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miércoles, mayo 03, 2023

U. Católica acoge documentos privados de Sergio Larraín

 

Tarjeta postal con una de las imágenes de Sergio Larraín. Fondo Sergio Larraín Echenique/UC



El Mercurio


El plantel recibió una valiosa donación de los dos hijos del célebre fotógrafo chileno, que incluye pinturas, correspondencia y objetos. A futuro espera complementarse con el legado de sus fotografías.

MAUREEN LENNON ZANINOVIC

A un costado del féretro colocaron una cartulina que decía: “Don Sergio, el pueblo de Tulahuén se siente orgulloso de haberte acogido en sus faldas y agradece tu legado”. Así describió “El Mercurio” la partida del gran fotógrafo Sergio Larraín Echenique (1931-2012). Tras algunos años de residencia en Londres y París, este hijo del arquitecto Sergio Larraín García-Moreno fue contratado por la célebre agencia Magnum fundada por el famoso Henri Cartier-Bresson. “Life” y “Paris Match” fueron algunos de los medios que publicaron sus imágenes.


“Hace unos años di una conferencia en el Centro de Estudios Públicos (CEP) y se me acercó alguien de su familia y me pidió que le ayudara con los temas vinculados a la propiedad intelectual del trabajo de Larraín. Le señalé que encantado, porque me gustaba mucho su fotografía”, rememora el abogado Maximiliano Santa Cruz, socio del Estudio Santa Cruz IP. Agrega que junto a Verónica Besnier, la curadora de la importante retrospectiva sobre el fotógrafo que se realizó, en 2014, en el Museo Nacional de Bellas Artes, y a instancias de la familia, emprendió una labor que fue mutando desde una fundación al levantamiento de un archivo de investigación, y “había que elegir una institución seria que pudiera alojar este acervo y decidimos escoger a la Universidad Católica. Nos gustó lo que ha hecho este plantel con otras colecciones y así que con Verónica nos juntamos con el rector Ignacio Sánchez, quien accedió encantado”, cuenta Santa Cruz.


Hace unos días, Gregoria Larraín Truel y Juan José Larraín, hijos del fotógrafo, firmaron un acuerdo de donación con este plantel de educación superior. Ignacio Sánchez señala que la entrega “de la obra visual, escritos, documentos y artículos personales de Sergio Larraín es de tremenda relevancia para la universidad y para el país”. El rector agrega que en relación con su fotografía están muy avanzados en lograr “un acuerdo con la agencia Magnum para poder acceder a su obra con fines investigativos”.


Verónica Besnier añade que ella es el nexo entre esta universidad y Agnès Sire, quien fue “durante muchos años directora artística de la Fundación Cartier-Bresson y de la agencia Magnum. Ella nunca lo conoció, pero durante mucho tiempo mantuvo una larga correspondencia con Larraín. Estaba enamorada de sus imágenes. Gracias a su trabajo, sacó de los cajones de la Magnum estas fotos maravillosas”. Besnier expresa que el sueño de Agnès Sire es que se concrete un centro de investigación, “sin vulgarizar su obra. Ella quiere que Sergio siga siendo un ser misterioso”.


Gregoria Larraín Truel expresa que con gran emoción entregan el acervo de este artista chileno de fama mundial. “Así, las futuras generaciones conocerán sus aspectos más íntimos, podrán compartir su mensaje de paz, apreciar su lado humano y se encontrarán con facetas desconocidas. Este material será guardado por la Pontificia Universidad Católica de Chile, con todas las condiciones óptimas de conservación”. Complementa Juan José Larraín que, como familia, “donar a este plantel ha sido una experiencia fantástica, porque se abren interesantes posibilidades de investigación y nuevas perspectivas de análisis de la obra de mi padre”.


Obra pictórica


Instalado en una de las salas de la que fue la residencia de Sergio Larraín García-Moreno y que hoy forma parte del Campus Lo Contador, el arquitecto Emilio De la Cerda, director del Núcleo de Colección de UC, explica que la donación contempla 79 cuadros (óleos y acrílicos), dibujos, su biblioteca personal, textos de su autoría, como “Kinder Planetario” y “Satori”, libros de fotografías autografiados, 10 volúmenes empastados de correspondencias con distintas autoridades y fotógrafos, como Cartier-Bresson, y valiosos objetos, como su máquina de escribir y su ampliadora de fotos.


