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domingo, abril 07, 2019

Las desconocidas historias de las mujeres que participaron en la Guerra del Pacífico

Nota de Purochilemusical: Si bien esta nota no se alinea completamente al objetivo de este blog, la he incorporado por dos puntos.
1. En ella se mencionan que un par de músicos de época.
2. Es interesante la nota en relación a la perspectiva de la participación femenina dentro de la Guerra del Pacífico.

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Matías Bakit y Josefina Ossandón
Reportajes
El Mercurio

No aparecieron en listados oficiales porque no se les permitía alistarse. Pero en archivos inéditos aparecen chilenas que como soldados, cantineras o enfermeras fueron heroínas y mártires.



"Señor Comandante de Armas: Al ver a mis compatriotas arrimados de un verdadero entusiasmo marcial, hoy que nuestra querida patria nos llama hacia sus filas para combatir a un enemigo extranjero, yo, como ciudadana chilena, no puedo menos que ofrecer mis débiles esfuerzos a favor de nuestra causa, impulsada por el mismo patriotismo. Así, deseo ingresar a las filas de la Guardia Nacional en la clase de cantinera. La pólvora y las balas no me asustan y bien podré cuidar a los heridos en medio del estruendo del combate. No quiero quedar desairada en mi justa petición, porque lo mismo puede servir a la patria una mujer que un hombre cuando no falta corazón y se tiene un sacrosanto amor a la patria".

La chilena Josefina Carvallo firmaba esas palabras en una carta a "El Mercurio" de Valparaíso, el 18 de marzo de 1879. Faltaba poco para que comenzara la Guerra del Pacífico.

Hoy, a 140 años del conflicto bélico, según los registros del Ejército, no hay certeza de la cantidad de mujeres que protagonizaron la Guerra del Pacífico, porque en un principio no se les quería permitir alistarse. Muchas lo hicieron de todas formas, ilegalmente, acompañando a sus maridos o padres. Nunca fueron registradas en las listas de los regimientos.

Finalmente, para algunas hubo permisos oficiales para acompañar a los destacamentos en labores domésticas, sanitarias y hospitalarias, lo que no fue obstáculo para que varias se destacaran por sus acciones de guerra.

"La mujer chilena estuvo presente en todo el conflicto. Alcanzó, al igual que los hombres, grados militares y medallas, ganadas a fuerza de heroísmo y sacrificio", explica el exprefecto de la PDI Gilberto Loch, quien como director ejecutivo del Centro de Estudios Históricos Forenses encabeza una investigación llamada "Las heroínas olvidadas de la guerra".

La prohibición

La historia de las mujeres en la Guerra del Pacífico comenzó con una prohibición. Un no rotundo, del cual hay registro: "El buen servicio público exige que al emprender su marcha los contingentes de tropas de las provincias o departamentos de la república, con destino al ejército expedicionario del norte, no sean acompañados por mujeres, porque además, del mayor gasto que originan, entorpecen el movimiento de la tropa y la rápida ejecución de las órdenes superiores", escribía, el 14 de junio de 1879, el ministro de Guerra, General Basilio Urrutia, en una comunicación oficial al gobierno de la época.

Su deseo sería confirmado el 5 de agosto. "No conviene, en punto de vista general, la presencia de las mujeres en los ejércitos en campaña, por las perturbaciones que ocasionan entre los soldados y embarazo en las marchas del ejército. (...) La presencia de las mujeres en nuestro ejército del norte, además de ser un embarazo, debe constituir una disminución efectiva de la alimentación y del agua de los soldados que, naturalmente, tendrán que compartir con ellas las raciones recibidas, a no ser que la comisaría consultara estas raciones, lo que aumentaría los gastos", se publicó en el Diario Oficial.

En otro párrafo, se detallaba la única excepción: "Solo para ayuda de los enfermeros y los preparadores del rancho, podrán permitirse en cada regimiento dos mujeres de moralidad reconocida, para que marchen con el ejército, y cuyas raciones de agua y alimento deberán ser consultadas por la comisaría respectiva".

