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domingo, agosto 02, 2026

“Violeta y Gilbert”, la historia de un amor tormentosamente intenso

 



El Mercurio

El libro de Patricia Díaz-Inostroza se adentra en la relación entre la folclorista y el aventurero suizo. Una bitácora de sus últimos años, que también derriba mitos, y plantea que “Gracias a la vida” está inspirada en él.

José Vásquez

La historia, completa, tiene rasgos novelescos. “Violeta y Gilbert” (Pehuén), el libro que acaba de lanzar Patricia Díaz-Inostroza, está cruzado por el viaje y el amor tormentoso, donde el destino, o quizás el azar, fueron construyendo una narrativa que si no estuviera tan bien documentada, podría pasar perfectamente por un guion de ficción.

Sobre la vida y obra de Violeta Parra existe abundante bibliografía. La folclorista más universal de Chile está ampliamente cubierta, pero este episodio de su vida, el capítulo de su relación más importante, no se había explorado en profundidad, como ahora, donde también se perfila quién fue Gilbert Favre. Un suizo que trabajaba de tramoya en Ginebra, que era un músico aficionado amante del jazz, que entonces soñaba con ir a buscarse la vida a Grecia, pero que de pronto, por una conversación casual con un amigo, llegó a ofrecerse frente al arqueólogo Jean-Christian Spahni, que buscaba un colaborador para viajar al otro lado del Atlántico.

El relato, que va a ser cronológico, se inicia en 1960. Favre tiene una historia increíble en la primera parada en África, o el hundimiento posterior del barco que lo llevó hasta Argentina. La autora destaca al suizo con un término que se repetirá a lo largo del libro: “Su buena estrella”, que lo acompaña.

Y bueno, llegado a Santiago, apenas hablando algunas palabras de español, va a una disquería en el centro para investigar sobre el folclor del país. Desde ahí le señalan que sus preguntas serían mejor respondidas en la Universidad de Chile, donde llega hasta una sala en la que estaba Gastón Soublette, y escucha los nombres de Margot Loyola y Violeta Parra. “¿Cuál es más interesante?”, pregunta. Le dicen que Parra. Adela Gallo, fotógrafa y amiga de la cantautora, justo andaba por ahí. Era 3 de octubre, y le ofrece llevarlo a conocerla al otro día, que era su cumpleaños.

Todo parece demasiado conectado. Ya en la casa de La Reina, ella rompe el malhumor de Violeta diciéndole que le traía “un gringo de regalo”. Su cara se ilumina al instante. Él tenía casi 20 años menos. Lo que sigue luego es una historia interminable de idas y venidas, pasión y violencia. Distanciamiento por los viajes a Buenos Aires, y Europa, su exposición en el Louvre, y una comunicación tan tórrida como cariñosa y sentimental a través de las cartas.

Una violetóloga

“El libro lo escribí como una novela de no ficción porque sentí que no había otra forma de hacerlo, además, ella (Violeta) me fue indicando el camino”, cuenta Díaz-Inostroza, que desde prácticamente hace cuatro décadas ha estudiado a la artista. La autora de “Violeta y Gilbert”, con la bajada de “una historia de amor, locura y música”, es periodista y musicóloga, ha publicado obras como “El Canto Nuevo chileno: Un legado musical” (2007), y sobre la cantante lírica, “Clara Oyuela y el arte de cantar” (2017), entre otros, y fue la directora del grupo folclórico Abril.

El 2015, en LASA (Latin American Studies Association), un congreso realizado en Puerto Rico, fue presentada como “violetóloga”, donde fue invitada a hablar de la cantautora. Ese, cuenta, fue el impulso para comenzar este libro, que tuvo una primera edición autogestionada en 2023 de solo 200 ejemplares, que se vendieron casi de inmediato, hasta ahora que tiene esta primera edición de Pehuén, con una mayor distribución, lanzada el pasado miércoles.

“El libro parte en 1960 y cubre la etapa, quizás, más creativa de Violeta, pero también porque me interesaba tener una pista del por qué ella se había quitado la vida. Por eso me metí en profundidad en esos años y cuando aparece Gilbert, esta investigación se me agrandó”, dice la autora. ¿Es responsable el suizo de la decisión de la artista? Para Díaz-Inostroza, esa conclusión es apresurada, y responde con que fue una sumatoria de cosas.

“Hablar del amor de Violeta y Gilbert como tóxico es verlo con palabras contemporáneas. Fue un amor muy apasionado, ellos vivieron juntos, se decían ‘marido y mujer'. No eran gente común y corriente, porque Gilbert quería conocer el mundo, era un enamorado de la vida y hacen cortocircuito cuando se mandaban a la punta del cerro. Más lo hacía la Violeta con él, que al revés”, dice la autora.

De ahí nacieron canciones como “Run run se fue pa'l norte”, inspirada en lo que él le describe cuando la deja, yéndose a Bolivia, o “Gracias a la vida”, que la escritora defiende como un tema de amor, también inspirado en Favre.

Antes de su muerte, ocurrida el 5 de febrero de 1967, había aparecido un personaje que la autora sí sindica como “tóxico”, el uruguayo Alberto Zapicán. “Ella pasaba un momento de depresión importante y sentía que todo el mundo le daba la espalda, sus hijos, sus compañeros de canto, y Gilbert, que la había dejado”.

En este epílogo oscuro hay espacio para desmitificar el fracaso del que se habló, que fue su carpa en La Reina. El lugar sufrió con el temporal en 1966, “un año muy lluvioso, donde se rompe la carpa”, explica la autora. “También se decía que ese fracaso tuvo implicancias en su suicidio, porque era su gran obra, pero no fue así. Fue un proyecto más de ella, que cuando cae, no es que la haya abandonado el público. Era invierno. En verano o primavera, había mucha gente. Era un lugar más grande que la Peña de los Parra, que estaba en el centro. La investigación profunda rompe mitos”, plantea Díaz-Inostroza.

Gilbert Favre se casó en Bolivia, y desde ahí forjó una destacada carrera con el conjunto Los Jairas, trascendentes dentro de la canción andina. Falleció en 1998, ya de regreso en Europa.


sábado, enero 11, 2025

Con la “magia” de lo digital, Violeta Parra se subirá al escenario en Congreso Futuro

 

Con un traje con sensores, una actriz encarna a Violeta Parra. A su lado, la cantante Javiera Parra ensaya para el homenaje que se verá en directo pasado mañana. Wise



El Mercurio

Cantará a dúo con su nieta Javiera Parra en la ceremonia de obertura.

Tres meses de trabajo que incluyeron capturar los movimientos de una actriz y el uso de inteligencia artificial, además de coordinar cada paso y trabajar las pistas de audios originales, permitirán traer del vuelta a la gran artista nacional a través de un holograma.

Alexis Ibarra O.


Hace tres meses que la empresa chilena Wise se ha impregnado del espíritu de Violeta Parra. Por eso han revisado videos e imágenes de la artista. Además han estado captando los movimientos de una actriz mediante un traje con sensores, registrando los movimientos de su rostro con dispositivos para luego de ese trabajo, realizar un modelo en computador. Todo para lograr la magia de que la compositora reconocida a nivel mundial, fallecida en 1967, vuelva a subirse a un escenario, esta vez de manera digital.

Esa será la gran sorpresa de la ceremonia de obertura de Congreso Futuro.

Al mismo tiempo, la cantante y compositora Javiera Parra —nieta de Violeta— trabajó con una pléyade de músicos y técnicos para armar un espectáculo de homenaje a su abuela. “Ha sido muy emocionante que me hayan convocado a armar este homenaje que tiene tantas aristas. Es muy espiritual por una parte, pero también es muy moderno y tecnológico”, cuenta la artista.

Dice que es todo un desafío: “En el escenario voy a cantar a dúo con una versión digital de Violeta, entonces hay que hacer convivir esos dos mundos: por una parte interpretar y estar muy conectada con ella, pero al mismo tiempo tengo que estar preocupada de muchas cosas técnicas para que resulte perfecto”, explica sobre el show que se verá en la mañana del lunes.

Del proceso creativo cuenta algunos detalles. “Es como estar en Hollywood donde te graban con un croma de color verde donde todos están haciendo cosas que en realidad no existen”.

Y añade: “Es un proceso largo, con una gran cantidad de gente involucrada. He ido varias veces a ver el trabajo de la actriz que está con los sensores para ver en qué momentos entra ella, qué gestos hace, cómo se mueve”.

En paralelo, ha trabajado con un equipo de músicos, entre ellos Camilo Salinas, Miguel Molina, Cuarteto Austral, Las Corraleras, entre otros.

La tecnología también ayudó en el procesamiento del audio y obtener la pista de voz. “En la grabación de Las Últimas Composiciones está todo metido en una sola pista: la voz y los instrumentos. Trabajamos con Claudio Reed, gran ingeniero que nos ayudó en eso”.

Se trata de un trabajo similar al que se hizo con una grabación de John Lennon para lograr aislar su voz para la última canción inédita de Los Beatles.

Desde el punto de vista musical también había desafíos: “La Violeta canta con una métrica que es marciana, es muy difícil de seguir porque se va acompañando sola de su charango. Y no ha sido nada fácil trabajar la sincronía, el lipsing y la cadencia y es en lo que estoy esforzándome más. Ha significado volver a estudiarla, ya que su forma de ejecutar en términos musicales es muy sincopado y difícil de igualar. Es algo muy profundo y muy genuino”, dice Javiera.

“Toda esta experiencia tiene muchas capas de tecnología: la captura de movimiento, el face tracking en el que se usa IA, el modelamiento 3D”, detalla Igal Weitzman, CEO y fundador de Wise Innovation Studios.


Caminar y sonreír

Y agrega: “Es toda una experiencia ver a la versión digital tocar el charango, caminar, sonreír, saludar. En esencia es un holograma de un ícono de Chile y con el cual estamos reconectando con nuestra cultura”.

Weitzman tiene planes de hacer un pequeño documental para redes sociales con todo el proceso de creación.

“Violeta Parra es tal vez una de las artistas esenciales de las artes en Chile. Ella representa una de las dimensiones más profundas de nuestra identidad. Su trayectoria es multidisciplinar, recorre casi todas las disciplinas artísticas, desde la composición musical hasta las artes visuales. Una mujer de provincia que con su talento se abre espacio en la escena nacional e internacional, contra viento y marea fue impulsada por una búsqueda minuciosa y constante de nuestras raíces”, dice Guido Girardi, vicepresidente ejecutivo de la Fundación Encuentros del Futuro, organizadora del congreso.

