La Tercera
Las grabaciones del proyecto de Chilevisión empezaron el lunes en el liceo de San Miguel donde se conocieron los músicos.
por M. Moraga/C. Vergara
Cincuenta años de vida y 30 de La voz de los 80, el debut discográfico de su banda madre. Como una suerte de sincronía, esas son las dos efemérides de fecha redonda que cruzarán el 2014 de Jorge González y que no sólo funcionarán como telón de fondo de su ya habitual agenda de presentaciones y lanzamientos, sino que también marcarán una serie de proyectos estelares consagrados a Los Prisioneros.
Uno de los más sobresalientes es la primera serie televisiva centrada en la historia de la banda. Se trata de una producción impulsada por Chilevisión y que el pasado lunes 20 empezó sus grabaciones en un recinto simbólico: el ex Liceo 6 de San Miguel, hoy rebautizado como Andrés Bello y donde González, Claudio Narea y Miguel Tapia se conocieron en 1979, cuando cursaban primero medio. Hasta ahí llegaron un puñado de extras y el elenco que dará vida al proyecto, encabezado por los actores que encarnarán a los músicos -tres intérpretes recién egresados- y por nombres como Cristián Carvajal (Graduados), quien personifica al profesor de los futuros artistas.
De hecho, parte importante de la serie está focalizada en la prehistoria de los hombres de Sexo, cuando apenas eran quinceañeros y recién intercambiaban fotos y casetes pirateados de grupos como Kiss. El proyecto, que cuenta con la producción de Rodrigo Díaz (director de ficción de CHV), también abordará cómo los músicos enfrentaron el agitado entorno social de la dictadura. Eso sí, hasta ahora se ha topado con una piedra en el zapato: los derechos para usar las canciones de los sanmiguelinos. Como solución, los encargados del tema en la señal esperan reunirse con los músicos y sus representantes en las próximas semanas. Su estreno se estima para el último trimestre y con una extensión de 12 a 15 capítulos.
Para moderar la espera habrá otros ejercicios que mirarán en reversa la vida de la agrupación. El más estelar lo protagoniza su ex líder, quien el próximo 9 de marzo se presentará por primera vez en el Teatro Municipal de Santiago para revivir de manera íntegra el álbum Corazones (1990), el último de la primera etapa del desaparecido conjunto y que ya mostró en el festival Primavera Fauna de 2012. El show contará con Cecilia Aguayo -tecladista original del trabajo- y es parte de una de las giras locales más extensas realizadas por el cantante, la que parte mañana en el festival Si es Chileno es Bueno de Arena Monticello y que sigue un día después en Punta Arenas, para luego enfilar hacia Osorno, Llanquihue, Purranque, Lota, Antofagasta, Calama, Melipilla, Buin, Talca e Iquique, entre otras 16 fechas.
La travesía de Tapia
En el caso de Miguel Tapia, el año estará cargado a una nueva apuesta. Su banda Travesía -una que cuenta poco más de un año de vida- acaba de publicar el primer adelanto de su debut, Se me sale el indio, “una mezcla de house con trutruca, que habla de los juegos de niño que recuerdo de mi infancia”, describe el autor.
El corte sirve para anticipar su regreso al disco desde 2004, año en que Los Prisioneros publicaron su disco homónimo. Travesía es una aventura “folclórica y electrónica” que dirige desde la máquina de ritmo, percusiones y batería electrónica, y que completa junto a Gabriela Pozo (voz), Leo Fernández y Rufino Cabrera en instrumentos de cuerdas. Serán 10 canciones, seis de ellas originales, para un álbum que está en etapa de mezcla y masterización y que sale entre marzo y abril. “Estoy consciente de que la gente pondrá este trabajo al lado del de Los Prisioneros. Nos sirve, así aprovechamos mi imagen”, dice.
El baterista dedicó varios años a estudiar la obra del cantor popular Santos Rubio, vecino de Pirque. Rubio murió en 2011, dejando un álbum y un libro que el músico redactó. Esa investigación fue clave en el nacimiento de Travesía: “Armamos un estudio en Pirque hace cuatro años, con la intención de registrar a Santos Rubio”.