Sin embargo, poco a poco se fueron ganando un lugar, siendo aceptadas por los oficiales de mayor rango como ayudantes, enfermeras y cocineras, según relata Soledad González, coordinadora de Historia del Museo Histórico Militar.

Muchas de sus historias se perdieron. Pero otras fueron recogidas por testigos y compañeros de armas.

Soldado por venganza

Una de las más destacadas cantineras de la Guerra del Pacífico fue Irene Morales Infante, nacida en la Chimba (actual Recoleta) y radicada en Valparaíso desde los 13 años. En esa ciudad, Morales se casó y luego enviudó, tras lo cual se mudó a Antofagasta, en ese tiempo Bolivia. Ahí conoció, en 1877, a Santiago Pizarro, un músico chileno. Un año después, enviudaría de nuevo. Los registros del Ejército cuentan que Pizarro tuvo una riña con un soldado boliviano a quien dio muerte. Tras eso, fue fusilado en la pampa.

Cuentan que, en ese mes de septiembre de 1878, la chilena "juró venganza" y se transformó en una de las principales activistas chilenas de Antofagasta. "Irene fue parte de la destrucción de numerosos símbolos bolivianos que había en la ciudad", dice el informe del "Centro de Estudios Históricos Forenses".

Morales se disfrazó de soldado para poder integrarse al 3° de Línea. Así peleó en la batalla de Dolores. Ya como "cantinera", Morales participó en las campañas de Los Ángeles, Arica, Chorrillos y Miraflores, la mayoría de las veces como enfermera y acompañando a los moribundos. Según las crónicas, la apodaron "el ángel de la caridad".

Tras la guerra, volvió a Santiago, siendo su labor reconocida al grado que, hasta hoy, una de las calles aledañas al Parque Forestal lleva su nombre. Falleció de pulmonía, a los 26 años, en una sala común del Hospital San Francisco de Borja, en 1890.

La madrecita del Atacama

La copiapina Filomena Valenzuela Goyenechea tenía 31 años cuando decidió alistarse, como cantinera, en el Batallón Atacama siguiendo a su marido, quien era director de la banda del regimiento.

Según los archivos del Ejército, su primera batalla fue en 1879, en el desembarco en Pisagua, donde fue una de las primeras en pisar la playa junto a las tropas, acompañándolos para darles agua y auxiliar a los heridos.

Más tarde llegaría la acción donde se hizo célebre en el combate de Los Ángeles, en el que el batallón Atacama debió escalar un desfiladero casi vertical. Una de las primeras en llegar a la cima, empuñando un fúsil pese a estar herida de bala, fue Valenzuela. "Su hazaña fue tan aplaudida que el general Baquedano la invistió como subteniente", dice el informe de Loch.

Otra de las anécdotas recopiladas sobre ella es que evitó que las tropas chilenas, en un momento de furia, tomaran represalias contra las casas tacneñas. Haciendo valer su grado, desenvainó su espada y alejó a los soldados.

Fue apodada "la madrecita del Atacama".

La espada legendaria

"¡Viva Chile! Sobre esta espada, que nunca jamás Chile sea vencido". Dice la leyenda que son las palabras que Juana López grabó en la espada que se hizo conocida por empuñar durante la guerra.

Porteña, nacida en 1845, Juana López fue parte del 2° Regimiento movilizado "Valparaíso", mientras su marido y sus tres hijos fueron repartidos en otras unidades. Todos murieron en la guerra. Sin embargo, ella decidió quedarse hasta el final, participando en las acciones bélicas de Antofagasta, Pisagua, San Francisco, Tacna, Chorrillos y Miraflores.

Fue en esta última batalla en la que, dicen las crónicas, entró a Lima, con el ejército chileno, llevando la espada de un oficial enemigo.

En la primera línea

Dolores Rodríguez estaba en Antofagasta cuando comenzó la guerra y su marido, Lorenzo Sánchez, debió alistarse en el 2º de Línea. Según las historias, ella lo acompañó, marchando a pie hasta a Mejillones y luego embarcándose hasta Pisagua.

