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viernes, noviembre 15, 2019

Patti Smith en el reino del coraje



jueves, septiembre 12, 2019

Patti Smith viene a Chile a homenajear a Roberto Bolaño


martes, enero 31, 2017

Patti Smith en la intimidad

El Mercurio

Por María José Viera Gallo.

Se cansó de recordar sus años locos en el Hotel Chelsea. "M Train", su último libro, devela la intimidad de una mujer de 70 años conectada con el amor maduro de su fallecido esposo y con sus ensoñaciones literarias más íntimas. En esta entrevista exclusiva con revista Ya, revisa su vida, sus amores y su conexión con los escritores chilenos Bolaño y Parra.


De Patti Smith, 70 años, poeta y cantautora neoyorquina, más vale hablar en presente que en pasado.

-¿Aló Patti? -la llamo al teléfono fijo de su departamento en el West Village, una mañana lluviosa en Nueva York e incendiada en Chile.

 -Perdón por mi retraso -responde serena al otro lado de la línea. Reconozco esa voz rugosa, a punto de caer del árbol, que alguna vez cantó que Jesús no había muerto por sus pecados, en su mítico disco debut, "Horses", y que hace poco se tropezó en la interpretación de una canción de su amigo Bob Dylan, en la ceremonia del Premio Nobel. Un impasse que dio por cerrado en una conmovedora columna publicada en The New Yorker llamada "Como se siente", donde explicaba: "Cuando tomé asiento, sentí el humillante aguijón del fracaso, pero también la extraña conciencia de que, de alguna manera, había entrado y realmente vivido el mundo de la letra de la canción".

 La madrina del movimiento underground y del punk, autora de una palpitante autobiografía de su juventud rockera, "Éramos unos niños" (ganador del prestigioso National Book Award), al fin dejó su pasado en el Hotel Chelsea junto a su primer amor Robert Mapplethorpe para subirse a "M Train" (2016, Penguin Random House), un libro que la retrata tal como es hoy día: una mujer solitaria, de cara lavada y melena blanca, viuda, abuela, que bebe café y que escribe sobre el amor maduro que experimentó por su marido y padre de sus dos hijos, Fred Sonic Youth, quien murió de un ataque cardíaco en 1995.

La Nueva York de los 70 antes zafada y efervescente, ya no acompaña a Patti Smith tanto como quisiera, pero en "M Train" la autora consigue el sueño de cualquier artista jubilado en la Gran Manzana: pasar las horas soñando despierto, day dreaming, recordando a sus muertos y homenajeando a sus ídolos literarios, todos escritores de cabecera, entre los que figura el también fallecido Roberto Bolaño.

-Estaba tratando de librarme de un dolor de cabeza, así que crucé la calle y pedí café negro. Y lo logré, ahora me siento mejor -dice.

-"M Train" está plagado de cafeína...
 Algunas bocinas de taxis amarillos se filtran por la línea telefónica.

-Sí, me gusta el café. No tengo realmente ningún vicio, no fumo, no tomo demasiado, así que el café es mi droga. Disfruto ese estilo, esa voz de café.

-¿Recuerda lo que pensó bebiendo su primer café de la mañana?

-Sé que puede sonar chistoso, pero estaba pensando en una película llamada "La La Land", la vi ayer con mi hija. Mi hija estaba triste por el final, porque los protagonistas ya no estaban juntos. Me senté en un café y pensé que a pesar de tomar caminos diferentes, en su vida interior, en su imaginación, en sus recuerdos, el amor, y la magia que se produjo, no murió. Sabemos eso porque al final cuando la música está sonando, ambos ven su vida como pudo ser. También pensaba en el amor, en lo que es el amor eterno.

-¿Qué lugar ocupa el amor eterno en su propia biografía?

-He sido una viuda hace veinte años y todavía siento el amor de mi marido. Tengo recuerdos de él, siento su amor a través de nuestros hijos, Jackson y Jesse, quienes se parecen físicamente y también son músicos. Eso es lo que pensaba esta mañana, mientras me tomaba un café. Básicamente, que el amor no muere.

-¿Por qué escribió primero sobre Robert en "Éramos unos niños" y solo recientemente sobre Fred, su marido?