Narea contraataca
El ex baterista del trío también ha completado varias presentaciones junto a Narea, bajo el rótulo de Narea y Tapia. Este fin de semana tocan en Alto Biobío. “Pero lo primero es completar mi próximo disco solista”, dice Narea. Eso, porque el guitarrista está grabando los últimos detalles para su tercera aventura solista, relevo para su último trabajo El largo camino al éxito (2006). “Será un disco con alto contenido social”, comenta el músico. El álbum tiene fecha estimada de aparición durante el primer semestre de 2014. Antes, Narea se presentará como solista en la sala SCD de Bellavista, donde tiene concierto agendado para el 1 de marzo. En paralelo, el guitarrista prepara una versión ampliada de Mi vida como Prisionero, de 2009.
Este es un blog que tiene como misión recopilar información o noticias sobre música chilena, la Industria musical y la industria cultural de nuestro país aparecida en diversos medios de comunicación. Por lo tanto los textos son propiedad de los medios y de los periodistas que encabezan cada nota.
Mostrando las entradas con la etiqueta Miguel Tapia. Mostrar todas las entradas
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jueves, enero 23, 2014
viernes, enero 25, 2013
Claudio Narea:"Si recuperamos las confianzas, algún día podría volver con Los Prisioneros"
El Mercurio
Por FELIPE RODRÍGUEZ y JOSÉ VÁSQUEZ
Claudio Narea estaba hace unas semanas en un bar cuando un fanático se acercó y le pidió que reformara a Profetas y Frenéticos. "Me dijo que nos había visto en abril, cuando nos juntamos, y que el grupo sonaba muy bien y que debíamos seguir", recuerda el guitarrista. Narea se convenció de que era una buena idea y llamó a sus antiguos compañeros para ensayar y hacer algunas presentaciones. Todos le dieron el sí y el músico incluso se dio un gusto: incorporó como tecladista a su hijo Juan Pablo. "Debutamos el 9 de marzo en el Catedral y tenemos agendados cuatro shows más", afirma.
Aunque cuenta que, en principio, el grupo se centrará en el repertorio de sus dos álbumes, no descarta crear nuevas canciones. "Lo estamos haciendo súper bien y se podría dar, pero no por ahora. ¿Que cómo nos vemos? Nuestra música nunca estuvo de moda; éramos raros porque hacíamos música de los '50 y los '60, pero después se volvió novedosa con grupos como The Strokes que se inspiraron en los '60", cuenta.
-Hace unos meses, Miguel Tapia dijo que volvería a tocar con Los Prisioneros. ¿Lo harías?
"Es una historia bastante pesada para volver a juntarnos. Jorge (González) fue mi mejor amigo, tengo buenos y malos recuerdos, pero debería ocurrir un milagro. No me importa la plata. Creo que nos farreamos el grupo, porque mucha gente nos tiene cariño. Es complicado. Pero si recuperamos las confianzas, algún día se podría dar volver con Los Prisioneros".
El baterista y su reconversión al folclor latinoamericano
La respuesta sale fácil porque las influencias lo marcaron desde pequeño. Miguel Tapia creció en un hogar donde se escuchaba desde Quilapayún hasta Los Huasos Quincheros -"mi papá los oía sin tintes políticos, sólo por el sabor de la música", dice- pasando por The Beatles, Salvatore Adamo y Nicola Di Bari. Eso, hasta que conoció a The Clash y la juguera de estilos cobró sentido.
Hoy, el ex baterista de Los Prisioneros presenta un nuevo proyecto musical aún sin nombre. "Por ahora, el espectáculo se llama 'Travesía'", dice sobre la banda que se centra en el folclor latinoamericano y está compuesta por el cubano Leo Fernández, con amplia trayectoria en su país con Los 5U4, el guatemalteco Rufino Cabrera y Gabriela Pozo, todos vecinos de su parcela en Pirque.
Hasta el momento, sólo han grabado dos canciones, aunque proyectan tener un disco durante 2013.
La veta folclórica de Tapia tiene un antecedente inédito: se fusiona con la electrónica. "Razón humanitaria" es otro proyecto del músico que nunca vio la luz, y existe una grabación de fines de los noventa que espera lanzar este año. "Son canciones con samplers de guitarras de Víctor Jara y letras con temas mapuches. A pesar del tiempo, todavía suena muy actual".