Fue en Tarapacá, sin embargo, donde se hizo célebre. En esa batalla, perdida por el ejército chileno, Dolores Rodríguez lo vio morir. En ese momento, según las crónicas, ella decidió tomar el fusil y defender las líneas, peleando hasta que ella misma fue herida de bala en una pierna. Pese a esto, fue una de las más resistentes en la marcha de retirada entre Tarapacá y Agua Santa.

En los archivos del Ejército se relata que, cuando los generales la vieron llegar, la nombraron sargento al instante.

Un caso similar fue el de Carmen Vilches quien, según la recopilación de Gilberto Loch, fue una de las primeras en llegar a la cima en el combate de Los Ángeles, donde se batió con los soldados peruanos con un arrojo que le valió un informe de su comandante al general Manuel Baquedano.

"Creo un deber de mi parte hacer presente a UD. que los méritos de la cantinera Carmen Vilches, dando agua y atendiendo a los que caían rendidos, como igualmente peleando en el asalto de la cuesta de Los Ángeles con su rifle e infundiendo ánimo a la tropa con su presencia y singular arrojo, obligan nuestra gratitud", escribió el comandante Juan Martínez.

Las mártires

Así como no se sabe con certeza cuántas chilenas pelearon en la Guerra del Pacífico, tampoco se sabe cuántas lograron regresar. Varias murieron en los campos de batalla del norte.

Fue el caso de Leonor Solar, Rosa Ramírez y Susana Montenegro, quienes fallecieron en la batalla de Tarapacá, junto a otros 513 chilenos.

Las tres eran cantineras del 2º de Línea, enfermeras de la tropa y ayudantes del comandante del regimiento, Eleuterio Ramírez. Según los partes de guerra, cuando Ramírez fue herido y se parapetó en una casa del poblado, las tres mujeres se negaron a alejarse de su lado, defendiéndolo incluso horas después de su muerte.

Sobrevivientes de la batalla cuentan que Solar, Ramírez y Montenegro se defendieron con cuchillos, hasta que los enemigos les dieron muerte.

Vuelta a la realidad

"Soy la cantinera del regimiento segundo de línea, María Quiteria Ramírez. En octubre de 1879 embarqué para Antofagasta y el 14 del mismo mes, después de una entrevista con el valiente comandante, don Eleuterio Ramírez, fui aceptada y me incorporé como primera cantinera. Poco después pasamos a la toma de Pisagua. En este lugar el comandante Ramírez me expresó que tan luego como se pasase revista se determinaría el sueldo que me correspondería por la plaza que ocupaba en el Ejército, pero la revista no se llevó a efecto porque marchamos inmediatamente al campo de Dolores. Regresé a Chile el 14 de marzo de 1881. Vengo ahora, sr, en solicitar los sueldos y recompensas en que puedo ser acreedora y suplico a usía que pida informe a los jefes de regimiento, Mi coronel Miguel Arrate, mi Mayor, sr don Pedro Nolasco del Canto. Quedaré eternamente agradecida de cuanto se haga por mí, viviendo hoy, en la mayor indigencia".

Esta carta, encontrada en los archivos del Ejército, refleja las penurias que pasaron las mujeres una vez que concluyó el conflicto debido a que nunca se las inscribió en las listas de lo regimientos y, muchas veces, tampoco se les pagó un sueldo. Recién en 1906 se abrió un proceso para pagar las indemnizaciones a los veteranos y veteranas que correspondiera. Entre los papeles, hay uno que llama la atención: uno de los reclamos por sus servicios en la guerra es de la cantinera del Regimiento Atacama, María Rojas Jeria. Para esto, el Ejército abrió un sumario, donde se descubrió que María Rojas sí estaba en los registros del batallón, pero inscrita como hombre: era Pedro Rojas Moya.


domingo, abril 22, 2012

Hacia la reconstrucción de la música decimonónica chilena

El Mercurio

Archivo Andrés Bello recupera cuantioso acopio de partituras.Zamacuecas, cuplés, valses, tangos e himnos políticos abundan entre 700 piezas que están siendo restauradas y digitalizadas en este centro. "Se refuta la idea de que en el siglo XIX no había compositores", dicen allí.  