-"Éramos unos niños" fue como saldar una deuda. Le prometí a Robert el día antes que muriese que lo escribiría, nunca había escrito un libro de no ficción, y fue una responsabilidad ante él y la historia y ante Nueva York, y ante toda la gente que aparece en el libro. "M Train" fue diferente. No planeaba escribir sobre Fred. Quería escribir un libro que no tuviera una real trama ni responsabilidad, escribir lo que quisiera, así es que simplemente me senté y empecé con este sueño, y luego escribí lo que viniera a mi mente y por alguna razón, Fred volvía a mi cabeza constantemente.

-¿Hubo alguna resistencia de su parte?
-Era un tema muy privado para mí, pero lo tomé como una señal, de que se sentiría feliz de que yo escribiera algo sobre él. Se transformó en un protagonista en el libro y me sentí feliz de que la gente supiera más sobre Fred. Sabían que estuvo en el MC5, que fue un guitarrista revolucionario, pero no de él como hombre, padre, esposo. Ahora la gente tiene un nuevo retrato de él.

-Una de las tesis de su libro es que el sufrimiento, el duelo, la añoranza de alguien puede ser una experiencia luminosa. Así parece vivirlo usted al menos, cuando rememora su matrimonio.

-Me alegra que lo entiendas así. No significa que no suframos desconsuelo, que no sintamos dolor o incluso rabia, o todas las cosas que uno siente si pierde a alguien, pero también, simultáneamente, tenemos la capacidad de sentir dicha, para mantenerse en contacto a través de un sueño, y creo que es importante cultivar esas cosas, porque todo es parte de la vida, especialmente soñar e imaginar. El amor también es abstracto. Puede estar en nuestros pensamientos y guiarnos, incluso, cuando sufrimos.

-Pero es difícil alcanzar ese estado mental Zen. ¿Cómo lo logra?

-A veces me siento como cuando era joven, sintiendo el mismo dolor de cuando todo sucedió, y pienso, ¿por qué tengo que sentir tanto dolor hoy? ¿Por qué fue necesario que yo sintiera eso? Ya he pasado por eso. Pasamos por el dolor una y otra vez y pasamos por las cosas bellas. Hay que aceptar el paquete completo. Para mí es como ser el capitán de un barco. Vas por el mar y a veces es muy bonito y agradable, pero el capitán también tiene que navegar a través de una tormenta pesada, tal vez a través de una tormenta peligrosa. Tienes que aprender para aceptar el paquete completo.

-Antes de "M Train" sabíamos poco de su vida familiar, ¿por qué?

-Bueno, mi vida familiar fue bastante simple. Fred y yo abandonamos la vida pública, no generábamos tanto dinero, y vivimos con mucha simpleza y así criamos a nuestros hijos. No estuve en un escenario o en público por 16 años. Y vivíamos como la gente vive nada más ¿Qué hay ahí para contar? Ya sabes, si tu hijo se enferma, lo cuidas, si tu esposo se enferma, lo cuidas a él, cocinas, limpias, y yo limpiaba los pañales y hacía todas las cosas que una persona hace. Nada especial. Hubo cierto nivel de pelea, pero fue bello.

(Cuando Patti Smith enviudó, en 1995, fue su amigo Bod Dylan quien la invitó a irse de gira con él y a regresar a la música).

-Usted paró de tocar, pero no para siempre. Hoy incluso da conciertos con sus hijos. Dada su experiencia artística, ¿cómo afecta criar y crear?

-Si tu meta es ser una gran estrella de pop, famosa y con mucho dinero, va a ser mucho más difícil concentrarte en ser madre. Nunca me importó nada de eso, lo mío era un juego mucho más grande, yo quería hacer algo nuevo, quería escribir un libro que fuera recordado (ese libro, aclara, llegó después y fue "Éramos unos niños"). Así es que, cuando renuncié a la vida musical, no dejé nunca de escribir. Solo tuve que volver a disciplinarme a mí misma. Hacer sacrificios, ajustes.

-¿A un costo muy alto?