“A la gente que vea el espectáculo les diría que tomen este momento como una invocación a Violeta Parra”, concluye Javiera Parra.


Se usó tecnología de face tracking y el modelado computacional en 3D para generar el holograma de Violeta Parra. Wise

domingo, mayo 26, 2024

Violeta de mayo

 



El Mercurio


Antes de darse a conocer como cantante de su obra propia y difusora del folklore chileno, Violeta Parra tuvo un momento artístico español. Recién llegada a Santiago fue testigo en los años 40 de la moda de la música española, que copaba teatros y boites donde cantaban y bailaban los más populares exponentes del flamenco, la copla y el pasodoble. Ella quiso formar parte, como artista, de esta corriente y se presentó en los escenarios con un nombre que evocaba a España.

Juan Pablo González Universidad Alberto Hurtado


Terminada la guerra civil española, América Latina recibía una oleada de cantaores y bailaores de España, unos alejándose del régimen de Franco y otros promoviéndolo, aunque compartiendo los mismos géneros músicales. Varios de ellos se radicaron en Argentina y México, donde junto con participar en abundantes producciones cinematográficas difundidas por el continente, visitaron regularmente las naciones americanas ante un público ávido de españolismos. Es así como la actividad del exilio se fue superponiendo a las embajadas artísticas enviadas por el franquismo temprano como una forma de vencer su aislamiento luego de la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. El primer destino fue Argentina, en 1948, y al año siguiente se repitió la experiencia con Chile y Perú, y con Colombia y Panamá, buscando países vecinos de distintas zonas de América. De este modo, las dos Españas confluían en el nuevo continente unidas por la misma música.


De todo esto fue testigo Violeta Parra en los inicios de su carrera en Santiago, encontrando en la música española una posibilidad de desarrollo artístico y de apertura al mundo. Su hermano Nicanor le había transmitido la fascinación por la generación española del 27, aquella integrada por Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre y varios más, que habría sido un factor importante para despertar en ella el interés por la cultura y la música española, según sus biógrafos. Esta música no solo estaba en boga en América, sino que también se relacionaba con el exilio republicano luego de la llegada a Valparaíso en 1939 de más de dos mil refugiados a bordo del “Winnipeg”, gracias a las gestiones realizadas por Pablo Neruda en el extranjero.


Violeta siempre tomó partido ante el acontecer político y social de su tiempo, aunque demostrando gran apertura en materias artísticas. Es interesante constatar que ni para ella ni para el mundo progresista del que formaba parte constituía una afrenta el hecho de que el flamenquismo y la copla, los dos géneros españoles que imperaban dentro y fuera de España desde los años treinta, fueran también promovidos por la diplomacia musical franquista. Dicho público los apreciaba igual que las canciones recogidas por García Lorca o entonadas por el bando republicano. Además, para la migración y el exilio, todo ese repertorio era una forma de reencontrarse con trozos de la España lejana.


Es en este contexto que Violeta Parra comenzó a integrar música española a su repertorio de cantante de bares a fines de los años treinta. Luego de llegar a Santiago a los diecinueve años de edad, había encontrado su primer trabajo estable en el restaurante El Popular, de la esquina de Matucana con Mapocho. Violeta combinaba canciones españolas con boleros, rancheras y corridos que ya aparecían en el cine mexicano exhibido en el país. Todo esto lo absorbió con prontitud, a lo que agregó algunos tangos y las infaltables cuecas como fin de fiesta. Al frente de El Popular estaba el Tordo Azul, que pronto se transformaría en su principal escenario y lugar de encuentro con su primer marido, padre de Isabel y Ángel.


El desembarco español


Por ese entonces, dos cantaores flamencos refugiados en Buenos Aires visitaban Chile en forma recurrente: Juan Mendoza –El Niño de Utrera– y Ángel Sampedro –Angelillo–. Fue el Teatro Baquedano el que albergó el debut de Angelillo en Santiago a mediados de 1944, quien cinco años más tarde regresaría para presentarse en la recién inaugurada boite Goyescas de la esquina de Estado con Huérfanos, escenario principal para la música española en la capital. Angelillo era el músico español con el mayor catálogo discográfico en el país, destacándose sus discos RCA Victor grabados en Santiago de bulerías, farrucas, zambras y pasodobles, géneros con los que Violeta Parra aprendería a cantar español.


El Niño de Utrera también vino varias veces a Chile desde los años cuarenta, al comienzo como parte del elenco del espectáculo de variedades selectas Cabalgata, del Teatro Lara de Madrid, que incluía canciones, poesía y baile a cargo de cancionistas, estilistas, bailarines gitanos y guitarristas flamencos. Algunas de sus canciones fueron publicadas en partituras para canto y piano por Casa Amarilla en Santiago, reflejando el interés que despertaba esta música en el público ilustrado. Estos espectáculos fueron coronados con la llegada en noviembre de 1945 de la diva mimada del franquismo: Concha Piquer, junto a su espectáculo Canciones y Bailes de España. La presencia en Valparaíso y Santiago de la Piquer con un elenco de veinte integrantes –más sus memorables baúles–, resultaba todo un acontecimiento artístico y social para el país. Luego de haber sido una cupletista de renombre, Concha Piquer hacía carrera con la copla, una canción narrativa de amor basada en géneros flamencos y folclóricos de gran despliegue escénico. La copla era popular desde antes de la guerra civil, les sirvió a los vencidos para sobrellevar la derrota, y también fue instrumentalizada por el franquismo como reflejo de la España profunda. Esta faceta artística o selecta de la música y el baile español es la que más le atraería a Violeta Parra y dentro de la cual desarrolló su propia carrera como Violeta de Mayo.


No cabe duda de que el fomento de la hispanidad propiciado por el franquismo en América, sumado al exilio republicano, contribuyó a estrechar lazos intelectuales, políticos y artísticos entre el mundo hispano con la música y sus industrias asociadas jugando un papel central. La continua presencia de artistas del cante flamenco y copla en México, Santiago o Buenos Aires puede haber contribuido tanto o más a revertir la “desunión espiritual de los pueblos hispánicos” como se quejaban en España, que la labor de embajadores, ministros e intelectuales afines y opositores al régimen. Las continuas visitas de artistas españoles a Chile y la permanente oferta de discos y de españoladas cinematográficas contribuyeron a formar un público especializado posible de alimentar localmente. De esto se encargarían varios artistas chilenos que construyeron personajes artísticos españoles. Junto a nuestra Violeta de Mayo, se destacaba Pepe Lucena, apodo con el que Francisco Gómez Ortiz se presentaba en Radio Minería y en El Goyescas como cantaor flamenco; el destacado bailarín y coreógrafo Paco Mairena, en su faceta de bailarín gitano; Manolita Reina, presentada como estilista andaluza, y el guitarrista Claudio Moral, entre muchos otros. Asimismo, las orquestas chilenas incluían habitualmente repertorio español en sus actuaciones, especialmente la dirigida por Don Roy, quien en los años cincuenta publicaría varios discos con arreglos de jotas y pasodobles.


La radio se sumaba con fuerza al auge de la música española en Chile no solo incluyendo repertorio español en su programación diaria, sino que también ofreciendo programas especializados en música española. Este era el caso del Colmao Llodrá, programa dominical transmitido por Radio Minería desde comienzos de los años cuarenta, que “se ha convertido en clásico dentro del ambiente”, señala la revista Ecran. Programas como estos le permitieron a Violeta Parra familiarizarse con el repertorio español mientras criaba a sus pequeños hijos en casa. Al poco tiempo, comenzaría a ser noticia por sus interpretaciones de canciones españolas por Radio del Pacífico. Su voz es “sumamente bien afiatada y firme, con algo de la de Imperio Argentina” señala Ecran. En efecto, luego de haber conocido cupletistas de circo cuando adolescente, Violeta encontró inspiración en la cupletista y actriz de cine Imperio Argentina, nacida en el país trasandino pero radicada en España, donde llegó a ser otra de las artistas favorecidas por Franco. Algo que Violeta Parra no tenía por qué saber.


El paso decisivo


En medio de la eclosión de giras de artistas españoles por América y de la aparición de artistas locales personificados como españoles, Violeta Parra daba el paso definitivo para entrar en gloria y majestad al mundo de la música española. Esto lo logró ganando un concurso de canto y baile organizado por exiliados españoles en el Teatro Baquedano en 1944, el mismo lugar y año en que debutaba Angelillo en Chile. Es allí donde se presentó como Violeta de Mayo, mes en que se conmemora en España el levantamiento contra la invasión napoleónica y la fiesta de San Isidro, patrono de Madrid. Al mismo tiempo, en Chile se celebra la Cruz de Mayo, de la cual Violeta era devota, celebración que provenía de España y, como en muchos lugares del mundo, se conmemora el Día del Trabajo. Gran parte de lo que era y de lo que quería ser Violeta se encarnaba en el mes de mayo.


Como siempre, Violeta Parra se preparaba muy bien para lo que hacía, y con la asesoría de Jesús López, profesor español de bailes regionales, había aprendido a cantar y bailar zambras, farrucas, pasodobles y sevillanas. Hasta habría aprendido a tocar castañuelas, adminículos indispensables para el baile y el cante flamenco. Premunida de todo este bagaje, ingresó a la compañía del actor melodramático valenciano Doroteo Martí, con quien realizó giras por el país, actuando, cantando, tocando y bailando música española junto a sus dos pequeños hijos. Además, madre e hija fueron contratadas en 1946 como número español en la recién inaugurada boite Casanova, de la calle Huérfanos de Santiago. Allí Violeta era presentada como una auténtica intérprete del folklore español, que ya cantaba con un logrado acento castizo.


Sin embargo, en sus primeros seis discos para RCA Victor, grabados con su hermana Hilda entre 1949 y 1952, Violeta Parra no incluyó el repertorio español al que la había conducido su hermano Nicanor, que por ese entonces estudiaba en Oxford. Al parecer, luego de haber visto a la espléndida bailaora, cantante y actriz española Carmen Amaya en el Teatro Municipal de Santiago en febrero de 1950, habría asumido que ella no era una española auténtica, como recuerda su hijo Ángel, poniendo fin a Violeta de Mayo. De todos modos, en sus años dedicada al repertorio español, Violeta Parra incrementó su experiencia escénica, se inició en la radio, se enfrentó al micrófono, realizó sus primeras giras nacionales y pudo integrar a su familia a su actividad artística. Todo esto marcará su carrera a partir de los años cincuenta, enfocada en la difusión del folklore chileno y de su propia obra por el mundo.

jueves, noviembre 09, 2023

Una madre y una hija: valiosos cancioneros de Violeta e Isabel Parra

 

Violeta con Isabel Parra en 1957.