IÑIGO DÍAZ

La historia cuenta que los técnicos de la imprenta, incluido el compositor José Zapiola, se amanecieron en el trabajo de armado de tipografía para que la partitura del "Himno marcial del triunfo de Yungai", conocido después como el "Himno de Yungay", estuviera lista. Al día siguiente se efectuaría una fiesta conmemorativa, convocada por el gobierno de José Joaquín Prieto, para festejar la victoria sobre la Confederación Perú-Boliviana. Y esa noche, junto al piano del salón, se cantó el famoso himno dedicado al ministro de Relaciones Exteriores y Hacienda, Joaquín Tocornal.

Ese original de 1839 se encuentra hoy entre los tesoros musicales del siglo XIX que un grupo de expertos, encabezados por la licenciada en música Fernanda Vera, está rescatando del olvido. Es parte del proyecto "Puesta en valor, catalogación y difusión de la colección de partituras del Archivo Central Andrés Bello AB de la Universidad de Chile".

Así de largo es su título, pero más extenso e intenso es el trabajo "arqueológico" que se está realizando en los laboratorios de calle Arturo Prat 23 con un abundante cuerpo de partituras decimonónicas custodiado por este archivo. Provienen del material reunido durante décadas por los bibliófilos Domingo Edwards Matte, Eugenio Pereira Salas y José Zamudio. Son unas 700 partituras.

"Siempre se ha dicho que durante el siglo XIX no hubo música ni compositores. Esa creencia está siendo refutada ahora", señala Fernanda Vera. "De aquí a un par de años se van a conocer muchas cosas con respecto a este período", asegura. Eso, porque no sólo es el archivo de la U. de Chile el que avanza en la organización del material. También se están catalogando partituras, sacras y profanas, en el Seminario Pontificio Mayor, a cargo del licenciado en música José Contreras, y en la Recoleta Dominica, con el musicólogo Víctor Rondón.

"El mérito de nuestra colección es que recupera la música escrita para el salón señorial. La organología es para piano y canto. Son piezas publicadas por casas editoras litográficas como Inghirami & Brandt, Cadot y Eustaquio Guzmán, siempre con portadas muy diseñadas y casi siempre con dedicatorias grandilocuentes", cuenta Vera. El vals "Mil flores", de Arturo Hügel, dedicado a la distinguida señorita Christine Mougnoud, o la polka militar "Los clarines de Maipú", de Juan Krause, a Erasmo Escala.

Es un aspecto que también sorprende a los investigadores. Entre los ritmos populares de salón, considerados "música para disfrutar" -zamacuecas, refalosas, cuplés, pasodobles, valses, tangos, cuadrillas y habaneras-, aparece gran cantidad de himnos y canciones de proselitismo político: "Himno a los vencedores del Maipo", "El monitor peruano" y "Al mártir de la democracia", dedicada a la madre de José Manuel Balmaceda.

"Se trata de música de larga data, por lo tanto sus derechos de autoría cesaron. Eso nos permitirá distribuir gratuitamente las partituras, que serán digitalizadas y podrán descargarse desde nuestro sitio en internet, con una detallada ficha bibliográfica patrimonial", dice Alejandra Araya, directora del archivo. Fernanda Vera concluye: "Queremos que se vuelva a tocar y a escuchar la música chilena del siglo XIX, que estuvo perdida por tanto tiempo".