De la Cerda añade que si bien su obra fotográfica ha tenido un impacto indiscutido, hacia fines de los 70 y comienzos de la década del 80, “Sergio tomó otro derrotero. Se retiró al norte de Chile y desde ahí empieza a desarrollar otras búsquedas artísticas y espirituales. Participa del Grupo Arica y durante ese tiempo siguió trabajando con el mismo nivel de intensidad y rigor con otros soportes. En esos 40 años más desconocidos de su trabajo, se enfocó fuertemente en la pintura y la escritura”.


Método Couve


“Estamos hablando de una pintura realista en la corriente de la escuela de Adolfo Couve. Sergio Larraín Echenique era amigo de este último artista y de hecho dentro de la donación hay un escrito que se llama ‘El método Adolfo Couve de pintura', donde sistematizó ese método y con él enseñaba a sus alumnos. Pocos saben que fue profesor de pintura en localidades cercanas a Ovalle y regalaba sus obras. Hay mucho por descubrir, porque hay numerosa pintura dando vuelta”, explica De la Cerda. Agrega que la “pintura es una faceta inédita de su legado. Lo que recibimos son verdaderas joyas”.


Emilio De la Cerda dice que los cuadros, en general, no están firmados y los que sí lo están llevan las siglas AD, “que significan Alabando a Dios. A través de su obra tardía buscó un desprendimiento del ego y una forma de captar ese instante. Hay que entender su pintura como un ejercicio espiritual”, apunta.


El arquitecto concluye que con esta donación su famosa obra fotográfica “se amplía y se complejiza, al establecer vasos comunicantes con su pintura y sus escritos”, cierra.


Las pinturas de Sergio Larraín Echenique siguen el método de Adolfo Couve. El fotógrafo también impartió clases de arte en las cercanías de Ovalle. Fondo Sergio Larraín Echenique/UC


Trabajo manuscrito del fotógrafo chileno y que forma parte de la donación. Fondo S. Larraín Echenique/UC

domingo, julio 15, 2012

La desconocida amistad del fotógrafo Sergio Larraín y Violeta Parra

La Tercera


Lanzan biografía del único chileno que trabajó para la agencia Magnum, fallecido en febrero.

por Javier García


Era 1952. El tenía 21 años y estaba en el Regimiento Guardia Vieja de Los Andes. Ella, Violeta Parra, de 35 años, regresaba a la capital luego de recorrer Chile. Tras salir del servicio militar, “apaleado y humillado”, Sergio Larraín vería por primera vez a la cantautora en el Parque Forestal.

“Larraín admiraba a esta mujer talentosa y temperamental, y ella no ocultó su simpatía por el joven fotógrafo”, escribe el académico Gonzalo Leiva en Sergio Larraín: Biografía/estética/fotografía. Publicado por el sello Metales Pesados, el libro recorre la vida y obra del único chileno y primer latinoamericano en ingresar a la prestigiosa agencia Magnum. Fue en 1959, por invitación de Henri Cartier-Bresson.

El volumen se lanza en agosto, en el GAM, y viene a difundir el trabajo prácticamente desconocido de Larraín en el país, quien murió el 7 de febrero de este año en Ovalle, a los 81 años. Es el inicio de una serie de exposiciones y libros (ver recuadro), donde por primera vez se mostrará gran parte de sus imágenes depositadas en Magnum. El fotógrafo, que recorrió el campo con Violeta Parra, terminó alejado del fotoperiodismo, dedicado al yoga y la meditación.

La fama europea

Lo llamaba “Pituco” o “Joven Sergio”. Violeta incluso escribiría una polca con su nombre. Un día, Larraín la acompaña a cantar a un bar en Pudahuel. “Era bien popular. Yo estaba bastante afligido, pero ella se sentó muy tranquila y me daba ánimo. ‘No tengas miedo’, me decía”, recordó Larraín en Violeta Parra, el canto de todos (Pehuén).

Corría la década del 50 y Sergio Larraín Echeñique comenzaba a alejarse de su origen aristocrático. Su padre era el arquitecto Sergio Larraín García-Moreno, fundador de la Escuela de Arte de la U. Católica y del Museo Precolombino.