El Mercurio


La reconstitución de un cuerpo de creaciones de ambas autoras se encuentra en los volúmenes de Ediciones UC, “Violeta Parra. Virtud de los elementos” e “Isabel Parra. Libro de mis canciones”.

IÑIGO DÍAZ

“Me encontré con tesoros desconocidos al reescuchar una a una las canciones, cosas que aparecían en las versiones de Violeta Parra y que se han ido perdiendo con el tiempo. Ella tenía una intencionalidad especial: deliberadamente creaba compases irregulares que le daban valor a una canción. Nada de eso fue al azar”, dice Greco Acuña, un percusionista con larga historia en la música latinoamericana.


Él participó en la transcripción a partituras de 63 canciones de Violeta Parra, del total de 116 que se consideran en su catálogo y que incluyen material desde 1948 hasta esa serie de canciones reencontradas en París. Es un auténtico traspaso de la oralidad a la tradición escrita, en un libro que en realidad es un cancionero: “Violeta Parra. Virtud de los elementos” (Ediciones UC, $16.000).


Pero en rigor este material es una actualización del libro homónimo de 1993, que contó con transcripciones y correcciones de Osiel Vega, editado entonces por la Fundación Violeta Parra.


“Muchos conjuntos que han tocado la música de Violeta Parra tienden a eliminar esos elementos ‘irregulares' que creaba para sus canciones. Entonces, a partir las versiones originales las repusimos y las reprodujimos ahora por escrito, en la partitura”, señala Greco Acuña.


Las transcripciones corregidas llevan al pentagrama la línea melódica de la voz de cada canción, acompañada por la letra y la armonía en clave americana, junto con una serie de notaciones: el tempo, el tipo de rasgueo, las introducciones de guitarra o bombo o la afinación campesina si se trata de guitarra traspuesta.


Desde lo musical, el proyecto fue encabezado por Tita Parra, pero no solo para este libro, sino también para “Isabel Parra. Libro de mis canciones” (Ediciones UC, $16.000), que incluye 74 piezas. “Por primera vez se publica un trabajo de este tipo con la obra de Isabel Parra. Era un paso muy importante en su historia personal, pero también para nuestro medio, porque reconocemos su cancionero como parte de un patrimonio chileno”, señala María Angélica Zegers, directora de Ediciones UC.


“Isabel Parra. Libro de mis canciones” cuenta con un prólogo de Silvio Rodríguez, una biografía escrita por Tita Parra y cuantiosas fotografías nunca vistas o poco difundidas, además de una discografía razonada. En el caso de “Violeta Parra. Virtud de los elementos”, el cancionero se acompaña por otra presentación de Silvio Rodríguez, fotos, afiches recuperados y una serie de cartas y manuscritos obtenidos de sus cuadernos.


Allí aparecen, por ejemplo, el puño y letra para canciones como “Arauco tiene una pena”, titulada entonces como “Levántate Huenchullán” y otras piezas medulares como “Arriba quemando el sol” o “Gracias a la vida”, ni más ni menos. “El próximo año vamos a publicar esos cuadernos de Violeta Parra en una edición facsimilar. Son una maravilla porque además de canciones, tienen reflexiones, notas al margen y apuntes domésticos”, concluye Zegers.

lunes, diciembre 19, 2022

Ediciones UC publica vinilo de “Canto para una semilla”



 El Mercurio


Es el primer álbum musical que lanzará este sello de la U. Católica e incluye una grabación histórica de la obra de Luis Advis con versos de Violeta Parra.

Maureen Lennon Zaninovic

“Parte fundamental de la labor de Ediciones UC es abrir nuevos espacios para la cultura e innovar con propuestas que releven nuestro patrimonio inmaterial. Esta nueva edición de ‘Canto para una semilla' es un verdadero deleite para los sentidos y es la primera de varias iniciativas que están planificadas en conjunto con la Fundación Violeta Parra y que creemos serán un aporte fundamental para la divulgación del legado de la más insigne artista chilena”, señala María Angélica Zegers, directora de Ediciones UC. Se trata del proyecto que está emprendiendo este plantel y que significa dar forma al primer vinilo en la historia de este sello; un ambicioso rescate que verá la luz en las próximas semanas y que incluye la obra “Canto para una semilla”.


Ignacio Sánchez, rector de la UC, complementa que este álbum es parte de la alianza que suscribieron con la Fundación Violeta Parra. “Es nuestra primera exploración en vinilo y se suma al reconocimiento y a la difusión en torno al legado de esta gran artista nacional”, manifiesta. La autoridad añade que desde hace meses “estamos trabajando en el traspaso de la obra a la UC y en la habilitación del espacio Violeta Parra que debería estar listo muy pronto. En esa línea de apoyo, la Radio Beethoven acaba de emitir un programa, con producción de Erik Rojas, donde los auditores pudieron escuchar una edición de ‘Canto para una semilla'”.


Como se lee en el sitio Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional, a esta obra se la suele definir como una elegía/cantata para voz recitativa e instrumentos tradicionales (charango, cuatro, guitarra, quena, bombo), compuesta por Luis Advis (1935-2004) a partir de las décimas de Violeta Parra. Este trabajo fue estrenado por Inti-Illimani e incluyó la voz de Isabel Parra, hija de la autora de “Gracias a la vida”.


Esta última rememora que comenzaron a ensayar esta pieza en 1972 y su estreno tuvo lugar en el Teatro Antonio Varas. “Para mí es la obra más profunda de la historia de la música chilena. La más verdadera. Son versos de mi madre y yo tuve la suerte de estar muy cerca de Luis Advis y él, en un acto de amor, decidió que yo debía cantarla y así lo hice, en medio de muchísimas actividades. El estreno tuvo como narradora a la destacada actriz chilena Carmen Bunster”. Isabel Parra cuenta que la presentaron en diversos escenarios, “pero llegó el golpe de 1973 y la semilla quedó sin florecer. Después, cuando nos fuimos al exilio, la canté muchas veces con Inti-Illimani. Alcanzamos a grabarla en Chile y en Europa, pero luego quedó en el olvido”.


El aporte de Nydia Caro


La presidenta de la Fundación Violeta Parra aplaude el interés de la U. Católica por volver a editarla en un vinilo. “Esto es un acontecimiento patrimonial y, sobre todo, una magnífica oportunidad para que los jóvenes accedan a esta composición, a través del rescate de una grabación que hicimos en Roma, en 1978, al abrigo del legendario cineasta Vittorio Gassman. El sello Discoteca del Cantar Popular (Dicapi) tuvo muchos problemas y desapareció, pero afortunadamente sus dueños me pasaron el master y hoy podemos volver a sacar este disco”.


Isabel Parra explica que el registro sonoro de Roma tiene una narración en italiano, pero ahora tendrá un rol la cantante puertorriqueña Nydia Caro, quien en 2013 vino a Chile e Isabel Parra la asesoró en un disco con canciones de su madre. “Le pedí si podía grabar la narración en español y aceptó de inmediato. Lo que hicimos para este vinilo fue reemplazar el italiano original por la voz de Caro. ¡El resultado es estupendo!”, cierra Isabel Parra.

viernes, agosto 12, 2022

Exposición ahonda en los viajes de Violeta Parra

Violeta Parra en Génova en 1955. Fundación Violeta Parra


 El Mercurio

Visita Europa en dos oportunidades, con largas estadías, además de Argentina y de recorrer Chile. Todo este movimiento influye en la obra de la artista.

María Soledad Ramírez R.


El montaje de “Las travesías de Violeta Parra: los contornos del mundo” es simple, pero va dando cuenta del recorrido seguido por la artista chilena en sus dos viajes a Europa. A través de sucesivos paneles, y siguiendo las indicaciones del suelo que apuntan país y año, uno va acompañando a Violeta en su descubrimiento del mundo.


Abierta hasta fines de agosto en el Centro de Extensión Oriente UC, de lunes a viernes de 10:00 a 19:00 horas y sábado hasta las 14:00 horas, con entrada gratuita, la muestra es el resultado de la investigación de Milena Rojas, nieta de la artista y curadora de la Colección Violeta Parra en la UC, y Manuel Gárate, académico de Historia UC. “La idea fue construir una línea de tiempo y una muestra en tres niveles. Lo principal son los viajes de Violeta, su experiencia y transformación de su obra, viajando en plena época de Guerra Fría. Pero también las personas pueden recorrer estos viajes viendo qué pasaba en Chile o en el mundo en esos años”, señala Manuel Gárate. Junto a las fotografías y documentación, la muestra incluye material audiovisual y códigos QR en los que se pueden escuchar grabaciones de Violeta Parra.


El primer viaje fue en agosto de 1955, invitada por el Partido Comunista al Festival de la Juventud y los Estudiantes en Varsovia. Se la ve, por ejemplo, a su llegada a Génova, después de tres semanas en barco desde Buenos Aires y, luego, visitando un hospital de niños en la capital polaca, entre las actividades programadas como parte del esfuerzo propagandístico de la órbita soviética. También viaja a la antigua Leningrado, hoy San Petersburgo, donde graba un disco y cuya carátula, en cirílico, está como imagen en la muestra, prestada por un coleccionista inglés que se contactó para esta exposición. “En Rusia compra, a muy bajo precio, una grabadora, que es la que va a usar en Chile cuando viaja grabando a los autores chilenos”, señala Gárate.


Como no tenía pasaje de vuelta, Violeta decide quedarse en el Viejo Continente, pero se traslada a París en 1956, donde trabaja para mantenerse y graba dos discos. La invitan, también, a Londres a grabar para la BBC. En la exposición se puede ver el contrato de esta presentación con la cadena británica. “Existían datos de que se había presentado, pero no había documentos y los encontramos con una investigadora inglesa”, señala Gárate como uno de los hallazgos de la muestra. A fines de 1956, la artista regresa a Chile.


Su segundo viaje, en 1962, parte inicialmente en Argentina, pero es nuevamente invitada al Festival de la Juventud, ahora en Helsinski, Finlandia. Su regreso a Europa la lleva también a Berlín, Moscú y a Bakú, capital de Azerbaiyán, en donde le da apendicitis. Pero cuando puede, viaja a Suiza, donde vive con su amor, Gilbert Favre, y se mueve entre Ginebra y París. Es acá cuando expone en el Louvre y se presenta en diferentes escenarios como una artista de prestigio. Regresa a Chile en 1964, pero eso ya es historia más conocida.