 Tesoros desconocidos y grandes descubrimientos
Debido al éxito del "Himno de Yungay" de 1839, muchas casas editoras siguieron publicando la canción. Al menos diez ediciones más están en el archivo universitario. No es la única joya allí. También se encuentran la primera partitura del "Himno patrio de la República de Chile", editado en Londres por solicitud del ministro plenipotenciario Mariano Egaña. "Le encargó a Ramón Carnicer, un compositor español, un himno que se acercara a la marcialidad europea. No eligió a un chileno", cuenta Fernanda Vera.

Los investigadores descubrieron además la primera zamacueca publicada en Chile: "Zamacueca", de Federico Guzmán, hijo del editor litográfico Eustaquio Guzmán, un argentino que se instaló en Chile y formó una gran familia de músicos.

"De hecho, su hija Adelaida compuso muchas piezas, lo que también viene a rebatir la idea de que las mujeres no escribían. Encontramos a muchas mujeres compositoras. Y también niños, como Federico Chessi de Ugarte, que a los doce años escribió canciones como 'La mariposa' y 'La opositora'. Tenían un valor evidente, de lo contrario no hubieran sido publicadas por Inghirami & Brandt", dice.

sábado, diciembre 24, 2011

Navidad en Chile: De jolgorio público a celebración privada

 

El Mercurio

No había cena hogareña, menos juguetes. El epicentro de las celebraciones era la Alameda de las Delicias, colmada de fondas, frutas, flores y una llama carnavalesca que comenzó a extinguirse durante el siglo XX. La historiadora Olaya Sanfuentes repasa la forma en que antaño se celebraba esta festividad en el país.

Patricio Contreras
Una crónica de autor anónimo, publicada en las páginas de El Diario Ilustrado a comienzos del siglo XX, describía en estos términos la celebración de la Navidad santiaguina en la Alameda de las Delicias: "Allí convergen todos los alegres en esta noche de júbilo. Y esa multitud abigarrada, trae ramos de albahaca en el pecho, brillo de fiesta en los ojos y vino en la cabeza. Es una fiesta eminentemente popular, legítima herencia española, en que lo profano y lo mítico se confunden hasta lo irreverente".

Era el ADN navideño. Era diciembre de 1911. Santiago aún contaba con manifestaciones callejeras de la festividad, pero esta tradición era desafiada por el progresivo retroceso del espacio público como epicentro de las celebraciones. Así lo constataba la revista "Zig-Zag" en la misma época: "El antiguo paseo que en Noche Buena hacía nuestro pueblo cada año disminuye en entusiasmo y concurrencia".

¿Qué era lo que se estaba perdiendo? ¿Cómo estaba mutando la celebración?

Ofrendas y frutas
En este recuento la fruta tiene un lugar relevante. Olaya Sanfuentes, historiadora y profesora de la UC, ha investigado la presencia de la fruta en la cultura chilena y, también, la devoción al niño Jesús en nuestra cultura. Ambos fenómenos confluyen en una ritualidad propia de la Navidad del siglo XIX: las canastas de fruta que los ciudadanos depositaban en los pesebres apostados afuera de las iglesias.

"La gente de Renca, de Conchalí, de Quilicura, traía de las chacras esta fruta, la vendía para la Pascua, la gente compraba y se la regalaban entre ellos", dice Sanfuentes.

El regalo existía pero no estaba rodeado del aura consumista que rige hoy. "La gente se regalaba tarjetas, flores, frutas", plantea la historiadora. La Lira Popular -pliegos sueltos impresos con décimas, adivinanzas y romances- también se hacía eco de esta dimensión: "Reciba como cariño/ Papas de mi Tía Paña, / Le mandó un costal llenito/ De la Chacra de Lo Caña", eran los versos de una Novena de Nicasio García (ver mas abajo).

En la Alameda se instalaban venteros para ofrecer horchata (brebaje azucarado), licores de fruta, ponche a la romana, mote con huesillo, plenitud de fritangas y sopaipillas. Los árboles sí se adornaban, pero se recurría a especies como los duraznos, ciruelos y damascos antes que al abeto, paradigma del hemisferio norte que empezó a aparecer en publicidades a comienzos del siglo XX.