El músico sigue actuando junto a Narea, con quien proyecta también volver al estudio este año. "Lo tenemos conversado; siento que estamos en deuda con nosotros mismos. Él tiene harto material listo y yo también".
Por FELIPE RODRÍGUEZ y JOSÉ VÁSQUEZ
Claudio Narea estaba hace unas semanas en un bar cuando un fanático se acercó y le pidió que reformara a Profetas y Frenéticos. "Me dijo que nos había visto en abril, cuando nos juntamos, y que el grupo sonaba muy bien y que debíamos seguir", recuerda el guitarrista. Narea se convenció de que era una buena idea y llamó a sus antiguos compañeros para ensayar y hacer algunas presentaciones. Todos le dieron el sí y el músico incluso se dio un gusto: incorporó como tecladista a su hijo Juan Pablo. "Debutamos el 9 de marzo en el Catedral y tenemos agendados cuatro shows más", afirma.
Aunque cuenta que, en principio, el grupo se centrará en el repertorio de sus dos álbumes, no descarta crear nuevas canciones. "Lo estamos haciendo súper bien y se podría dar, pero no por ahora. ¿Que cómo nos vemos? Nuestra música nunca estuvo de moda; éramos raros porque hacíamos música de los '50 y los '60, pero después se volvió novedosa con grupos como The Strokes que se inspiraron en los '60", cuenta.
-Hace unos meses, Miguel Tapia dijo que volvería a tocar con Los Prisioneros. ¿Lo harías?
"Es una historia bastante pesada para volver a juntarnos. Jorge (González) fue mi mejor amigo, tengo buenos y malos recuerdos, pero debería ocurrir un milagro. No me importa la plata. Creo que nos farreamos el grupo, porque mucha gente nos tiene cariño. Es complicado. Pero si recuperamos las confianzas, algún día se podría dar volver con Los Prisioneros".
El baterista y su reconversión al folclor latinoamericano
La respuesta sale fácil porque las influencias lo marcaron desde pequeño. Miguel Tapia creció en un hogar donde se escuchaba desde Quilapayún hasta Los Huasos Quincheros -"mi papá los oía sin tintes políticos, sólo por el sabor de la música", dice- pasando por The Beatles, Salvatore Adamo y Nicola Di Bari. Eso, hasta que conoció a The Clash y la juguera de estilos cobró sentido.
Hoy, el ex baterista de Los Prisioneros presenta un nuevo proyecto musical aún sin nombre. "Por ahora, el espectáculo se llama 'Travesía'", dice sobre la banda que se centra en el folclor latinoamericano y está compuesta por el cubano Leo Fernández, con amplia trayectoria en su país con Los 5U4, el guatemalteco Rufino Cabrera y Gabriela Pozo, todos vecinos de su parcela en Pirque.
Hasta el momento, sólo han grabado dos canciones, aunque proyectan tener un disco durante 2013.
La veta folclórica de Tapia tiene un antecedente inédito: se fusiona con la electrónica. "Razón humanitaria" es otro proyecto del músico que nunca vio la luz, y existe una grabación de fines de los noventa que espera lanzar este año. "Son canciones con samplers de guitarras de Víctor Jara y letras con temas mapuches. A pesar del tiempo, todavía suena muy actual".
El músico sigue actuando junto a Narea, con quien proyecta también volver al estudio este año. "Lo tenemos conversado; siento que estamos en deuda con nosotros mismos. Él tiene harto material listo y yo también".
miércoles, diciembre 26, 2012
Miguel Tapia: Entre Los Prisioneros, Santos Rubio y Travesía
Revista Nos
Desde Pirque el ex batero de Los Prisioneros cuenta sobre el grupo, su encuentro con la tradición de los payadores y sobre su gusto por la música latinoamericana.
En un sector de parcelas llamado Luna de Pirque, en dirección al Cajón del Maipo, está el cuartel de operaciones de Miguel Orlando Tapia Mendoza. Allí, entre las faldas de la imponente cordillera, caminos de ripio y spa alternativos, el ex baterista de Los Prisioneros decidió hace unos años construir su hogar, el que incluye una acondicionada sala de ensayos donde desarrolla su diversos proyectos profesionales.
