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domingo, febrero 20, 2022

Jonas Kaufmann protagoniza "Peter Grimes": "No hay nada inusual en el terror psicológico social"

 El Mercurio



lunes, noviembre 30, 2020

La Navidad de Jonas Kaufmann: desde “Adeste Fideles” a Mariah Carey

 El Mercurio


Hasta recetas de galletas y poemas de Adviento incluye el álbum doble “It's Christmas” (Sony), que reúne 42 canciones de todos los tiempos.

Juan Antonio Muñoz H.


Cuando el tenor bávaro Jonas Kaufmann tenía ocho años, ganó un concurso de narraciones de Navidad en el que contaba detalles de la fiesta familiar junto a sus padres y su hermana. “Quedé estupefacto al descubrir mi foto en un diario de Múnich. Para un concurso de escritura de mi colegio, describí la noche de Navidad de manera tan viva que me dieron el premio. Contaba cosas como que con mi hermana acordamos una señal secreta para dejar de cantar abruptamente en medio de una canción y así reírnos de nuestra mamá, que no podía emitir ni una sola nota correcta”, relata.


Las antiguas tradiciones de Baviera; los sabores y aromas de esa época del año; la nieve y los villancicos por calles, templos y mercados. Todo eso impregnó la infancia de Jonas Kaufmann, quien trasladó esa atmósfera a su familia y que ha querido reunir en este álbum doble Sony, publicado el 12 de noviembre, esas canciones que forman parte de su memoria emotiva. “Es algo que debía a mis hijos. Navidad es la fiesta del recogimiento, de la reminiscencia; una fiesta familiar de una importancia singular porque cada familia elabora su propio ritual. Creo que es algo especial también para este año que ha sido tan difícil para todo el mundo”, comenta.


Un año en el que él mismo se ha prodigado de manera excepcional: es uno de los cantantes líricos que más ha actuado en este tiempo de pandemia y ha lanzado nada menos que cuatro discos en seis meses: “Otello”, dirigido por Antonio Pappano; la colección de lieder “Selige Stunde”, con Helmut Deutsch al piano, producido íntegramente durante el confinamiento; la grabación en vivo de la “Sommernacht” de Viena con la Orquesta Filarmónica de Viena y Valery Gergiev, y finalmente este álbum que venía acompañado de una gira de conciertos por varios escenarios europeos y que debió ser cancelada debido al rebrote del covid-19. Eso sí, se hizo un especial de televisión rodado en Salzburgo que será transmitido durante diciembre.


La fiesta del Sol Invicto


El álbum es un lujo a la antigua usanza: dos CD con 42 canciones en total y un librillo que reúne fotos de la infancia de Kaufmann; los textos completos de las canciones; poemas de Rainer Maria Rilke (“Advent”), Anna Ritter (“Vom Christkind”) y Theodor Fontane (“Knecht Ruprecht”), y recetas de galletas que cocina el tenor, famoso por sus habilidades culinarias. “Cuando hago galletas de Navidad, necesito escuchar canciones de Navidad, y cuando escucho cantos de Navidad, me dan ganas de hacer galletas”, asegura en las notas adjuntas.


En “It's Christmas” lo acompañan los coros St. Florianer Sängerknaben y Bachchor Salzburg; la Mozarteumorchester Salzburg, bajo la dirección de Jochen Rieder; la Cologne Studio Big Band, y los solistas Florian Pedarnig (arpa) y Till Brönner (trompleta y flugelhorn). “Al pensar en Navidad viene inmediatamente a mi mente la música. El sonido de las grandes tiendas nos recuerda inexorablemente que Navidad se acerca. Es la manifestación exagerada de una idea que, en su origen, está auténticamente ligada a la historia de la Natividad: la alegría de la anticipación”, dice Kaufmann, quien en su disco ha reunido canciones que tienen raigambre religiosa, pero también de la tradición y de los gustos más contemporáneos. “Noel es ante todo el nacimiento de Jesús. Pero es también San Nicolás, el Niño, Santa Claus, la tradición del pino… Hay múltiples rostros que la Navidad ha tomado en el curso de los siglos”, comenta, y recuerda que esta fiesta fue mencionada por primera vez por el cronista romano Furius Dionysius Filocalus en el 354 después de Cristo: “Pero el 25 de diciembre era ya por largo tiempo una fiesta pagana, la fiesta del Sol Invictus: el dios Sol invicto que celebramos en el solsticio de invierno. Fue solo con la propagación de la fe cristiana que esta fecha se convirtió en la fiesta no del dios Sol sino de Cristo en tanto verdadera luz. Hay cientos de tradiciones en el mundo; yo, por ejemplo, una vez fui a ver un pesebre vivo en la abadía de Andechs y esa representación con personas y animales verdaderamente me emocionó. Mi papá tenía una pasión secreta por el Christmas americano de Bill Crosby, Frank Sinatra y Ella Fitzgerald”.