El fotógrafo, que había dejado los estudios de Ingeniería en Berkeley, bajaba a las orillas del río Mapocho a retratar a los niños vagabundos. Recorre Valparaíso y realiza una de sus series más famosas. Una de esas fotos la llama Petites filles: dos niñas bajando las escaleras del pasaje Bavestrello.

En 1957, Larraín accede a la invitación de Violeta Parra: recorrer el campo de la zona central recopilando canciones. El fotógrafo retrata a la autora de Gracias a la vida escribiendo al dictado de los viejos cantores. Sólo un par de imágenes se publican en Cantos folklóricos chilenos (1959). El libro es el único registro de su trabajo juntos.

Luis Poirot, amigo de Larraín, relata una visita que hizo en Francia: “Fui a Magnum y pedí ese material. Sergio enviaba todo a la agencia, pero me dieron unas excusas muy vagas. Me negaron acceso al archivo”, afirma. “Es lamentable, porque conocemos a un Larraín sólo por los ojos de la estética francesa”, agrega. Y sobre la amistad con la cantante de La jardinera, dice que hubo “una relación sentimental”.

Llegan los 60. Larraín viaja por Europa y América Latina. Publica su trabajo en las revistas más importantes del mundo: Life, Paris Match, O Cruzeiro y Jour de France. Pero la fama le recuerda su pasado aristocrático.

Regresa a Chile y vuelve a ver a Violeta, en la Peña de los Parra. Ya en 1965, el fotógrafo trabaja en una agencia de publicidad yla invita a participar en la Feria Internacional de Santiago (Fisa) con una peña. El se consigue la carpa.

“Era un turbión que sale y arrasa con todo”, diría Larraín de la cantante, que se llevó la carpa a La Reina. Al ver que Violeta no va a devolverla, Larraín le ofrece un “cambalache”. El se quedaría con una arpillera. “Se puso furiosa. Ahí nuestra relación se empezó a quebrar. Nunca más la vi, nunca más me vio”, contaría él. En mayo de 1967, tres meses después del suicidio de la artista, el fotógrafo le dedica un suplemento especial en el diario La Nación. Era su homenaje. La última foto del reportaje es de una silla solitaria, en la que descansa la guitarra de Violeta.

lunes, marzo 05, 2012

Sergio Larraín: de la Ciudad Luz a la luz del desierto

DESIERTO. Sergió Larraín dejó una carrera exitosa y vivió sus últimos 40 años entre Ovalle y Tulahuén.

Ñ

La hermana menor del fotógrafo chileno, que murió en febrero a los 81 años, cuenta quién era y qué buscaba este hombre enigmático que llevó a Cortázar a escribir Las babas del diablo, el cuento que Michelangelo Antonioni convirtió en Blow up.

POR PABLO E. CHACÓN


Entender quién era o qué buscaba Sergio Larraín, el fotógrafo que cansado de los bon-vivants de la industria cultural y empujado por la desesperación, abandonó –de una vez y para siempre- su más que promisoria carrera en la agencia de fotografías Mágnum, a la que había entrado por expreso pedido de Henri-Cartier Bresson, es intentar acertar la cifra existencial que buscan (o buscaron) Michelangelo Antonioni, Jean-Luc Godard, Bob Dylan, Samuel Beckett o William Faulkner. Pero desde su muerte, a principios de febrero pasado, en Ovalle, una población agraria al norte de Santiago de Chile, continúan tejiéndose las especulaciones más disparatadas en torno a su doble vida: la primera, mundana, glamorosa, exitoso profesional de la imagen amigo de Violeta y Nicanor Parra, Pablo Neruda, Enrique Lihn y Julio Cortázar; y la segunda, un Larraín místico, oscuro, apartado, extraño sujeto dividido que agacha la cabeza sólo frente al poder del águila, no como súbdito sino como soberano.