Un entorno bucólico y extremadamente tranquilo para alguien que podría – sin complejos ni riesgo a equivocarse- calificarse como un auténtico rock star chileno. Un músico sanmiguelino de origen más bien modesto y adolescencia tímida, que integró la banda más popular en la historia del rock chileno, creadora de himnos trans-generacionales (uno de ellos, Quién mató a Marilyn, es de su autoría), que vendió miles de discos, y cuya canción Tren al sur obtuvo el premio Mejor video latino de la cadena MTV. Que para su regreso en 2001 llenó dos veces el Estadio Nacional, y cuyas bizarras peleas entre sus integrantes -como si el asunto se tratara de género o formato- estuvieron a la altura de todo gran fenómeno pop.
Sin embargo, hoy Miguel Tapia está lejos de enrollarse con su pasado. Tampoco se cree el cuento en demasía. En Pirque vive desde 2008, en una casa que construyó con sus propias manos, ayudado por un maestro de la construcción.
“Me encanta trabajar, yo tengo esa faceta. De hecho, tengo mis herramientas que las guardo en otra parte, porque para mí valen tanto como mis instrumentos. Me da la mismo si me roban un televisor, pero si se llevan una sierra eléctrica me joden, porque trabajar con esas herramientas, es lo que me entretiene, me relaja”, cuenta el batero.
Cerca de ahí, por el sector de El Manzano, viven y estudian sus dos hijos de nueve y once años. “Ni siquiera tengo que ir a Santiago cuando los voy a buscar al colegio”, cuenta Tapia con cierta satisfacción. “Soy muy aficionado a la astronomía y al mayor también le gusta mucho, influenciado por mí. Acá tengo mi telescopio, mis libros. No he tomado ningún curso ni nada, pero sé bastante del tema porque es mi hobby”, asegura.
También le gusta la sanación vía magnetismo con imanes, la cual ha aprendido a través de Leo, un amigo suyo.
Sin embargo, tanta tranquilidad no alcanza a espantar los males de toda gran urbe: ya le han entrado a robar tres veces. Confiesa que está harto que le rompan la puerta y la chapa. Incluso le envenenaron una perra guardiana. Aún así, asegura que está feliz. “Son opciones, te fijas, poder vivir acá, ir lo menos posible a Santiago. Yo incluso he pensando irme más al sur en algunos años más. A Valdivia”.
No obstante, y a pesar de su claustro voluntario, Los Prisioneros y sus circunstancias siempre aparecerán por ahí de tanto en tanto en la vida de Miguel. Ahora, es el estreno de Miguel San Miguel, la primera película chilena que recrea la historia de su banda madre, lo que lo trae de vuelta a los inicios de su propia historia, cuando junto a Jorge González y Claudio Narea conformaba un trío de adolescentes sanmiguelinos que soñaba con formar una famosa banda de rock. Dirigida por Matías Cruz, el largometraje plasma en un formato blanco y negro los difíciles años 80, en donde los jóvenes aprenden los primeros secretos del oficio musical, entre la represión de la dictadura y la música de bandas como The Clash, Kiss y The Beatles.
“Me gusta tocar en lugares pequeños, íntimos”
Un elegante piano de fino sonido, acompañado de una serie de instrumentos acústicos, componen la mayor parte del equipamiento de la sala de ensayo de Miguel Tapia. Allí, junto a Leo, un bajista cubano que fue famoso en su país en los 70 con una banda de rock; el Choco, guatemalteco que toca la guitarra, y Gabriela, una cantante que vivió muchos años en Brasil, da rienda a un viejo sueño: hacer un recorrido por las raíces de la música latinoamericana.
Miguel, por su parte, se encarga del cajón peruano, tumbadora y los bongoes. También usa secuencias. “Eso es como mi aporte al tema. Hacemos unas cositas medio electrónicas pero finas, muy finas, para que la mezcla no sea a la fuerza, porque cuando son forzadas son malas. Está súper choro”, cuenta.
