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viernes, septiembre 11, 2020

El 18 de septiembre conmemora sus 50 años: El difícil camino que recorre el Archivo de Música de la Biblioteca Nacional

 El Mercurio


Siempre con escaso recurso humano, pese al volumen de colecciones que debe catalogar y conservar, prepara la realización de un gran Encuentro Iberoamericano de Archivos Musicales y Sonoros.

IÑIGO DÍAZ


Se trataba de un archivo de apenas dos estantes cuando la historia comenzó a escribirse en 1970, en un pequeño rincón de la Biblioteca Nacional. Su director, Roque Esteban Scarpa, leyó la carta que le había enviado el músico Juan Amenábar alertando sobre la necesidad imperiosa de que los compositores chilenos contaran con un espacio de salvaguarda de su obra. Así nació el Archivo del Compositor.


Rebautizado en 2008 como Archivo de Música, esos dos anaqueles iniciales son ahora más de 30 m2 para depósitos de conservación, salas con condiciones controladas y con estantes de hasta cinco niveles. Allí se cataloga, se mantiene al cuidado, se divulga y se pone en valor una parte de la historia de la música chilena.


El equipo se encontraba planificando el IV Encuentro Iberoamericano de Archivos Musicales y Sonoros, que se iba a realizar en Santiago con visitas de distintos países, cuando sobrevino la pandemia. La oficina cerró sus puertas hace seis meses y sus investigadores pasaron al teletrabajo. Pero el encuentro siguió adelante.


“El formato a distancia nos ha permitido hacerlo crecer exponencialmente”, asegura Cecilia Astudillo, jefa del Archivo de Música desde 2012. “Antes teníamos 10 expositores de Chile y otros de Argentina, Perú, Bolivia o España. Ahora se han sumado muchos más, Brasil, Costa Rica, Canadá e incluso Hong Kong, gente que estudia los archivos iberoamericanos”, agrega.


El encuentro se realizará desde el 26 al 30 de octubre, y si en el formato presencial contaban con espacio para 130 cupos, hoy ya van en 500 inscritos. Incluso los conciertos de mediodía que estaban en el programa tendrán una segunda oportunidad. Por ejemplo, el pianista Ángel Martínez, representante en Chile de la Fundación Claudio Arrau que tiene sede en Nueva York, dará el concierto inaugural. Ya se están planificando otros para sumar al contexto webinar.


Espacio para todos


“El archivo surgió como el repositorio donde se iba a reunir la obra de los compositores chilenos para su conservación, investigación y divulgación, en especial de la música docta. Durante la década de los 80 fue tomando forma gracias al trabajo de una destacada jefa de sección, Paulina Sanhueza. Gracias a ella se consolidó esa unidad hasta llegar a convertirse en lo que es hoy”, orienta el director de la Biblioteca Nacional, Pedro Pablo Zegers, sobre esas primeras décadas de trabajo.


“Tenemos los fondos de todos los ganadores del Premio Nacional de Música y contamos con piezas muy valiosas, desde el Libro Sesto (de María Antonia Palacios, hacia 1790) hasta el proyecto mecanografiado y con anotaciones caligráficas de Jorge Peña Hen para las orquestas juveniles. También se encuentra el álbum de partituras que perteneció a Isidora Zegers y otros 200 álbumes de señoritas”, cuenta.


Todo ese acervo de música docta, partituras y documentos de compositores se ha ampliado también hacia la música popular en un sostenido plan de integración. El Archivo de Música suma otros tesoros, como la completa biografía de Valentín Trujillo a través de recortes de prensa; la primera guitarra del trovador Eduardo Peralta; manuscritos de canciones de Congreso; una colección de vinilos chilenos donados por la radio Cooperativa, y el impresionante legado del sello Alerce, con documentos, fotografías, cintas y originales de carátulas, que durante años ha estado en proceso de catalogación.


El archivo cuenta con Cecilia Astudillo como única investigadora, apoyada por dos administrativos de planta en labores de registro, y una serie de voluntarios. Su rol ha sido clave en el trajín, en la investigación, pero además han logrado conseguir auspicio para las charlas y conciertos que se realizaban en la sala, impulsadas principalmente por el Grupo de Amigos del Archivo de Música (Gamus), que encabeza el compositor Gabriel Matthey. Algunos de estos pasantes, que vienen de la ingeniería y el marketing, también elaboraron un plan de acción que ha puesto en el mapa al archivo.