Y sin embargo, su sobrina, María José, una semióloga y escritora trasandina radicada en Buenos Aires desde hace más de 20 años, se sorprende cuando el cronista pregunta por el fotógrafo. “El tío Queco, un personaje”, dice. Dos o tres días atrás encontró entre sus cosas los libritos artesanales que ese mismo hombre escribía a mano con letra clara, cosía personalmente y enviaba a ciertas personas que, suponía, sabrían entender qué búsqueda lo expulsó del mundo, de los autorretratos y de su propia familia, a quien le costó entender -si es que entendió- cómo ese autodidacta que formaba parte de la agencia más importante del globo, decidió abandonar ese mundo, volver a su país, conectarse con los desamparados de la prosperidad y finalmente, internarse en el desierto a la manera de un eremita, dando por tierra con los fastos, el prestigio y el buen nombre y honor de sus ancestros, de su padre en particular, el arquitecto Sergio Larraín García Moreno, que a los 18 años había emigrado a Europa a estudiar con Le Corbusier, como otro de sus íntimos, Roberto Matta.

Larraín padre y Matta eran los amigos sudamericanos de Pablo Picasso y André Breton. Larraín hijo parecía tener las cartas marcadas. Pero las cosas tomaron otro rumbo. A la vuelta de su primer viaje a los Estados Unidos, muy joven, cuando se suponía iba a estudiar ingeniería forestal, descubrió la fotografía. En Santiago, se dedicó a las instantáneas que con precisión quirúrgica, retrataron la miseria a la orilla del Mapocho. Así las cosas, volvió a intentar estudios formales en Berkeley, California. Y fracasar en el intento. Pero fracasar es un decir. Porque entonces conoce a Claudio Naranjo, un psiquiatra, compatriota suyo: toman LSD, mescalina, amplían su percepción, y frecuentan a Oscar Ichazo, un boliviano, iniciado en las técnicas sufíes en las montañas de Afganistán por los herederos que supieron introducir en ese saber a Georges Ivanovitch Gurdjieff. Faltaba un tiempo, pero las cartas ya no estaban marcadas.

Bárbara, madre de María José y hermana menor de Sergio –que falleció a los 81 años- accedió a conversar con Ñ digital, con la condición de honrar su memoria y respetar su elección (contra la inflación del espectáculo periodístico). La señora fue una de las pocas invitadas por los pobladores de Ovalle a la ceremonia fúnebre de su hermano.

“Quiero decir que la muerte de Queco me ha hecho rastrillar mi vida desde la juventud, en que fuimos muy cercanos. Anoche estuve releyendo las cartas de sus 19 años, cuando intentaba entrar en la ingeniería forestal, solitario siempre, introspectivo. Y me llamó la atención que me contara que se había comprado su primera Leica en cuotas mientras trabajaba part-time en una sandwichería en Berkeley. De esa época, puedo decir con certeza que era alguien bastante fuera de lugar entre los yanquis. Queco era muy reservado. Quienes están a cargo de seguir con la escuela que dejó andando en el pueblo donde vivió estos últimos años (Larraín vivió muchos años al norte, en el desierto, a kilómetros de Arica), piden respeto por su silencio, ese que buscó yéndose a vivir a esos parajes secos y lejanos hace más de 40 años. Hablando hoy con quien quedó a cargo de la escuela, pide no preocuparse tanto de los detalles de su vida (de Larraín) sino de interiorizarse en su legado: un sinnúmero de pequeños libros artesanales de su puño y letra que andan por todas partes y uno último, que acaba de salir y no conozco”.

“Queco era tan especial y difícil de definir que todo lo que podamos decir de él va a ser superficial. La última vez que lo vi, dos semanas antes de su muerte, dijo que esperaba que el periodismo no se colgara de los avatares de su vida, sino que recibiera y difundiera lo que había intentado dejar: un mensaje urgente; una denuncia descarnada del mundo que estamos viviendo”.

Su hermana cuenta que después de su estadía en los Estados Unidos, que “duró cerca de dos años durante los cuales miró y fotografió antes que estudiar, volvió, cuando falleció en un accidente nuestro hermano menor. Eso lo conmovió y desestabilizó. De golpe, era el primogénito. Pero ya era otro. Ya era otro cuando llegó a Valparaíso en aquel barco, rapado, sin cejas, silencioso. Nos fuimos a Europa en 1951 –Sergio tenía 20 años. Ese viaje definió su personalidad. Porque siempre fue alguien extremadamente religioso. ‘Lo único que he hecho en mi vida es buscar a Dios’, me dijo a mediados de noviembre pasado cuando fui a verlo a Ovalle, después de no verlo por muchos años. Estaba viejo, desastrado, zaparrastroso, enfermo, barbudo pero feliz en medio de su jardín interior, donde los cardenales –los geranios- habían trepado a gusto por los matorrales y árboles. ‘Este es el paraíso, el presente es la eternidad’, repetía. No fue jamás al médico, ni al hospital, ni se hizo exámenes. Amén: morirse ‘adorando a Dios’”, dice su hermana. Y agrega: ‘Lo más importante en su vida fue la búsqueda de la trascendencia’”.