Son varios los factores que entusiasman a Tapia en este proyecto. El primero, que se trata de un grupo de viejos amigos; el segundo, su temprana relación con el folklore: creció escuchando -de la mano de sus padres, hermanos y tíos- a Víctor Jara y la música de la Nueva Canción chilena. Tal como ilustran algunas escenas de Miguel San Miguel. “Eso me gusta un poco de la película, se muestra ese lado que no se conocía”, dice el baterista. “En la época de las giras con Los Prisioneros viajé a Colombia, y me traje mucha música de ahí, al igual que de otros países”.
El tercer factor que le entusiasma es la ausencia de presiones u altas expectativas. “Este proyecto no lo estamos haciendo para hacer carrera o ganar lucas, porque afortunadamente todos tenemos nuestras profesiones”, asegura Tapia. “El grupo aún no tiene nombre pero la música se llama Travesía: hay canciones propias, pero también hay son cubano, clásicos de vallenato, de Colombia, y, obviamente, también hay un poquito de bossa nova. Es como mi chochería en este momento”, reconoce el ex Prisionero.
¿Tienen planes para sacar pronto un disco?
Sí, vamos a sacar un disco de todas maneras. Lo queremos grabar y tocar. La otra vez tocamos por primera vez los cuatro juntos y nos fue súper bien, fue en un local muy pequeñito, como para 200 y tantas personas. Ahora estamos partiendo con expectativas, pero de inicio (el proyecto) era puro relajo no más.
Tapia cuenta que en Pirque, hasta hace pocos años, vivió un gran folklorista experto en el guitarrón chileno, llamado Santos Rubio, muy conocido dentro del mundo de los payadores, y que también era ciego. Asegura que su abuelo le enseñó a la Violeta Parra todo lo relacionado al “canto de lo humano y lo divino”, una suerte de paya improvisada antiquísima, que la matriarca musical chilena fue a conocer y a aprender por esos pagos.
El baterista y sus amigos, tras conocer a Santos, y constatar el valioso hallazgo folklórico que tenían entre manos, decidieron grabar un disco íntegro con sus canciones. También planean publicar un libro basado en sus conversaciones.
Estás todo un investigador del folklore, no lo imaginaba en ti.
Cuando armamos aquí el estudio, le sugerí al Leo que al primero que grabáramos fuera a Santos Rubio. Hasta que vino un día para acá, era un viejito, un personaje. El que también grabó cosas de él, como al año después, fue el hermano del Álvaro Henríquez, Gonzalo, pero lo grabó con otra gente, no como un disco solista de este caballero. Santos me contó muchas historias sobre cuando tocó con la Violeta, cuando la conoció. Recuerdo que un día puse un disco en mi computador y le pregunto: “Santito ¿este instrumento que suena aquí es un guitarrón?” Y el viejito me responde con otra pregunta: “¿Ese disco es de Víctor Jara?”, sí, le respondí. “Pon la canción número 12”. Él reconoció el disco, escuchamos la canción, y aparece la voz de Víctor Jara diciendo “vamos santito con la primera patita”. Caaacha, po, ahí quedé. Y el Leo, ciego, sirviendo un café, y este otro caballero ciego también, y yo ahí (risas). Esa es la historia.
De forma paralela, y como ancla con su perfil más mediático, Tapia también trabaja desde 2009 en un proyecto en conjunto con su viejo partner Claudio Narea, denominado simplemente Narea-Tapia. En 2011 subieron a la web tres sencillos, Fiesta Nuclear (que quedó fuera del disco Los Prisioneros de 2003), Legitimar y No me ves y el resultado sorprendió a todos: en tres meses, según su sitio, se registraron un millón 500 mil descargas. “Fue heavy, descargaron de todas partes, de Europa, hasta de Japón. Nosotros, cuando fuimos a tocar a España, nos encontramos con muchos chilenos, obvio, pero también había gente de Ecuador, venezolanos, peruanos, colombianos. Los Prisioneros siempre fueron muy fuertes en Latinoamérica, sobre todo en Sudamérica. Entonces, nada de raro que un peruano o un ecuatoriano en Japón haya bajado los temas”, reflexiona el batero.
-Y con ese impulso ¿no les dio ganas de hacer un lanzamiento a mayor escala de este proyecto?