-Cualquier sacrificio que haya hecho para cuidar a mi familia valió la pena. Recuerdo que mis niños y mi esposo dormían, y yo me levantaba a las 5 de la mañana para escribir. Y en esas tres horas, cada día por 16 años, a menos que estuviera enferma o algo, escribía. Una vez que eres madre, lo eres toda la vida. Y cuando eres un artista, también. Ambas cosas son tu identidad.

-¿Actualmente, se siente más cómoda escribiendo en un café que tocando en un escenario?

-Yo soy música natural, aunque nunca he sentido que se me dé fácil o que tenga talento. Me resulta muy sencillo subirme a un escenario y cantarle a cien mil personas o a diez. Podría estar en tu cocina cantándote a ti, es una cosa natural. En la familia de mi madre eran todos músicos o cantantes, me lo tomo como un talento hereditario, y me siento cómoda haciéndolo ¿Para quiénes tocas? Para la gente, no para ti misma. Y cuando escribo, es para mí misma. Puedo sentarme en un café, o en el tren, o recostada en mi cama, o donde sea que esté, y escribir. No necesito a nadie, soy mi propia maestra. Son dos conciencias completamente distintas. Debo decir que lucho más escribiendo que tocando.

-"M Train" funciona como un espejo de quien es usted hoy día ¿Hubo algo de sí misma que le sorprendiera descubrir?

-Mientras lo escribía me puse a pensar en cosas totalmente nuevas para mí. Por ejemplo, envejecer, pasar a los 66 años, bueno, ahora tengo 70. Tuve que confrontar mis propias ideas sobre el tema de envejecer. Y no había escrito nunca sobre eso, porque no me había preocupado del tema...

-¿Llegó a alguna conclusión?

-Sigo siendo la misma persona, con las mismas rodillas flacas que tenía de niña. A veces echo de menos mi lado joven más impío y rebelde, algo de lo que hablo en el libro. ¡Pienso mucho cómo ahora soy mayor que mi marido, que todos mis amigos muertos! La única certeza que tengo sobre mi futuro es que no renunciaré a la escritura, no importando cuán vieja me ponga o las dificultades físicas que aparezcan. Hay una obra de Virginia Woolf que dice que si necesitara un apoyo para caminar utilizaría un bastón, pero no dejaría jamás de descansar mi pluma.

-¿No le dan ganas de jubilar su creatividad?

-Nunca dejas de ser artista. Si pones a un artista en prisión, y no tiene herramientas, pese a todo, tiene su imaginación y sigue siendo un artista. En este momento estoy escribiendo un libro nuevo. Una especie de secuela de "Éramos unos niños", centrado en mi búsqueda personal a través de la música, la escritura, la letra de mis canciones (11 álbumes en total), mi filosofía performática. Diría que es un libro mucho más femenino.

Sola con Bolaño

Espiar el presente solitario y más íntimo de Patti Smith implica verla cenar latas de sardinas con sus gatos parada en la cocina. Pasando la noche de Navidad en un cine vacío de Manhattan. Mirando sus series policiales favoritas ("The Killing" es una de estas) hasta que ya no sabe qué hora es. Cuando está aburrida, porque los artistas también se aburren, o trancada creativamente, porque los escritores sí sufren de bloqueos, hace una maleta pequeña y se va a París, a Japón, a México a visitar las tumbas o casas de Frida Kahlo, Sylvia Plath, Jean Genet, Mishima.

En el 2012 fue parte de la delegación que viajó a España a la entrega del Premio Cervantes a Nicanor Parra. Esa noche es sabido que recitó un poema del poeta chileno en un bar junto a Colombina Parra quien tocó en vivo.

-Soy una gran fan de él y es hermoso pensar en él. Es una inspiración lejana, que no parece tan lejana, algunas veces. A veces puedo imaginármelo bajo grandes hojas de plátano, con un sombrero de pajilla -me dice casi con vergüenza.

La conexión de Patti con Chile no termina ahí. Acá sus poemas han sido traducidos por Rodrigo Olavarría, en el libro "Work Songs", y se habla de una pronta visita que ella misma reafirma al final de esta entrevista con una promesa.

