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martes, enero 22, 2019

Los Prisioneros en el Metro de Santiago: cómo se hizo la portada de Pateando Piedras



La Tercera

El trío ícono del rock chileno, eligió para su segundo álbum de estudio una fotografía captada cuando viajaban a San Miguel. Jorge Brantmayer, el fotógrafo a cargo de las sesiones, detalla en Culto cómo fue la extensa jornada que lo llevó a recorrer industrias, un Burger Inn y el transporte público.

Por Mónica Garrido

En junio de 1986, Jorge González ya había compuesto gran parte de las canciones del segundo disco de Los Prisioneros.

Bajo el nombre Pateando Piedras, el trío que completan Miguel Tapia y Claudio Narea, grababan las canciones “Muevan las industrias”, “Por qué no se van” y “El baile de los que sobran”, conservando el espíritu contestatario que dieron a conocer en su debut La voz de los 80.

Con los temas ya registrados y la aprobación de Sello EMI, solo hacía falta definir la imagen que querían para su segundo álbum de estudio.

“Me pidieron hacer fotos para ese disco, entonces lo que hice fue ir a buscar a Jorge a su casa, y ahí se juntaron Claudio y Miguel. Fuimos en mi auto por la Autopista Central e hicimos fotos en distintos lugares”, recuerda Jorge Brantmayer, fotógrafo a cargo de inmortalizar la nueva portada, en conversación con Culto.

Fue a propósito de su canción “Muevan las industrias” que Bratmayer decidió buscar fábricas como uno de los tantos posibles escenarios.

“Otro día fui a sus casas temprano en la mañana, les saqué fotos mientras se levantaban. Después sacamos unas en Providencia, otras en el Burger Inn, unas en un mall que estaba en Pedro de Valdivia con 11 de septiembre -que ahora se llama Nueva Providencia- (…) En el fondo tenía que encontrar o inventar situaciones distintas”, explica el fotógrafo de 64 años.

Brantmayer reconoce no ser un usuario frecuente del Metro de Santiago, por lo que tiende a confundir las líneas y sus correspondientes calles, pero sí recuerda a la perfección que tomó la imagen elegida en un tramo en que los vagones pasaban por la superficie, en la Línea 2 con dirección a San Miguel.

“Esa foto la saqué en un momento que entró luz natural. En el metro hay poca luz, y en ese tiempo lo que se usaba era la diapositiva en colores. Me acuerdo que algunas quedaron movidas y otras se salvaron un poquito”, detalla Brantmayer sobre la fotografía que muestra a Miguel Tapia con la espalda apoyada, mientras Claudio Narea y Jorge Gonzalez miran hacia la cámara con una sutil sonrisa.

“No fuimos específicamente a sacar esta foto del metro. Nació la idea cuando ya estábamos en el lugar, porque se veían bien ahí. No sé quién la habrá elegido al final, no sé si fue la EMI, los cabros… pero esa quedó”, relata Jorge Brantmayer sobre la elección del lugar.

No fue fácil para el fotógrafo dar con una imagen que dejara contentos a los hombres de “Por qué los ricos”. Tras discutir varias ideas, el trío rock buscó identificarse con lo más simple: lo cotidiano. “Jorge González es un tipo muy particular. Había que proponerle constantemente cosas, yo le decía ‘Mira tengo esta situación’, y algunas me las descartaba porque le parecían ridículas o qué se yo, o consideraba que no iban con el perfil de la banda. Pero ese momento de metro es una cosa importante, porque todo el mundo lo usaba y ellos se reconocían como del pueblo”.

“En la portada definitiva están como están no más. No miran a la cámara con cara de enojados. Eran súper cabros chicos, es increíble que alguien a esa edad haya hecho todo eso, escribir un disco con tanta fuerza como Pateando Piedras, con tanto contenido tan potente. Aunque ese en realidad fue Jorge González”, cuenta el artista visual, quien pretendía obtener reacciones espontáneas, pero sin dejar de lado la rebeldía. “El más risueño era Claudio Narea, pero no era lo que buscábamos. Los Prisioneros era un nombre contestatario, entonces no podíamos dejarlos salir sonriendo”.

No fue difícil la sesión en cuanto al uso de espacios públicos. Apenas había transcurrido un año desde La voz de los 80 y aún no provocaban la histeria de la fanaticada. “No eran como los Beatles. A lo más un ‘Hola, compadre’. Además, a Jorge Gonzalez le cargaba todo eso”, precisa Brantmayer.

“Hicimos fotos caminando pateando piedras por San Miguel, unas con unas almejas que encontré en una feria, fuimos en el auto buscando fábricas, industrias por ‘Muevan las industrias’ y una de esas la ocuparon en la portada de un single. Antes, todo eso era una especie de campo abierto, así que llegamos y nos metimos ahí a sacar varias fotos. Más que las del Metro, me gustaron las caminatas por San Miguel, porque las ferias, los perros, las calles, todo eso, era muy de ahí”, concluye el hombre tras la cámara.













miércoles, diciembre 05, 2018

Mistral, Los Prisioneros y Aguirre: entre las 28 nuevas obras teatrales del GAM

El Mercurio

Además, la temporada 2019 apostará por una pieza con canciones de Kurt Weil, otra que recorre las muertes escritas por Shakespeare y una opereta juglaresca de Tryo Teatro Banda. 

Eduardo Miranda
El centro cultural lleva su nombre, y la próxima temporada la cartelera teatral festejará 130 años de su nacimiento. La imagen, la historia y las creaciones de Gabriela Mistral subirán a escena en un par de montajes que ya comenzaron su etapa de producción para ser estrenados en el Centro GAM durante 2019.

"Es que es una mujer con demasiadas aristas para explorar. La cantidad de publicaciones y archivos es inagotable. Estamos frente a una gran intelectual y en nuestra obra nos concentramos en un momento específico y clave: cuando ella está a pocos días de recibir el Premio Nobel", adelanta la directora Aliocha de la Sotta, quien estará a la cabeza de la obra "Mistral, Gabriela" , una pieza escrita por Andrés Kalawski y que tendrá a la actriz Solange Lackington en la piel de la escritora, a sus 56 años.

La directora Tita Iacobelli ("Chaika") hará algo similar con el montaje "Luz_Lucila, luces de Gabriela", que a cargo de la compañía Teatro de Ocasión, toma algunos aspectos de su vida y los lleva al escenario mediante objetos.

Son dos de los 28 nuevos montajes que tendrá el GAM en su próxima temporada y que ya tiene agendados dos musicales: una nueva versión de "La pérgola de las flores" , dirigida por Héctor Noguera, y "Pateando piedras" , de los hermanos Gopal y Visnu Ibarra, que tendrá 10 músicos y 140 bailarines y la actuación de Paula Zúñiga, centrada en la figura de Jorge González, el líder de Los Prisioneros.

El género musical ganará aún más presencia con "Las mujeres de Brecht" , que se enfoca en canciones de diferentes obras del alemán, que fueron musicalizadas por Kurt Weill. La pieza tendrá a Annie Murath y Daniela Vega, entre otras. Además se suma "Proyecto Aguirre" , un viaje por cuatro obras de la dramaturga chilena y su biografía: "Los papeleros", "Lautaro", "Diálogos de fin de siglo" y "Los que van quedando en el camino".

El realizador Cristián Plana dirigirá "Excesos" , protagonizada por Alfredo Castro, y como homenaje a los 80 años del nacimiento del escritor Mauricio Wacquez, el grupo Tryo Teatro Banda dará vida a su opereta juglaresca "La comedia del Ande" . Además los realizadores Ernesto Meléndez y Alejandro Sieveking harán el montaje " Los asesinatos de William" , que recopila algunas de las muertes presentes en obras de Shakespeare. En el elenco estará Amparo Noguera.

Otros montajes que también estarán -y que en total serán 32 con las obras de 2018 que se remonten- serán "Narciso fracturado" , con dramaturgia de Jorge Marchant Lazcano; la familiar "Martín y el viejo del saco" , con actuación de Gabriel Cañas; "El golpe" , una inédita obra de Roberto Parra; "La ira de Narciso" , dirigido por Luccía de la Maza, y "El divino anticristo" , escrito y protagonizado por Mateo Iribarren.

viernes, abril 06, 2018

Jorge González: “Es un milagro que la gente aún me recuerde”



A poco más de un año de su adiós de los escenarios, Jorge González reapareció ayer en el bar Liguria para recibir un disco de oro por su último álbum y para mostrar su presente, ese estado de salud que lo tiene con su lado izquierdo paralizado y con su habla reducida, aunque con una memoria aún atada a sus capítulos de mayor gloria.

Por Claudio Vergara

Jorge González sonríe satisfecho. El recuerdo lo pone feliz. Hace un par de semanas, su ahijado Julián, hijo del cantautor y también ex integrante de su grupo, Gonzalo Yáñez, estuvo de cumpleaños y el sanmiguelino sorprendió con el regalo soñado: una figura de Donatello de Las Tortugas Ninja, articulada, con movimiento hasta en los dedos y con un antifaz intercambiable, además de tratarse del personaje favorito del menor en el cuarteto de hermanos mutantes.

“La compré en un mall. Antes no había, yo creo. Yo tuve una grande, de Raphael”, describe González, apuntando a su tortuga favorita de la serie animada, juguete que alguna vez tuvo en su residencia del Cajón del Maipo. “Me encantaban Las Tortugas Ninja”, evoca nuevamente. “Pero vos González ya estabas un poco peludo para eso”, contraataca Yáñez, ambos sentados ayer alrededor de una mesa del bar Liguria de calle Manuel Montt.

La memoria a veces obsequia esos instantes. Escenas del pasado impensadas en la actualidad, contrapuntos absolutos arrojados por los días de juventud, las dos caras de una personalidad ácida e inflamable que en privado se divertía con unos monitos cuyo grito de batalla más intimidante era “¡cowabunga!”. Y la memoria de Jorge González hoy avanza más rápido que su cuerpo y su lengua.

