular. "Hemos descubierto, además, que Las Petorquinas del siglo XIX, las famosas cantoras que venían de Petorca, eran mulatas", agrega la maestra de la recopilación y la proyección folclórica que este 15 de septiembre cumplirá 95 años.
Un día antes, Margot Loyola estará sentada en la primera fila del Cine Arte Normandie para ver el estreno de la obra "Me niegan, pero existo" (financiada por el Fondart), que considera a 60 artistas del conjunto Palomar, dirigido por Cádiz. Con un programa de siete partes, el elenco creado por Loyola en 1962 presentará un recorrido escénico a través de cantos, danzas y vestuarios donde se manifiesta la presencia afrodescendiente en diversas fiestas, carnavales y bailes vigentes por todo Chile.
Margot Loyola hizo estos descubrimientos en sus viajes al Norte Grande en 1950 y luego a localidades del Norte Chico, Colchagua y el Maule. Y si bien sus resultados no son académicos ni científicos, sino artísticos, son tan evidentes como los que obtuvo el reciente proyecto "Candela" (Consorcio para el Análisis de la Diversidad y Evolución de Latinoamérica), impulsado por el University College de Londres, que investigó la genética de 1.700 personas provenientes de las 15 regiones: un chileno posee en promedio 4% de genes africanos.
"Muchas veces nos dicen 'cómo es que ustedes hablan de los negros chilenos, ¿dónde están?' Yo les contesto, 'sal a la calle a observar'. Nuestros afrodescendientes se han mezclado desde la Conquista y la Colonia, por lo tanto uno puede descubrir rasgos en distinta magnitud en la gente", dice Cádiz.
"El negro ha sido negado y discriminado, y todavía tratado en forma peyorativa. Hemos encontrado dichos como 'negro marcado', porque sus dueños los marcaban, o 'negro romaneado', porque los pesaban en las romanas y los vendían por kilos", dice Loyola. "Ellos fueron muy influyentes en la forma en que se bailó el cachimbo. Es un vocablo que significa 'negro que baila con arrogancia', pero las mujeres aristócratas del norte lo cambiaron a 'persona alta que baila con arrogancia'... ¡no pues, señora!", reclama Loyola.
Entre estas múltiples fiestas, el conjunto Palomar tiene escenificados cuadros como el Tumbe Carnaval, en homenaje a las comunidades ariqueñas Oro Negro y Lumbanga, defensoras de la afrodescendencia; la danza Pisa Pisa, los Morenos de Cavancha, los Zambos Caporales de Calama, el Baile del Negro de San Pedro de Atacama, la Pascua de Negros de Roma, en Colchagua, y las Calaveras de Cauquenes. La investigación se convertirá en un nuevo libro de la nonagenaria Margot Loyola.
-¿Cómo se siente a los 95 años?
"Con la vitalidad de una negra, nomás. Yo sospechaba que en mi familia tenía que haber un negro. Y la hubo: un Loyola se casó con una negra del pueblo de Putú, al otro lado del Maule, frente a Constitución. Eso lo explica todo".
Este 14 de septiembre, el conjunto de cantos y danzas Palomar, creado por la investigadora en 1962, estrenará en el Cine Arte Normandie la obra "Me niegan, pero existo", donde da cuenta de la influencia afrodescendiente en la cultura popular chilena.
IÑIGO DÍAZ
La llamaban La Monona, había llegado desde Lima hacia 1820 y regentaba una chingana cerca de la Casa de Moneda. Su baile de la sajuriana habría sido tan lascivo que fue excomulgada. "La Monona era negra y tenía movimientos de cadera lujuriosos. Al girar, mostraba más arriba de la rodilla. Un hacendado de San Felipe se enamoró de ella, se casó y se la llevó de Santiago. Más tarde, la mató por celos", cuenta el folclorista Osvaldo Cádiz.
"La mató, pero su danzar quedó, y siguió entre las mulatas chilenas. Fueron las mujeres negras las que mantuvieron viva la sajuriana", dice Margot Loyola, compañera de Cádiz a lo largo de múltiples viajes por Chile en busca de tradiciones históricas e identidad popular. "Hemos descubierto, además, que Las Petorquinas del siglo XIX, las famosas cantoras que venían de Petorca, eran mulatas", agrega la maestra de la recopilación y la proyección folclórica que este 15 de septiembre cumplirá 95 años.