“Éramos una oficina desconocida incluso dentro de la biblioteca. Con este plan que se extiende hasta el 2021, nos hemos hecho mucho más conocidos. El público viene ahora más que antes. Tenemos espacio para recibir a ocho personas en sala y dos veces por semana hay visitas guiadas. Y todo eso con el compromiso que han tenido nuestros pasantes voluntarios”, cierra Cecilia Astudillo.


“ No hay límites políticos, cronológicos ni de estilos. Tenemos fondos de Los Quincheros y de Karaxú, un grupo del MIR”, dice Cecilia Astudillo.

martes, octubre 20, 2015

El tesoro oculto del Seminario Mayor: sus inéditas partituras

El Mercurio

Especialistas revelan las joyas patrimoniales de la mayor colección privada en Chile de partituras, libros y manuales de música del siglo XIX.  Fueron catalogados 2.600 ítems de valor patrimonial

Romina de la Sotta Donoso

Fernanda Vera Malhue (1983) estudiaba musicología en la Universidad de Chile en 2009 cuando Carlos Cabezas -entonces seminarista y hoy sacerdote- la invitó a ella y a su compañero de estudios José Contreras al Seminario Pontificio Mayor de los Santos Ángeles Custodios, de la Arquidiócesis de Santiago, en La Florida.

"Él estaba organizando la biblioteca, y descubrió partituras guardadas en cajas, sin clasificar", recuerda Vera. Bajo la guía del musicólogo José Manuel Izquierdo y con un Fondo de la Música, hicieron un catastro y la conservación primaria de esa colección, en 2012. Ahí supieron que el Fondo Musical del Seminario Mayor es la mayor colección privada conocida en Chile de partituras, libros y manuales de música del siglo XIX.

Un tesoro que recién ahora será accesible, pues acaba de completarse la catalogación de los 2.600 ítems del Fondo, datados entre 1843 y 1940. Se trata de partituras -impresas y manuscritas, tanto sacras como profanas- y libros, tanto de texto como de canto llano, manuales de teoría e instrumentos, y álbumes de partes instrumentales y vocales.

La catalogación fue liderada por Vera, con la participación de Rosa Velázquez Zapata y Elizabeth Mendieta Contreras, y financiada con $6.124.000 del Fondo de la Música y $1 millón del Seminario. La edición del catálogo es de Natalie Guerra Araya, y el diseño, de Claudia Díaz.

En 2012, además, Vera trabajó en un proyecto de digitalización financiado por una Beca Harvard Rockefeller para archivos de Latinoamérica. Sumada, la inversión de los tres proyectos de rescate es de $21 millones.

Joyas recobradas

"Nuestra primera sorpresa fue que compositores como Palestrina y Tomás Luis de Victoria ya eran interpretados en el Seminario en el último cuarto del siglo XIX. Segundo, que aquí se encontraban muchas creaciones de Tulio Hempel, José Zapiola, José Bernardo Alzedo y Alfonso Desjardins. Y tercero, que ya a mediados del siglo XIX había un fuerte interés por la enseñanza formal de la música, lo que desmiente el mito de precariedad y atraso en el quehacer musical del periodo", detalla Fernanda Vera.

Anuncia que próximamente los tres tomos del catálogo serán puestos a disposición de la comunidad, en sitios de la Biblioteca Nacional.

Y aclara que una de las joyas descubiertas en el Seminario "es la partitura manuscrita 'A Chile y sus héroes', de Vicente Carrasco. Es la única composición de la época de la Guerra del Pacífico de la que se tiene noticia". Destaca también la "Cantata para la repartición de premios" -probablemente la primera obra chilena llamada "cantata"- y el "Álbum de canciones españolas y chilenas". "Es una verdadera rareza, pues contiene algunos de los primeros repertorios que pueden haber sido considerados populares, copiados con delicada caligrafía", apunta la musicóloga. Y confiesa que hay dos copias únicas en Chile que llaman su atención. El "Himno Encomiástico" dedicado a la Clase de Canto Llano de José Bernardo Alzedo, y la "Colección Selecta de Cánticos Sagrados", de Moisés Lara. Esta última es una edición chilena de fines del siglo XIX de más de 300 páginas con el repertorio que se hacía en la capilla de la Catedral.