Era una fiesta heterogénea, transversal, profana y religiosa. Muy ruidosa, según Sanfuentes. Y esto era resistido.

La Navidad carnavalesca
En una monografía sobre la religiosidad en Valparaíso, el historiador René Millar incluye una queja enviada por un porteño a "El Mercurio", en 1887, a raíz de los excesos: "Cuarenta y ocho horas se han pasado caballeros y familias honorables de este puerto sin poder dormir ni mirar a la calle por las insolencias e inmoralidades de todo género que se han cometido dentro y fuera de las chinganas".

Sanfuentes explica que después de cada celebración se generaban estadísticas sobre el desorden público: número de detenidos, borrachos y heridos en peleas, tal como en Fiestas Patrias. A la preocupación penal se sumaría la sanitaria. El calor de diciembre y la insalubridad propia del espacio público decimonónico generaron problemas.
 


"Hay veces que la municipalidad (de Santiago) ha tenido que cancelar la fiesta por ataques de cólera. A mediados y a finales del siglo XIX hay epidemias de cólera que impiden hacer ventas de frutas y casi no se celebra. Entonces aparecen los fonderos, los venteros, quejándose al municipio porque ahí venden lo que no venden durante el año".

El otro inconveniente del jolgorio callejero era de índole moral. "Es una fiesta muy sensual", dice Sanfuentes. "Están relevados todos los sentidos: tocarse, olerse, mirarse". De acuerdo a la prensa que revisó, dado el carácter carnavalesco de la celebración -y sus ribetes paganos-, los excesos prosperaban y la gente comenzaba a tocarse mucho, ruborizando a la jerarquía eclesiástica, que en sus sínodos reaccionaba frente a estas situaciones.
 


Olaya Sanfuentes explica: "Siempre hay esta cosa del carnaval, de la fiesta, que por un lado tienes que dar espacio para que haya celebración, para que mantengas el orden social, pero por otro lado tienes que contenerlo para que no se desborde. Tu ves ese juego fluctuante entre la permisividad y el control".

También había críticas por el excesivo gasto en que incurrían todos lo estratos sociales. "Hay mucha gente que habla en contra de la celebración y que cómo puede ser que los curas lleven a celebrar así, si hay tantos problemas económicos y la gente se está gastando lo que no tiene", plantea Sanfuentes. "Hay siempre una crítica a la jerarquía de la Iglesia o a la jerarquía política. Es interesante. Esta fiesta es un espacio de debate público, por todo lo que significa".

 


Una fiesta privada
Durante el siglo XIX, la Navidad y las Fiestas Patrias, dice Olaya Sanfuentes, son dos celebraciones "a la chilena"; es decir, con bailes y canto (tonadas y zamacueca), con núcleos básicos (fondas, chinganas y pesebres) y con una fuerte identidad popular.

Además de alegría. Según las recopilaciones de Guillermo Feliú Cruz, cuando Domingo Amunátegui Solar se encontraba en París, en la Navidad de 1886, escribió: "Hay animación y entusiasmo... Pero muy lejos de la alegría chilena. Esto es opaco y triste en comparación de aquello... La chicha, entre nosotros, hace prodigios, y en este país no se conoce".

Sin embargo, en las postrimerías del siglo cristalizarán algunos cambios en la ritualidad. La industrialización y el desarrollo comercial impondrán un símbolo Navideño por excelencia: el juguete, que hacia 1890 comienza a acaparar tanto las vitrinas del comercio alemán y francés de la capital, como la publicidad de la prensa. Además, la élite paulatinamente abjura de este modo de celebración, optando por participar en bailes de carácter privado, con más champaña y menos horchata.

"Coincide con una especie de segregación urbana de la élite, que se empieza a ir a la calle Ejército, hacia el sur. De ser una fiesta totalmente popular y transversal, donde celebraban todos, lentamente el nuevo urbanismo, las nuevas tendencias, las élites que viajan, comienzan a separarse del pueblo, a tener otra forma de vivir".