En la mitad de la muestra está el guitarrón original de Violeta Parra. También el disco grabado en Rusia, que tiene un coleccionista inglés. Soledad Ramírez

Disco publicado en Rusia


La muestra también incluye los viajes de Violeta Parra en Chile, cómo su experiencia en Puerto Montt para el terremoto de 1960. Comunicaciones UC


jueves, septiembre 16, 2021

Gastón Soublette: “Hay un elemento mágico siempre presente en mi vida”















El Mercurio


El destacado escritor y docente publica por Ediciones UC “Marginales y marginados. Ensayo autobiográfico”. Se trata de un texto que recoge sus lúcidas conversaciones con distintas personas, desde famosos como Violeta Parra y Charles Chaplin, hasta gente sencilla.

Por Maureen Lennon Zaninovic


Al iniciarse esta llamada telefónica, Gastón Soublette (1927) —reconocido académico del Instituto de Estética de la UC, pensador y escritor de elogiados volúmenes, entre otros, “Sabiduría chilena de tradición oral”— pide, desde su casa en Limache, que le hablen fuerte y lento “para escuchar la articulación de las palabras”, dice. En conversación con “Artes y Letras” se muestra distendido, pese a que no resultó ganador en la última edición del Premio Nacional de Humanidades 2021 (finalmente se impuso el abogado José Rodríguez Elizondo) y reconoce que la pandemia ha sido un período muy estimulante en esta etapa de su vida profesional. Bajo Ediciones UC, en mayo, publicó “Tao Te King”: su versión castellana del texto del pensador chino Lao Tse, y con este mismo sello, a partir del 20 de septiembre, reaparecerá con “Marginales y marginados. Ensayo autobiográfico”.

En este último trabajo —con un sello más personal e íntimo— rememora una serie de diálogos con distintos personajes, algunos de ellos de fama mundial como Violeta Parra y Charles Chaplin, pero también hay numerosos encuentros con gente sencilla, alejada de la primera línea, como una pobladora de Valparaíso y un peregrino de la Ruta 5 Norte. “Son historias muy distantes en el tiempo. Hay un elemento mágico siempre presente en mi vida. No sé por qué”, expresa. Soublette prefiere hablar de la palabra sincronicidad y para ello cita a uno de sus maestros: Carl Gustav Jung. “Él inventó ese vocablo o neologismo que alude a fenómenos que nadie puede explicar. Por ejemplo, el hecho que cuando se muere una persona muy querida de la familia aparecen pájaros que picotean las ventanas o que entran en las casas. Eso les ocurrió a los familiares de mi cuñado: Gabriel Valdés. Cuento en el libro que cuando falleció, sus tres hijos vieron pájaros. La explicación que da Jung es que estamos ante una antigua creencia, que han tenido prácticamente todos los pueblos, donde el alma abandona el cuerpo del difunto en forma de pájaro”, explica.

La grandeza del ser humano

El autor de “Marginales y marginados…” advierte que no se siente cómodo con la definición de memorias. “Cuando yo vi que mi hermana Sylvia Soublette escribía las suyas y le salió un ‘mamotreto' como de 700 páginas, me dije ‘no estoy en condiciones de hacer esto'. Lo que sí puedo hacer es una exposición de ciertos episodios de mi vida donde se muestre mi relación con la gente marginal que he conocido, ya sea marginales por vocación o marginados por las circunstancias; junto con citar algunos fenómenos de sincronicidad que me han interesado enormemente. Escogí a mendigos, a delincuentes, a nobles como Lanza del Vasto, que desciende de los más nobles de Alemania, sin embargo, ese hombre fue un vagabundo que viajó a pie desde París a la India y renunció a tener cosas materiales. Ahí hay un marginal por vocación”, afirma. También hay referencias a Jesucristo, “un humilde carpintero de la ciudad de Nazaret, quien se transformó en un predicador popular que —a poco andar— empezó a ser seguido por grandes multitudes”. El profesor de la Universidad Católica concluye que “quisiera que quedara en claro que mi atracción por los seres marginados que han llegado al extremo de la miseria tiene que ver con que descubrí en ellos la grandeza del ser humano. Todos ellos tuvieron una luz y una sabiduría para decirme las cosas que me dijeron”.

Su más reciente publicación está plagada de emocionantes anécdotas, como cuando conoció a su ídolo de infancia y que lo ha acompañado en otra de las facetas de su elogiada carrera profesional, como experto en cine: Charles Chaplin. El autor rememora su encuentro en París con el protagonista de “El Pibe”. Quería verlo en el Hotel Ritz, donde daría una conferencia de prensa, y después de mucho cavilar “se me ocurrió pedirle ayuda a una señora chilena de sonoros apellidos, muy conocida en París porque fue condecorada por el gobierno de Francia como héroe de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de doña María Edwards de Errázuriz, quien trabajó intensamente en la clandestinidad salvando a los hijos de mujeres judías a quienes los nazis mataban al momento mismo de nacer”, escribe Soublette, y agrega que la llamó por teléfono, se vistió con un terno azul y se compró una corbata elegante hasta adquirir la estampa de un caballero. El autor volvió a insistir en su pedido y, gracias a las gestiones de María Edwards, pudo cumplir uno de los más grandes sueños de su vida: conocer y hacerle preguntas a Chaplin.

—¿Cuándo comenzó este libro?
“Partí en plena cuarentena. Fue la pandemia la que me permitió poner por escrito estos recuerdos. Los tenía muy frescos porque desde hace tiempo estaba con el interés de escribirlos y ofrecerlos a algún editor y fui muy bien acogido por Ediciones UC. No tengo pretensiones literarias. Solo me interesa que la gente sepa lo que realmente ocurrió, con algunas reflexiones mías, por eso tiene el carácter de un ensayo. Por ejemplo, cuando hablo del mendigo que se pasea por la Ruta 5 Norte analizo su mensaje desde un punto de vista filosófico. Fue él quien me dijo que no hay nada de eso que llaman inteligencia. ‘Su inteligencia, señor profesor, no es superior a la de un mosquito. ¿Sabe usted qué es lo único que hay? Lo único que hay es un padre y una madre'. Con ese comentario impresionante, él nos remonta a un conocimiento original del mundo”.

—Usted fue diplomático (agregado cultural de Chile en Francia), usó chaqueta y corbata, pero también ha desarrollado una notable carrera como docente y difusor de la cultura popular. ¿Hay dos almas en Gastón Soublette?
“Fui una persona muy mal orientada en su juventud. Creí que podía ser abogado o arquitecto y eso fue un gran error. Estudié entera la carrera de Derecho, aunque no la ejercí. Fui becado y pude estudiar música en París y ahí comenzó mi realización y, luego, la Universidad Católica me contrató como profesor en Filosofía y en el Instituto de Estética. Eso ha sido realmente mi oficio: soy un educador, un intelectual apto para la academia. Eso se me definió con retardo y antes fui diplomático, fui director artístico de Canal 13: cargos muy bien pagados, pero no me sentía muy bien vestido de cuello y corbata todos los días (risas), con palabras de buena crianza o tener que asistir a grandes recepciones. Eso quizás fue lo que le hizo decir a Violeta Parra que yo era ‘un pituco de mierda' y que nunca iba a entender a su pueblo. Mi atracción por la cultura popular se la debo a ella. Su arte, lo que ella cantaba, me interesó tremendamente y no hice el menor esfuerzo para que fuéramos amigos. Violeta Parra se me presentó, cuando yo dirigía la programación de la Radio Chilena CB 66. Ella apareció en mi oficina a pedirme que pusiera por escrito las melodías y las entonaciones de todo lo que ella había recopilado a lo largo de Chile y ahí empezó nuestra amistad. Violeta es un ícono de la cultura popular chilena que vino a mi encuentro”.

—Siendo tan amigos, ella va a verlo en Francia y le recrimina por el gobierno de Eduardo Frei Montalva…
“Hay un pasaje en mi libro de un encontrón bastante violento, porque ella vino a verme a mi oficina en la embajada de Chile en París. Lo primero que hizo, ni siquiera me abrazó o me dio la mano, me habló muy mal del gobierno de Eduardo Frei, que estaba engañando al pueblo, sin progreso, y que su administración era un teatro. Yo le hice sentir, de una manera diplomática, que esa no era una manera de saludarme después de tanto tiempo sin vernos. Habíamos sido muy amigos y colaboradores y me recibió, como se dice popularmente, con ‘una patada en el hocico'. Eran sus momentos de furia, después se calmaba y se transformaba en una mujer muy abierta, muy simpática y talentosa. Pero tenía esos reventones. Tenía una vena de dureza en su carácter que por un lado es malo, pero también es positivo, porque Violeta fue una persona que se atrevía a decir la verdad frente a los poderosos. Eso es una virtud. Les decía en su cara lo que ella pensaba ¡Muy valiente! Pero, a veces, los amigos teníamos que afrontar las consecuencias de su mal humor”.

—¿Porqué, como señala en el libro, usted y Nicanor Parra fueron las personas más fieles de Violeta Parra?
“Isabel Parra me mostró un escrito de su mamá donde decía ella que yo era el único que le seguía siendo fiel. Siempre he estimado su arte de la mejor manera posible. Nunca le fallé y todo lo que escribí de ella o dije en Canal 13 lo hice con una profunda convicción de su valor. Cuento en el libro que me tomó un examen en un aeropuerto para saber si sabía bien todo lo que había aprendido de ella. Eso fue una manera de comprobar que lo que me había enseñado permanecía intacto en mi memoria. Nicanor, por otro lado, fue el referente de protección: el antipoeta fue su referente paterno. Violeta se quejó de que todos le fallaron y puso fin a su vida no por penas de amor, sino por la imbecilidad de los hombres. Por eso la pongo como un personaje marginal, por su incompatibilidad con el mundo que le tocó vivir. Ella me habló no solo de poesía o de música, también me habló de este modelo de civilización frente al que ella no estaba de acuerdo, al igual que yo. Por otro lado, la figura de Cristo nunca dejó de ser importante para ella. Llegó a decirme ‘a Cristo no me lo sacan del corazón ni el comité central del Partido Comunista'. Esa es una frase para el bronce”.




sábado, octubre 03, 2020

Margot Loyola y Violeta Parra: Las “comaires”, en dos discos de folclor en movimiento

 El Mercurio


El quinto álbum “Premio a la música de raíz” sorprende con sus propuestas, mientras que Javiera Parra reobserva las canciones de su abuela con cuarteto de cuerdas.