El Fondo también contiene los primeros materiales de ópera copiados en el país: "Hay un álbum con la transcripción de 127 piezas vocales de Mozart, Monteverdi, Victoria y otros. Es un volumen compilatorio único".

lunes, junio 03, 2013

El arduo trabajo del Archivo de Música de la Biblioteca Nacional

Cecilia Astudillo despliega uno de los manuscritos de Juan Amenábar, que acaba de ingresar al Archivo de Música. 

El Mercurio

Esta semana recibió manuscritos de Juan Amenábar, fallecido pionero de la música electrónica, los que se suman a los fondos documentales de compositores chilenos. Apenas dos personas administran la tarea allí.

IÑIGO DÍAZ

Esa noche de 1971 en el Club de Jazz de Santiago, el compositor e ingeniero Juan Amenábar fue testigo de los experimentos percusivos del astro de la batería Lucho Córdova, quien se había propuesto entonces obtener melodías de su instrumento. "Afiné los cuatro tambores en distintas notas y me quedé solo en el escenario tocando todo tipo de cosas no convencionales para el jazz", recuerda Córdova, hoy de 91 años.
Al final del concierto, Amenábar se le acercó y le señaló cuán sorprendido había quedado al escuchar "algo así de un baterista. Entonces me invitó a grabar a su casa, porque lo que había tocado era muy cercano a sus propios experimentos", agrega el músico. Esa grabación se convirtió en "Divertimento cordovés", según anota Amenábar en la portada de su manuscrito, una obra "para percusión, conjunto instrumental y cinta magnética". Y ese original, un tesoro de la historia chilena de la música electroacústica, está hoy al resguardo del Archivo de Música de la Biblioteca Nacional.

Esta semana la oficina que encabeza Cecilia Astudillo -con experiencia de una década en el Fondo Margot Loyola de Valparaíso- creó, con ésta y otras entregas, el Fondo Documental Juan Amenábar, dedicado a uno de los pioneros de la música electrónica en Chile y en Sudamérica junto a León Schidlowsky y José Vicente Asuar.

"La familia de Amenábar, encabezada por su viuda, Eliana Folch, nos entregó el primero de sus aportes, dos cajas con sus manuscritos de música aleatoria", dice Astudillo. "Son muchas hojas de páginas cuadriculadas donde cada cuadrado tenía correspondencia con un rango de tiempo. Allí, el compositor hacía sus anotaciones para diversas obras, como 'Klesis' (1968), pieza para cintas magnéticas", agrega. Este fondo se nutrirá de nuevas entregas de partituras convencionales, fotografías y documentos.

Atraso crónico

Juan Amenábar es el último nombre en sumarse a los fondos documentales de compositores chilenos que conserva el Archivo de Música, uno de los más pequeños y, según se ha dicho, el más rezagado de entre los archivos de la Biblioteca Nacional. Fue fundado en 1969 como iniciativa del compositor Alfonso Letelier. Luego, el también compositor Fernando García donó cerca de la mitad del material que hoy se conserva ahí y que protegía en su casa de manera particular.

"Lo más importante fue el trabajo de la señora Ruby Ried Thompson, pianista, musicóloga y archivera, que enseñó a los compositores cómo debían clasificar sus trabajos. Puso a las familias de cabeza a ordenar el material", dice Sandra Figueroa, la segunda integrante del pequeño equipo del archivo. Apenas son dos personas para tamaña tarea de registro.

De hecho, en el archivo tardaron seis meses en digitalizar -con estándares internacionales- uno de los once estantes donde se resguarda el legado de diversos autores, desde Pedro Humberto Allende, Acario Cotapos y Alfonso Leng, hasta Vicente Bianchi y Valentín Trujillo. Cada estante contiene 20 cajas de manuscritos, y cada caja conserva 80 páginas. En total, deben digitalizar 17.600 páginas. "Pero no existe ningún archivo en el mundo que no esté atrasado. Es su esencia", comenta Trujillo.

Esta oficina cuenta además con material bibliográfico, fotografías, documentos y una muy mermada colección de discos, debido a que no todas las ediciones llegan a la biblioteca como indica la ley de depósito legal. Esos audios se habilitan para los usuarios en sala y sobre todo para muchísimos usuarios digitales, que acceden a través de los sitios memoriachilena.cl, bncatalogo.cl y coleccionesdigitales.cl.

"Una de las tareas de este bicentenario de la biblioteca es reconectarnos con los sellos editores y los músicos independientes para completar las colecciones. Muchos no conocen esta ley", dice Astudillo. Y Figueroa agrega: "Conservar es caro; tener especialistas es caro. Definitivamente, nos faltan profesionales".