Así, las pistas viajan de un siglo al otro, partiendo por el tradicional “Engel haben Himmelslieder” hasta llegar “All I want for Christmas is you”, de Mariah Carey, sin olvidar toques de jazz en “Have yourself a Merry Little Christmas”, con Kaufmann como crooner. Por supuesto, están “Tochter Zion” (Händel), “Ich steh an deiner Krippen hier” (Bach/Lutero); “Vom Himmel hoch, da komm ich her” (Lutero), “Cantique de Noël” (Adam) y “Hark! The herald angels sing” (Mendelssohn), y los ineludibles “O Tannenbaum”, “Adeste Fideles”, “Jingle bells” y “White Christmas” (Berlin).


Pero la atmósfera se vuelve propiamente cálida en las dos versiones de “Noche de Paz” (Franz Xaver Gruber), en alemán y en inglés; en la evocación renacentista de “What Child is this”, con música de “Greensleeves”; en las tradicionales “Still, still, still” y “Es wird scho glei dumpa”, donde la voz del tenor se une con delicadeza de canción de cuna al arpa de Florian Pedarning; en el poder evocador de “Maria durch ein Dornwald ging” y “Leise rieselt der Schnee”, y en esas miniaturas bellísimas que son “Entre le boeuf et l'âne gris” y “Gesù bambino”.

lunes, septiembre 21, 2020

Jonas Kaufmann: “Todos anhelamos la experiencia de la música en vivo”

 El Mercurio


El tenor alemán teme, sin embargo , que sean pocas las oportunidades que el futuro tiene para la cultura y, en especial, para la música clásica, y que muchas de las cosas a las que estamos habituados dejarán de existir.

Juan Antonio Muñoz H.

Debe ser uno de los artistas líricos que mayor actividad han tenido en estos meses de pandemia. De hecho, durante este período Jonas Kaufmann presentó su “Otello” (Sony), ya convertido en bestseller, y se sumaron varios conciertos a sala vacía transmitidos en directo al mundo entero. Además, el 4 de septiembre presentó lo que él llama su “álbum-corona”, en el cual, junto a su partner de siempre, el pianista Helmut Deutsch, grabó 27 lieder desde Mozart a Mahler y Zemlinsky.


Desde su natal Múnich y mientras se prepara para una temporada en Viena, donde tiene programados varios conciertos y también cinco funciones de la versión francesa de “Don Carlo” (Verdi), Jonas Kaufmann se refiere a este tiempo complejo y duro para la humanidad, y reflexiona acerca de las posibilidades que presenta el futuro.


—¿Le ha resultado difícil cantar sin público presente?


“¡Qué quieres que te diga! Nunca olvidaré ese sentimiento después de nuestra interpretación de ‘Dichterliebe' de Schumann para los conciertos de los lunes de la Bayerische Staatsoper. Eran conciertos virtuales, grabados en el Nationaltheater, sin público. Solo éramos Helmut Deutsch, el equipo de cámara y yo. Cuando Helmut terminó los últimos acordes de ‘Dichterliebe', simplemente yo no sabía qué hacer. ¿Debería inclinarme? ¿Hacer una reverencia? No. ¿Qué hacer con mis manos? ¿Dónde moverme? Así que me volví hacia Helmut y esperé hasta que se apagó la luz roja”.


—Sin embargo, en ese ‘Dichterliebe', aun con la sala vacía, la conexión parecía planetaria. La experiencia fue conmovedora e inusual.


“Fue una situación especial, tanto en términos de comunicación como en lo emocional: fue la primera vez después del confinamiento que entré en un escenario para actuar y por lo tanto debió haber una atmósfera que efectivamente sí pudo haber conectado a los espectadores. No sé si fue solo mental o si hubo algo más, pero recibí muchos comentarios de personas que dijeron que se había producido algo difícil de narrar”.


