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domingo, marzo 19, 2017

Patrimonio De los cantores anónimos al mundo: La revolución musical de Violeta y Ángel

El Mercurio:

Muerto hace una semana, Ángel Parra no sólo fue parte de la Nueva Canción Chilena como cantautor, sino que también como activista central del movimiento. Y antes, su madre redefinió el folclor local y guió el camino de las nuevas generaciones.

Roberto Careaga C. 

Dicen que llegó con pantalones de cuero. Después de tres años en París, Ángel Parra regresó a Santiago renovado en 1964. Tenía 21 años. En Francia, donde se había reunido con su madre, se había convertido definitivamente en un cantautor y no sólo traía una guitarra bajo el brazo, sino que había incorporado a sus actuaciones dos instrumentos andinos inesperados para al folclor chileno: la quena y el charango. En Chile las cosas también cambiaban: la agitación de la década de los 60 se extendía incluso a la canción popular, las cuecas de siempre empezaban a ser otras y en la huella de Violeta Parra un grupo de músicos incluía en sus canciones la denuncia social. Era el germen de lo que se llamaría la Nueva Canción Chilena. Y Ángel decidió sumarse.

"Su apreciación del fenómeno es muy simple: si faltaba la personalidad aglutinante puede, quizás, ser sustituida por un factor aglutinante. Así nace la Peña", escribió en 1976 Patricio Manns, recordando la visión que tuvo Ángel. En la casa del pintor Juan Capra, en la calle Carmen 340, dio vida a la ya legendaria Peña de los Parra. Pronto se sumó su hermana Isabel y juntos harían historia. "Era un lugar insólito", recuerda Horacio Salinas, de Inti Illimani. "Era un espacio donde entraban 100 personas apelotonadas, todo el mundo fumaba, tomaba vino navegado, salía una que otra empanadita y en una penumbra aparecían estos artistas únicos: Rolando Alarcón, Manns, Víctor Jara, los hermanos Parra. Era todo un acontecimiento. Se iba cociendo una artesanía muy particular", agrega.

Era la artesanía de la Nueva Canción. Inaugurada a mediados de 1964, la Peña abría tres noches a la semana, la gente hacía colas para entrar y no era raro que los cantantes salieran hasta cuatro veces a escena. Inicialmente los números estables fueron Manns, los hermanos Ángel e Isabel Parra y Rolando Alarcón. "A los pocos meses, se convirtió en un hervidero", recordaba Manns en el libro "Violeta Parra, la guitarra indócil" (1976), ahora reeditado.

A los seis meses de abierta la Peña, Ángel, que operaba como su administrador, convenció a los estables de traer un nuevo cantante: Víctor Jara. Luego traería a otros, como el Gitano Rodríguez, Payo Grondona, Los Curacas y tantos más. Ángel, que no solo componía su música, era también un promotor en la nueva escena que nacía. Así lo plantea la periodista Marisol García, autora de un libro central sobre la canción de protesta en Chile, "Canción Valiente". "El legado de Ángel Parra es el de un cantor, escritor y gestor. Su rol en la Peña es fundamental: ahí permite mostrar a un gran público un sonido que estaba apareciendo. Su relevancia no solo pasa por su cancionero, sino que también está dada por su presencia", sostiene García.

La periodista recuerda a Ángel Parra a días de su muerte, el 11 de marzo pasado. Tenía 73 años y su partida ocurrió a 50 años del suicidio de su madre, Violeta. Además del obvio lazo que los unía, ambos fueron decisivos en la transformación que vivió el folclor y la canción popular en Chile en los 60. Si Ángel se movió como un activista en el despliegue de la Nueva Canción, fue Violeta quien abrió la ruta por la que avanzó toda esa generación de músicos. "Violeta introducía el verdadero Chile en las canciones. Entonces, las cosas había que hacerlas al estilo de ella o por lo menos tratar de acercarse a la grandeza y originalidad de la Violeta. Esa siempre fue la expectativa de la Nueva Canción: honrar esa pulcritud de la creación sin otro parámetro que lo artístico", dice Salinas.

El genio de Violeta

"¡Cuándo iba a imaginar yo que al salir a recoger mi primera canción, un día del año 53, en la comuna de Barrancas (Santiago), iba a aprender que Chile es el mejor libro de folclor que se haya escrito!", contó Violeta Parra a inicios de los 60, cuando ya había hecho un largo recorrido por el país recopilando canciones que vivían solo en la tradición oral. Tenía 36 años al iniciar la ruta que revolucionó la música del país.