En medio de ese crepúsculo, el tráfago: a la salida de Notre-Dame, en París, saca una foto que revelada, descubre un rostro o un espectro, que inspira a Cortázar “Las babas del diablo”, y a Antonioni “Blow Up”. Fotógrafo estrella, en sus placas casi no hay personas: paisajes, bandadas de pájaros, objetos, piedras. Eso le costó discusiones con Neruda en Isla Negra. El vate quería fotos de la casa, de su esposa y suyas en la casa. Larraín fotografiaba las piedras que arrastraba el mar, los fondos de la casa. Al borde de la ruptura, arreglaron un libro, híbrido inhallable que al autor de “Residencia en la Tierra” jamás convenció.

“Si primero fue un cristiano ferviente –continúa su hermana- que encontraba paz en las iglesias católicas y la eucaristía, al punto de pensar en el sacerdocio, después, de regreso a Santiago, buscó con Naranjo alcanzar ‘niveles más altos de conciencia’” (el psiquiatra perdió en un accidente de auto a su esposa y su hijo; Ichazo lo mandó al desierto durante cuarenta días; según su testimonio, ese retiro lo salvó de las fauces de la depresión clínica). “Ese fue un tiempo de andar a pata pelada, vivir aislado en La Reina, encuentros con pares, entre ellos Violeta Parra. Un vagabundo en búsqueda de la verdad. Posteriormente otra vez Europa, Estados Unidos, Mágnum, etcétera”.

Bárbara no conoce mucho de drogas. Sabe que Naranjo difundió ciertas orgías alucinógenas donde nunca estaba ausente Carlos Castaneda. Pero Naranjo se ha convertido en un entrepeneur del supermercado espiritual contemporáneo. Naranjo está hoy más cerca de Alejandro Jodorowski que de Ichazo, Gurdjieff o el autor de “Las enseñanzas de Don Juan”.

“Yo no sé mucho de sus intentos místicos con LSD y mescalina, porque para nosotros (para su familia, Sergio) ya era un extraño. Nos reencontramos haciendo trabajo espiritual en Arica, en la escuela que fundó Oscar Ichazo. Sergio volvía del desierto- En ese tiempo -la época de Salvador Allende- hicimos con su grupo (el de Ichazo) trabajo de escuela, todos los días, durante uno o dos meses. También con mi padre que nunca dejó de acompañarlo, intentó que se analizara. Y desistió”.

Según su hermana, Larraín hijo llevó “una vida de búsqueda alternativa, audaz, cruel, que culminó en estos 40 años en Tulahuén y Ovalle, retraído completamente, sin aceptar fotos, entrevistas, nada de parafernalia mediática. Sus lecturas: los sufíes, Idries Shah, Patanjali, San Juan de la Cruz, Lao Tsé, Buda. Machado, mucho Shakespeare. Esto que se ha desatado ahora no corresponde con su búsqueda ni su deseo. ‘Respeten su silencio’, dicen sus modestísimos discípulos nortinos, ‘lean sus libritos’. Eso es lo que ‘don Sergio deseaba’. De Ichazo tomó distancia cuando lo vio no hace demasiado en los Estados Unidos: convertido exactamente en lo contrario de lo que lo había escuchado predicar: egocéntrico, megalómano, vividor. Según me contó hace poco uno de sus seguidores de Ovalle, habían discutido. Sergio le había dicho ‘¡Qué te pasó, guatón!’ Y nunca más. Respetó su escuela, pero no al maestro: ‘Es un gran maestro pero una mala persona’, dicen que dijo”.

“En cuanto a Mágnum, consideró que (la agencia) se había comercializado. Intentó retirar su trabajo, no lo consiguió. Sus fotos eran para él un espejo de su búsqueda, de su mirada interior, y un legado para quienes quisieran descubrir a través de ellas la inconmensurable belleza y también la depredación, fruto de la voracidad humana”.