IÑIGO DÍAZ


Margot Loyola, que no tuvo hijos, decía que sus hijos estaban desperdigados por todo el país y eran los cientos de alumnos a quienes formó. Ella fue, además, madrina de Rosita Clara Arce, la hija de Violeta Parra que murió en 1954. Un libro de Julio Fernando San Martín explora la relación de comadrazgo de estas dos damas que se conocieron en una ramada en 1952 y llegaron a ser pilares del folclor chileno.


Tras sus centenarios, el eco de sus legados no se agota ni mucho menos. “La creación es un pájaro sin plan de vuelo”, decía Violeta Parra, y una de sus nietas, Javiera Parra, supo de esta máxima durante las intensas sesiones de grabación realizadas en México para el disco “Gracias a Violeta”. Editado por Evolución, plantea una aproximación nueva a canciones que suelen estar en un canon, ahora en el contexto de la música contemporánea y el cuarteto de cuerdas.


“Como intérprete, lo más complejo fue instalarme en ese plano. Había que sentir el pulso interno de las canciones sin que existiera una guitarra y sin que nadie marcara la tierra. Lo único que se puede hacer es conectarse con las respiraciones de todos, porque ahí están las pausas”, dice Javiera Parra respecto del itinerario musical que debió cumplir con el Cuarteto Latinoamericano, conjunto formado en 1982, ganador de dos Grammy Latino y nominado este año a un tercero.


Está integrado por los hermanos chilenos Álvaro (chelo), Arón y Saúl Bitrán (violines), además del mexicano Javier Montiel (viola), quien trabajó en los arreglos para el repertorio junto al compositor Guillermo Rifo.


El disco reobserva momentos clave de su creación, con “Volver a los 17”, el “Rin del angelito” o la despedida de “Gracias a la vida”, pero también canciones no tan a la mano: “La lavandera” o “21 son los dolores”. Y sobre todo las anticuecas N° 2 y N° 5, vistas desde la dinámica del cuarteto. “Ahí es donde se aprecia la obra más contemporánea de Violeta que no alcanzó a sobresalir en su tiempo, pero que hoy se está estudiando”, dice Parra.


Margot Loyola reflexionó también sobre el “folclor en movimiento”, como decía. Es esa misma lógica de la transformación que se opone a lo estático. Por eso, el concurso de composición en su memoria que año a año convoca la SCD pone de manifiesto hasta dónde pueden moverse los límites de lo que se entiende como folclor. El resultado está en los cinco álbumes que se han publicado. El último de ellos se lanzó esta semana.


“Tuvimos una diversidad muy grande alrededor de la música de raíz. Solamente se publicó una tonada y una cueca, y en general hubo creaciones que muestran un atrevimiento en los compositores. La décima ha tomado mucho protagonismo también”, dice la historiadora de la UAH Karen Donoso, integrante del jurado en sus cinco ediciones.


Este año postularon 250 canciones. Andrea Andreu, que está por tercera vez entre los seleccionados; Paola Lucero o el Dúo De la Fuente representan un lado más tradicional en la composición. En cambio, experimentos como los de Bruno Simonetti y Felipe Sepúlveda, con una cueca de matices trap; Alfonso Ureta, con el encuentro entre el guitarrón chileno y la fusión, o las canciones de De Patienquincha y De Caramba ubican a ese folclor en otros niveles de apreciación.

lunes, agosto 10, 2020

La travesía de una arpillera: Chile recupera obra de Violeta Parra



El Mercurio

Estuvo en un sótano durante décadas, después de exhibirse en el Museo del Louvre. Ahora, “La rebelión de los campesinos” se suma a la colección del Museo Violeta Parra gracias a la gestión inicial de Ruth Valentini.

Daniela Silva Astorga

Abandonó su taller en Ginebra para instalarse en Saint-Prex (o Basuges, como se llamaba antes). Comenzaban los años 60 y en ese pueblo, a orillas del lago Léman, Violeta Parra (1917-1967) tenía donde continuar su periplo por Europa: la residencia de su amigo Charles-Henri Favrod (1927-2017). El periodista, escritor, fotógrafo y activista por la descolonización de Argelia le ofreció una habitación en la parte más alta de su castillo. Ahí trabajó sin cansancio ni distracciones en su obra plástica. Tejió, bordó e hizo cabezas con papel maché. También cantó canciones de cuna para los hijos de la familia hasta que, nueve meses después, decidió partir.

Enero de 2020. Ruth Valentini —viuda de Ángel Parra, hijo de Violeta— se refugia del frío parisino en su casa de Providencia cuando recibe un correo de su amigo Michel Bühler. El músico le cuenta su última conversación con Xavier Veuthey, conocido suyo, y el relato se torna crucial cuando menciona a Charles-Henri Favrod. “Me dice que Veuthey veía la sucesión testamentaria, y que estaba programada una subasta de todos los bienes del castillo de Saint-Prex. Muebles, cuadros, fotos, documentos y una arpillera de Violeta Parra. Escuché esto y rápidamente me puse en contacto con él”, recuerda Valentini, al teléfono desde Francia.

Era una de las arpilleras más relevantes de Parra: “La rebelión de los campesinos”. La expuso en el Museo del Louvre (1964), y conversó sobre ella con la periodista Madeleine Brumagne durante el registro del documental “Violeta Parra, bordadora chilena”, rodado por la Televisión Suiza. Y esa fue una de las últimas apariciones públicas del bordado. Después, su rastro se perdió: estuvo durante 60 años en el sótano del castillo de Saint-Prex.

“No podía irse a venta —afirma Valentini—. Le insistí a Xavier Veuthey que debía sacarla inmediatamente de la subasta. Me parecía evidente que la arpillera debía ser patrimonio del Museo Violeta Parra. Le pedí que los herederos la donaran. Se negaron. Su argumento era que existían coleccionistas suizos dispuestos a comprarla”. Días después, el encargado de la sucesión invitó a hacer una oferta.

Todavía en Santiago, Valentini fue al Museo Violeta Parra y, en medio de los vestigios del incendio, le reveló el hallazgo a Cecilia García-Huidobro, directora de la institución. “Su ánimo se transformó: pasó de la desesperanza a una increíble alegría. Me contó que hace años buscaba esa arpillera y desde entonces se hizo cargo de la gestión”, rememora Valentini.

Tras 150 días de trámites, la obra viajó a Santiago hace un mes. Valentini siguió en la misión hasta que Veuthey entregó la pieza, adquirida por la Fundación Museo Violeta Parra, al embajador de Chile en Suiza, Manuel Francisco Gormaz.

“Ahora esta arpillera les pertenece a todos los chilenos. Era muy importante recuperarla. Sabíamos de ella porque se exhibió en el Louvre, sin conocer su paradero”, comenta Cecilia García-Huidobro. La directora del museo cuenta, además, que este gasto fue posible gracias a los ahorros que han hecho al estar cerrados, debido a los incendios que sufrieron durante el estallido y la pandemia. Y los fondos vienen de la asignación del Ministerio de las Culturas.

“Este hallazgo nos da mucho ánimo para seguir adelante. Significa que estamos vivos”, afirma la presidenta del directorio de la fundación, Carmen Luisa Letelier. “Que aparezcan obras que se creían perdidas en Europa es muy impresionante, porque demuestra el poder de atracción que ejerció Violeta Parra en todas partes. Estamos muy contentos. Siempre los museos deben tratar de aumentar su patrimonio y más en este caso, pues es único y no tan abundante”, añade. Hasta ahora, la Fundación Museo Violeta Parra había comprado un retrato del historiador Leopoldo Castedo, que la artista hizo con pintura. Pero su colección ha crecido además por donaciones. Una de las más relevantes es la de Madeleine Brumagne. Cedió una arpillera, una pintura y un papel maché.

El proyecto es exhibir “La rebelión de los campesinos” apenas sea factible. Mientras el museo no se reconstruya —“estamos en el trámite con los seguros”, recuerda Letelier—, se usará otro espacio cultural. “Este fue un proyecto país. Es una maravilla que la obra esté ya en Chile y que sea patrimonio de todos”, cierra García-Huidobro.

sábado, junio 20, 2020

Isabel Parra: "“No queremos reconstruir el museo”"



El Mercurio

En febrero de este año, el Museo Violeta Parra, ubicado a pasos de la Plaza Baquedano, fue atacado e incendiado en tres ocasiones en medio del estallido social. Isabel Parra, hija mayor de Violeta, habla de su desolación por la violencia, de los años de trabajo recolectando la obra de su madre, de la controversia con los herederos de Nicanor Parra y de su discrepancia sobre cómo estaba siendo manejado el museo en el último tiempo: “Se fue convirtiendo en un museo fome”.
Por Antonia Domeyko

Cuando Isabel Parra se levanta por las mañanas durante estos días de cuarentena, lo primero que ve son los cuadros de su madre que tiene colgados en los muros de su departamento en Providencia.

—Veo un mono de la Violeta Parra ahí, bailando cueca en el living. Voy a la otra pieza y tengo otros monos más chicos, maravillosos. A mí me da mucha energía eso, ¿sabes? Me contenta en los momentos más desolados. Miro un cuadro de mi mamá y siento que ella está. Hay muchos monos que se parecen a nosotros, porque éramos sus modelos; también están los perritos, los quiltros que ella cuidaba en La Reina. Esos son mis tesoros. Es una cosa muy fuerte, muy linda. Es mi compañía.

Isabel Parra vive sola. Pero durante el confinamiento ha tenido cerca a su hija Milena Rojas, que vive en otro departamento en el mismo edificio, y a su mascota, un perro salchicha. También mantiene contacto telefónico con su hija Tita. Pero lo que más la acompaña, a sus 80 años, son las canciones, dice. En estos meses se ha dedicado a escribir y componer, reflexionando sobre la pandemia y el “estallido social truncando”, para el nuevo disco que está grabando junto a Manuel Meriño, que se suma a la veintena de álbumes que ha lanzado durante su extensa carrera.

Sin embargo, añade, lo que acapara la mayoría de sus pensamientos hoy es el Museo Violeta Parra. Este proyecto, que albergaba y exhibía una gran colección de la obra de la artista, que Isabel y su hermano Ángel habían recopilado por décadas, está cerrado desde octubre, luego de que detonara el estallido social. Unos meses después, en febrero de este año, en medio de las manifestaciones, fue incendiado y atacado tres veces consecutivas en un mismo mes. Las reiteradas llamas devoraron la infraestructura casi por completo.