Como cuenta el director del Instituto de Música de la Universidad Alberto Hurtado, Juan Pablo González, su despunte se produjo en "una década muy generosa en propuestas musicales basadas en el folclor". Y añade: "Violeta tuvo la genialidad de lograr una propuesta basada en el rescate de la tradición, pero también en transgredir esa tradición. En meterse en tradiciones que eran masculinas, como el canto a lo poeta, en utilizar la imaginería de la décima en sus canciones populares, en utilizar instrumentos latinoamericanos para tocar música chilena. Y si se convierte en la madre de la Nueva Canción es porque el gesto de la mezcla es muy potente".

Según Marisol García el el disco "Toda Violeta Parra" (1961) fue clave en el impacto que tuvo la cantante. Ahí aparecen tonadas y cuecas recopiladas, junto con sus composiciones. Y algo más: la cuestión social. "Canción política en Chile ha habido desde la Colonia, pero aparentemente este es el primer disco que grabó este tipo de canciones. Lo otro era tradición oral", sostiene García. "Al grabar estas canciones quedan como influencia. Este disco se vuelve muy importante para la Nueva Canción porque por primera vez está el registro de que se podían hacer canciones chilenas o latinoamericanas con contenido político. Dejó ese legado y empieza a circular", añade.

Horacio Salinas confirma la teoría de García: a los 12 años llegó "Toda Violeta Parra" a su casa y él quedo maravillado. Aunque en ese momento aún no por el contenido político. "Lo que yo admiraba eran estas canciones tan extrañas, como 'Puerto Montt está temblando'. Ella usa una cantidad de mecanismos musicales ligados al folclor en el mundo que son estos tratamientos modales de las escalas, que la liga con el surgimiento de la canción medieval. Sus creaciones eran muy atípicas. Luego veíamos que incorporaba a la canción típica chilena", dice.

El cantautor profesional

Aunque Manns dice en "Violeta Parra, la guitarra indócil" que la fama de la cantante llegó tras de su muerte, en vida Violeta fue reconocida. Sus hijos crecieron tocando con ella y aprendieron también a salir de su manto. Para Juan Pablo González, Ángel hizo más que eso: "Ángel Parra es la figura del cantautor por excelencia. Me atrevería a decir que con él nace el cantautor en Chile. A nivel latino el único antecedente es el uruguayo Daniel Viglietti. Después vienen Silvio Rodríguez y Víctor Jara. Patricio Manns está desde antes, pero también era periodista, escribía, hacía canciones, cantaba, viajaba. Ángel lo que hace es ser cantautor. Es un modelo de la escena", dice.

En la memoria de Salinas resuena la voz de Ángel: "La vehemencia de su canto, el enfado y gravedad de su tono eran muy típicos de esa época.", cuenta el músico. Y agrega: "Dentro de la Nueva Canción, Ángel era una de las voces preclaras. Ahora, no existía una sede de la Nueva Canción ni nada que se le parezca, pero sí éramos un conjunto de artistas numerosos: Quilapayún, Los Curaca, Inti Illimani, Aparcoa, luego Illapu, Alarcón, Manns, Payo Grondona, Víctor Jara, el Gitano Rodríguez. Un rasgo para ser parte de esta pandilla era incorporar los problemas del ser humano y la protesta. Era lo que había hecho la Violeta y nosotros también lo hacíamos. Era insoslayable eso en una década que a nivel mundial es revolucionaria".

"Es cierto que la política fue una parte importante de la Nueva Canción, pero sin duda que no habría tenido la trascendencia y el impacto internacional si se hubiera quedado en eso. Logra a nivel internacional la síntesis de la música latinoamericana", dice González. "Ellos integran una variedad de elementos de latinoamericanos en una época en la que es muy fuerte el discurso americanista. Eso va a funcionar muy bien en el mundo. Para el público europeo le ofrecen a América Latina completa en una canción", explica .

Y aunque la dimensión internacional fue muy relevante, y logró que muchos de esos grupos tuvieran una larga vida en el exilio, para Patricio Manns había una fortaleza local que provenía del genio de Violeta Parra. "Ella es el puente", escribió en 1976. Superando a los cantores anónimos esparcidos por Chile, ella se convirtió en un faro: "Violeta Parra ha logrado saltar las barreras del anonimato y esgrimiendo una poética que se genera a sí misma como una síntesis de lo religioso-ingenuo y lo político-social, perfila su prestancia a la cabeza de la Nueva Canción, incorpora a este movimiento toda la pléyade legendaria de sus anónimos maestros, dona sus raíces a nuestro canto actual, ata con un cordón de acero nuestros pasados y nuestros presentes y garantiza nuestra continuidad futura", dijo Manns.

miércoles, octubre 13, 1971

Juan Capra: Un Hombre Extraordinario - Por Isabel Allende



Pintor y folklorista, pero, sobre todo, un tipo de gran calidad humana.