Sobre Oscar Ichazo. “Su trabajo en Arica fue en los 70, principios de los 80. Dejó algo estructurado. Pero ni yo ni mi esposo seguimos en contacto. Pero resultó un trabajo digno de destacar, muy duro, implacable, desestabilizador para muchos, como lo son estas escuelas de vida que no ponen su énfasis en la diversidad y la debilidad de las personas. Sin amor y respeto, las cosas, los lazos se destruyen. Y los alucinógenos, que según Queco, lo llevaban a ‘ver la realidad’, se había distanciado hace mucho. Fue un medio usado en los comienzos. Y creo que lo desestabilizaron mentalmente, porque Sergio era una persona frágil. Y aquel fue un paso audaz que muestra el ímpetu de su búsqueda”.

“La ceremonia fúnebre resultó sencilla, sólo campesinos, lo adoraban, les enseñaba yoga, cultivaba la tierra. La gente del pueblo lo consideraba un padre, y lo amaba de todo corazón. Están decididos a seguir con la escuela. Es cierto, no creo que estuviera muy de acuerdo con esta afirmación de que se apartó del mundo, pues él diría que de lo que se apartó era del ruido para, precisamente, poder estar más cerca del mundo, para poder establecer una comunión más profunda con el universo”.

Tirita, llora de alegría. Danza entre las botellas. Canta gregoriano, igual que los monjes de Saint-Martial de Limoges. Alza las manos como los de la antigüedad bajo la mirada de dios.

A los treinta años, a los cincuenta, a los ochenta, “don Sergio” seguirá teniendo esa misma habitación. En esa habitación numerosa y única, seguirá cantando gregoriano sin parar. Llorará de alegría y de frío, escribirá a la esperanza. La habitación no es un lugar de paso, ni una imagen, es la resurrección y la vida.-


PRESTIGIOSO. Los trabajos de Larraín fueron publicados en las revistas Paris Match y LIFE.

domingo, febrero 19, 2012

Sergio Larraín bajo el prisma de Luis Poirot

 


El Mercurio

"A mis 71, puedo decir que no son los años o las enfermedades las que duelen, son las ausencias", señala un conmovido Luis Poirot tras la muerte del fotógrafo. En estas líneas, Poirot se refiere a la filosofía del trabajo de Larraín, relata algunas anécdotas y manifiesta su inquietud porque conocemos una parte incompleta de su legado. "Recuperar la totalidad de su obra es una labor pendiente".

Luis Poirot Fotógrafo

Hace algunos años entraron a robar a mi pequeño taller, sólo encontraron libros, de esos que sólo se llevan los amigos, pero con furia revolvieron todo y vaciaron los armarios, sembrando el suelo con papeles.
Tratando de ordenar el desastre apareció una larga carta escrita en lo que parecía una vieja máquina de escribir con los tipos gastados. Curiosamente, estaba fechada, día por día, diez años antes. Me la había enviado Sergio a Washington DC, donde viví por algunos años, como respuesta a mis propuestas de hacer una exposición que mostrara su trabajo a las jóvenes generaciones de fotógrafos.

Se negaba rotundamente a esa posibilidad, pero me explicaba con detalle su forma de trabajar y sus pensamientos sobre la fotografía, pidiéndome que a cambio de la exposición leyera esa carta a mis alumnos. La carta había permanecido olvidada entre las páginas de un libro, olvidada también de esos años en que no estaba haciendo clases. Sentado en el suelo, pensaba en mi olvido y por qué aparecía ahora que sí tenía alumnos. Una carta vuelta a entregar por un misterioso cartero.

 




La cámara en la bolsa
Y he cumplido con el mandato. Muestro sus fotos y repito las palabras más precisas y poéticas que se han dicho sobre este lenguaje nuestro. "Cuando paseo la mirada por fuera, con el rectángulo en la mano, la cámara, es en el interior de mí mismo que yo busco".

Ahí está toda la poética que explica y define la fotografía de autor. Que separa realidad de la interpretación personal que de ella se hace, dejando sin sentido el concepto del tema o asunto supuestamente reflejado, ya que, como en otros lenguajes creativos, el único tema es el autor.

Severa disciplina que implica dar un paso o quizás varios en la profundización de las apariencias, siendo éstas solamente un pretexto (pre imagen quizás), un punto de partida para construir otro mundo, que también será libremente interpretado por el espectador-lector.