Desde febrero de 2015, el cantante enfrenta las secuelas de un infarto isquémico cerebeloso que tienen a su cuerpo atrapado en una parálisis casi total de su lado izquierdo, con dificultades para caminar, con un brazo casi atrofiado, mientras su habla sale a tropezones, con frases concisas y respuestas monosilábicas, las que con la marcha de los minutos se diluyen en silencio absoluto. Ahí el diálogo con él ya no es posible. Su sonrisa ante algunos estímulos -aún algo descreída y mordaz- es hoy su manera más elocuente de comunicación.

Pero su memoria parece no estar en rodaje y a momentos ataca veloz como Tortuga Ninja. Cuando otro de los presentes recuerda una anécdota en Perú, el tema de conversación se traslada al fútbol. “Me gusta Perú”, acota el ex Prisionero, mientras Yáñez menciona el equipazo lleno de brillo que ese país lució en los 70. Su compañero de ruta y de historias no duda un segundo en enumerar a sus tres jugadores predilectos de ese conjunto: “Cubillas, Oblitas y el ‘cholo’ Sotil”.

Y si la memoria del cantautor no tropieza con baches garrafales, la otra memoria, la que está del otro costado, la colectiva, tampoco falla a la hora de seguir reverenciando su obra. Al lado de la mesa donde comparte una cerveza con sus cercanos se levanta un galardón, un disco de oro por el rendimiento comercial de Antología (2017), el álbum doble que sintetiza lo mejor de su carrera en solitario. “El disco de grandes éxitos está súper bueno. Estoy muy contento. Estamos esperando el vinilo”, expresa en torno al próximo formato en que saldrá el trabajo.

– ¿Y qué le parece que sus temas aún generen arrastre?

– Súper bien. Un milagro.

– ¿Un milagro? ¿Por qué?

– Porque es difícil que se vendan discos. Siempre ha sido.

– El público aún tiene muy presente sus canciones.

– Es un milagro que la gente aún me recuerde.

– En las marchas estudiantiles se suele escuchar “El baile de los que sobran”. Cuando hay alusiones al feminismo, siempre se recuerda “Corazones rojos”.

– Sí. Es fuerte. Es milagroso. Parece mentira.

– ¿Esperaba ese nivel de trascendencia cuando era joven?

– No me lo había preguntado. Nunca me lo pregunté, la verdad.

– ¿Y le gusta que sus colegas le hagan homenajes?

– Sí, buena onda, sí.

– ¿Qué le parecieron los tributos en el reciente Festival de Viña? Luis Fonsi y Kramer lo hicieron.

– Sí. El de Kramer no lo vi.

– Fonsi cantó Corazones rojos. Él es el hombre de Despacito. ¿Le gusta ese tema?

– Sí, está buena igual.

– ¿Extraña tocar en vivo?

– No, echo de menos viajar. Es rico. Comer, por ejemplo.

Eso sí, su presente como compositor no sabe de grandes éxitos para estadios. Luego de dejar los escenarios tras la Cumbre del Rock Chileno del año pasado, González pasa sus días en su departamento de San Miguel trabajando en música ambient, esa variante instrumental de la electrónica caracterizada por sus extensas suites y sus estructuras despojadas muchas veces de melodías, tan distintas a las convenciones del pop tradicional. En parte, es lo que le permite su actual condición física, casi imposibilitado de poder tocar bajo o guitarra. “He estado haciendo ambient. Sí. Ahí he estado dándole. Quería probarlo. Lo estoy haciendo en mi computador”.

Otro tramo de su rutina también lo consagra a escribir. No canciones, claro está, sino que pequeñas historias que no se inspiran ni en la realidad, ni en la coyuntura, ni en los cuentos sobre el futuro. “En un mes y medio saco un libro de gatos. Está listo. Estamos viendo las fotos ahora. Son cuentos que tratan de cosas de gatos. Me gustaría escribir novelas de ficción”. Y su apatía por la actualidad es concreta. “Ya no me importa mucho lo que pase. No creo mucho en las noticias”, reafirma, agregando que prefiere lo que transcurre en los vinilos: es su soporte fetiche desde hace años, el mismo que hoy tiene a Loveless (1991), el clásico shoegaze de My Bloody Valentine, como su título de cabecera.

– ¿Tiene alguna opinión de la vuelta de Piñera?

– Lo encuentro increíble también.

– ¿Y Michelle Bachelet?

– Me parece bastante bien.

– ¿Y de la derecha y Piñera tiene una visión más concreta?

– No es de mi agrado, en realidad.

González está claramente en la otra vereda. Cuando se aborda el presente, él se refugia en los rincones impredecibles de la memoria. Cuando le citan la vigencia de sus himnos, prefiere hablar de milagros y precisa que lo suyo hoy es la experimentación que factura desde su computador. Cuando se le pide un par de palabras para el público, para esa fanaticada que cada tanto pide reportes por su salud, por esa enfermedad que lo apartó para siempre de lo que más quería, él lo reflexiona por unos segundos, y con cierta expresión de gratitud y empatía que a veces parecía tan escasa en su carrera, simplemente dice: “Muchas gracias por preocuparse”. Son las palabras más expresivas que obsequia antes de hundirse en el silencio.

jueves, enero 23, 2014

A 30 años de su debut, Los Prisioneros reviven con serie y proyectos de sus ex integrantes

La Tercera

Las grabaciones del proyecto de Chilevisión empezaron el lunes en el liceo de San Miguel donde se conocieron los músicos.

por M. Moraga/C. Vergara

Cincuenta años de vida y 30 de La voz de los 80, el debut discográfico de su banda madre. Como una suerte de sincronía, esas son las dos efemérides de fecha redonda que cruzarán el 2014 de Jorge González y que no sólo funcionarán como telón de fondo de su ya habitual agenda de presentaciones y lanzamientos, sino que también marcarán una serie de proyectos estelares consagrados a Los Prisioneros.

Uno de los más sobresalientes es la primera serie televisiva centrada en la historia de la banda. Se trata de una producción impulsada por Chilevisión y que el pasado lunes 20 empezó sus grabaciones en un recinto simbólico: el ex Liceo 6 de San Miguel, hoy rebautizado como Andrés Bello y donde González, Claudio Narea y Miguel Tapia se conocieron en 1979, cuando cursaban primero medio. Hasta ahí llegaron un puñado de extras y el elenco que dará vida al proyecto, encabezado por los actores que encarnarán a los músicos -tres intérpretes recién egresados- y por nombres como Cristián Carvajal (Graduados), quien personifica al profesor de los futuros artistas.

De hecho, parte importante de la serie está focalizada en la prehistoria de los hombres de Sexo, cuando apenas eran quinceañeros y recién intercambiaban fotos y casetes pirateados de grupos como Kiss. El proyecto, que cuenta con la producción de Rodrigo Díaz (director de ficción de CHV), también abordará cómo los músicos enfrentaron el agitado entorno social de la dictadura. Eso sí, hasta ahora se ha topado con una piedra en el zapato: los derechos para usar las canciones de los sanmiguelinos. Como solución, los encargados del tema en la señal esperan reunirse con los músicos y sus representantes en las próximas semanas. Su estreno se estima para el último trimestre y con una extensión de 12 a 15 capítulos.

Para moderar la espera habrá otros ejercicios que mirarán en reversa la vida de la agrupación. El más estelar lo protagoniza su ex líder, quien el próximo 9 de marzo se presentará por primera vez en el Teatro Municipal de Santiago para revivir de manera íntegra el álbum Corazones (1990), el último de la primera etapa del desaparecido conjunto y que ya mostró en el festival Primavera Fauna de 2012. El show contará con Cecilia Aguayo -tecladista original del trabajo- y es parte de una de las giras locales más extensas realizadas por el cantante, la que parte mañana en el festival Si es Chileno es Bueno de Arena Monticello y que sigue un día después en Punta Arenas, para luego enfilar hacia Osorno, Llanquihue, Purranque, Lota, Antofagasta, Calama, Melipilla, Buin, Talca e Iquique, entre otras 16 fechas.

La travesía de Tapia

En el caso de Miguel Tapia, el año estará cargado a una nueva apuesta. Su banda Travesía -una que cuenta poco más de un año de vida- acaba de publicar el primer adelanto de su debut, Se me sale el indio, “una mezcla de house con trutruca, que habla de los juegos de niño que recuerdo de mi infancia”, describe el autor.

El corte sirve para anticipar su regreso al disco desde 2004, año en que Los Prisioneros publicaron su disco homónimo. Travesía es una aventura “folclórica y electrónica” que dirige desde la máquina de ritmo, percusiones y batería electrónica, y que completa junto a Gabriela Pozo (voz), Leo Fernández y Rufino Cabrera en instrumentos de cuerdas. Serán 10 canciones, seis de ellas originales, para un álbum que está en etapa de mezcla y masterización y que sale entre marzo y abril. “Estoy consciente de que la gente pondrá este trabajo al lado del de Los Prisioneros. Nos sirve, así aprovechamos mi imagen”, dice.

El baterista dedicó varios años a estudiar la obra del cantor popular Santos Rubio, vecino de Pirque. Rubio murió en 2011, dejando un álbum y un libro que el músico redactó. Esa investigación fue clave en el nacimiento de Travesía: “Armamos un estudio en Pirque hace cuatro años, con la intención de registrar a Santos Rubio”.

Narea contraataca

El ex baterista del trío también ha completado varias presentaciones junto a Narea, bajo el rótulo de Narea y Tapia. Este fin de semana tocan en Alto Biobío. “Pero lo primero es completar mi próximo disco solista”, dice Narea. Eso, porque el guitarrista está grabando los últimos detalles para su tercera aventura solista, relevo para su último trabajo El largo camino al éxito (2006). “Será un disco con alto contenido social”, comenta el músico. El álbum tiene fecha estimada de aparición durante el primer semestre de 2014. Antes, Narea se presentará como solista en la sala SCD de Bellavista, donde tiene concierto agendado para el 1 de marzo. En paralelo, el guitarrista prepara una versión ampliada de Mi vida como Prisionero, de 2009.

miércoles, febrero 27, 2013

Jorge González: su nueva vida en Berlín y el retorno al Festival tras 10 años

La Tercera


El músico vive hace dos años solo en la ciudad, en un barrio de carácter obrero y donde toca gratis en cafés.
por Claudio Vergara


En septiembre, Mahmut Mavigök, dueño del Café Casero de Berlín, invitó a uno de sus parroquianos de cada día a montar una pequeña tocata para animar una velada entre amigos y garzonas que trabajan en el lugar. En una de las noches posteriores, el comensal apareció con guitarra acústica, se manejó con la habilidad de los que cuentan décadas en la ruta y logró conmover a un par de latinos. Para Mavigök el asunto estaba claro: se trataba de un veterano de la canción. Más aún: el hombre que había conocido semanas atrás y que, en uno de sus tantos desayunos en el recinto se presentó como Jorge González, ahora le revelaba que era la figura más trascendente del rock chileno. Tras la cita ante una audiencia circunstancial, el músico enfiló hasta su departamento, situado a pocos metros.