—La música también propone un cierto rito: el hecho de asistir a un concierto y todo lo que eso significa. Hoy los conciertos, cuando existen, son para muy poco público y el rito en torno a ellos está postergado.


“No quiero subestimar todos esos nuevos proyectos y soluciones virtuales que se han creado desde el lockdown, pero una cosa es segura: todos, artistas y público por igual, anhelamos la experiencia de la música en vivo. No hay sustituto para eso”.


—¿Qué piensa que ocurrirá en el futuro con la música clásica en vivo?


“Me temo que no hay una gran oportunidad para la cultura y especialmente para la música clásica; ni siquiera en Alemania, donde las bellas artes siempre se han considerado algo esencial. Temo que la variedad y la amplia gama de ofertas que hemos tenido y que fueron habituales para nosotros dejarán de existir. Pero tenemos que estar abiertos para ver y evaluar qué puede ofrecernos este nuevo mundo. Hay muchas preguntas aún sin responder”.


—¿Podríamos decir que este tiempo tan complejo y difícil se describe bien con el título de su nuevo disco: “Selige Stunde” (Horas benditas)?


“No diría que el título ‘Selige Stunde' se refiere al topos o lugar común ‘toda crisis es también una oportunidad'. Pero, de hecho, el álbum es el resultado de esa situación después del bloqueo. Helmut (Deutsch) y yo solo intentamos sacar lo mejor de esa crisis, aprovechar la oportunidad y grabar algunos títulos de álbumes de lieder en un entorno privado y no en un estudio de grabación. Y, claro, fue una bendición que pudiéramos hacerlo. Pero no pretendíamos un doble sentido al elegir ‘Selige Stunde' como título para nuestro primer ‘álbum corona'. Lo escogimos solo porque nos gustó mucho esa canción (de Zemlinsky)”.


—He escuchado estas canciones en sus recitales y siempre parecen distintas. Varía, cada vez, no solo el sonido, sino también el sentido.


“Repetir siempre lo mismo me aburriría mortalmente. E incluso en obras que he hecho tantas veces, digamos ‘Tosca' o ‘Winterreise', me niego a repetir o a reproducir. ‘Nunca hagas lo mismo dos veces, empieza siempre como si lo estuvieras haciendo por primera vez': esa fue una regla de oro que aprendí de Giorgio Strehler durante nuestros ensayos para ‘Così fan tutte' en Milán, allá por 1997”.


—¿Cómo entró al mundo del lied?


“Gracias a las grabaciones de Hermann Prey. Mi padre podía reconocer su voz de barítono con solo prender la radio. Yo era muy niño, nueve o diez años. Hay cantantes a los que basta solo una palabra para reconocerlos, o una nota. Gracias a eso aprendí a escuchar las voces de otra manera, ya sea en el lied o en la ópera”.


—¿Qué es importante entender para cantar lieder?


“Cuando uno parte, quiere que todo sea perfecto y expresivo, y que haya muchos matices en la interpretación. Pero al comienzo del trabajo vocal de un joven hacer eso es imposible. Puede ser frustrante. Un día, un maestro de canto me dijo: ‘No toques tu voz cuando cantes'. Quería decirme ‘deja ir tu voz, deja de manipularla'. Cantar es el espejo del alma, como se dice, y si quieres cantar con toda tu alma, no puedes estar continuamente tratando de ‘hacer algo'. Con la madurez y la vida eso se va dando, y cuando eso resulta de manera natural es que se ha expresado tu alma, y eso es fantástico para uno como ser humano”.


—En el álbum están “Wiegenlied”, de Brahms, y también “Ich bin der Welt abhanden gekommen”, de Mahler. ¿Piensa que hay algo que une estas canciones?


“En cierto modo, sí. Por supuesto, ‘Wiegenlied' es una canción de cuna, cantada a un niño. Pero también puedes tomarla como una canción para ti mismo cuando sientas malestar interior, cuando intentas calmarte, encontrar la paz en ti. Por lo tanto, sí puede haber una conexión con ‘Ich bin der Welt abhanden gekommen' de Mahler, donde el texto habla de estar fuera del ruido del mundo, descansando en un reino tranquilo, solo en tu propio cielo, en tu amor, en tu propio canto”.

lunes, julio 20, 2020

Desde Baviera, Jonas Kaufmann hizo desaparecer el confinamiento

El Mercurio

Por Juan Antonio Muñoz H.