HACE mucho tiempo -años- que venía oyendo hablar de Juan Capra. "Un artista excelente", "uno de los mejores pintores de Chile", "canta mejor de lo que pinta", "pinta mejor de lo que canta", "el último romántico", "un puro" ... son algunas de las cosas que oí decir de él. Cuando supe que había vuelto de Europa después de muchos años de vagabundeo, traté de ubicarlo, pero costó bastante rastrear su pista, porque desde que llegó ha estado aislado, casi escondido lejos de esa horda de amigos y admiradores que en su ausencia vivieron preocupados de él y fomentando la leyenda de Juan Capra.

Llegué a entrevistarlo con un nudo en la boca del estómago, como siempre ocurre cuando uno enfrenta algo muy esperado. Sin embargo, al cruzar el umbral de la pieza que arrienda Juan en ese lugar, se respira un aire diferente y se pierde inmediatamente la sensación de angustia al estrechar la mano pequeña y firme del artista. Un apretón de manos auténtico, mirando a los ojos, como ya no se dan hoy día. Enseguida hay que sentarse en un colchón en el suelo, tomar mate cebado por una tetera que calienta las nalgas en un brasero y hacerse la lesa cuando se acalambran las piernas. Todo lleno de afiches, fotografías, carátulas de discos grabados por él en Europa, algunos dibujos, -muy pocos- y sobre todo la presencia de Juan Capra que llena todo. Es bajo, extremadamente delgado, un rostro de adolescente atormentado a pesar de que ya cumplió 34 años, una visible cojera que le da un aire vulnerable y una gran ternura que le salta por los ojos. Empieza a contar su vida con voz apagada y antes de medio minuto me siento su amiga.

“A los trece años entré a estudiar en cursos vespertinos en Bellas Artes” dice. “Tenía facilidad para el dibujo y la pintura, y como desde los cinco años tenía una extraña enfermedad parecida a la hemofilia, mis padres pensaron que el arte era un buen camino para un tipo tan mal dotado para la lucha por la vida como yo.”

Esta enfermedad ha sido una cruz en la vida de Juan Capra, aunque él dice que ahora se ha mejorado casi completamente. Desde niño hizo una vida anormal. Cualquier golpe por pequeño que fuera, significaba una hemorragia interna o externa que podía tirarlo a la cama por un mes. Hospitales, remedios, tratamientos, exámenes. Una debilidad física que lo mantenía al margen de muchas cosas, pero que no conseguía convertirlo en un amargado o resentido, sino al contrario, preservarlo en un increíble estado de pureza mental. Estudió ocho años en Bellas Artes. Con un grupo de artistas arrendaba una gran casa en la calle Carmen (actualmente es la Peña de los Parra) donde tenía su casa-taller. Allí recibió a alojar a Regis Debray y su futura mujer Elizabeth a quienes había conocido en Cuba.

- “En 1961 fui con una delegación de artistas a Cuba, invitados a hacer un mural en conjunto en la Sierra Maestra” -cuenta Juan. “Allí conocí a Regis y cuando él vino a Chile se quedó en mi casa un par de meses. El me invitó después a París: una tentación enorme. Fui a pintar y conocer.”

Juan Capra desembarcó en Italia, donde lo recibieron con los brazos abiertos unos amigos chilenos que rápidamente le ubicaron hasta un trabajo. Se quedó en Roma un año y medio, así es que la invitación de Debray se postergó. Juan cantaba canciones folklóricas, con lo que ganaba bastante dinero y además pintaba, su verdadera vocación. Como pintor tuvo mucho éxito. Expuso en representación de Chile, junto a artistas de muchas otras nacionalidades, en la Condotti Street Gallery y también en la Galería 88.

Entre las cosas raras que le han pasado a-Juan, en Roma vivió en casa de un "fakir" a la italiana.

-“Ese "fakir" era Pietro Savitry, un tipo fabuloso que inspiró a Fellini para su película La Strada. Este hombre tenía un palacio antiguo y arrendaba piezas a artistas e intelectuales.”

Además de pintar, Juan cantaba con el Nuovo Canzioniere Italiano, un grupo de investigación y difusión del arte popular, muy conocido en Europa.

 

-¿Estudiaste canto y música?