-En eso estábamos, pero tuvimos ahí un quiebre con un mánager, que en realidad se fue porque no nos gustaba cómo estaba manejando el tema. Y nos fuimos a tocar afuera en ese momento. Fuimos a Venezuela, Colombia, y como que dejamos de lado un poco acá. Ahora nos gustaría retomarlo, pero es distinto para mí ahora ¿sabes? Creo que pasa harto por ese tema: yo estoy mucho más pasivo con el tema de hacer carrera.
-¿De verdad no te dan ganas de volver a la masividad? ¿A grandes recintos que estén repletos, ser invitado a programas de televisión, a todo ese mundo?
-No, no. Me gusta tocar en lugares pequeños, íntimos (…)
“Nunca fuimos pobres”
“Miguel San Miguel es un proyecto de Matías Cruz. O sea, es algo muy personal, pero yo jamás habría escrito un libro contando mi historia, ni mucho menos una película. Mi ego no es tan grande”, parte aclarando de entrada Miguel Tapia. Miguel San Miguel, en rigor, es un proyecto de su director, Matías Cruz, y resultó tras un largo proceso iniciado en 2004. En principio, la idea era más ambiciosa: rodar la historia completa de la banda. Sn embargo, el proyecto se desmoronó tras la quiebra de una de las compañías productoras.
De todas formas, tú asesoraste a Cruz en el guión…
Obvio. Es que a eso voy, no es que yo llamé a Matías y le dije: “Sabes que quiero contar mi verdad”… no. Él hace años andaba buscando la posibilidad de hacer una historia de Los Prisioneros. Años. Habló con Jorge y nos convenció cuando Narea ya no estaba en la banda, era la segunda etapa (de la reunión de Los Prisioneros). Te estoy hablando del 2005, más o menos. Le dimos el vamos a Matías, y empezó a hacer entrevistas con Jorge y conmigo. Nos juntamos varias veces y ahí partió el proyecto. Tanto así que si bien Matías empezó a escribir los primeros bocetos del guión, el que vino a “hacerlo” a Chile fue el mismo que escribió el de Estación Central, una película brasileña que ganó un Oscar. Ese guionista vino a Chile, se juntó con Matías, escribió el primer guión de la película -que lo tengo- estuvo en mi barrio, en el barrio de Narea, en el barrio de Jorge, se impregnó un poquito del tema, y escribió un guión interesante, al que hice unas pocas correcciones después. Pero la productora que iba a poner las lucas quebró, así es que el proyecto también quedó ahí, stand by. Y después pasó, no sé, un tiempo largo, y Matías lo intentó de nuevo con otra gente, con una productora que era -creo- de la hija de Littín (Miguel). Y ahí también tuvo unos problemas, y también se cayó. Y en ese momento Jorge y yo ya no estábamos tocando juntos, para variar nos habíamos peleado.
¿Eso fue tras la última actuación de Los Prisioneros en Caracas en 2006?
Exactamente. Ahí nos peleamos con Jorge, se fue a México, yo me quedé acá, y el proyecto quedó totalmente botado. Y Matías se acercó a mí el 2010, me llama y me dice que quiere hacer la historia, porque era un proyecto muy personal, pero basada en la génesis de Los Prisioneros, cuando vivía en mi barrio. Me dijo “en esa parte encontré algo muy interesante que rescatar, que son los inicios de ustedes, cuando inventaron los primeros instrumentos, lo que pasó en tu barrio, el tema político”. Le respondí que no sabía si sería interesante, pero que me dejara pensarlo. Y a los pocos días me llama, y yo le digo, ya, hagámoslo. Y así fue, en realidad.
Matías Cruz ha dicho: “Elegí la historia de Miguel, porque es la más dramática, la adolescencia más difícil le tocó a él. Era el más pobre, su ambiente de barrio en términos políticos también fue muy duro ¿compartes esta descripción ?
No, no (ríe), porque, la verdad, no era el más pobre, ninguno de los tres, afortunadamente, fuimos pobres. Éramos clase media. Mi papá no tenía ninguna deuda, nunca faltó la comida en mi casa. La clase media de ahora tiene muchas cosas, pero están hasta el cuello y más arriba con las deudas, hasta que se mueran, y la educación y todo eso que es un tema infinito. Lo que pasa es que mi barrio era más activo políticamente; prácticamente todos eran obreros. Mi papá trabajaba en una fábrica textil, y bueno, los Palestro (la familia política militante del Partido Socialista, encabezada por el fallecido diputado Mario Palestro) son de San Miguel. Los tres vivíamos en la misma comuna, pero mi población se llama Miguel Munizaga; Jorge vivía en el paradero 18 de Gran Avenida, donde realmente no pasaba nada, porque eran casas más residenciales; y Narea vivía en una villa, una de las primeras de la época. Entonces, esos dos lugares donde ellos vivían eran muy tranquilos, pero donde vivía yo era de película.