Se ha declarado tan fanática de la obra de Roberto Bolaño que ha participado de múltiples homenajes al autor alrededor del mundo y ha defendido sin pelos en la lengua su superioridad al Nobel Vargas Llosa. En "M Train", cuenta cómo un día viajó hasta Blanes, España, solo para sentarse en la silla del escritorio del autor de "Los detectives salvajes".

-¿Qué le hizo conectar tan poderosamente con Bolaño?

-Siempre se piensa que las obras maestras ya han sido escritas. "2666" es la primera obra maestra del siglo XXI. Ese libro lo tiene todo. Hay cierto sentido del mundo, de las cosas terribles del mundo, la injusticia contra las mujeres, pero, de nuevo, es pura poesía... Cuando lo leí, me sentí conmovida como lectora, como escritora y como ser humano. Si estuviera vivo, se lo habría agradecido, por lo que nos dio. Lo he leído cuatro o cinco veces. Siempre que pierdo el estribo lo releo, y me dan ganas de escribir.

-¿Es cierto que escribió un poema acerca de él? Eso es muy romántico.

Al otro lado del teléfono, Patti Smith ríe y responde:

-Escribí un largo poema y también compuse una canción, que grabaré durante la primavera. La compuse cuando fue el terremoto en Chile. Se llama "Black Leaves", y trata de Chile y Bolaño.

-Cuando usted habla de sus escritores favoritos, sentimos que son como sus amigos.

-Para mí, son mis amigos. Siento que hablamos el mismo lenguaje. Me ayudan a crecer, me dan tranquilidad, porque me hacen reír. Puedo confiar en ellos. Si abro un libro de Rimbaud, sé que me va a dar lo mejor que tiene. No es un truco, o una forma de hacer dinero. Estos son expertos. Y pueden ser nuestros amigos y nuestros maestros. Y también tiene que ver con cómo soy. Yo soy muy fiel. He sido fiel a Rimbaud desde que era adolescente.

-¿El fin último del arte es hacernos sentir menos solos?

-Walt Whitman escribió: "Estoy contigo, joven poeta, hasta dentro de doscientos años". Les dijo así a jóvenes poetas del futuro que el viejo Walt Whitman era su amigo. Para mí es como "El evangelio según San Mateo". Jesús le dice a sus apóstoles, justo antes de transfigurarse: "Estoy con ustedes, incluso en el final del mundo". Y esa promesa, que les da a ellos y a nosotros, es lo que nos da esperanza. Nunca estarás solo, porque siempre me tendrás a mí en tu conciencia. Haces tu trabajo, pero también estás hablándole al futuro.

-¿Cómo maneja que muchos músicos de su generación estén muriendo?

-Siempre he tenido que manejarlo. De joven me tocó la muerte de Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones. Toda la gente en la que creía, en un sentido político, espiritual o musical, murió muy joven. Desde muy temprano he tenido que buscar una forma de mantener a esta gente viva en mi conciencia. Tengo mucho entrenamiento.

-Hábleme de su amigo Lou Reed ¿Lo extraña?

-Conocí a Lou Reed bastante. Y lo extraño. Pero está aquí, en sus palabras, en su música. Puedo sentir su presencia, lo recuerdo tan bien, puedo verlo justo en frente de mí. Y eso, volviendo al comienzo de nuestra conversación, es producto del amor. Antes de partir, nos vimos por casualidad en Omen (un restaurante japonés del Village) y Lou me dijo que me amaba. Había conocido a Lou por cuarenta años antes de que me dijera eso. Cuando lo dijo, le respondí que estaba claro, que siempre nos habíamos amado. Pero él lo expresó. Y eso nunca se irá.

-Sus fans se preguntaban en Facebook cómo lo hizo Patti Smith para sobrevivir y estar sana y a salvo.

-Cuando me vine a Nueva York en los sesentas había muchas drogas por todos lados. Vi gente que admiraba morir por culpa de eso. Como de niña fui muy enfermiza, pasaba con neumonía leyendo en cama, siempre me cuidé de fumar, por mis pulmones, y no podía tomar mucho. No estaba interesada en arruinar mi vida con drogas. Simplemente no soy autodestructiva. Es la razón por la que amo a Bolaño, él tenía una ética de obra muy fuerte. Y mientras moría, trabajaba cada día para terminar "2666". Escribió y escribió y escribió.