La secuencia ilustra la cotidianidad del ex Prisionero en la capital alemana, el lugar donde se asentó hace dos años para vivir solo, disfrutar de su nueva soltería, entregarse a un anonimato que le permite montar shows en lugares con las mismas dimensiones de un pub y proyectos que, entre otras cosas, lo tienen hoy de vuelta para actuar en el Festival de Viña.

“Si viajas todos los años a Italia/ si la cultura es tan rica en Alemania/ ¿Por qué el próximo año no te quedas allá?”, preguntaba el mismo González en 1986. “Pero este es el único lugar donde puedo ser yo”, pareció responderse 27 años después, apoyado en una reja situada sobre el barrio berlinés donde hoy vive y mirando a la cámara que lo retrató en el mini documental Jorge González en Berlín, del realizador chileno Maximiliano Mellado Marambio y que está en YouTube.

El sanmiguelino llegó a la ciudad en mayo de 2011, luego de residir en México y España. Alentado por las diferencias personales con su pareja de esos días, Loreto Otero -con quien vivía desde 2001 e integraba el dúo Los Updates- y por su intención de sumergirse en el universo electrónico germano, el cantautor se mudó a Berlín con su guitarra, su teclado y sus computadores.

Bajo las recomendaciones de su círculo en Alemania, entre los que destaca otro músico chileno, Pier Bucci, la voz de los 80 escogió el barrio de Friedrichshain, situado en el antiguo Berlín oriental y de inclinación obrera e izquierdista, retratado en sus grafitis, sus casas okupas y sus bajos arriendos. “Acá lo tratan como una persona normal, se puede mover tranquilo y nadie lo conoce mucho. Eso le ha hecho bien”, postula Mellado, quien también realizó el video de su single Yo no estoy en condiciones. Para empezar con su nueva vida, González arrendó un departamento de una pieza, ubicado en un edificio de fachada antigua. Ahí instaló un estudio y convirtió al Café Casero en su destino de cada mañana.

“Desde que llegó, pasa casi todos los días y pide un jugo Vitaminkick, mezcla de naranjas, manzanas, jengibre y zanahorias. O un capuccino para acompañar su plato de pasta mediterránea. O bien, un desayuno Oslo, con salmón, raíz picante, pan horneado y frutas. Al dueño, Mahmut, le llamó la atención que siempre se sentara a escribir en sus cuadernos y un día le preguntó qué anotaba. El le respondió: ‘Pensamientos, chistes fomes, dibujitos, letras’. Ahí se conocieron y lo invitó a tocar”, relata Leonor Abujatum, chilena que hoy cursa un doctorado y que trabaja en el recinto.

El bajista se entrega a una rutina que incluye clases de alemán y encuentros con su acotado núcleo de cercanos, grupo que integran DJ y realizadores chilenos y antiguos socios, como el músico venezolano Argenis Brito. Eso sí, como plan para este año quiere estudiar Literatura.

Cuando el asunto es menos formal, el propio ex Prisionero se sienta a cantar junto a sus amigos, en los sillones abandonados que se desperdigan en la plaza frente a su edificio y que empalma con el mercado de Boxhagener Platz, otro de sus sitios favoritos. Ahí, apenas armado de su guitarra, despacha covers como Rock with you. “Hace música todo el día y su rutina consiste en trabajar todas las semanas en eso. Berlín ha sido su manera de tener libertad y espacio para desarrollar sus ideas”, describe Brito.

En ese fortalecimiento nació Libro, álbum estrenado ayer y que no estaba en la hoja de ruta inicial, pero que se consumó tras la separación definitiva de Otero. Con letras de ruptura, el disco lo grabó en un mes en su habitación y también encarna otra distancia geográfica: la que tiene con Leonardo (11), único hijo junto a su ex pareja y que se quedó en España con la madre. Por eso, le escribió un tema (Hijo amado) y se lo lleva a Berlín por períodos prolongados. “Es el mejor papá del mundo y con su hijo es una locura. Jamás lo ha tomado como una obligación. Es un súper tipo y también está disfrutando de este período soltero”, cuenta Gonzalo Yáñez, uno de sus músicos, en torno a una flamante vida que todos califican de “renovada”.

sábado, febrero 23, 2013

Narea reedita libro e incluye encuentro con Jorge González

La Tercera


El guitarrista agregará nuevos capítulos a su autobiografía y hablará de un choque fugaz con el cantante que cierra la cuarta noche de la cita.

por Claudio Vergara


Jorge González retorna al Festival de Viña este miércoles 27 y el eterno fantasma de Los Prisioneros volverá a merodear por un par de días la agenda del espectáculo local. Pero, durante esta temporada, no sólo el cantante será el responsable de situar nuevamente al trío en la contingencia. Su ex aliado en el conjunto, el guitarrista Claudio Narea, alista desde fines del año pasado un golpe maestro: la reedición de su comentada autobiografía, Mi vida como prisionero (2009) -que retrató su vía crucis como músico y sus batallas intestinas con González-, con capítulos extra que abordarán sus días tras la salida del texto y los encuentros circunstanciales que ha tenido con el cantautor en los últimos años.

El ejercicio de rescate ya tiene un acuerdo con una editorial y obedece a una motivación específica: “Al libro se le venció el contrato este año con la firma donde salió, Norma, y me planteé la idea de o que se perdiera para siempre o reeditarlo así tal cual. En eso le di otra vuelta al tema y vi que me había quedado mucho material fuera, y que en los últimos años han pasado bastantes cosas que me gustaría agregar”, cuenta el músico.

Eso sí, la reedición de la obra también apunta a una justificación más personal: luego de que el fin de Mi vida como... lo ilustrara como un artista derrotado por problemas económicos, tormentos personales y la constante presencia de González en su vida, el líder de los reagrupados Profetas y Frenéticos está desde hace dos meses escribiendo los capítulos que continuarán la historia y que intentarán presentarlo como un hombre ya estable y que ha sorteado sus traumas y penurias.

En esa metamorfosis, Narea apunta a una anécdota de alta intensidad, que muestra cómo los cara a cara con su ex compañero han ido representando una preocupación marginal: un encuentro fugaz entre ambos fechado en julio del año pasado, en pleno barrio Lastarria.

El sanmiguelino sigue: “Ya escribí algo sobre eso y es un momento que pienso agregar. Ibamos caminando y de pronto nos topamos, estábamos los dos solos en la calle. No lo miré, fue indiferencia total, no me dio rabia ni nada. Yo iba con mi hijo, Daniel, y él me contó que Jorge se puso súper nervioso. Fue loco, porque había más gente en los alrededores y se dieron cuenta de lo que había sucedido. Nadie dijo nada, pero todos presenciaron el encuentro. De ahí, cada uno siguió por su cuenta. Pero, más que esto, mi libro trata sobre una historia de amistad y es inevitable no tocar estas circunstancias. Además, le estoy cambiando el final, quiero que tenga un cierre más feliz y no tan bajón. Tendrá muchas novedades”.

El texto -que vendió 10 mil copias en sus dos primeras ediciones- aparecerá durante el segundo semestre y también traerá fotos inéditas e historietas que ambos dibujaban en sus días escolares, aparte de entrevistas de Los Prisioneros en los 80 que el propio Narea ha ido rescatando en los últimos meses.

domingo, febrero 17, 2013

La marca de Jorge González

El Mercurio


El ex líder de Los Prisioneros se ha convertido en referente y maestro de una nueva generación de músicos chilenos como Camila Moreno, Gepe, Javiera Mena, Dënver, Francisca Valenzuela o Adrianigual. Con el disco "Corazones" como la piedra filosofal del nuevo pop local y el redescubrimiento de obras hasta hace poco ignoradas de su catálogo solista, el cantante puede exhibir una sonrisa. Sus canciones influyen, remueven y remecen a los actuales créditos musicales. González, que se presenta el 27 de febrero en el Festival de Viña y el 2 de marzo en Matucana 100, ya es una leyenda.  

Por Felipe Rodríguez

Camila Moreno tenía poco más de cinco años cuando conoció a Jorge González. Fue una casualidad que ella agradece. Su padre, Rodrigo Moreno, que había trabajado como realizador en la trinchera opositora a Pinochet en los 80 a través de "Teleanálisis", era un viejo conocido del sanmiguelino. Junto al director Cristián Galaz, habían rodado el primer video de Los Prisioneros, "Sexo", cuando no los conocía nadie y, en 1990, con González trabajando con presupuestos millonarios y varios países latinoamericanos en la palma de su mano, estaba, otra vez, frente al músico en una nueva obra audiovisual: "Corazones Rojos". Ahí entró a jugar Camila, en una escena que recrea al Pink Floyd de la película "The Wall" (1979). "Necesitaban niños en un coro que dice 'ehh, ¡mujeres!', que es una de las centrales de la canción y una de las niñas fui yo. Recuerdo que lo saludé esa vez, pero como era tan chica no lo veía como una persona. Me fijaba más en el grupo. Al tiempo me hice fanática. Y fue de las primeras bandas que escuchaba con mi papá cuando salíamos de viaje", admite Moreno.

Para la intérprete de "Panal", la resurrección y admiración de las nuevas generaciones de músicos por la obra de Jorge González es pura justicia. La cantante justifica que, en los años posteriores a la disolución de Los Prisioneros, el solista se encontró con el desprecio de la prensa porque su carrera individual fue demasiado vanguardista. Nadie lo comprendía y eso lo hizo desaparecer temporalmente del mapa local y radicarse en Nueva York. "Para mí, por ejemplo, 'El Futuro se fue' (1994) es el mejor disco de la historia de Chile. Cuando salió nadie lo pescó, pero los años lo transformaron en una obra maestra. Canciones como 'El Niño y el Papá' son geniales. Cuando hice 'Panal' escuché mucho este disco porque la construcción de sus letras es buenísima y me sirvió de inspiración", asume.