La obra electroacústica mixta "Divertimento cordovés". El solista fue el baterista de jazz Lucho Córdova. 

sábado, noviembre 17, 2012

La gran biblioteca de jazz que se instala en el GAM

El Mercurio


La colección incluye biografías , discografías, relatos y revistas. "Es una forma de agradecer al país que me recibió cuando llegué hace 65 años", dice el melómano, crítico y pianista polaco José Hosiasson.

IÑIGO DÍAZ

"De haberlo sabido antes no lo hubiera hecho", bromea José Hosiasson al ver por primera vez la cifra en que fue avaluada su colección personal de libros y revistas de jazz: 51 millones de pesos.

El cálculo fue realizado por expertos del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), que recibió la donación de este material bibliográfico por parte del crítico, pianista y melómano nacido en Varsovia en 1931 con el nombre de Józef Hosiasson. Bibliogam anuncia para enero la presentación oficial de la colección de 1.400 volúmenes que esta semana completó su proceso de catalogación. El material ocupa cinco estantes de tres niveles en la biblioteca.

"Llegué a Valparaíso en 1948 desde Bolonia, donde viví entre los ocho y los dieciséis años. En ese viaje ya venía con dos libros que compré en Italia en 1946 y que hoy están en el GAM", cuenta Hosiasson. "Pero no son los más antiguos. Mi colección fue creciendo: por ejemplo, en un local de viejo en Nueva York encontré el libro 'Jazz' de Paul Whiteman, que es de 1926. Tiene casi 90 años: es un papel de muy buena calidad", añade.

La colección se basa en recuentos discográficos, títulos generales como la traducción que el músico chileno Pablo Garrido (1905-1982) hizo de "Jazz hot", del francés Hughes Panassié, y series completas de revistas como Downbeat y Jazz Times.

También hay biografías como la de Louis Armstrong (de Gary Giddins), Oscar Peterson (de Gene Lees) y la del chileno Alfredo Espinoza (de Duccio Castelli), y autobiografías de Bud Freeman, Babs Gonzales y Art Pepper, quien además autografió su obra "Straight life" (Vida recta): "Pepe, ojalá que disfrutes leyendo este libro tanto como yo disfruté viviéndolo", escribe el trompetista. "La suya fue todo lo contrario a una vida ordenada", dice Hosiasson. Otras dedicatorias de puño y letra de Armstrong y de Duke Ellington están en primeras ediciones donadas, dado que Hosiasson fue el traductor del trompetista en su visita de 1957, y entrevistó al compositor en el Hotel Crillón cuando estuvo en Chile en 1968.

La discoteca mayor

El 90 por ciento de la colección está en inglés. "No sé si sea favorable para un usuario común, pero lo que yo puedo asegurar es que es mucho mejor leer estos textos en la lengua original. Ahora mismo estoy leyendo un libro sobre John Coltrane cuya traducción al español es horrible. Tengo que imaginarme el relato en inglés para entenderlo", apunta.

"Ésta es una biblioteca especializada en artes escénicas y música, y además tiene como estrategia la formación de público y la entrega de elementos sólidos para que las personas puedan enfrentarse a disciplinas artísticas. En ese sentido, sabemos que normalmente los seguidores del jazz sí pueden leer en inglés", señala Erika Araya, jefa de Bibliogam, que en dos años ha triplicado su material, casi en su totalidad provisto por donaciones de gente como Jorge Marchant, Alejandro Sieveking, Berthica Prieto y Sara Nieto, entre otros.

Y si de colecciones contundentes se trata, Hosiasson aún resguarda un tesoro mucho mayor: la discoteca del jazz más grande de la que se tenga registro en Chile. Ni siquiera se trata de una cifra de álbumes, porque el crítico no tiene un control sobre ese catálogo físico, como sí lo lleva sobre las obras contenidas: son 86.000.
"Cada vez que compro un disco nuevo, en un sistema computacional creado antes de la era Windows ingreso todo tipo de datos: título de la pieza, compositor, año, sello, músicos de la sesión. Me tomó tres años de trabajo constante completar los datos de mi discografía original. Luego he ido actualizando día a día. He sido un archivero instintivo. Doné mis libros y revistas como una forma de agradecer al país que me recibió cuando llegué desde Europa. Pero todavía quiero seguir escuchando estos discos. Es probable que el día en que yo muera, esa colección sea para el GAM".