Fue un concierto que será parte de la historia y la leyenda de este tiempo de pandemia que mantiene a la humanidad enclaustrada y en compás de espera de algo que no se sabe qué es. Las futuras generaciones se asombrarán cuando escuchen que el tenor más requerido de nuestra época cantó en una abadía gótica de Baviera para todo el planeta, pero sin público presente.

El concierto que el sábado 18 de julio ofreció Jonas Kaufmann desde el antiguo monasterio bávaro de Polling (c. 750) fue el inicio de la serie de recitales programados por The Metropolitan Opera House de Nueva York con doce de las más grandes voces de la lírica actual, que harán una presentación unipersonal desde lugares especiales de las zonas donde viven su confinamiento.

Tal como ocurrió con el recital de Jonas Kaufmann con el ciclo “Dichterliebe” (Schumann), en Polling, extrañamente, todos estábamos ahí, unidos por amor de la música.

Fue sobrecogedor sentir, otra vez, la conexión planetaria en torno a la voz de un artista en el cenit de su capacidad expresiva en interpretaciones antológicas seguidas de un silencio abismal: se podía escuchar ese vacío enorme, estremecedor. Ni un aplauso para agradecer la evocadora verdad dramática que constituye su canto.

Cabe preguntarse qué reflexiones íntimas se habrán suscitado en todos los continentes después de esta audición.

El repertorio fue un tour de force, con doce demandantes arias de títulos como “Tosca”, “Carmen”, “Roméo et Juliette”, “L'Africaine”, “Le Cid”, “La Gioconda”, “Adriana Lecouvreur” y “Turandot”, todas cantadas con novedad, punto de vista personal y con la emoción entramada en cada nota, en cada palabra, haciendo cimas en “Ombra di nube” (Recife), “Improvviso” de “Andrea Chénier” (Giordano) y, en especial, en un conmovedor “Lamento di Federico” de “L'Arlesiana” (Cilea).

Junto a Kaufmann y siempre como un puntal, ese gran maestro que es Helmut Deutsch, capaz de convertir el sonido del piano en el de una orquesta completa. También se lo pudo oír en entrañables versiones de los intermezzi de “Manon Lescaut” e “I Pagliacci”.

The Metropolitan Opera House se preocupó de todos los detalles. Las tomas de la abadía colaboraban al impacto, mientras que la presentación estuvo a cargo de la soprano Christine Goerke (que cantó “Ariadna en Naxos” en Chile en 2011) y de Peter Gelb, director artístico del MET. El desarrollo del concierto alternó el programa de arias con grandes momentos de actuaciones de Jonas Kaufmann en Nueva York (“La Fanciulla del West”, “Werther” y “La Walkyria”) y Salzburgo (“I Pagliacci”).

El ciclo continúa el 1 de agosto con el recital de Renée Fleming desde la histórica sala de música de Dumbarton Oaks, en Washington, y luego siguen Roberto Alagna y Aleksandra Kurzak (16 de agosto), Lise Davidsen (29), Joyce DiDonato (12 de septiembre), Piotr Beczala y Sondra Radvanovsky (26), Anna Netrebko (10 de octubre), Diana Damrau y Joseph Calleja (24), Pretty Yende y Javier Camarena (7 de noviembre), Sonya Yoncheva (21), Bryn Terfel (12 de diciembre) y Angel Blue (19).

sábado, mayo 05, 2018

¿Qué monstruo tiene adentro el Otello de Jonas Kaufmann?

El Mercurio

Por Juan Antonio Muñoz H. 

El "Otello" (Verdi) de Jonas Kaufmann -que Sony lanza en DVD y Blu-ray el viernes 11 de mayo- no se parece a ningún otro. En su estreno en Londres en junio de 2017, algunos dijeron que se parecía al de Jon Vickers y otros, al de Ramón Vinay. No es así. También hubo quienes opinaron que Kaufmann no era Otello, mientras otros lo declararon "el Otello de la nueva era". Muchos gritaron hasta quedar afónicos al término de las representaciones y otros se sintieron decepcionados. El hecho es que, ya para aplaudir, ya para discrepar, todos querían ver el Moro de Venecia del gran tenor alemán. Las reacciones fueron diversas, pero se constató algo que sucede pocas veces en la ópera: Kaufmann fue capaz de hacer del personaje algo propio, que no se parece a nada conocido y que, por lo mismo, se vuelve incomparable.