-¿Cómo se mantiene tan saludable?

-He sido muy prudente, pero no por filosofía. Solo escucho a mi cuerpo y trato de cuidarlo como a un auto viejo. ¡La gente cree que soy vegetariana y no es así! Estoy acostumbrada a comer poco, porque mi familia era muy pobre. Mantequilla, alto colesterol, no como nada de eso. Tampoco frituras ni pasta o azúcar. Aunque realmente me gusta la pizza, podría comerla todos los días. Tomo harta agua y trato de mantenerme en un estado mental positivo lo más que pueda. Me alejo de los químicos, no utilizo perfumes ni maquillajes ni nada que tenga químicos. Cosas simples, remedios simples. Camino harto. No soy el tipo de persona que va al gimnasio. Cuando voy a un hotel, si estoy en el quinto piso, utilizo las escaleras.

 -¿Sigue siendo inspirador caminar por Nueva York?

-A veces es triste caminar por Nueva York, porque la ciudad ha cambiado tanto, la gente, la arquitectura. Me gusta caminar de noche, durante el crepúsculo o por la mañana. Me gusta caminar por la playa, amo el océano. No nado, pero lo amo. Puedo caminar kilómetros a ras del océano. Pero viajo harto, y donde sea que vaya, camino.

-La ropa que guarda en su maleta cuando viaja es mínima y siempre la misma: calcetines de abeja, camisas, jeans.

-(Ríe) Se te olvida mi cruz etíope y mi bálsamo para el dolor de huesos. No tengo ninguna personalidad especial o personaje o forma de vestir, simplemente soy yo. Si mi camisa se ensucia, o mis calcetines, simplemente los lavo en el lavatorio del hotel y los cuelgo. Porque no utilizo disfraces en el escenario, siempre ando vestida igual. Puedo estar conversando contigo, luego decirte que me esperes un segundo, entro al escenario, doy mi concierto, luego vuelvo contigo y seguimos conversando. Es todo parte de la vida.

-Una de las cosas más tristes de su libro es cuando pierde su abrigo usado Comme des Garçons.

-Sé que es infantil, pero extraño tanto mi abrigo. Uno de nuestros gatos más viejos murió, y era el gato de mi hija, tenía 17. Cuando ese gato murió, no fue para nada diferente de perder a un amigo o a alguien que amabas. Amaba a ese gato, todavía lo siento en mi conciencia. Las cosas que amo, las amo, sea un gato o un abrigo. O un hermano. No es cuánto amas algo, simplemente lo amas, eso es todo.

-Volvemos al tema del amor.

-Eso siempre.

viernes, enero 20, 2017

La melancólica memoria de Patti Smith

La Tercera

Cantó en la ceremonia del Nobel a su amigo Bob Dylan. Música y letras es lo suyo: aunque parece una figura exitosa, su último libro la muestra más bien solitaria.

por Patricio Tapia

Con cabello gris, casi siempre cubierto con un gorro de lana y aspecto de descuidado (o quizá cuidado) desaliño, más que como una reina del rock o incluso del punk, Patti Smith luce como una mendiga sin casa, tal vez rodeada de gatos con los que charlar. De la lectura de M Train, su segundo libro de memorias, se desprende que ella está muy consciente de su apariencia, que tiene casa (más de una) y tiene gatos, con los que efectivamente conversa, aunque también lo hace con su colcha, con el control remoto del televisor, con cordones de zapatos, con un busto del inventor Nikola Tesla; más que nada conversa con algunos espectros de su pasado.

En los años 70, Smith logró convertirse en una figura del punk y la bohemia neoyorquina: poesía y luego música: su álbum Horses (1975) sería emblemático, ya desde su carátula, con foto de Robert Mapplethorpe y alguna canción posterior alcanzó las listas de éxitos. Tras esa cúspide no muy alta hay una suerte de retiro no anunciado. En 1980 se casó con el músico Fred Smith y se marchó a Detroit para dedicar gran parte de los siguientes 15 años a su familia.

Podría haber sido una más de esas estrellas fugaces de la música. Pero en 2010 publicó Eramos unos niños, su primer libro de memorias, una nostálgica reconstrucción de su vida junto a Robert Mapplethorpe. Era el retrato de ambos como artistas adolescentes.