La estética anglosajona o germánica de la Navidad comenzaría a imponerse durante el siglo XX. También las distintas instituciones e identidades de la élite santiaguina serían parte de la segregación y privatización de los acontecimientos urbanos. Lentamente la cena navideña se impondría como el acto culinario por excelencia.
"Lo público y lo privado en un principio, durante toda la época barroca, es tan difícil de distinguir, pero durante el siglo XIX una de las cosas que trae la Ilustración y la modernidad es esta privatización. Las cosas se meten para adentro, son más sectarias, más elitistas", dice Sanfuentes.

-¿La privatización de la celebración es transversal a los ritos?
"Si ves en comunidades más pequeñas, eso no ocurre. Si vas a celebrar al norte hay fiesta, el pase del niño, que se lo pasan de casa en casa, el tema de los pastorcitos. En general el tema de las fiestas en espacios de comunidades con la tradición mucho más viva y comunidades más pequeñas, el espacio público todavía es muy importante".

 


Navidad, devoción y poesía en la literatura de cordel
Las novenas eran composiciones populares navideñas para nueve días y eran interpretadas por cantoras frente a los pesebres que se instalaban en Santiago. La Biblioteca Nacional ha recolectado algunas novenas publicadas en pliegos hace más de un siglo, específicamente las de los poetas Nicasio García, Rosa Araneda y José Hipólito Cordero.

"La Navidad está muy presente en la Lira Popular", explica Micaela Navarrete, del Archivo de Literatura Oral de la Biblioteca Nacional. "Especialmente lo que los poetas llaman los 'Cantos' o 'Regalos al Niño Dios', que son los versos que se han cantado también como villancicos en Chile. El nacimiento del Niño Dios es un tema muy querido por los poetas populares de todos los tiempos, que derraman su ternura para esta 'familia' tan divina, pero que vivió y sufrió como cualquier familia de campesinos pobres. Por eso sus 'regalos' son cosas hechas o cultivadas por campesinos pobres o gente del pueblo".

 

jueves, marzo 31, 2011

El viaje desde Piedra Roja a Lollapalooza

El Mercurio


Desde 1970, en Chile ha habido numerosos eventos musicales masivos. No todos han sido exitosos, pero han dejado huellas sociales y a generaciones marcadas. Seguramente también sucederá con el encuentro de este fin de semana.

LUIS GOYCOOLEA U.

El sábado es Lollapalooza. Ayer fue Aministía y hace algunas décadas fue Piedra Roja. Los festivales de música, con varios grupos y asistencias masivas son instantes que se repiten en el escenario chileno, pero han evolucionado.

Si se busca en Google las palabras Piedra Roja, los primeros resultados son de un proyecto inmobiliario emplazado en Chicureo. Pero si se sigue con la flecha del mouse hacia abajo, uno se topa con la tesis de Wikipedia: "Piedra Roja. Luego del éxito del festival Woodstock, un evento similar se realizó en Chile, en octubre de 1970".
 
El acontecimiento "hippie", como fue bautizado por los medios de la época, se realizó en un terreno escarpado en la Hacienda Apoquindo, en el sector de los Dominicos. El único recuerdo que queda es la calle Piedra Roja, hoy emplazada en los que se denomina San Carlos de Apoquindo.

Para el autor del libro "Prueba de sonido. Primeras historias del rock en Chile", el periodista David Ponce, el suceso fue más bien una junta desordenada que no califica para comparar musicalmente con Woodstock ni con los mega conciertos de hoy. "Fue súper amateur, con suerte tocaron tres grupos, "Los Jaivas", "Blops" y "Lágrima Seca". Lo demás fue muy informal, con gente que se subió a los escenarios libremente. Fue más bien como un hito de la historia, pero no de la música", dice Ponce.
 
Antonio Díaz Oliva, autor de "Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno", concuerda: "Fue una organización muy precaria. Hubo música el primer día, el segundo no hubo electricidad, por lo que se improvisó algunos guitarreos y luego Carabineros clausuró el evento".