Aunque no existe el momento definitivo del renacimiento de Jorge González entre la nueva camada de músicos, hay un punto en común: el descubrimiento de "Corazones" (1990). Esa es la piedra filosofal del nuevo pop chileno. Un álbum que impone leyes desconocidas en los próximos grupos y solistas abriéndose a la tristeza más extrema en un formato bailable. Esas nueve canciones abrieron los ojos de esta generación porque, por primera vez, percibieron que la electrónica en español era capaz de armonizar el gusto del público y de la crítica. "Esas canciones eran raras porque trataban de penas de amor y uno las cantaba con alegría. 'Corazones' lo escuchábamos mucho con mi familia en vacaciones cuando íbamos a la playa. Para los de mi edad, recuperarlo en internet fue trascendente. Muchas veces, conversábamos de ese disco con amigos, lo poníamos y conectábamos heavy. Es un disco total y creo que todos hemos sacado algo de ahí", asegura Gepe.

Pese a que en los 80, Electrodomésticos forzó al máximo las posibilidades que le ofrecía la tecnología, sus temas siempre estuvieron encapsulados en los paladares más intelectuales. "Corazones", en cambio, ocupó las mismas herramientas, pero sin transar en su búsqueda del pop. "Hasta antes de 'Corazones', el rock chileno era bien basuriento y es de los pocos discos chilenos valorables. Nos enseñó que se podía ser experimental y masivo y que la música era algo más que guitarra, bajo y batería. ¿Quién más he hecho algo así? Quizás Álvaro Henríquez cuando hizo 'Chi Bah Puta la Huea', pero era un chiste. Acá había sentimiento", reconoce Diego Adrián, líder del grupo electropop, Adrianigual.

Esa forma de expresarse de González, abducido a tiempo completo entre la electrónica de Depeche Mode y Pet Shop Boys y el sentimentalismo apasionado de Camilo Sesto, estaba en perpetua evolución. El cantante avanzaba sin repetir ni equivocarse. Y fue la llave para entender lo que, en los 90, fue incomprensible para el gran público: sus discos "Jorge González" (1993) y "El Futuro se Fue" (1994). Obras que, en el momento de su aparición, pasaron como verdaderos ovnis musicales y que, en la actualidad, son objeto de estudio y revalorización por los artistas contemporáneos. "Tú escuchas esos discos y te das cuenta que el cantante es de verdad. Un tipo al límite, que sufre y es alegre, según la canción. Además, son tan distintos. Uno habla de la vida y el orden, y el otro es fruto del desastre. Eso lo hacen sólo los grandes. Cuando escuchas canciones como 'Esas Mañanas' o 'Quien Canta su Mal Espanta', te entregas a aprender de él. Esa época fue súper buena para la música chilena. Estaban Andrés Bobe de La Ley y Sexual Democracia que eran vanguardistas y que merecen un revival", afirma Gepe.

ME PAGAN POR REBELDE.

Carlos Fonseca, el manager histórico de Los Prisioneros, siempre relata la historia del día en que conoció a Jorge González. Fue en una clase de Arte en la Universidad de Chile, con el ex Prisionero burlándose de la ignorancia de una profesora ante el asombro de sus compañeros. El sanmiguelino siempre fue igual: directo, de frente y con la ironía como escudo.

Esa característica de ir contra la autoridad, tan impopular en la sociedad chilena, es un sello de garantía que le ha permitido diferenciarse del resto. Salvo la camada de artistas chilenos surgidos bajo el alero de Violeta Parra en los lejanos 60 -Quilapayún, Víctor Jara, Inti Illimani, Patricio Manns- los músicos locales nunca se han jactado de una consistencia contestataria. Algunos esbozos discursivos más que líricos de Los Tres -de Álvaro Henríquez, en rigor- y crítico-humorísticos de Mauricio Redolés en los 90 y, en la actualidad, canciones de choque en bandas como Legua York o solistas como Ana Tijoux continúan el legado rupturista de González: el único con licencia de decir lo que quiera arriba y debajo de un escenario. "Ser muy buena onda pesa menos que una bolsa. Una de las cosas por las que uno quiere y respeta a Jorge González es por su sinceridad. Sus palabras son como una patada. Me gusta que la gente se enoje, que se remueva, que sea capaz de unir música con contenido y entretención. Y él tiene esa actitud de decir lo que se le antoje. A mí también me pasa que cuando estoy con ganas de decir cosas, lo hago y no me interesa lo que me digan", reconoce Camila Moreno.

El creador de "El Baile de los que sobran" tuvo desde sus comienzos una postura que empatizó con la clase media. En la época más dura de la dictadura, los conciertos de Los Prisioneros funcionaban como mitines rockeros. González atacaba y salía jugando. Le daba lo mismo la censura: prácticamente no los tocaban en las radios y muchas veces les quitaban gimnasios provinciales para sus presentaciones a última hora. Esos años kamikaze, sin embargo, no aminoraron su poderío. Más bien, lo aumentaron. "Creo que Los Prisioneros o, más bien, Jorge González conectó mucho con la gente por los discursos de la época más dura de Chile. Tenía una postura contra el Gobierno y eso logró que la gente se identificara más rápido al escuchar su música. Esa valentía nos gusta a todos los que después hicimos canciones", reflexiona Mariana Montenegro del dúo Dënver.

"Siento que él logró traducir como nadie las sensibilidades de una generación, no sólo en Chile sino en varios países y mucho más allá de lo que conocemos como 'rock'. Eso lo convierte en alguien muy cercano a la gente, sentimentalmente hablando. Ver el fervor que desata en Perú, Colombia o Ecuador, lo deja claro, es un ídolo popular", dice Pedropiedra, músico que lo acompaña en sus giras.

JUVENTUD, DIVINO TESORO.

Durante la última década, Jorge González se acercó a los músicos emergentes. Se mostró interesado en conocer los gustos y las preferencias estilísticas de sus nuevos colegas. Forjó amistad con Javiera Mena -tocaron juntos y ella realizó un cover de "Amiga Mía" para la película "Joven y Alocada"-, Pedropiedra y Gonzalo Yáñez. A estos dos últimos los sumó para su banda y quienes lo conocen aseguran que le gusta estar al tanto de los discos recién editados y les enseña pequeños trucos para componer.

"Cuando recién comencé a tocar con él yo siempre carreteaba y me acostaba tarde. Jorge, por lo general aparecía a las ocho de la mañaña, con un pequeño amplificador junto a su guitarra y me decía: 'Ya, Gonzalo, compongamos. Yo le respondía que me dejara dormir", recuerda entre risas el músico uruguayo Gonzalo Yáñez, quien toca hace dos años junto a Jorge González.

"Tiene un acabado y enciclopédico conocimiento de música. Es todo un profesor y conoce casi todas las canciones, sus historias y las de los que las hicieron. Escuchar música con él es como ir a clases con un verdadero experto", agrega Pedropiedra. Y Gepe confirma su melomanía. "Puede hablar todo el día de música. A su edad, la mayoría de los músicos están más tranquilos, se les pasa el tren y no les interesa lo que está sonando. La primera vez que lo vi, en Ciudad de México en 2007, nos invitó a tomar once a su casa a la Javiera (Mena), al Pedro (Piedra) y a mí, y nos recomendaba discos. Una vez nos dijo que todas las canciones las iniciaba a partir de un ritmo en lugar de una guitarra, como hacemos casi todos, y de ahí empezaba a cantar e improvisar las letras. Eso es genial y algo le copié", bromea.

Esa idea de frescura es compartida por Diego Adrián de Adrianigual, quien asegura que su cualidad de estar al día se plasma en "su estilo elegante, una estética sonora propia de la gente que le importan las cosas nuevas y no se queda pegado".

Está claro, Jorge González lo logró: es una leyenda.

viernes, enero 25, 2013

Claudio Narea:"Si recuperamos las confianzas, algún día podría volver con Los Prisioneros"

El Mercurio

Por FELIPE RODRÍGUEZ y JOSÉ VÁSQUEZ


Claudio Narea estaba hace unas semanas en un bar cuando un fanático se acercó y le pidió que reformara a Profetas y Frenéticos. "Me dijo que nos había visto en abril, cuando nos juntamos, y que el grupo sonaba muy bien y que debíamos seguir", recuerda el guitarrista. Narea se convenció de que era una buena idea y llamó a sus antiguos compañeros para ensayar y hacer algunas presentaciones. Todos le dieron el sí y el músico incluso se dio un gusto: incorporó como tecladista a su hijo Juan Pablo. "Debutamos el 9 de marzo en el Catedral y tenemos agendados cuatro shows más", afirma.

Aunque cuenta que, en principio, el grupo se centrará en el repertorio de sus dos álbumes, no descarta crear nuevas canciones. "Lo estamos haciendo súper bien y se podría dar, pero no por ahora. ¿Que cómo nos vemos? Nuestra música nunca estuvo de moda; éramos raros porque hacíamos música de los '50 y los '60, pero después se volvió novedosa con grupos como The Strokes que se inspiraron en los '60", cuenta.

-Hace unos meses, Miguel Tapia dijo que volvería a tocar con Los Prisioneros. ¿Lo harías?
"Es una historia bastante pesada para volver a juntarnos. Jorge (González) fue mi mejor amigo, tengo buenos y malos recuerdos, pero debería ocurrir un milagro. No me importa la plata. Creo que nos farreamos el grupo, porque mucha gente nos tiene cariño. Es complicado. Pero si recuperamos las confianzas, algún día se podría dar volver con Los Prisioneros".

El baterista y su reconversión al folclor latinoamericano

La respuesta sale fácil porque las influencias lo marcaron desde pequeño. Miguel Tapia creció en un hogar donde se escuchaba desde Quilapayún hasta Los Huasos Quincheros -"mi papá los oía sin tintes políticos, sólo por el sabor de la música", dice- pasando por The Beatles, Salvatore Adamo y Nicola Di Bari. Eso, hasta que conoció a The Clash y la juguera de estilos cobró sentido.