Un día antes, Margot Loyola estará sentada en la primera fila del Cine Arte Normandie para ver el estreno de la obra "Me niegan, pero existo" (financiada por el Fondart), que considera a 60 artistas del conjunto Palomar, dirigido por Cádiz. Con un programa de siete partes, el elenco creado por Loyola en 1962 presentará un recorrido escénico a través de cantos, danzas y vestuarios donde se manifiesta la presencia afrodescendiente en diversas fiestas, carnavales y bailes vigentes por todo Chile.
Margot Loyola hizo estos descubrimientos en sus viajes al Norte Grande en 1950 y luego a localidades del Norte Chico, Colchagua y el Maule. Y si bien sus resultados no son académicos ni científicos, sino artísticos, son tan evidentes como los que obtuvo el reciente proyecto "Candela" (Consorcio para el Análisis de la Diversidad y Evolución de Latinoamérica), impulsado por el University College de Londres, que investigó la genética de 1.700 personas provenientes de las 15 regiones: un chileno posee en promedio 4% de genes africanos.
"Muchas veces nos dicen 'cómo es que ustedes hablan de los negros chilenos, ¿dónde están?' Yo les contesto, 'sal a la calle a observar'. Nuestros afrodescendientes se han mezclado desde la Conquista y la Colonia, por lo tanto uno puede descubrir rasgos en distinta magnitud en la gente", dice Cádiz.
"El negro ha sido negado y discriminado, y todavía tratado en forma peyorativa. Hemos encontrado dichos como 'negro marcado', porque sus dueños los marcaban, o 'negro romaneado', porque los pesaban en las romanas y los vendían por kilos", dice Loyola. "Ellos fueron muy influyentes en la forma en que se bailó el cachimbo. Es un vocablo que significa 'negro que baila con arrogancia', pero las mujeres aristócratas del norte lo cambiaron a 'persona alta que baila con arrogancia'... ¡no pues, señora!", reclama Loyola.
Entre estas múltiples fiestas, el conjunto Palomar tiene escenificados cuadros como el Tumbe Carnaval, en homenaje a las comunidades ariqueñas Oro Negro y Lumbanga, defensoras de la afrodescendencia; la danza Pisa Pisa, los Morenos de Cavancha, los Zambos Caporales de Calama, el Baile del Negro de San Pedro de Atacama, la Pascua de Negros de Roma, en Colchagua, y las Calaveras de Cauquenes. La investigación se convertirá en un nuevo libro de la nonagenaria Margot Loyola.
-¿Cómo se siente a los 95 años?
"Con la vitalidad de una negra, nomás. Yo sospechaba que en mi familia tenía que haber un negro. Y la hubo: un Loyola se casó con una negra del pueblo de Putú, al otro lado del Maule, frente a Constitución. Eso lo explica todo".
domingo, julio 03, 2011
Nuevo aporte de Margot Loyola:"La cueca está viva, pero no son buenos tiempos para ella"
En "La cueca, danza de la vida y de la muerte" , la maestra despliega las experiencias que ha acumulado en sus casi 93 años de vida en torno a un baile que todavía no sabe cómo aprendió.
IÑIGO DÍAZ
"Según la persona que está al frente es cómo yo voy a bailar. Si el hombre se defiende, yo soy agresiva. Si es un muchachito del campo que no mira porque tiene vergüenza, yo bailo su cueca. Puedo bailar muchas cuecas distintas. A mi marido le tiro el pañuelo al suelo: ¡tooooma!", advierte Margot Loyola, la más importante investigadora y proyectora folclórica, próxima a cumplir 93 años de edad.
Bien lo sabe Osvaldo Cádiz, académico y director del conjunto de proyección Palomar, pareja de Margot Loyola en el baile y en la vida. Por más de 50 años han recorrido Chile juntos, registrando costumbres y folclores en la geografía de norte a sur. Esa experiencia se ha traspasado a una serie de libros que hoy tiene su último volumen temático: "La cueca, danza de la vida y de la muerte" (Ediciones Universitarias de Valparaíso).
"La cueca va a cumplir 200 años, según los estudios del argentino Carlos Vega", dice Margot Loyola. "Su origen está en el norte de Perú. Se llamaba zamba clueca. El zambo es la mezcla de negro con indio, y clueca es la gallina agresiva cuando va a empollar. A lo mejor la mujer era tan agresiva que alguien dijo 'esta es una zamba clueca'", explica Cádiz.