—Lo que más me preocupa ahora es el destino de lo que fue el Museo Violeta Parra, del ex Museo Violeta Parra.

—¿Por qué exmuseo?

—Después de los incendios, en la última reunión de directorio, salí con esa idea. Para mí se acabó el museo. No existe.

El trabajo de juntar y recopilar la obra de Violeta Parra, dice Isabel, ha sido una labor que ella ha realizado continuamente a lo largo de su vida.

—La Viola era muy itinerante, hacía sus trabajos, y se iba de viaje, dejaba cosas aquí, cosas allá, y me tocaba a mí, siempre me tocó, ir detrás de las cosas, ordenarlas y guardarlas. Ella me decía de repente “qué bueno tener una secretaria”. Me parecía una frescura esa cuestión, porque yo no era su secretaria. Yo la ayudaba porque ella era mi mamá, porque yo la quería y porque había que ayudarla, simplemente. La palabra secretaria no me caía muy bien. Pero de cierta manera había que hacerse cargo.

Recuerda especialmente los años en que su madre trabajaba en el proyecto de un centro cultural en una carpa instalada en un terreno baldío cedido por el alcalde de La Reina.

—Le costó tanto a mi pobre madre hacer ese proyecto, que era un proyecto loco, descabellado. Cuando la cosa funcionaba, entre comillas, ella se iba a Bolivia, y dejaba todo ahí. Eran muchos cachos todo eso, porque mi hermano y yo éramos grandes ya, y teníamos una vida, pero así y todo estábamos siempre ahí junto a ella.

Tras la muerte de Violeta Parra, en 1967, Isabel, que entonces tenía 27 años, se quedó con varias de las obras de su madre, que más tarde guardó en su propia casa en Ñuñoa. Unos años después, luego del golpe militar, Isabel y Ángel partieron al exilio y se instalaron finalmente en París.

—Si nosotros teníamos que trasladarnos, nos trasladábamos con ese patrimonio. Pasaron las cosas más increíbles que yo te pueda contar para sacar en plena dictadura, hacia un destino de exiliados, parte importante de la obra visual de la Violeta Parra —relata.

Desde París, al igual que su madre, visitaba diferentes países cantando sus canciones, y en el camino buscaba obras que Violeta Parra había dejado en sus viajes por Europa. Recuerda que en una presentación en Ginebra, al llegar al camarín, se encontró con un mensaje en un papelito que decía en francés: “Yo tengo cuadros de Violeta Parra”.

—La Violeta había dejado también montones de pinturas en el taller de Ginebra, pensando que volvería a buscarlas. Y aparece este suizo milagrosamente para decir: “Tengo los cuadros de la Violeta”. Después, este señor nos los entregó. Tenía prácticamente todos los óleos que se han exhibido. Todo fue así, son años de trabajo, de espera, de energía, de andar preguntando, tocando puertas a personas que uno no conoce, que te dieron un dato.

De a poco, su departamento en París se comenzó a llenar de obras de su madre.

—Yo iba a la cocina a pelar papas y tropezaba con un cuadro de mi mamá. No era uno, eran cinco, 10 cuadros, además de los que tenía colgados (…). Tenía mi casa invadida de obras de la Viola. En el edificio había una bodeguita comunitaria con los otros propietarios, y yo la tenía llena de Violeta Parra con arpilleras, papel maché, cartas, manuscritos, etc. Estaba exiliada sin saber qué iba a pasar con todo esto.

En 1987, Isabel Parra regresó a Chile. Una de las razones, entre muchas otras, dice, era volver a hacer algo con el legado de su madre. Cuatro años después, en 1991, creó junto a su hermano Ángel la Fundación Violeta Parra.

—Creamos la fundación para proteger la obra. Nosotros lo vimos como una gran manera de protección, porque cualquiera cae en la tentación de querer vender.

—¿No han vendido alguna?

—Las hemos cuidado como si fueran hijos de nosotros. Jamás hemos vendido, creo que ni un monito ni un dibujo.

Tras la creación de la Fundación, en la mente de Isabel estaba el objetivo final de crear un museo.

—Me demoré cerca de 20 años en convencer a los gobiernos democráticos de lo importante que era tener un Museo Violeta Parra. De andar enseñándole a los chilenos quién era Violeta. Fue arduo. El nombre de la Violeta es muy querido y muy amado en todas partes del mundo. Chile es el país número uno para desconocer y estar ciego de las cosas que ocurren a los grandes artistas chilenos. Y a mí me tocó la pega chica, de andar cargoseando con la Violeta Parra.

En octubre de 2015 se inauguró el museo, construido con fondos del Estado y hoy financiado por el Ministerio de Cultura. Isabel y Ángel Parra donaron las obras al Estado chileno para la colección. Ella, como parte de la Fundación Violeta Parra, es la vicepresidenta del directorio del museo.

Aún Isabel sigue recibiendo contactos de personas que tienen cuadros y obras de su madre, y, dice, el museo ha comprado también algunas piezas que han ido apareciendo. Pero, asegura, hay parte del trabajo de Violeta Parra que está en la casa de su tío, el poeta Nicanor Parra, fallecido en enero de 2018.

—En su casa de La Reina se acumularon montones de arpilleras, de cuadros, que están ahí hasta el día de hoy. Quienes tienen la palabra son los hijos del tío. Ya todos están grandotes, no son los cabros chicos, tendrían que pronunciarse, y devolver lo que no les pertenece. Frente a la gran herencia que tienen, que se ha publicitado en todos los medios, estamos todos con la boca abierta de la mansa fortuna que hay ahí. Entonces, con mayor razón que devuelvan esos cuadros. Si bien tienen un valor económico, supongo, muy elevado, deberían volver a sus dueños. Y espero que ocurra.

Hace poco más de un mes se hizo público en varios medios un informe elaborado por el abogado interventor de la herencia de Nicanor Parra que indicaba que el patrimonio corresponde a $3.400 millones, además de cinco inmuebles, y que hoy está en medio de una disputa legal entre los hijos herederos.

—Usted presentó una carta formal pidiendo los cuadros, habló también de tomar posibles acciones legales.

—Acciones legales he tomado tantas veces en mi vida, que no me voy a meter en esa cuestión a esta altura. Yo apelo a la cordura, a la generosidad, a la comprensión y, en definitiva, apelo a no quedarse con lo ajeno. Así de simple. Yo tengo confianza en que en la medida en que se desenrolle el enredo que tienen los hermanos, que este patrimonio de cuadros de la Violeta Parra no pase a ser parte de la fortuna, bastante grandota, que se van a repartir.

—Se decía que Nicanor Parra le había comprado esos cuadros a Violeta.

—Es que hay todo tipo de cuentos. Hubo una historia de que “pobre Violeta que no tenía plata”. Esa es una falsedad total y absoluta. Los hermanos, el Nicanor con la Viola, siempre tenían historias de plata. La Viola, siendo una mujer pobre, le prestaba plata al hermano. Hasta yo me acuerdo en un momento que el tío Roberto llegó a mi casa y me dice que a Nicanor le estaban ofreciendo una casa muy barata en Isla Negra, pero que necesitaba unos dineros. Yo tenía mis ahorros y le presté, y el tío vino después y me pagó. Se prestaban plata los hermanos. Ellos tenían sus transacciones económicas privadas.

—¿Ha mantenido contacto con sus primos, los hijos de Nicanor Parra?

—Fui en una época muy amiga de la Catalina, era mi prima más querida. Ahora está en Nueva York, pero no escribe, no sé lo que pasa. Después de todos estos enredos mediáticos que han ocurrido con la familia Parra de ese lado, me imagino que es por eso. No tengo idea. Pero yo he conversado con la Colombina sobre este tema. Yo tengo su número y le he mandado recado, pero no me pesca, hasta el día de hoy.

Al lado del río/ donde se encontraba el corazón vivo de Violeta Parra/ queda el humo negro/ quemada la historia/ y el corazón vivo de Violeta Parra.

Es la estrofa final de una de las canciones que Isabel ha estado escribiendo en el último tiempo. Es de febrero de este año, cuando ocurrió el incendio del museo. Dice que cuando comenzó el estallido social tuvo sentimientos encontrados.

—Lo que me pareció muy dramático fueron los actos violentos. Todo lo que signifique destruir, quemar, romper, a mí me parece de una violencia que no soy capaz de justificar. No me gusta esa forma, para nada. Yo estoy desolada de constatar lo que ha ocurrido, pero al mismo tiempo estaba contenta con el estallido, por supuesto. Cuándo la gente iba a mostrar esta desigualdad chilena, esta injusticia, esta sociedad que vive a expensas de la explotación de otros, un país que desprecia las minorías, un país donde los hombres matan a sus mujeres, y la lista es muy larga. La gente aquí no tiene qué comer. Entonces, por supuesto que encuentro razonable que haya una explosión de reclamo. Cómo no.

Con el comienzo de las manifestaciones en Plaza Baquedano, en Vicuña Mackenna, a una cuadra de la plaza, el Museo Violeta Parra tomó la decisión de cerrar sus puertas. Y hasta hoy, ocho meses después, no ha vuelto a abrir.

—Se clausuró. Yo no estaba de acuerdo. El Museo Violeta Parra no tuvo ningún compromiso social durante esta revolución. No se proyectó el espíritu social de la Violeta, jamás.

—¿Cómo hubiese querido que fuera?

—Bueno, yo nunca pretendí ser la directora del Museo Violeta Parra, no tengo nada que ver con eso. No soy funcionaria pública y no ando buscando esa pega. Soy una mujer artista, que hace música (…). Como a mí no me tocó, las cosas que nosotros inventamos nunca se pudieron concretar, ideas que planteábamos. Yo creo que hay personas que podrían hacerlo mejor, que podrían tener otra visión. Por ejemplo, el centro cultural del GAM se la jugó a muerte con el estallido social y organizó miles de cosas. Claro, ellos tienen una gran infraestructura, pero el Museo Violeta Parra se cerró.

La noche del viernes 7 de febrero, Isabel Parra se enteró por la televisión de que el museo se quemaba en medio de una protesta. La infraestructura, que este 2020 cumplía cinco años desde su inauguración, se caía a pedazos. Las obras, por suerte dice Isabel, las habían retirado al inicio del estallido para resguardarlas.