Hoy, el ex baterista de Los Prisioneros presenta un nuevo proyecto musical aún sin nombre. "Por ahora, el espectáculo se llama 'Travesía'", dice sobre la banda que se centra en el folclor latinoamericano y está compuesta por el cubano Leo Fernández, con amplia trayectoria en su país con Los 5U4, el guatemalteco Rufino Cabrera y Gabriela Pozo, todos vecinos de su parcela en Pirque.

Hasta el momento, sólo han grabado dos canciones, aunque proyectan tener un disco durante 2013.
La veta folclórica de Tapia tiene un antecedente inédito: se fusiona con la electrónica. "Razón humanitaria" es otro proyecto del músico que nunca vio la luz, y existe una grabación de fines de los noventa que espera lanzar este año. "Son canciones con samplers de guitarras de Víctor Jara y letras con temas mapuches. A pesar del tiempo, todavía suena muy actual".

El músico sigue actuando junto a Narea, con quien proyecta también volver al estudio este año. "Lo tenemos conversado; siento que estamos en deuda con nosotros mismos. Él tiene harto material listo y yo también".

viernes, noviembre 23, 2012

"Corazones", el disco más influyente para la actual generación del pop chileno

El Mercurio


El álbum será interpretado íntegramente por Jorge González en el Primavera Fauna. Gepe, Dënver y Álex Anwandter consideran que es una obra clave porque mezcla sonidos bailables con letras crudas y tristes.

FELIPE RODRÍGUEZ

En un comienzo, algunos fanáticos no lo toleraron. Los Prisioneros vivían un nuevo período sin Claudio Narea y el cambio de estrategia de Jorge González era radical. Las canciones de identidad barrial y carácter contestatario de sus tres primeros y excelentes álbumes eran historia. El cuarto trabajo -también conocido como el debut solista del líder de la banda-, "Corazones", envolvía otros intereses: un desarrollado apego a la electrónica con referencias a Pet Shop Boys y a Depeche Mode, y letras acuñadas bajo el mismo formato romántico de glorias de la balada como Camilo Sesto.

El disco, donde González unió fuerzas por primera vez con el productor argentino Gustavo Santaolalla -y que será interpretado íntegramente mañana en el Primavera Fauna-, fue un proyecto vanguardista e incomprendido. Pero con el tiempo, una obra maciza y glorificada por la actual generación de músicos chilenos que lo sitúan como imprescindible. En febrero, Javiera Mena grabó una versión de "Amiga mía" para la película "Joven y alocada" y artistas como Mariana Montenegro, del dúo Dënver, consideran que es el mejor álbum chileno de todos los tiempos. "A nosotros nos enseñó a entender el sentido pop de la música. Tiene una originalidad única al mezclar sonidos electrónicos con letras románticas. Algo que nunca se había hecho en Chile", reconoce.

Para Álex Anwandter, "Corazones" es un disco revolucionario al mismo nivel que "Doble Opuesto" (1991), de La Ley. Un tipo de música que marcaba una actualización del pop local con lo que sucedía en el Primer Mundo. "Sus canciones nos enseñaron a no disociar el idioma castellano del pop en inglés. Se podían unir los dos conceptos. Es música que no tiene prejuicios y, por eso, para algunos escucharlo es como ir a la escuela del pop. Ahí está todo".

Daniel Riveros, alias Gepe, cree que el cuarto disco de Los Prisioneros es un trabajo bisagra. Once canciones que rompen esquemas porque en sus letras se concentran actitudes románticas cotidianas y expuestas en forma sencilla y desgarrada. "Tengo recuerdos de viajes a la playa con mi familia escuchando "Corazones" y "Burbujas de Amor", de Juan Luis Guerra, y también Locomía. "Te hacían aprender tanto esas letras melancólicas con acordes bailables. Es un disco súper clave para los que, en esa época, éramos niños", finaliza.

 Los otros imperdibles de Primavera Fauna

Cuando se supo a fines de 2010 que volvían a reunirse, la ilusión de los fans de Pulp era una sola: que vinieran a Sudamérica. En Chile, donde actúan por primera vez, los representantes más elegantes del brit pop brindarán dos shows -el domingo estarán en La Cúpula-, que, según su líder Jarvis Cocker, combinará canciones de sus distintos álbumes.

Por su parte, Dinosaur Jr., una de las bandas seminales para Kurt Cobain, debuta esta noche en la ex Oz y mañana en Fauna, con un disco nuevo en sus brazos, "I Bet on Sky" (2012), y un estilo en que las guitarras sucias son su marca registrada. Junto con The Walkmen -quienes presentarán en Fauna y en ex Oz este lunes "Heaven" (2012), un álbum donde la austeridad y la delicadeza instrumental son el sello-, promete ser uno de los mejores shows del año.

lunes, octubre 15, 2012

La voz de Miguel

La Tercera

Fue el Ringo Starr de Los Prisioneros. El que debía poner paños fríos a los fuegos del vocalista Jorge González y el guitarrista Claudio Narea. Pero una película que se estrena en noviembre reivindica al baterista como el principal motor del grupo. Miguel Tapia vuelve al barrio de su infancia después de una década, a desentrañar esa historia.

por Gabriela García


Mediodía en San Miguel. Un hombre asomado a la ventana del segundo piso de una casa amarilla, grita: “¿Te gustan los murales?”. El transeúnte que está fotografiando con el celular la pintura que cubre su fachada, levanta la vista.

“Pasa”, dice Roberto y en el living le entrega un libro y un DVD sobre el Museo a cielo abierto de San Miguel, un proyecto barrial que, desde 2009, convoca a pintores y graffiteros a colorear los muros de los clásicos blocks de la población Miguel Munizaga Mossino, en Avenida Departamental.

“El primero fue el de Los Prisioneros”, dice el gestor y muestra una foto del mural de 80 metros cuadrados que está en la vereda norte de Departamental. Allí aparece el trío de músicos, rodeado de cajones de frutas y verduras como en el video Maldito Sudaca. “Narea es el que menos se parece, pero los otros dos están igualitos. Son el emblema popular del barrio, crecieron acá”, cuenta.

-Es que el Claudio siempre fue más feo -bromea de vuelta el desconocido visitante. Quince minutos después, Roberto por fin abre los ojos.

-¿Miguel, eres tú? -exclama sorprendido.

-¿Nos conocemos? -dice Miguel Tapia, el baterista de Los Prisioneros.

-Nos veníamos caminando juntos del Liceo 6. Mi grupo venía hablando de chiquillas y el tuyo de pura música. Vivía al frente tuyo. Era amigo del Marco Cuevas, el que te tiraba piedras desde su ventana cuando empezaste a tocar la batería.

Roberto y Miguel se acercan a los 50 años, pero esa tarde ríen como dos cabros chicos. La conversación deriva en un tal Joselo, el compañero que copiaba los demos de la banda en casete y los distribuía entre los alumnos a fines de los 70, cuando Miguel y sus amigos aún no debutaban en el Festival de la Canción del Instituto Miguel León Prado como Los Prisioneros, sino que se hacían llamar Los Vinchucas y tocaban temas como Paramar y Quién mató a Marilyn. Eran sus primeras presentaciones en el salón de actos de la misma escuela donde la profesora de matemáticas ridiculizó a Miguel frente al curso, diciéndole que no llegaría a ningún lado, frente a una foto de Pinochet con la bandera chilena de fondo.

La patria de Tapia se encuentra en esas calles. Específicamente, en ese barrio de la infancia, delimitado al sur por Avenida Departamental, al norte por calle Carlos Edwards, al poniente por la Panamericana Sur y al oriente por la calle Gauss.

Su casa -blanca, de dos pisos- se yergue en ese cuadrante y se ubica en Teodoro Schmidt 5319. Su familia ya no vive allí, pero sigue siendo una de las pocas que hay en la población obrera en medio de edificios de cuatro pisos levantados en los 60. De las ventanas cuelgan ropas de todos los colores. Y los perros aúllan, como en la introducción de la canción El baile de los que sobran. “Aquí tuve las primeras pololas, los primeros amigos, aquí empezaron las primeras ilusiones de armar una banda. Aquí fui feliz”, dice Miguel.

No venía hace 10 años.

San Miguel es como el Liverpool de Los Prisioneros, pero Miguel pasará más de una hora en el barrio sin que nadie lo reconozca. Cuando en 1983 se hizo baterista del grupo, sólo se preocupó de una cosa: de llevar el pulso musical de la banda a través de su instrumento. Y no podía desconcentrarse. Ese concepto se traspasó en el modo en que ha regido su vida.

Mucho antes, sin embargo, caminó innumerables veces por la Gran Avenida con sus compañeros de curso, Jorge González y Claudio Narea. Se venían juntos al terminar las clases y Miguel le daba golpes con lápiz bic al maletín mientras cantaban a Gary Numan. “Cuando llegábamos a mi casa nos separábamos porque la de Jorge quedaba a 10 cuadras y la de Claudio, cruzando la Panamericana. Aquí, también, nos detuvieron los pacos. Los barrios de ellos eran mucho más tranquilos que el mío. Aquí los allanamientos eran espantosos. A veces Jorge se tenía que quedar pues era imposible salir”, cuenta.

De esa realidad social y política, que Miguel le transmitiría a sus amigos, saldrían las letras del grupo. “En ese block que está al frente, los pacos tiraban las lacrimógenas y en esa plaza de la esquina mataron a un cabro en toque de queda. Una vez también explotó una casa. Adentro estaban fabricando explosivos. Con eso me crié, con eso crecí”, dice.

De los testimonios de Miguel sobre la etapa inicial de Los Prisioneros se hizo una película. Miguel San Miguel, dirigida por Matías Cruz, se acaba de estrenar en el Festival de Cine de Valdivia, llega a cines en noviembre y da cuenta de esa precuela. El baterista, hospedado en el mismo Hotel Melillanca donde en los 80 se quedó con la banda para promocionar el disco Pateando piedras, recordó los buenos tiempos. La cinta es una biografía que Miguel, a diferencia de sus compañeros, nunca escribió.