Mapplethorpe, quien había hecho su propia celebridad como fotógrafo de flores y sadomasoquismo, murió en 1989, de Sida. Fue la primera de una serie de muertes que afectaron a Smith: al año siguiente de Mapplethorpe, murió el pianista de su grupo; en 1994 murió su marido, y un mes después, su hermano menor.

Si en Eramos unos niños los recuerdos giran en torno a Mapplethorpe, en M Train es su marido muerto: Fred “Sonic” Smith. Siempre está la evocación de los momentos que pasaron juntos: ya en la Guayana francesa recopilando piedras para Jean Genet, ya escuchando por radio partidos de béisbol en un barco que no pudieron reparar y mantenían en el patio de la casa.

Mezcladas con sus recuerdos, están sus actividades actuales. Viaja mucho, invitada como una suerte de embajadora cultural. En Islandia, tras conseguir permiso para fotografiar la mesa en la que jugaron ajedrez Bobby Fischer y Boris Spassky en 1972, la llamó el guardaespaldas de Fischer para concertar un encuentro a medianoche; de primera, no parecieron congeniar, pero luego llegaron incluso a cantar juntos temas de Buddy Holly. O visita la casa de Frida Kahlo en México y fotografía sus muletas o un vestido. O viaja a Tokio y va en busca de las tumbas del director Akira Kurosawa y del escritor Osamu Dazai.

Atesora no sólo recuerdos, sino también fotografías y cosas (o fotografías de cosas) como amuletos. Guarda el escritorio de su padre, el cebo con el que iba de pesca con su marido. Toma fotos de las pertenencias de sus ídolos; los artistas como santos y sus posesiones como reliquias: el arco para guitarra de Kevin Shields, las zapatillas de ballet de Margot Fonteyn, la máquina de escribir de Hermann Hesse, el sombrero de paja de Robert Graves, la silla de Roberto Bolaño, las gafas de Samuel Beckett, el bastón de Virginia Woolf.

Cuando no está viajando, Smith se pasea por su barrio, Greenwich Village, bebiendo café y comiendo tostadas con aceite de oliva. Si en Eramos unos niños era sorpresivo que ella no fuera una feroz toxicómana como sus amigos, en M Train nos enteramos que sí tiene adicciones: la más constante, el café (litros de él fluyen por sus páginas); la más inesperada, las series de detectives de la televisión (The Killing, Law & Order, CSI: Miami). Está obsesionada con ellas (”Los poetas de ayer son los detectives de hoy”), al punto que un fin de semana, en el transbordo de Berlín a Nueva York, hizo escala en Londres, y como su vuelo se retrasó, impulsivamente se marchó a un pequeño hotel a verlas sin interrupción, incluso imitando a sus protagonistas (si ellos comían algo, eso mismo pedía ella al servicio del hotel).

También le gusta la playa, Rockaway Beach, donde un amigo abre un café y donde compra un bungalow destartalado que es golpeado, pero no destruido por el huracán Sandy. Para comprarlo, cuenta, se vio obligada a trabajar todo un verano, aceptando conciertos, lo que demuestra hasta qué punto su vida es privilegiada: tiene dinero, amigos y fans en todo el mundo.

Con todo, el libro está lejos de ser triunfal. Ella trata de sobrevivir y la sensación es de soledad, acompañada por sus gatos (al final, sólo le queda uno), sus recuerdos y sueños , de los que tiene una memoria sorprendentemente precisa. Lo que la sostiene es el arte, el suyo y el de otros. Puede pasar una mañana haciendo la listas de obras maestras de la literatura y sus ídolos se reiteran: Genet, W.G. Sebald, J.G. Ballard, Bolaño, Aira, Murakami y otros. Sus libros, un conjunto de tomos apilados (entre ellos figura Discursos de sobremesa, de Nicanor Parra) la ayudan y la guían. Buscando en una librería uno de Henning Mankell, llegó, por la letra M, a Murakami y leyó varios, hasta llegar a Crónica del pájaro que da cuerda al mundo: “Ese fue el libro que me perdió, pues disparó una trayectoria irrefrenable, como un meteoro lanzado a un sector de tierra yerma y totalmente inocente”.