—Cuando lo vi en la televisión, partimos con la Milena (su hija) de inmediato para allá. No hay nada peor que un incendio; esas llamaradas incendiarias, es como una guerra, como sentirse estropeada, humillada. Quemar un lugar de encuentro, un lugar creativo, que costó tanto hacerlo.

—Antes de que esto ocurriera, ¿usted pensó que podría llegar a pasar algo así al museo que representa a Violeta Parra?

—Viendo el desastre en el transcurso de los días, era como para pensar que se podía empezar a romper; rompieron vidrios, pero siempre con una esperanza estúpida de que no iban a tocar el Museo de Violeta Parra. La ingenuidad perfecta. Eso era lo que yo sentía.

Hoy hay una investigación en curso, pero Isabel dice que aún no ha tenido información de quiénes habrían originando el incendio. Al día siguiente del ataque, Carabineros hizo una declaración en la que indicaba que algunos testigos habían visto un grupo de encapuchados iniciar el fuego.

—Al lado del museo había un sitio baldío, que era como de guerra, ahí pasaban las fuerzas del orden, los encapuchados y los locos que quemaron el museo; qué Dios sabrá quiénes son. No ha llegado ningún resultado de la investigación.

El 28 de febrero hubo un segundo incendio en el museo. Y al otro día, la infraestructura volvió a arder por tercera vez.

—Yo estoy confiada en que esta revolución, que quedó trunca, continúe. Tiene que continuar, pero de otra manera. Yo me opongo a los actos violentos.

Como todos los centros culturales, abrir las puertas al público no es una posibilidad hoy debido a la pandemia. Y en el caso del Museo Violeta Parra, esa opción, con la infraestructura destruida, es aún más lejana.

—Nosotros, como Fundación Violeta Parra, no queremos reconstruir el museo, considerando en el estado catastrófico en que se encuentra la economía chilena. Construir ese museo fue carísimo, mantenerlo es carísimo. Es bueno que la gente sepa que los Parra no han recibido nunca un peso por entregar esa obra y que los dineros que entrega el Consejo de la Cultura es para mantener a los funcionarios y para hacer las actividades que tiene que hacer un museo.

—¿Cuál sería, entonces, para usted el futuro del museo?

—No vamos a reconstruir ese museo por miles de razones. Ese museo fue destruido. La intención que nosotros tenemos como fundación es seguir mostrando la creación de la Violeta, pero de otra manera. De una manera más simple, menos cara, más en contacto con la gente, en una casa, que no tenga que tener 25 personas que hagan aseo. La sencillez de la Violeta es la que tenemos que poner frente a un nuevo proyecto. La gente tiene que saber cómo era la Violeta Parra. ¡Por Dios! Si la Violeta se fue a vivir a una carpucha de tierra. Yo no te digo que vamos a hacer la carpa, porque yo odio la carpa, pero tenemos que hacer un proyecto cariñoso, amable con las personas, entretenido, creativo.

—Cuando fue el incendio, usted dio declaraciones en las que mencionaba que no coincidía en cómo se estaba manejando el museo. ¿Sigue pensando eso?

—Reafirmo lo que digo. Yo creo que hay personas que no están preparadas para dirigir un Museo Violeta Parra. Creo que mi hermano y yo nos equivocamos profundamente en confiar en esta persona, en creer en ella. No creo que sea fácil dirigir un museo, pero este es un museo bien dirigido en lo administrativo y en lo técnico, y eso a mí me importa un rábano. Está lleno de gente que puede hacer eso, pero hay muy poca gente creativa que inventa cosas, que se deleita creando. Eso no lo tenemos y no lo tuvo nunca el museo.

—¿A qué se refiere?

—Mientras el museo existió, creo que ocurrieron cosas buenas, como que se bailaba cueca el primer sábado de cada mes, era una cuestión maravillosa (…). Pero fue muy difícil, porque hacer un museo Violeta Parra vivo es muy complicado. El museo se fue convirtiendo en un museo fome, sin divisar a la Violeta en sus múltiples facetas. Nunca hubo una programación profunda. Nunca hubo estudios sobre la Violeta Parra, nunca salió a las regiones, nunca tuvo proyección con museos del mundo. Se quedó ahí en la calle Vicuña Mackenna con unos talleres. Mejor ni hablo de eso, porque me deprimo.

—…

—Hacer talleres de cómo se hace el terremoto, qué se toma para el 18, es para morirse. Te pongo ese ejemplo que es dramático. La Violeta, además, era contra el alcohol, y hacer talleres así en un país de alcohólicos como el nuestro… Ese tipo de cosas puede ser un detalle risible, pero en el fondo es una mierda... o talleres de sopaipillas. Yo adoro las sopaipillas, pero haber luchado todo lo que te conté para terminar haciendo sopaipillas. Por favor, tenemos que cortarla.

—La directora del museo, Cecilia García-Huidobro, dijo que las decisiones se han tomado en el directorio, al cual usted no había asistido en el último tiempo.

—Lo que pasa es que esas reuniones de directorio son un chiste, porque ahí llega el pastel cocinado, y la Fundación Violeta Parra no tiene mayoría en el directorio. Los pasteles vienen cocinados a las reuniones y no creo que solamente en este directorio, yo creo que todos los directorios funcionan así.

Hoy, el museo funciona en formato digital, ofreciendo actividades en línea. Pero Isabel piensa en otra cosa y mira hacia atrás:

—Después de todo ese esfuerzo, de todo lo que pasó, de tanto patalear y pelear, viene el estallido social con las consecuencias que conocemos. Entonces, en realidad, si uno se pone a sacar la cuenta de lo que ha sido esta historia, quedamos en punto cero.


Isabel Parra dice que la intención es seguir mostrando la creación de la Violeta, pero “de una manera más simple, menos cara, más en contacto con la gente”. En la foto, ella junto a su madre. ZIG ZAG

viernes, julio 12, 2019

La última carta de Violeta

La Tercera

El 5 de febrero de 1967, la compositora de "Gracias a la vida" escribió una carta destinada a su hermano Nicanor y luego apoyó la pistola en su sien derecha. Con el tiempo, la carta adquirió bordes míticos. A más de 50 años de su muerte, las últimas palabras de la artista más gravitante de la música chilena son reveladas en un perfil de la periodista Sabine Drysdale para el libro Extremas (Ediciones UDP).

Por Andrés Gómez Bravo

Sobre sus piernas descansaba una carta, salpicada de sangre y destinada a su hermano Nicanor. Violeta Parra había pasado toda la tarde sentada en su cama, en una sencilla cabaña junto a la carpa que había instalado en La Reina. Escribía y bebía vino. Era un domingo de verano y desde el tocadiscos sonaba reiteradamente la canción venezolana “Río Manzanares”: “Manzanares, manzanares/ con tu corriente pa’rriba/ por una mujer bonita/ yo quiero perder la vida”. Poco antes de las seis de la tarde, un balazo acabó con la calma de ese día.

“Si juntamos dos mil hombres no alcanza a salir de ellos un cuarto de hombre”, escribió la compositora aquel 5 de febrero de 1967.

“Desesperada, nada. Clarificada.

Dice uno por ahí que los Parra son cortados a una misma tijera. El que lo dice debe haberlo cortado por un serrucho.

Yo no me suicido por amor. Lo hago por el orgullo que rebalsa a los mediocres”.

Durante décadas, las últimas palabras de la artista más significativa de la música chilena permanecieron en la intimidad familiar. Nicanor Parra mostró la carta a un círculo estrecho de conocidos y su contenido adquirió bordes legendarios.

“La ‘Carta del vidente’ de Rimbaud no es más lúcida, no es más apocalíptica, no es más humilde”, dijo Nicanor Parra en su libro de Conversaciones con Leonidas Morales.

Más de medio siglo después y a un año de la muerte del antipoeta, el contenido de la carta de suicidio es revelada por la periodista Sabine Drysdale en “Violeta Parra: la violenta Parra”, uno de los 13 perfiles que integran el volumen Extremas, recién publicado por Ediciones UDP.

“La aparición de fragmentos de la mítica carta de Violeta Parra dirigida a Nicanor antes de suicidarse son tremendos”, dice Matías Rivas, director de publicaciones UDP. “Le dan al texto contundencia, ya que está la voz de la protagonista expresándose en una situación límite. Es un gran perfil. Memorable”, añade.

Artista de una fuerza arrolladora, de enorme creatividad y personalidad de rasgos bipolares, a los 49 años Violeta Parra atravesaba una profunda crisis, acentuada por el fracaso de la carpa de La Reina y la relación con el suizo Gilbert Favré.

Trece años menor, Favré conoció a Violeta Parra en 1960 y mantuvo con ella una relación atravesada por los conflictos facilitados por el genio complejo de la artista: su profunda sensibilidad eventualmente podía pasar de la dulzura a la violencia.

“De vez en cuando teníamos enfrentamientos que rozaban la tormenta. Con Violeta la vida era tan tensa que de vez en cuando pensábamos que una pequeña separación era necesaria”, contó Fravré en sus memorias.

Valorada por un influyente círculo de artistas e intelectuales, el aprecio popular en cambio le fue esquivo. La sobrevivencia fue un problema prácticamente insoluble para ella, así como el reconocimiento masivo. Su último gran proyecto, La Carpa de la Reina, su sueño de una universidad popular, naufragó entre la indiferencia, la lejanía, el frío y la lluvia.

Inaugurada en diciembre de 1965, en un terreno cedido por el alcalde Fernando Castillo Velasco, la carpa se levantaba sobre una estructura de palos, piso de tierra y un escenario de tablas. Al medio había un fogón donde la artista asaba carne y cocinaba sopaipillas. Distante del centro de Santiago, donde sus hijos Ángel e Isabel llenaban su peña cada noche, y de difícil acceso, la carpa recibía muy poco público, a veces ninguno.

Un año después era un apoteósico fracaso.

La decepción la invadía, resintió su relación con Gilbert y la enemistó con su entorno.

A inicios de 1966, Violeta Parra conmocionó a sus cercanos: una sobredosis de calmantes la condujo al hospital. Cuando despertó, le dijo a Favré: “Si no haces lo que te digo, me voy a suicidar de verdad”.

El volvió a La Reina, recogió sus cosas y se dirigió a Bolivia. Ella compuso “Run Run se fue pa’l norte”.