“Un día fuimos hasta Providencia a pie. Tres horas de recorrido hasta dar con una disquería. Queríamos un disco de The Clash, pero no lo encontramos y regresamos con las manos vacías”, dijo Miguel, tras salir de la función. Afuera lo esperaba Miguel Barriga, del grupo Sexual Democracia. “Lo que para ustedes fue The Clash, para nosotros fueron Los Prisioneros. Era estudiante cuando los traje a un gimnasio de Valdivia. ¿Te acuerdas, Miguel?”. El batero asiente. “Ni Jorge ni Claudio pensaron en tener un grupo. Al menos, no de manera profesional. Yo, en cambio, lo tenía asimilado. Era mi sueño. Y tal vez por eso nunca me extrañó que lográramos éxito”.

Aunque Miguel fue el primero de los tres en conseguir polola, de todos los integrantes fue el más callado. Por ser el último de siete hijos, escuchaba y veía más de lo que hablaba. Entre sus recuerdos, fragmentados en imágenes, está su padre -empleado de una fábrica textil y socialista- sintonizando la radio a pilas, Jaime Guzmán anunciando el “Chile nuevo” un día antes del golpe por la tele, la pared blanca por la que doblaba para ir al colegio con marcas de balas, su hermano Carlos tocando Los Chalchaleros y Cuncumén en el living y dos objetos en sus manos: el vinilo de Revolver, de The Beatles, y un aviso en el diario: ese que anunciaba que se vendía una batería a $ 12.000 en Santa Rosa, y que lo obsesionó: Miguel quería tener una banda y así se lo transmitió a González. Juntos fueron a comprarla en micro. “Jorge siempre fue más para afuera, tenía una personalidad complicada, pero a pesar de eso, éramos yuntas. Hacer Los Prisioneros sólo se pudo cumplir sobre la base de esa amistad. Imagínate que la batería la llevábamos a pata hasta su casa, en un carro de feria. Tenía una pelota de golf en el pedal”, cuenta.

Miguel se transformó en el motor de ese sueño. Mientras sus compañeros se peleaban por quién iba a tocar la guitarra, su bombo seguía actuando como un cable a tierra. “Pasé muchos años tratando de mantener estas dos personas unidas porque eso significaba, para mí, seguir con el proyecto más importante de mi vida. Los bateros no pueden perder la calma, son el corazón de una banda. Y cuando perdí esa calma, se acabó”. Fue después del reencuentro en 2001, Miguel y Jorge se pelearon en el aeropuerto y dejaron de hablarse.

Puede que Miguel haya sobrevivido a esa separación porque había sufrido peores experiencias. Cuando nació, hace 48 años, los médicos lo desahuciaron apenas nacido y su madre quedó hospitalizada por una incompatibilidad sanguínea. “Me hicieron tres transfusiones de sangre y me salvé”, dice. Años más tarde, cuando Miguel ya estaba en segundo medio, esa misma madre sufriría una trombosis que la dejaría sin poder hablar. Miguel, que vivió con ella en su casa de San Miguel hasta los 27 años, le cantaba las canciones de Los Prisioneros para subirle el ánimo y le decía lo famosos que eran.

Hacer Los Prisioneros fue una conquista, pero al final de cuentas fue el sueño íntimo de un cabro de clase media baja. Después de llenar estadios en Colombia o Perú, Miguel volvía al mismo barrio y era el mismo de siempre. “Recuerdo que era tanto el contraste que me daban angustias. Me acuerdo de estar mirando un domingo las ropas colgadas de mis vecinos sin poderla creer. Pero ahora pienso que fueron todas esas cosas las que me dieron una muy buena huincha de medir la realidad que me tocó vivir”.

Miguel Tapia habita en una parcela de cinco mil metros cuadrados, en Pirque. Aunque tiene una pareja hace nueve años y dos hijos de un matrimonio anterior, allí vive solo, desde 2008. Los días los pasa haciendo regadío con mangas, podando abedules, buscando con un telescopio estrellas o dando de comer a sus caballos Trueno y Tormenta. No tiene una batería. Hoy vive de los derechos de autor, de lo que le dan sus bienes raíces y sus tocatas.

Con Jorge son concuñados, pero no se ven. Con Claudio ofrece algunos shows, pero su relación es estrictamente musical. “El otro día mis hijos me contaron que sus compañeros en el colegio le dijeron que tenían un papá famoso. Yo nunca les hablé de Los Prisioneros, ¿para qué?”.

En Teodoro Schmidt tampoco necesita hablar de eso. Entre la multitud y los bocinazos, Miguel Tapia se detiene frente al mural de Los Prisioneros como cualquier peatón. Ha vuelto al origen. A ser uno más.

viernes, septiembre 28, 2012

Gustavo Santaolalla:"El disco Corazones la rompió en todos lados"

El Mercurio


Si fuera por currículum, Gustavo Santaolalla podría ufanarse de sus méritos artísticos. Pero poco le importa. Ganador de dos Oscar por sus bandas sonoras -"Secreto en la Montaña" y "Babel"-, productor de "Corazones" de Los Prisioneros y de Café Tacuba, Juanes y Jorge Drexler, entre otros, e incipiente empresario del vino, el trasandino asegura que aborda la música por "la intuición" y que sus ídolos en su oficio son Rick Rubin y George Martin.

Felipe Rodríguez

Antes de entrar en conversación, Gustavo Santaolalla lo lanza como advertencia: está cansado que le digan que su proyecto Bajofondo Tango Club -con el que se presentará este 27 de septiembre en el teatro Caupolicán- es tango electrónico. "En realidad, nunca nos consideramos ni tangueros ni electrónicos, ni menos hicimos una cruzada por el estilo. Toda mi vida trabajé con el folclor y sentía que el tango era una asignatura pendiente en mi carrera. Pero Bajofondo es música contemporánea del Río de la Plata. Nada más", dice severo.

Santaolalla es un nombre de referencia en la música latinoamericana. Partió muy joven, con apenas 16 años, en el grupo folclórico trasandino Arco Iris y, progresivamente, la vida lo puso en distintos caminos artísticos. Su primer gran trabajo de productor fue junto a Los Prisioneros en "Corazones" (1990) -ver recuadro- y en su currículum cuenta con un hito inigualable: dos veces obtuvo el Oscar a la Mejor Banda Sonora por "Babel" (2007) y "Secreto en la Montaña" (2005). "Ganar mi primer Oscar fue alucinante. Yo trabajo mucho con la intuición y recuerdo que la primera vez que me reuní con el director, Ang Lee, me habló de que era una película sobre una relación gay oculta y me pasó el guión. El tipo no había grabado ninguna escena y me dejó en libertad de acción. 'Haz la música a tu gusto', me dijo. A las semanas, se la mostré y quedó encantado. Imagínate lo que fue después haber ganado el Oscar", afirma.

-¿Cuánto le cambió la vida haber ganado dos Oscar?
"La ecuación tradicional es que después de ganar dos Oscar, que son dos logros magníficos, tienes que convertirte en un monstruo. Pero te soy sincero: no me cambió la vida. Me levantaba como todos los días con ganas de trabajar de la misma forma que cuando no me conocía nadie. Lo que sí te sirve es para ponerte más agudo en tu trabajo. Sentí que me ponían más atención y eso hace que te comprometas el doble".

-Pero en su interior algo debe haber pasado...
"Mirá, lo que más me importó es que los estadounidenses pudieron comprender y mirar con otros ojos a los artistas de este continente. Allá no saben nada de nosotros porque les llegan pocas noticias de lo que ocurre fuera de su país. Y el hecho de que un latino trabaje con directores de diferentes nacionalidades les provoca un cuestionamiento. Tratan de saber quién eres".

-En su carrera, ha trabajado con gente como Elvis Costello, Won Kar Wai, Ry Cooder. ¿Qué es lo que se aprende al estar cerca de artistas de ese nivel?
"En primer lugar, son personas que manejan conceptos. Tú escuchas a Elvis Costello y te das cuenta que el tipo tiene una amplitud musical sobresaliente. En su carrera, ha hecho de todo y la mayoría le sale bien. Hizo discos con The Specials, una banda sensacional y fundacional, ha pasado por el jazz, por el pop. Ry Cooder es otro que puso las músicas del mundo en el primer lugar. Eso no es fácil. Pero yo me siento identificado con otras personas".

-¿Quiénes?
"Tipos como Rick Rubin o George Martin. Son personas que en su labor de productor jamás imponen su sonido. Están expuestos a la experiencia artística de los músicos y, desde ese lugar, sueltan señales para mejorar. Esa es la mejor manera de avanzar en la música. Tú puedes escuchar bandas buenas y malas porque así está hecha la música, pero si vas a trabajar con alguien, debes actuar como el hombre que indica el camino, no como el que hace el camino. Ahí está toda la clave".

-Está trabajando en el último disco de Café Tacuba. ¿Hay algún nuevo grupo que le interese?
"Con ellos sigo desde que hice su primer álbum porque son grandísimos y nos llevamos muy bien. He producido más de cien discos en mi vida y todos siempre significan algo nuevo. La magia de la música siempre está ahí, en cualquier lugar. Me gusta estar con los viejos porque son la sabiduría y con los jóvenes porque se dejan llevar por la intuición. En los últimos meses, he estado viendo a los chicos de las orquestas juveniles y hay un talento tremendo. Hace unos días, una chica de 15 años se acercó a mí porque quería que hiciéramos algo y era buenísima. En eso está todo".

-¿En qué etapa está Bajofondo?
"Partimos como un grupo de laboratorio, donde el 80 por ciento de la música estaba programada. Ahora nos pegamos un salto. Todo es orgánico y se siente la diferencia. Cuando nos veas en vivo, vas a disfrutar. Somos una mezcla rarísima, pero muy interesante".

Santaolalla asegura que el disco "Corazones" -donde las ofició de productor- conserva un lugar especial en su trabajo de productor. Fue, cuenta, el álbum que lo hizo conocido internacionalmente. "Es un disco al que le tengo mucho cariño. Gracias a él pude conseguir otros laburos. Para mí, Jorge González es un grande no sólo de Chile, sino de Latinoamérica. Ese disco la rompió en todos lados", rememora.