En cierto momento, recuerda un juego para combatir el insomnio o los mareos en viajes en autobús: pronunciar un torrente de palabras que comienzan con una determinada letra, por ejemplo, señala, la “m” y deja correr varias; ni en inglés ni en su traducción figuran las que mejor definen su libro: “melancolía” y “memoria”

sábado, mayo 05, 2012

Patti Smith, el Cervantes, Parra y los elefantes


El Mercurio

Como no podía ser menos, la ceremonia del Premio Cervantes concedido a Nicanor Parra fue la más irregular de cuantas se recuerdan. Y ahí estaba, en nombre y representación de los grandes poetas de la tradición americana, Patti Smith.  

Ignacio Echevarría

La tarde del pasado sábado 21 de abril, la escritora y cantante Patti Smith tomó en Nueva York un avión con destino a Madrid con el propósito de asistir al acto de entrega del Premio Cervantes a Nicanor Parra, que iba a tener lugar el lunes siguiente, 23 de abril. Sabía que el antipoeta no iba a estar presente en la ceremonia, pero, lejos de disuadirla, este dato reforzó su decisión de estar presente en ella, pues de lo que se trataba, a su entender, era de contribuir al valor simbólico de la ceremonia y, si Parra no asistía, tanto más oportuna se hacía la presencia en ella de quienes pensaban que era una oportunidad única para rendirle tributo.

Patti Smith fue amiga muy cercana de Allen Ginsberg, quien, como es sabido, tuvo amistad con Nicanor Parra, a quien frecuentó durante su larga estancia en Chile en 1960, cuando se celebró en Santiago el Primer Encuentro de Escritores Americanos. De hecho, durante sus primeros años en Nueva York (los que rememora en su hermoso libro Éramos niños), Patti Smith frecuentó lo que allí quedaba del entorno de la llamada Generación Beat, y fue asidua acompañante de William Burroughs ("era inaccesible para una chica, pero, de todas formas, yo lo amaba"). Hace ya mucho que Patti Smith leyó a Parra en las traducciones que de sus poemas y antipoemas hicieron en los sesenta el mismo Ginsberg, William Carlos Williams, Lawrence Ferlinghetti y Thomas Merton, entre otros. Mucho más adelante, su pasión por Roberto Bolaño la movió a refrescar aquellas lecturas y reavivó su interés y su admiración por el antipoeta.

Cuando el segundo y último tomo de las Obras completas de Parra salió a la luz, el pasado mes de octubre, Patti Smith propuso dar en Santiago, con este pretexto, un recital-concierto en honor de Parra. Matías Rivas, de la Universidad Diego Portales, y Colombina Parra estuvieron al tanto de este proyecto, que apoyaron incondicionalmente pero que finalmente no prosperó, entre otras cosas porque el Premio Cervantes, concedido en diciembre a Parra, restó a la iniciativa su efecto sorpresa y podía hacerla parecer oportunista.

Así que, aunque de un modo muy esquinado, Patti Smith tenía una cuenta pendiente con Nicanor Parra. La tenía ella misma; pero además ella es una persona con un profundo sentido de la lealtad y de la memoria que debe guardarse a los amigos muertos, y en las semanas que precedieron al acto de entrega del Premio Cervantes llegó a la conclusión de que sus viejos amigos poetas (algunos de los cuales admiraron muy precozmente a Nicanor Parra y trabajaron en direcciones paralelas a las de la antipoesía) se hubieran sentido complacidos de estar representados en una ceremonia en la que se rendía tributo a uno de los suyos, por así decirlo. En concreto, Allen Ginsberg, recordó Patti Smith, sentía debilidad por las ceremonias de todo tipo, y no hubiera desperdiciado la oportunidad de asistir a la del Cervantes, si lo hubieran invitado. Eso pensó y, ni corta ni perezosa, tomó el avión rumbo a Madrid.