El nombre del baile siguió evolucionando. De zamba clueca pasó a zamba culeca, luego a zamba cuca y finalmente zamacueca. "Así fue como llegó a Chile, hacia 1850. Aquí se cantaron zamacuecas de origen peruano y después se empezaron a escribir zamacuecas chilenas, hasta que el nombre quedó en cueca. Se le llama 'la chilena' o 'la chilenita'", cuenta el folclorista.
El libro tardó cuatro años en escribirse. Tiene 300 páginas y está dividido en tres capítulos, presentados como "pies de cueca". El primero recoge reflexiones, testimonios de la recopilación en terreno y bitácoras de viaje; el segundo aborda los elementos específicos del baile, la música y el canto; y el tercero detalla las transcripciones de 109 cuecas que la investigadora ha conocido desde 1941, cuando actuaba con Estela Loyola en el dúo Las Hermanas Loyola.
Tiene además un apartado que se titula "estribo", vale decir "la cueca de los picados", la que se baila cuando el huaso está a punto de poner el pie en el estribo para retirarse de la fiesta. Incluye un documental en DVD y cuatro discos con 147 registros fonográficos históricos de cuecas cantadas por cultores, intérpretes, el conjunto Palomar y la propia Margot Loyola.
"Esta es una danza que está viva y muestra la gran diversidad expresiva a lo largo del país", dice Cádiz. "De Arica a Magallanes" es una expresión que se queda corta: un mapa en la última página del libro señala la existencia de la cueca entre Putre y Porvenir, en Tierra del Fuego. "Como está viva va sufriendo transformaciones. Hay tantas cuecas como chilenos. Lo que no pensábamos que iba a ocurrir años atrás, está ocurriendo ahora con la inclusión de instrumentos electrónicos", explica Cádiz.
Margot Loyola agrega: "Pero es una época difícil para la cueca. Es la época del desconcierto, de la soledad. Todo eso se va transmitiendo a través de la danza. Las familias se terminan muy luego, antes permanecían mucho tiempo. Yo noto eso a través del país. La cueca ahora se apura, antes era más lenta. La era de la carreta quedó atrás. Es la cueca que le tocó vivir en este siglo. El futuro es difícil: demasiada máquina y poca alma".
Chiloé: la cueca es libre
En sus recorridos, los folcloristas han hecho en Chiloé notables hallazgos. En el archipiélago es donde mejor se conserva la tradición, tal vez por su carácter insular, pero también descubrieron allí importantes variaciones de la cueca predominante de 48 compases.
En 1961 Margot Loyola viajó por primera vez a Chiloé. "Encontré cuecas de 52 y 56 compases. Las cuecas comunes tienen una copla, cuarteta o redondilla, luego la seguidilla y el remate. Allí había cuecas sin coplas y sólo con seguidillas, cuecas largas. Bailé con un chilote en una fiesta: me di ocho vueltas (en la cueca común se dan tres). Le dije 'señor, esta cueca es muy larga, me di ocho vueltas'. 'Así es por aquí, señora. Nosotros le vamos agregando estribillos y por cuatro estribillitos, cuatro líneas que le agregamos, usted se tiene que dar una vuelta más', me contestó. Y eso es como uno quiere y cuando uno quiere. Nunca es igual. En Chiloé, la cueca amerita un estudio específico".
La carga erótica del pañuelo
Se lo ha visto en las manos de las formas y los movimientos más diversos. No hay una sola posición para sostenerlo. "El pañuelo no tiene un lenguaje. Cada uno lo maneja como le dicta el corazón", dice Margot Loyola. "Sirve para comunicarse con la pareja. Es la continuación de la mano. No puedes tocar a la dama con la mano, pero sí con el pañuelo", agrega Cádiz.
"Con el pañuelo le puedes decir a la mujer lo que estás sintiendo. En Valparaíso hemos visto hombres con el pañuelo en el pantalón apuntando hacia adelante. Está clarísimo lo que quiere decir, ¿no?", explica Cádiz. "Como corresponde no más", completa Margot.
Una de las parejas de baile que la folclorista más recuerda es el cuequero Hernán Núñez Oyarce, pionero de la cueca brava. "Le tiré el pañuelo al piso, para desafiarlo. ¿Sabes lo que hizo él? Se echó al suelo, lo tomó con la boca, le dio un beso y me lo entregó, 'tome señorita'. Me deshizo. Era un supergalán. Antes de bailar me decía 'muéstreme la rodillita, Margot'. Yo se la mostraba".
miércoles, junio 22, 2011
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