Si, la imagen que deja la película es impresionante. Un extranjero pensaría que era Irak o Ciudad de Dios…
Claro, y ahí en la película aparece una detención por sospecha, pero a mí me llevaron detenido dos veces. Con Narea fuimos presos una vez juntos; después, otra vez, fui preso con Jorge y otros amigos; y Jorge por otro lado se fue preso con Narea… y así. No, si era llegar y llevar (risas). En la película también se ve, por ejemplo, como que de repente vienen a buscar a alguien, a un vecino. Todas esas cosas pasaban, que venían a buscar a alguien que estuvo detenido en el Estadio Nacional, que los soltaron, y después iban por ellos de nuevo. Los allanamientos también. Allá mataron a dos muchachos en la época de las protestas, muy cerca de mi casa. Pero la vida es así, nada más, po. Por decirte: el que nace rico tiene una realidad y se acostumbra a esa realidad, y el que nace de clase media, es así. Para nosotros era muy normal eso finalmente, eso es lo quiero decirte. Uno se acostumbra, así como ahora hay gente que está acostumbrada a vivir en los barrios llenos de violencia de los narcos, de cabros que andan armados.
La película muestra también las largas conversaciones que tenías con Jorge, algunas “casi existencialistas” cómo tú has definido…
Yo le hice harto hincapié de eso al Matías. Con Jorge teníamos hartas conversaciones existencialistas, muchas, muchas. Jorge vivía a nueve o diez cuadras de mi casa. En la noche, tipo nueve o diez yo lo iba a dejar a su casa. Después estábamos tan embalados en la conversa que él me pasaba a dejar a mí, y así, hasta que de repente llegábamos a un punto intermedio y ahí nos separábamos esa noche. Esto pasó muchas veces, con Jorge conversábamos harto. Claudio y Jorge enganchaban por un lado bien chistoso, ellos armaron un grupo que se llamaba Seudopillos. Hay unas grabaciones que están en el disco Ni por la razón ni por la fuerza, como El extremista. Ellos tenían ese enganche más cómico, más lúdico. Con Jorge yo tenía una conexión más política, más social… puede ser por el tema que pasaba en mi barrio. Y porque mi papá, por otro lado, siendo una persona clase obrera -que tiene 90 años y hasta el día de hoy se mantiene lúcido- toda la vida estuvo muy informado con lo que pasaba. Era socialista, y todo el tiempo tuvo súper claro para dónde iba la cuestión. O sea, cuando fue el plebiscito del 80 sabía lo que iba a pasar con la educación, lo que iba a pasar con los trabajadores, lo que iba a pasar con las AFP.
¿Has tenido algún feedback con Jorge respecto a qué le pareció la película?
Nada. Sólo sé que casualmente Jorge se encontró en la calle con Bruno Bettati, el productor de la película, dos días antes del estreno, y Jorge le pidió una copia. Es lo único que sé. De hecho, Jorge una semana antes ya había cedido todas sus canciones para la producción.
Y a Claudio Narea ¿le gustó?
No, no lo he visto.
¿No conversaste del tema con él durante la gira de la Teletón?
No, él no ha visto la película. Pero yo tampoco he leído el libro de Narea. O sea, yo no he leído ningún libro. No me interesa, con toda franqueza.
Tiene revelaciones bien fuertes.