Como no podía ser menos, la ceremonia del Premio Cervantes concedido a Nicanor Parra fue la más irregular de cuantas se recuerdan. Ninguno de los dos protagonistas previstos para el acto concurrió. El rey de España, Juan Carlos I, por estar recuperándose de una operación en la cadera, consecuencia de una caída durante una cacería de elefantes en Botsuana. Nicanor Parra, por haber sobrepasado con mucho la edad de los elefantes sin haberse dejado nunca cazar.

En una de las postales que integran la caja de los Artefactos de 1972 se ve dibujado un elefante de largos colmillos y con la trompa alzada, a cuyo pie se lee: "HASTA CUÁNDO SIGUEN FREGANDO LA CACHIMBA. Yo no soy derechista ni izquierdista, yo simplemente rompo con todo". Y así es, en efecto. Empezando, cómo no, con los protocolos, que con ocasión de la ceremonia del Cervantes hubieron de adaptarse a la decisión tomada por Parra de que fuera su nieto Tololo quien leyese el remedo de discurso que, falto de tiempo para preparar uno a la medida de la ocasión, finalmente mandó.

Empezó Tololo por reclamar, en nombre de su abuelo, un plazo adicional de un año para mandar el discurso definitivo. Y visto lo visto, conocedores como somos todos de la estúpida mecánica del Premio Cervantes -qué tácitamente ha establecido una delirante alternancia entre España y Latinoamérica, de modo que el premio corresponde un año sí y un año no a un autor latinoamericano o español, con desentendimiento de toda proporcionalidad entre el caudal literario de una y otra orilla del Atlántico-, lo más razonable sería suspender por un año la concesión del premio, de modo que el 23 de abril de 2013 se celebrase la ceremonia definitiva del Cervantes concedido a Parra, esta vez con la presencia de los dos ausentes, del antipoeta y del rey, y con la lectura de un discurso especialmente concebido para el momento.

A lo mejor entonces hacían acto de presencia los poetas y los escritores españoles, que -cortesanía obliga- concurrieron en masa al almuerzo que, con ocasión del Cervantes, se dio en la Casa Real el viernes 20, pero que no se dejaron ver en la ceremonia el día 23. No se dejó ver ninguno, excepción hecha de José María Micó, que formó parte del jurado que falló en favor de Parra. ¿Errores de criterio en la distribución de las restringidas invitaciones? ¿Desinterés motivado por la ausencia del antipoeta? ¿Inopia pura y simple, más probablemente?

Como fuere, ahí estaba, en nombre y representación de los grandes poetas de la tradición americana, Patti Smith, que durante los discursos de la ceremonia (todos muy estimables, que la verdad no quede sin ser dicha) pergeñó sobre el tríptico conmemorativo que se repartió entre los asistentes un poema dedicado a Parra.

El poema fue leído por la propia Patti Smith aquella misma noche, en una reunión de carácter íntimo celebrada en un pequeño bar del centro de Madrid. Colombina Parra y Hernán Edwards cantaron para Patti Smith algunas de sus canciones. Ella les correspondió cantando a su vez algunas de las suyas, y leyendo el poema escrito durante la mañana. Raúl Zurita, que estaba allí, recitó admirablemente, acompañado por las guitarras de Colombina y de Hernán, un par de poemas que estremecieron a todos. La cosa se animó, se formó un ambiente de fiesta familiar. Patti Smith bailó un buen rato con Ricarda, la bellísima rapanuí, la hija del Chamaco, que también estaba allí en compañía de sus padres y de sus hermanos. Había otros niños, felices. Hubo alegría, espíritu de juerga y la sensación de que era ésa la verdadera celebración del Cervantes, lo que a Parra le hubiera gustado.

Patti Smith, que durante el aperitivo que siguió a la ceremonia evitó saludar a los príncipes de España, al Presidente del Gobierno y a las autoridades allí reunidas ("sin ceremonia no es posible la anarquía", declaró a los mismos periodistas a los que dijo que le gustaba la poesía de Parra "porque es rebelde y es humana"), debía regresar a Nueva York el miércoles, para asistir a una cena en la Casa Blanca, con el Presidente Obama. Yo le recordé admonitoriamente el episodio famoso de "la tacita de té", que tanta cola le trajo a Parra. Ella se rió. Al parecer, me dijo, los tiempos han cambiado.

Los tiempos han cambiado, sí, pero Parra sigue ahí.