-“No -responde -. En Chile había trabajado con el conjunto Millaray, Violeta Parra y otros amigos artistas me habían enseñado algo, fuera de algunas giras por el campo para recopilar. En Europa grabé 5 long-plays y 4 discos chicos. El primero fue de folklore chileno, con canciones de la Violeta, Víctor Jara y otros. También había una compuesta por mí sobre el Che Guevara ... algo así como "Ay compañero déjame llorar / que lo están matando por tu libertad / ya le disparan al corazón/ sangre que brota alumbra el sol …". En Italia participó en varios festivales de música, en Spoletto, Salerno y Torino y trabajó en la televisión. A fines del año pasado ganó un galardón muy codiciado: el Grand Prix du Disque, Académie Charles Cros", con su disco "Chili Canta a lo Humano"

De Italia se fue a París en 1965 donde se dedicó a pintar, grabar música, cantar folklore latinoamericano y vagar un poco. Hasta que de repente se enfermó gravemente. La enfermedad no es ninguna novedad para él, acostumbrado a cargar con un físico muy desleal que en cualquier momento podía fallarle, pero en esa ocasión estuvo al borde de pasar a mejor vida. Pero no guarda un mal recuerdo, todo lo contrario.

"-A través de la gente que me presentó Regis Debray obtuve un trabajo que estimo maravilloso: por un año dirigí un taller de pintura, como psicoterapia, para un grupo de enfermas en el "Hospital Psiquiatrico de Ville Evrard" en las afueras de París. El Mussee de A Brut se interesó por algunas de obras que allí se produjeron.”

Después de eso lo invitó el club Mediterranée en calidad de folklorista en una travesía en barco de lujo a Sudamérica. Ida y vuelta gratis. Dos meses a cuerpo de rey. Así llegó a Chile, donde se quedó poco tiempo y volvió a partir Europa. Estuvo en Italia, Francia, Inglaterra, Suecia y Holanda, con su pintura y su canto. Hasta teatro hizo en Suecia. Habla francés, italiano e inglés (y algo de alemán) así es que se las arreglaba en todas partes. También tuvo una beca por un año en Madrid. del Instituto de Cultura Hispánica, y luego regresó a Italia. Por último, llego a Chile en octubre de 1970 a ver su gente y lo que estaba sucediendo política mente en su tierra. Aquí está ahora, siempre solo.

 

-¿Nada de novias? -pregunto con la indiscreción de una comadre de aldea

-He tenido varias. He estado a punto de casarme muchas veces -me cuenta muy serio Juan Capra. La primera vez con una bailarina argentina. Pero me fui a Cuba y entretanto ella se lesionó la columna vertebral y no pudo seguir en el Ballet. Cuando volví la encontré totalmente cambiada. Era otra persona. Lo único que quería era irse a casa de sus padres en Argentina ... y se fue al hoyo el matrimonio. Después quise casarme con la empleada doméstica de una pensión en que yo vivía ... Era hermosa como un cuadro de Gauguin, tenía un niño y lo único que yo quería era irme con ella al campo para pintarla eternamente. Tuvo el buen ojo de rechazarme. Ahora pienso que habría sido un desastre esa unión. También en Europa tuve novia, una islandesa, pero estuvimos separados mucho tiempo, nos escribíamos y prometíamos encontrarnos, pero el amor murió de muerte natural y ahora ni siquiera sé dónde está.

 

-¿No quieres casarte ahora?

-Sí -dice -. Quiero una compañera de verdad, en todo el sentido de la palabra. Una mujer que tenga vida independiente. Que comparta mis ideas, mis inquietudes, que sea una ayuda para mí. Estoy cansado de la soledad y el vagabundeo, del canto, la protesta y los viajes. Quiero tener hijos, formar un hogar ...

 

- ¿Tienes alguna novia en vista?

-En vista solamente ... pero eso es un secreto.

 

-Debe ser muy bonita.

-¿Por qué? -me pregunta extrañado.

 

-Porque una persona con tu sentido estético debe exigir belleza de la mujer que elige por compañera.

-La belleza -dice Juan Capra- es algo profundo, que viene de adentro. Está mucho más allá de la moda ... es algo que no muere.

El artista me cuenta que quiere vivir en contacto con la naturaleza, trabajar, crear, hacer algo útil: pero por el momento está sin planes inmediatos.

-Quiero descansar, reorganizar mi vida, meditar sobre muchas cosas. Tengo que dejar que las cosas decanten. Creo haberme equivocado en muchos aspectos ... Le he dado prioridad a cosas que no son importantes en el fondo ... Me molesta mi exceso de buena fe, mi inconstancia. Soy un ingenuo, un romántico ... y si no cambio estoy perdido.

Así es de paradójica la vida. Pensaba encontrar un triunfador y enfrenté un hombre insatisfecho: lo sabía rodeado del cariño y la admiración de mucha gente y lo vi solitario; pensé que conocería un artista algo pedante y egocéntrico y Juan Capra resultó ser un hombre frágil, tierno, vulnerable, puro y de gran calidad humana que deja una huella imborrable en quienes lo conocen.

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Revisión de prensa, transcripción, edición final web: Víctor Tapia