Ultimas composiciones
Por aquellos días, Violeta Parra le cantó a Margot Loyola y su marido Osvaldo Cádiz uno de sus nuevos temas, “Gracias a la vida”. La canción formaría parte del disco Las últimas composiciones (1966), su obra cumbre, una soberbia muestra de su genio y su madurez artística. Pero aquella vez la interpretó de un modo preocupante: “¿Pero por qué la canta así, si es tan linda la letra?”, le preguntó Margot Loyola, recoge Drysdale.

Una de esas noches frías y lluviosas Violeta Parra se quedó tomando mate con la artesana Amalia Chaigneau. “Echó garabatos contra todo el mundo, entre ellos contra los dos chiquillos, sus hijos. Estaba muy peleada con ellos, porque no querían meterse en el proyecto de la carpa. Tenían razón a lo mejor los chiquillos. Ella quería hacer un centro de música popular que pudiera proyectarse un poco más socialmente y ellos querían una peña, ganaban plata y podían vivir de eso”, cuenta en el libro. Violeta habló también contra el Partido Comunista: “Decía que la había botado después de que ella había sido muy colaboradora con los organismos del partido, aunque no era militante”.

Poco después de la partida de Favré, se acercó a La Reina el músico uruguayo Alberto Zapicán. La encontró deprimida, sola y con la carpa en muy mal estado. “La gente la aplaudía, pero ella no tenía una retribución como para solventar los gastos”, dice hoy con más de 90 años, en contacto con la autora del perfil. “No había nadie que le ofreciera una mano”.

“Peleaba por todo, lo bueno, lo malo”, dice al abogado Nurieldín Hermosilla, su amigo, en las páginas del libro. “Que todos la perseguían, que eran unos cabrones… Yo nunca la vi bien en la carpa. Nunca”, agrega.

Antes del 5 de febrero de 1967, Violeta Parra llamó a la muerte otra vez: se cortó una muñeca. Alberto Zapicán, que vivía con ella, reaccionó a tiempo y la llevó a urgencia. Pero la tercera fue inevitable. “Ella estaba muy convulsionada emocionalmente, muy desbordada y en algún momento se automedicaba, y tenía fondeadas unas pastillitas y se las tomaba. Por ahí tomaba una copita de vino y como había tomado pastillas le hacía una convulsión interna. Había un matrimonio que cuidaba la carpa. Ese matrimonio había escondido el revólver, pero buscaba y buscaba hasta que al final lo encontró”, dice Zapicán.

“Lo di todo”
Lejos de un ánimo melancólico o nostálgico, la carta exhibe un espíritu airado. De algún modo Violeta Parra transparenta en ella sus frustraciones y dolores, pero en un tono de amargura y rabia. Dedica palabras de gratitud a Nicanor, crítica a los revolucionarios y se dirige severamente a sus hijos, sobre todo a los mayores, Ángel e Isabel. Escribe:

“Mi madre es una reina mañosa.

La Carmen Luisa despertará frente al vacío que deja su madre.

Me cago en los discursos de despedida. (…)

Los revolucionarios clandestinos le han quitado una luchadora al país.

No tuve nada. Lo di todo. Quise dar, no encontré quien recibiera.

Ángel está prisionero. Isabel también. Carmen Luisa también, pero de la nebulosa. Y no como los anteriores huevoncitos grandes. Los deslumbran los encerados.

Pucha qué gran tipo es Nicanor. Sin él no habría Violeta Parra. Pero al pobre yo le escondo todo porque le rompe el corazón.

El presidente Frei es un farsante. Fidel es un romántico. Lenin se equivocó.

No quiero que mis hijos sean más cobardes”.

Los fragmentos corresponden a una copia hecha por Nicanor Parra el 28 de julio de 1988.

Isabel Parra, presidenta de la Fundación Violeta Parra, dice a Culto que ella no ignoraba las palabras de su madre: “En fin, esa carta la conozco y su hermano Nicanor la tenía y me la mostró. Es natural que ahora aparezca por la cercanía de la UDP con los hijos del tío. Algún día lo iban a hacer. Tienen otros genes y así funcionan (…). Venderán libros manoseando la vida de estas mujeres. Muchos se alegrarán. Otros no”.

Trece mujeres radicales
“Son todas mujeres entregadas a un deseo, a una pulsión; lo que más me gusta como editora es buscar los matices, y aquí hay mujeres geniales, muchos talentos, pero ninguna es angelical”, dice Leila Guerriero, la periodista argentina que ofició de editora de Extremas. El volumen recoge perfiles de 13 mujeres latinoamericanas, del arte a la guerrilla y el deporte. En el conjunto destacan el perfil de la poeta Stella Díaz-Varín por Oscar Contardo; la artista cubana Ana Mendieta, por Alan Pauls, y la argentina Liliana Maresca, por Mauro Libertella.



Rafael Gumucio sobre Violeta Parra: “Su gesto de suicidio fue político, quería llamar la atención”


El autor de Nicanor Parra, rey y mendigo, opina sobre la relación de éste con su hermana y de ella con sus hijos.

¿Tenía conocimiento de la existencia de esta carta?
Había hablado con Sabine y muchas veces me dijo que me la mostraría, pero quizás por una cuestión de timidez preferí no verla. Es raro que no se haya publicado antes porque Nicanor se la mostró a mucha gente, es una carta semi pública. No sé cuánto de Nicanor y cuánto de Violeta hay en esa carta porque esta es una transcripción que él hizo en los años 80, ya que el original se perdió. De todas formas he visto otras cartas de ella y tienen el mismo tono.

¿Cree que conocer esta carta cambia en algo la imagen pública de Violeta?
Creo que despeja un poco la idea de que ella se mató por amor, que era una sentimental, una pobre mujer enamorada de un suizo. La carta es de una gran violencia y el gesto de suicidarse es un gesto político, quería llamar la atención, al margen de que también estaba desesperada. La carta habla de una mujer dura y lúcida para escribir, un verdadero volcán.

¿Qué le parece lo que dice sobre sus hijos?
Con sus hijos hay un conflicto que es lo más polémico de la carta. Los dos hijos empezaron a brillar con luz propia, tenían una cantidad de éxito fruto de su propio esfuerzo, pero también una gran cantidad de contactos que la Violeta sentía que se lo debían a ella. Es una mezcla compleja de sentimientos, porque para el clan Parra ninguno está solo, los hijos y nietos son todos parte del mismo proyecto.

¿Qué le llamó la atención del contenido de la carta?
Es reforzar la idea de que Violeta no era una mujer común, era una fuerza de la naturaleza y esa comparación que Nicanor hace con Rimbaud no me parece del todo descabellada, ella era un ser poético que vivía la poesía y el arte de manera existencial. No supo nunca mantener la distancia de su cuerpo y de su arte, que es lo que Nicanor trató de enseñarle de manera desesperada; que ella tuviera una vida regular, civil y que se pudiese acoplar con su arte. Ella en cambio se levantaba a las 6 de la mañana y estaba en la onda Violeta Parra todo el día.

Se nota en su carta que Violeta se sentía menospreciada.
Creo que es algo injusto pero muy propio de ella, porque Violeta tuvo mucha valoración, fue inmensamente popular y conocida y tuvo bastante apoyo en su vida, lo que pasa es que una artista de su tamaño en un país como éste obviamente le queda chico, pero no es culpa del país, digamos. Si hubiese nacido en Brasil o Argentina, otro gallo le cantaría. Mercedes Sosa fue quien la hizo popular a nivel latinoamericano justamente porque era argentina y allá el folclore y la música de raíz tienen un lugar que no tiene en Chile y Mercedes Sosa, que es una enorme cantante, necesitaba una compositora del tamaño de su talento y la encontró en Violeta Parra.


Víctor Herrero, periodista y biógrafo de Violeta Parra: “El artífice de todo el mito en torno a la carta fue Nicanor”

El autor de Después de vivir un siglo analiza las palabras de Violeta: “No estaba en su carácter pegarse un tiro por amor”.

¿Tuvo acceso a esta carta antes o mientras escribía la biografía de Violeta Parra?
Nunca, pero todos estábamos en conocimiento de su existencia. Además, yo decidí que no le iba a dedicar grandes esfuerzos en la investigación, porque lo que hice fue una biografía, que es bastante más amplio. Aun así, varios sabíamos que Nicanor se había dedicado a difundir desde el mismo día de la muerte de Violeta que él la tenía, y algunos extractos habían salido antes, aunque muy pocos. Lo que ha publicado Sabine Drysdale es lo más completo que se ha visto hasta ahora de la carta.

¿Qué piensa de los mitos que la rodearon por años?
El artífice de todo el mito en torno a la carta fue Nicanor. El se la mostró durante años a muchas personas, y se suponía que la original estaba manchada con sangre. Si ésta lo está o no, lo desconozco, pero no es casual que Nicanor nunca haya querido entregarla. Su hallazgo viene a derrumbar también el mito de que la carta estaba dirigida a él. Por lo que vemos, no estaba dirigida a Nicanor sino a todos, y por eso es que a varios les caen palos encima.

¿Qué fue lo que más le sorprendió del contenido?
Siempre intuimos el espíritu que tenía la carta, y al leerla nada me sorprende mucho. La propia Violeta dio señales de todo eso en vida. Se sabía, por ejemplo, que hablaba mal de Fidel Castro y de lo defraudada que estaba de los revolucionarios. El tema de los hijos también se sabía: ella decía hasta el cansancio que estaba extrañada con esta vida burguesa, a juicio suyo, que llevaban sus hijos Ángel e Isabel. ‘Todo lo que hago es para el pueblo de Chile, no para mis hijos’, decía. A la Peña de los Parra, que fue la primera en Chile, iban universitarios y políticos, no era una peña popular. Hoy en día, probablemente sería un punto de encuentro para el red set. Lo que sí me llamó la atención al leer la carta es que me esperaba una crítica más dura de su parte.

¿A qué se refiere?
Creo que hay que irse con cuidado con cuál es el valor que uno le otorga a su contenido. Sí es de gran valor periodístico, por cierto, pero tampoco hay que olvidar que fue escrita por una mujer que un día antes de su muerte había bebido mucho alcohol, y normalmente no lo hacía. Lo supe por la autopsia, donde aparecen los milígramos de alcohol en su sangre. En ese sentido, me llama la atención lo serena que estaba. Realmente pensé que iba a ser mucho más violenta. Sigo pensando que la frase que mejor explica a la verdadera Violeta, es cuando dice que no se mató por amor. No estaba en su carácter pegarse un tiro por un tema amoroso, y eso también fue parte del mito que ella misma intentó ahuyentar.