Su Otello es, primero, mucho más un amante y un hombre fácilmente manipulable que un héroe guerrero feroz. Tal condición de general triunfante comienza y termina con su "Esultate!", pues desde entonces Jonas Kaufmann -que retoma el rol en vivo en noviembre de este año, en Múnich- desarrolla un personaje dubitativo hasta la debilidad, incómodo en el ejercicio del mando político y nada a gusto entre la soldadesca. Se diría que proyecta al moro como un sujeto que teme incluso no cumplir sexualmente con su mujer, una idea que termina por hacer más comprensible su furia asesina posterior, con el matrimonio ya consumado.

La famosa "gloria de Otello" es un triunfo externo que no tiene correlato con lo que el moro cree o siente de sí mismo, un menoscabo quizás social o de origen -¿racial?- que le tiene quebrada la mente y el alma. No tanto así los celos, en cambio. A eso se suma esa insistencia tan rara de que Desdémona lo ama a él por sus desventuras y que él la ama a ella por su piedad: en efecto, curiosos principios (shakesperianos) para basar una relación amorosa.

La tormenta con que parte la ópera es una extrapolación de aquello que vive el Otello de Kaufmann puertas adentro. El éxito bélico, popular, no le alcanza a su moro para aniquilar el monstruo que tiene adentro y que no lo deja vivir. Es sintomática -y brillante- la idea del director de escena Keith Warner cuando hace emerger a Otello desde el fondo de la tierra para proclamar su victoria justo en el momento en que aparece desde arriba la figura de Desdémona, inalcanzable: es a ella a quien él canta su victoria y no al pueblo. Le está diciendo "Yo puedo hacerlo", en suma.

El dúo con Desdémona del primer acto fue magistral en la voz oscura de Kaufmann, incluido el La en pianissimo en "Verene splende". Su actuación fue un continuo avance, con cumbres en la insistencia contumaz por la búsqueda del pañuelo; en el monólogo "Dio! mi potevi scagliar", un prodigio de fraseo y construcción durante el cual la autoridad aristocrática del moro, acentuada por la magnífica presencia física del tenor, se ve penetrada por una creciente e incontrolable rabia, y en la escena del asesinato y el posterior suicidio, donde la riqueza de su media voz y su entrega se tradujeron en un estado de emoción que raptó a toda la sala de Covent Garden.

Penetración psicológica y moro sin betún

Estuvo bien la soprano María Agresta, cuya voz ha crecido y que al parecer aún no puede controlar del todo su volumen vocal para abordar las líneas más íntimas. Su Desdémona es inocente, pero no frágil. Lamentablemente, Ludovic Tézier canceló su debut como Yago, porque habría sido un complemento perfecto para el complejo diseño del Otello de Kaufmann; se contó con el barítono italiano Marco Vratogna, que es un cantante eficiente de voz ingrata, que no alcanza a exponer las mil caras de este demonio que dice estar constituido por el mal.

Keith Warner -que tuvo la buena idea de no teñir con betún al protagonista- pensó el escenario como una suerte de tenebrosa caja negra que, en cierta medida, "encarna" la oscuridad de la mente del protagonista, con la luz entrando apenas a través de pequeñas ventanas y colándose por murallas de arabescos metálicos. Con virtual austeridad, Warner elaboró un cuadro de gran penetración psicológica, acentuando los claroscuros y un mundo de sombras donde predominan el negro, el rojo y el azul crepúsculo; el cielo del dúo de amor del primer acto tiene una nueva oportunidad expresiva en la bata de noche que lleva Otello en la escena del asesinato (sugerente idea, hay que decirlo).

Con recuerdos de las imágenes del cine de Murnau y referencias al teatro expresionista y al mundo mental del "Othello" de Orson Welles, la puesta utiliza el blanco solo para Desdémona y para la corte veneciana en el tercer acto. La misma que hace su entrada en el momento más inapropiado, aplastando con su opulencia antropológica y estatuaria -de gobierno, de clase- lo poco que ya quedaba del vitoreado moro. Se produce entonces una suerte de golpe de luz que enceguece a Otello de manera terminal.

Se contó con la presencia en el podio del maestro Antonio Pappano. Desde su tormenta inicial hasta los acordes morendo de los últimos compases, la orquesta permitió escuchar las mil capas de esta obra maestra y cientos de detalles en general inadvertidos -como esos contrabajos en solitario durante el último acto- que dan cuenta de un espeso bullir de almas que caminan hacia la condena de manera inevitable.