Pienso en las fotografías de Stieglitz en 1920, nubes que tituló Equivalentes, Equivalentes de lo que uno quiera, pues el nuestro no es un trabajo de notarios. Robert Capa no era el fotógrafo de heroicas guerras y guerreros, eran las imágenes del dolor y el abandono de unos niños entre las ruinas que lo emparentaban con su condición de apátrida y sin domicilio. Cartier-Bresson simplemente quiere introducir un orden en el caos exterior, el placer de la geometría pura.

Invitaba siempre a pasear con la cámara guardada en una bolsa de papel, la leiquita no preparada, porque se espantaban las imágenes que tenían que llegar libremente. Sus palabras eran que había que caminar y perderse, como "paviando" , sin rumbo preciso. Liberarse de los equipos grandes y llamativos, simplificarse en la toma y en el cuarto oscuro.

Esta fotografía nuestra está atravesada por la alegría, el dolor o el placer que un estímulo externo provoca en nuestra memoria emocional, que sin lógica alguna (enemiga de lo visual) nos provoca un estremecimiento eléctrico que solamente se calma al apretar el disparador para aliviar la tensión.

Por eso fotografiamos.
El otro tipo de imágenes son solamente aplicaciones a un fin práctico de una técnica.

De todo esto hablamos con Sergio y también de nuestros familiares escogidos, como Callaham, Weston, Strand, Meatyard y Francesca Woodman que quizás no conoció.

Como una larga tendencia de fotógrafos, sus imágenes no eran para ser vistas en una exposición-espectáculo, con grandes ampliaciones destinadas a impresionar por el gran tamaño. Incluso prefirió el modesto formato del libro Valparaíso, hoy inencontrable por menos de tres mil dólares. En una de sus cartas me dice preferir reeditar ese libro a hacer una exposición, eliminando el texto de Neruda, totalmente ajeno al libro.

 


Problemas con Neruda
Ese desencuentro con el poeta ya se había dado en "La Casa en la arena", frustrado encargo conjunto de la Editorial Lumen de Barcelona. Me comentó Neruda de la experiencia: "Ay, ese niño tan complicado que prefería estar fotografiando conchitas en la playa en lugar de la casa, y el plazo se nos agotaba..." Por su parte Sergio se refería a Neruda con abierto desprecio "ese gordo comilón materialista".

Quizá fue el comienzo de su alejamiento de la fotografía. No es casualidad que uno de los artífices del redescubrimiento de Larraín en Magnum sea el fotógrafo checo refugiado en Francia Joseph Koudelka, solitario como Queco y que nunca da entrevistas. De domicilio inexistente, ha reducido sus necesidades al mínimo para conquistar la total libertad en su trabajo.

No recuerdo si me contó que fue el matrimonio del sha de Persia o Grace de Mónaco lo que provocó su primer alejamiento de Magnum y la prensa, luego sus envíos desde Chile se hicieron más distantes y mayor el desinterés de la agencia por los nuevos rumbos que tomaba su fotografía. Como todo fotógrafo del subdesarrollo, parecía condenado al exotismo de la miseria y a repetir incansablemente otros Valparaíso.
Valparaíso no es una guía turística, podría haber sido otro pueblo o ciudad, da lo mismo. Es un canto, más bien un aullido de soledad y desamparo, un diario de vida fotografiado con dolor, eso son los raquíticos perros vagos, los rostros curtidos de tristeza, la perspectiva a nivel de suelo como el deambular de un niño. Es por lo tanto irrepetible.

Sergio Larraín no se retiró. Presente estarán siempre la mirada interior y sus imágenes que tendremos que aprender a leer.

La gran pregunta es ¿qué pasará con su obra? Magnum nos ha mostrado una parte, lo que ellos leen y califican como interesante. Hay muchos capítulos que no hemos visto: sus caminatas por el campo con Violeta Parra recopilando cantos, el terremoto del 60, los jubilados de Santiago, sus amigos, muchos perros y gatos solitarios.

Conocemos un Sergio Larraín incompleto, antologado quizá caprichosamente. Recuerdo álbumes cuidadosamente preparados que le regalaba a su padre cada Navidad.

Recuperar la totalidad de su obra es una labor pendiente.