La ligazón con el ex líder de Los Prisioneros continúa hasta hoy. El argentino cuenta que hace poco se juntaron en Berlín y el sanmiguelino le mostró su nuevo trabajo. "Está buenísimo. Me gustaría hacer algo con él. 'Corazones' lo escucho regularmente. Hace poco anduve en Salta y me repetí 'Tren al Sur' unas cuantas veces. Es magnífico", cierra.

Su faceta de productor de vinos y cerveza

El vino es el último pasatiempo de Santaolalla. Desde 2005 que tiene una viña en Mendoza donde abastece al mercado interno y al exterior con vinos Malbec Premium. La bebida llena de orgullo al productor: ganó medallas de oro en concursos en Canadá. "Mi primer viaje escolar fue a Mendoza y me enamoré del lugar. Con los años, me llegó esta posibilidad y nos ha ido bastante bien. Estoy involucrado en las plantas y exportamos vino a California e Inglaterra, especialmente", cuenta.

Además, está sacando una cerveza llamada "Grosa" y extendió su labor vitivinícola a la provincia de Salta, en el norte argentino. "La cerveza es un negocio chiquito, que anda bien, y en Salta queremos dedicarnos al vino blanco. Me encanta dedicar mi tiempo en estos proyectos", finaliza.

viernes, septiembre 14, 2012

Miguel Tapia: "Estoy seguro que Los Prisioneros vamos a volver a tocar juntos”

La Tercera


El baterista habla de Miguel, San Miguel, la película sobre su vida que se estrena el 2 de octubre.

por Claudio Vergara


Miguel Tapia (48) escarba en el pasado, retorna al presente, mira el destino de los dos músicos más importantes que conoció en su vida. Jorge González y Claudio Narea, y detecta una paradoja: “En los 80 fui el único de los tres que tenía claro que quería formar una banda y que siempre empujó para que eso pasara. Ahora, ya adultos, ellos dos son mucho más animales de escenario, les gusta tocar y armar proyectos, mientras que yo amo estar alejado en mi refugio”.

El baterista contempla la parcela de casi cinco mil metros que compró en una de las zonas más reposadas de Pirque y donde no solo asoman sus dos caballos, Trueno y Tormenta, sino que también la amplia casa que el mismo construyó durante un año. Ahí, distanciado del alboroto capitalino, pasa un tramo importante del año y solo sale para trámites de relativa urgencia, como cuando en la última semana partió a comprar el disco La voz de los 80 para un regalo personal. “Llegué y a la niña de la tienda le dije: ‘¿Dónde tiene algo de este grupo tan encachado y estos gallos tan guapos llamados Los Prisioneros?’”, relata. La vendedora no lo reconoció. “Entonces le fue preguntando a otra y a otra y recién la tercera flaca sabía quién era yo. La gente me conoce poco y yo nunca me he creído la raja por haber sido de Los Prisioneros. Hay personas que se juran increíbles por bastante menos, pero yo no transo esa tranquilidad”.

Un rol que la historia ha etiquetado como secundario en la banda más trascendente del rock chileno, casi en las antípodas de la exposición mediática que ha perseguido a sus socios históricos, pero que por primera vez adoptará un carácter protagónico: Miguel, San Miguel, la película de Matías Cruz en torno al trío y una de las cintas locales más esperadas de la temporada, se centra en la vida de Tapia y el 2 de octubre inaugurará el Festival de Cine de Valdivia, con posible estreno masivo para el mes siguiente. El hombre que alguna vez cantó ¿Quién mató a Marilyn? se juntó tres veces con el realizador para detallarle su historia y ya ha visto el filme en dos oportunidades.

Usted creó el grupo con González e inventó su nombre. ¿Cree que este proyecto hace justicia a su aporte?
Mira, la palabra justicia la sacaría altiro, no me gusta. Acá solamente va a quedar más claro que mi rol no solo fue bautizar a la banda, sino que también impulsarla, porque Claudio y Jorge jamás pensaron dedicarse a esto. Pero, con toda franqueza, nunca me cuestioné eso de ‘¿por qué nunca nadie ha hecho algo con respecto a mi vida?’. Así es mi personalidad. Aparte que Los Prisioneros nunca recibieron ningún reconocimiento, quizás porque no somos tan taquillas como Miguel Bosé. Igual cuando Matías me ofreció el proyecto, me pareció poco importante y me pregunté: ‘¿Será para tanto?’. Pero después, cuando empezamos a hablar, me di cuenta que había una gran historia”.

Al mirar su guion, el músico revela que lo emocionaron las secuencias donde se revive el ataque cerebral que sufrió su madre, mientras él cursaba segundo medio, o el instante donde González ensambla un precario aparataje de cables y parlantes para fabricar el sonido eléctrico de su guitarra. Pero lejos lo que más lo estremeció fue la escena donde los tres futuros músicos se conocen en el Liceo 6 de San Miguel. “No es que extrañe esos lazos o sienta nostalgia. Son solo emociones por un instante determinado. Además, me gustó lo bien plasmado que está, lo ganso que éramos, como toda esa generación, aunque conectados con lo social”, establece.

Además, acota un matiz: crecido en la villa Miguel Munizaga de San Miguel, Tapia se proclama como el único miembro del conjunto que vivió en un barrio realmente violentado por la dictadura. “No lo digo porque ahora ya estemos distanciados, pero donde vivía Jorge eran casas grandes, patios amplios, una zona residencial y muy parecida a Ñuñoa. Claudio también vivía en una villa. En esas zonas no pasaba nada. Donde realmente quedaba la cagada y yo sentía los balazos por la noche era en mi barrio”.

Hoy su vínculo con González y Narea se sitúa en mundos opuestos. Con el primero se distanció para siempre desde esa tarde de 2006 en que decidieron sepultar la segunda vida de Los Prisioneros -inaugurada cinco años antes en el Estadio Nacional- tras un enfrentamiento verbal al terminar un concierto en Venezuela. “Nunca más hubo un contacto. Esa vez nos peleamos, pero nos dijimos las cosas de frente, no por los diarios. Solo me entero de él porque mi hermana está casada con el hermano de Jorge. Pero no lo echo de menos, para mí es una etapa superada y, a estas alturas, solo extraño a mis hijos. Cuando veo que él toca con la marca Los Prisioneros, me parece bien. Aunque es mía, y no corresponde que lo haga, yo no tengo ningún problema, porque también es su historia”, asegura.

Millones por un regreso

Con Narea ha mantenido una activa agenda con el proyecto Narea & Tapia, nacido en 2009 y que a fin de año podría tener un álbum debut. El baterista sigue: “No somos amigos íntimos ni nada, porque, de verdad, nunca lo fuimos. Pero Claudio sin duda es alguien súper importante en mi vida. Solo hemos tenido que compatibilizar nuestros gustos para armar el álbum”.

Eso sí, casi de manera inesperada, 2012 pudo convertirse en el nuevo año del reencuentro: los mentores del festival Maquinaria sondearon una posible reunión de Los Prisioneros para el evento que se realizará en noviembre y hasta le lanzaron la oferta a Tapia. Y él, la aceptó. “Les dije que no tenía ningún problema. Ni siquiera me lo cuestioné y fue por dos razones: ofrecían buenas lucas y siento que, cuando nos juntamos los tres, hay una energía súper chora para mí. Un power que sólo sentimos como parte de Los Prisioneros. Además, habría mucha gente que lo pasaría la raja. No prosperó porque alguno de ellos dijo que no, pero yo no tengo ninguna aprensión”.

¿Cree que algún día se pueda dar?
Estoy seguro que vamos a volver a tocar juntos. Es una sensación muy personal, pero no tengo ninguna rencilla con ninguno, solo falta que ellos lo acepten. Pero el cariño nunca ha desaparecido.



viernes, agosto 10, 2012

Festival Maquinaria 2012 anuncia sus primeros artistas confirmados

La Tercera


Slash, Gogol Bordello, Stone Sour, Pánico y Los Tres son los primeros nombres de la cita que se hará en noviembre, en Las Vizcachas. Además se hicieron gestiones por Los Prisioneros.

por Claudio Vergara


El festival Maquinaria ya luce sus primeros protagonistas oficiales. El mayor festín rockero en lo que queda del año, y cuya tercera edición se hará el 10 y 11 de noviembre, en el Club de Campo Las Vizcachas, tiene su primera lista de confirmados, en una mezcla de nombres chilenos de cuna diversa con invitados foráneos que certifican el histórico perfil rockero que la cita ha extendido desde su origen.

¿Nombres? Slash, ex guitarrista de Guns N’ Roses, uno de los símbolos del conjunto estadounidense y hoy de eficiente carrera en solitario; Gogol Bordello, grupo de punk gitano que también pasó por el reciente Lollapalooza Chile; Stone Sour, el aplaudido proyecto paralelo de uno de los cerebros de Slipknot, Corey Taylor; Mixhell, el tándem de DJ hiphoperos que integran Igor Cavalera (Sepultura) junto a su pareja; y la banda electrónica inglesa Nero, aunque se presentarán en formato de DJ set.

En el apartado local, el abanico es más diverso: el menú ofrece a clásicos como Aguaturbia, Criminal, Pánico, Los Tres y Jorge González, junto a nombres más ascendentes, como Villa Cariño, Como Asesinar a Felipes y el duelo de tornamesas que liderarán DJ Raff y Bitman.

El productor de Maquinaria, Leonardo Valeria, dice que esos son los únicos artistas oficiales. Fuentes de la industria aseguran que los próximos nombres que se agregarán al line-up son Kiss, The Offspring, Deftones, Slayer, Marilyn Manson, Mastodon, Calle 13 y otros créditos nacionales. Pero Valeria no confirma esos invitados, aunque indica que aún quedan otros tres anuncios por hacer.

La cita tendrá tres escenarios, tal como en 2011, y se sumará una carpa con capacidad para 10 mil personas y dedicada a los sonidos electrónicos, género que, según Valeria, tendrá un protagonismo estelar en Las Vizcachas. Además, todas las tarimas serán diseñadas por Alex Grey, artista de inspiración sicodélica y que ha facturado las portadas de discos emblemáticos, como In utero (1992), de Nirvana, e Ill communication (1994), de Beastie Boys.