Todo muy precario. El Perry Farrel (creador de Lollapalooza) de Piedra Roja fue Jorge Gómez Ainsle, estudiante del Liceo 11 de Las Condes, quien junto a sus compañeros de curso quisieron hacer un festival de música del colegio para financiar su viaje de estudios.

Según Ponce, el pionero de los grandes eventos musicales en Chile fue el Primer Festival de Música de Vanguardia, realizado el 1 de enero de 1970. "Aquí ya estamos hablando de festivales con varios grupos musicales, incluso internacionales y una organización bien hecha. Se realizó en la Quinta Vergara. Tocaron Los Jaivas, Aguaturbia y agrupaciones de Argentina", dice Ponce.
Alfredo Saint-Jean, creador del Teatro Nescafé de las Artes y productor de dicho Festival de Vanguardia (como se abrevió públicamente), recuerda nítidamente el momento.

"Fueron tres días de música, con argentinos y chilenos... Fueron al menos 12 grupos, con un lleno total de la Quinta Vergara. Y todo muy bien organizado, había hasta un programa impreso que se le entregaba al público, equipos de seguridad, credenciales, en fin, todo lo que tiene un evento hoy. Incluso a los invitados los alojamos en el Hotel O'Higgins", dice orgulloso.

"Los conciertos de antes eran más espontáneos. Alfredo Saint-Jean fue el primero en organizar bien un evento, con invitados internacionales", sostiene Sergio "Pirincho" Cárcamo, quien apoyó transmitiendo el acontecimiento.

La música no se detuvo ahí. Saint-Jean realizó varios Festivales de la Vanguardia, hasta 1973. El siguiente suceso musical ocurriría en 1978, con el apoyo del programa de UCV Televisión "Midnight Special".

"Lo organizó Lucho Morro, en la Quinta Vergara. Ahí hubo muchos músicos, desde los argentinos Nito Mestre, Pedro Aznar y grupos como Pastoral, Alas y varias bandas del rock chileno, entre ellos Congreso", agrega Cárcamo.

El siguiente salto en esta cronología musical sería en 1990, con Rock en Chile. Figuras internacionales como Eric Clapton, David Bowie y Bryan Adams abrirían las puertas del Estadio Nacional. "El Mercurio" titula "Deslumbrante show", el 30 de septiembre de ese año.
Meses después vendría el show musical de Amnistía Internacional, el 12 y 13 de octubre. Según David Ponce, las repercusiones de ese hito fueron numerosas.

"Vinieron grupos que estaban en la cima del reconocimiento mundial: Sinead O'Connor, New Kids on the Block, Peter Gabriel, Sting, etc... Y con un Nacional lleno, con más de 70 mil personas por día. Fue increíble", agrega Ponce.

Desde entonces, los eventos masivos se han repetido variando en calidad y masividad. Durante 2010, el festival Maquinaria -que este año se realizará nuevamente en el mes de octubre con una faceta más rock- dio el primer paso para que la producción de Lollapalooza Chile pudiese concertar la hazaña.

Postales de un encuentro que causó expectación ciudadana



Breves
La multitud de Piedra Roja

Se calcula que hubo 2.000 personas en los dos días de concierto de Piedra Roja, según describe Antonio Díaz Oliva en el libro "Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno".

La voz de "Gato" Alquinta
El disco "Pan Negro", incluido en el box set "La Vorágine", de 2004, contempla una improvisación de Gato Alquinta (en la foto) en el Festival de la Vanguardia de 1970, donde se dedica a insultar a la audiencia que, a su vez, comienza con euforia a unirse al espectáculo con todo el ruido posible.

Inicios de los megaeventos
Los "Hitos Beat", en el Teatro Marconi, fueron las tocatas que involucraron a decenas de bandas de rock nacional en los años 60 y fueron precursores de los megaeventos, según explica el productor Alfredo Saint-Jean.

 




 




El grupo Aguaturbia fue uno de los primeros conjuntos chilenos en tocar en el Festival de la Vanguardia.