Las entradas están disponibles desde hoy y sólo se pueden comprar abonos para los dos días. El precio es de $ 60 mil (general) y $ 130 mil (VIP) para los primeros 10 mil. La venta por jornada empezará el 1 de octubre. El proceso para adquirir las ubicaciones de camping se inicia el 1 de septiembre y costarán $ 15 mil por carpa, sólo disponibles para abonos (Puntoticket).

Gestiones por Los Prisioneros

El festival estuvo cerca de asestar un golpe maestro: una nueva reunión de Los Prisioneros. Aunque diversas fuentes reconocen que se trató de un sondeo preliminar, sus organizadores alcanzaron a contactar al baterista Miguel Tapia y hablaron de una cifra cercana a los $ 30 millones para él. También tuvieron charlas con González. El plan tentativo incluía una posible gira, tal como en 2001. Sin embargo, la iniciativa no prosperó, aunque no se descartan nuevos intentos en el futuro, pese a la distancia casi insuperable que hoy separa al cantante de Claudio Narea.

domingo, julio 08, 2012

Miguel, San Miguel: la película de la prehistoria de Los Prisioneros

La Tercera


Dentro de los próximos meses se estrena la cinta de Matías Cruz sobre los inicios de la banda.

por Rodrigo González M.


En los 80 varias tribus comenzaron a invadir Santiago. Fue una propagación en forma subterránea y explícita, manifiesta o pacífica. Punks en Gran Avenida, amigotes thrashers en Paseo Las Palmas, rockeros de vieja escuela en el Gimnasio Manuel Plaza de Ñuñoa. Y, claro, neohippies universitarios en Bellavista.

El director de cine Matías Cruz, por ejemplo, era un escolar amante del rock pesado que en aquella década adquirió por casualidad un cassette sin nada de rock en inglés, pero con bastante de guitarra, bajo y batería en español. Fue el clásico La voz de los 80, de Los Prisioneros. “No tenía ninguna sintonía con el rock latino, pero algo me gustó de ese grupo. Tenía una fuerza especial”, comenta Cruz.

A 28 años de la publicación del primer disco de Los Prisioneros, en 1984, Cruz se prepara a estrenar la primera película sobre el grupo. Es, específicamente, un filme sobre su génesis, cuando todavía se llamaban Los Vinchukas. Es, también, una cinta sobre tres escolares de la comuna de San Miguel que en los 80 no usaban raros peinados nuevos ni eran punks, thrashers, rockeros de vieja escuela ni mucho menos, neohippies.

A uno, Jorge González, le gustaban Rafael y los Bee Gees. A otro, Claudio Narea, Kiss. Al más callado, Miguel Tapia, Los Beatles, Los Beatles y Los Beatles. La película Miguel, San Miguel cuenta sobre todo esa historia: la del futuro baterista de Los Prisioneros.

El filme busca quedar en festival europeo (en septiembre) y estará en el Festival de La Habana (en diciembre), donde el año pasado logró premios de posproducción. Y en el segundo semestre, a más tardar en noviembre, se estrenará en Chile. “Es el momento para que llegue, hay una agitación entre los estudiantes, Los Prisioneros siguen siendo un referente y la película me gustó desde que vi el primer corte”, dice Bruno Bettati, productor de la compañía Jirafa, una de las involucradas junto a Guapo Films y Valcine.

“Lo que siempre me fascinó de Los Prisioneros es que es una historia de resistencia, de querer ser artistas a pesar de todo, de no saber nada y de intentarlo igual”, explica Matías Cruz.

Pero Miguel, San Miguel es, por otro lado, el largometraje que resultó tras un largo proceso que nació el 2004, cuando Cruz quería hacer un filme más ambicioso. Una suerte de historia de la banda para el que contó con el apoyo del propio González y que se desmoronó tras la quiebra de una de las compañías productoras. “Lo que rescato de ese esfuerzo es la investigación, que fue mucha. Pero esta es otra película. Miguel, San Miguel es sobre la candidez y la ingenuidad de unos muchachos que quieren tener una banda. Y el que más quiere es justamente Miguel Tapia. El fue el principal impulsor del grupo”, cuenta Cruz.

Blanco y negro en los 80

Miguel, San Miguel es una historia simple, con presupuesto reducido, con actores que no son rostros de televisión y en blanco y negro. Sin embargo, al mismo tiempo es un filme de época. Es decir, es un trabajo que la tenía difícil. “Todo lo que se ve en la película era lo que estaba en el cuadro de la cámara. No nos dio el dinero para ambientar una locación grande. Si nos salíamos de cuadro, simplemente nos salíamos de época y regresábamos al presente. Debíamos filmar en el espacio reducido que habíamos logrado caracterizar”, explica.

Locaciones como Departamental con Panamericana, el Liceo 6 o Gran Avenida son el paisaje del filme. Y hablando de escenarios, una escena capital es la que muestra a Miguel (Eduardo Fernández), Jorge (Mauricio Vaca) y Claudio (Diego Boggioni) caminando en fila india desde su barrio hasta una disquería en Providencia.

Es un pasaje sacado de hechos reales y lo que buscaban los chicos era un álbum de la banda punk The Clash. Llegan al local, pero sólo hallan vinilos de Iron Maiden, Black Sabbath y otras bandas de metal pesado. Tienen que volver a casa con las manos vacías, otra vez a pie, con uniforme escolar. El dinero no les alcanzaba ni para la micro. O si les alcanza, preferían ahorrarlo para comprar algún instrumento de segunda.

El protagonista es siempre Miguel Tapia, quien de los tres era el que venía de la familia más humilde y el que sintió más cerca el látigo de la represión. Otra secuencia muestra cómo uno de sus vecinos es golpeado brutalmente por fuerzas policiales, en el período de las protestas. Y otra, acompañada de música de Víctor Jara, lo exhibe en su vida familiar.

En ese momento no hay peleas ni roces. Al revés, cada vez Miguel, Jorge y Claudio son más cercanos. De a poco conocen más música, día a día el sueño de la banda tiene cara de realidad, clase a clase Jorge pierde mejor el tiempo y escribe una letra mejor que la otra. Mes a mes, Miguel estás más seguro de que Los Prisioneros están por llegar.

lunes, mayo 21, 2012

El rock chileno se reedita en vinilo con trabajos fundamentales de los 90

El Mercurio


El sello EMI acaba de lanzar el debut de Los Tetas, Tiro de Gracia, Lucybell y Jorge González en este formato. Pronto llegará un álbum triple de Los Prisioneros: Ni por la Razón, Ni por La Fuerza, en vinilo.  

José Vásquez

No es el único, pero el ejemplo supera lo anecdótico. Pasó cuando Los Tetas anunciaron su regreso a los escenarios. Entonces, la fiebre por ver a una de las bandas estandartes de la movida del nuevo rock chileno de mediados de los noventa colmó de público el Teatro Caupolicán, en diciembre pasado.

La banda capitaneada por C-Funk y Tea Time llevaba siete años distanciada, y la vuelta con todos sus integrantes titulares movilizó a una gran cantidad de nostálgicos, que cuando preguntaron por trabajos como "Mama funk" (1995) o "La medicina" (1998) en las disquerías no los encontraron por ninguna parte.

La misma historia se repite con casi todo el catálogo que comenzó la carrera de bandas como Lucybell, Tiro de Gracia con su álbum "Ser humano" -el disco de hip hop chileno más vendido de la historia- y el debut en solitario de Jorge González, luego de dar por finalizada por primera vez la historia de Los Prisioneros.

Títulos todos que ahora están disponibles en un formato inédito, porque nunca antes habían saltado al vinilo.
"Esta es una deuda histórica que tiene EMI Chile con el catálogo nacional. Hay muchos títulos que han sido descatalogados y que la gente todavía quiere comprar. El vinilo ha tenido un renacimiento, y tras el éxito de las ediciones en este formato de la discografía de Los Prisioneros se decidió sacar estos trabajos", dice Marilú Andrade de EMI.

El impacto ha sido positivo y fue el impulso para seguir expandiendo el negocio a nuevos artistas. La edición en vinilo de la discografía de Los Prisioneros ha logrado ventas cercanas a las cinco mil unidades y ya anota un nuevo hito para las próximas semanas con la edición de un vinilo triple: "Ni por la razón, ni por la fuerza".

El gusto del consumidor ha cambiado, y el vinilo y las ediciones de lujo ganan terreno no sólo entre los melómanos que pronto podrán volver a acceder a nuevas reediciones, esta vez en formato slidepack .
Porque las recientes ediciones en vinilo de Los Tetas, Tiro de Gracia, Lucybell y Jorge González también tendrán su versión en disco compacto, sumando títulos como "La medicina" (Los Tetas), "Decisión" (Tiro de Gracia) y nuevos álbumes que se agregan al listado como "Fe" de Mamma Soul, "Made in Jamaica" de Gondwana y "Vivo" de Joe Vasconcellos.

"El criterio de la selección fue las ventas que tuvo cada uno y el ser un disco emblemático, que marcó un antes un después en la carrera de cada artista", dice Andrade, para hablar de los próximos trabajos que saldrán a la calle durante la segunda semana de agosto.

 Los cuatros títulos de avanzadas


"Mama funk" de Los Tetas se lanzó en 1995 y contiene dos de las canciones más reconocidas de la banda: "Corazón de sandía" y "Hormigas planas". En sólo cinco meses consiguió un Disco de Oro por sus ventas, cuando esa distinción se entregaba por 15 mil copias vendidas.

"Ser humano!!", de Tiro de Gracia se estrenó en 1997 y de inmediato captó la atención del público que lo catapultó como el disco de hip hop nacional más vendido en el país con más de 80 mil copias. En él venían los hits "El juego verdadero" y "Melaza".

"Jorge González", de el ex líder de Los Prisioneros, fue grabado en Estados Unidos en 1992 y lanzado regionalmente al año siguiente. Luego que dejara de lado al grupo, el cantautor lanzó su carrera solista, sembrando grandes expectativas. En este trabajo venían canciones como "Fe", "Mi casa en el árbol" y "Esta es para hacerte feliz".

"Peces", de Lucybell, fue lanzado en 1995 y en menos de un año consiguió Disco de Oro y de Platino por su ventas. Es el debut de la banda de Claudio Valenzuela y contiene varios de los éxitos que aún suenan insistentemente en las radios como "Cuando respiro en tu boca", "Vete" y "De sudor y ternura".