Seguramente. Mi pareja, que es periodista, me dijo “Narea no te deja muy bien en algunas partes del libro”. Antes que ella me dijera eso, cuando empecé a tocar con Narea -para la Cumbre del Rock del 2009, parece- me llamó un periodista para decirme que el 2008 se cumplían no sé cuántos años del No. Le di mi opinión por teléfono. Me dice que ahora va a entrevistar a Narea, “ah, dale saludos”, le respondo. Con Narea estábamos peleados. Y sin duda se los dio, porque Narea me llamó como a los dos meses para decirme que iba a sacar su libro, aunque francamente creo que era para ponerse el parche antes de la herida, cachai. Que iba a sacar su libro, y que pucha, que habían temas, pero que él había descubierto algunas cosas y que aquí, que allá, y que con Jorge… Narea tiene muchos rollos con Jorge, y eso todo el mundo lo sabe, no tiene nada nuevo que lo diga yo. Y yo le dije “mira Claudio, si a ti te sirve el libro para sanar todos tus temas que tienes conmigo -y con Jorge, sobre todo- bien. Yo no tengo ningún problema. O sea, que bueno que te sirva”, esas fueron mis palabras. Siempre lo he dicho, yo nunca he leído el libro, tampoco lo voy a leer, y tampoco voy a leer el de Freddy Stock, y tampoco el de Julio Osses, tampoco leeré la entrevista a Jorge González.
Volviendo a Miguel San Miguel, allí se aprecia que fuiste tú quien le propuso a Jorge González formar una banda, y quien también sugirió el nombre Los Prisioneros tras unas breves horas como Los Criminales ¿fue así en la realidad? ¿Fuiste tú el fundador de la banda?
Sí, claro. Tal cual tú lo estás diciendo. Me considero tanto así, como sé que el autor y dueño de las espectaculares canciones y letras que se hicieron es Jorge González. Me puedo atribuir que el fundador de la banda fui yo. Afortunadamente me encontré con dos tipos que al poco rato les nació el bicho de armar un grupo, como a mí, porque yo lo traía de niño. Jorge y Claudio no lo habían pensado, a ellos les gustaba la música, pero nunca se habían proyectado en tener un grupo. Yo lo tenía tan metido en mi cabeza que me lo imaginaba, tal como se ve en la película en una escena en que estoy conversando con mi familia. Yo soñaba despierto: escuchaba las canciones de los Beatles, de Paul McCartney y me imaginaba tocando en un escenario con mi grupo, y como que me iba muy bien. Ése era mi sueño.
En la película se aprecia que desde muy temprano Jorge González y Claudio Narea tuvieron fuertes roces, y que en ese contexto tu cumpliste una función conciliadora…
Y eso fue así. Mira, la discusión que aparece en la película por la compra de un pedal para el bombo, fue tal cual. Creo que también sale en algunos libros, por lo que me han contado. Pero eso fue una peleita chica, porque la pelea grande fue en la época de Corazones, cuando hubo este lío de faldas entre los muchachos. Ahí claro mi tema era “hay que sostener como sea este barco”, porque mi tema era el grupo, seguir parando el proyecto que era mi sueño.
¿Te imaginas una segunda parte con la historia de Los Prisioneros? Por ejemplo, como sugería un fan en un portal, una que muestre cómo fue la disolución antes de Corazones…
Podría existir una segunda parte ah… mira, como te comenté hace un rato, cuando Matías me sugirió hacer una película con mi historia, yo le dije “no sé si será interesante”, dudé… y bueno, resultó una película que igual ha gustado y que a mí me ha gustado también. Ahora, también podría ser que más adelante se pudiera hacer una película con el resto de la historia. O sea, sin duda, hay mucha historia que contar.
Se podría hacer una zaga…
Alguna vez nosotros fuimos a tocar a Arica y la gente de la CNI nos quiso raptar, ponte tú. Terminamos un show y recuerdo que había dos vehículos, y la gente nos tironeaba para un vehículo, y otra gente nos tiraba para otro vehículo. Nosotros tirábamos pa allá… y pa acá. Nos agarraban, pero era como “escóndanse porque viene el público”. Finalmente nos subimos a un vehículo que era el correcto. Claudio y Jorge no se dieron cuenta de esto, porque por sus personalidades son más volaos de algún modo, pero yo caché que algo raro estaba pasando porque era mucho tironeo, imagínate que me quedó grabado. Cuando llegamos al hotel, cenamos y después llegó el productor que nos llevó, y nos dice “miren muchachos, les quiero contar que pasó una situación: hubo gente que no sabíamos de dónde era, que los quería llevar a ustedes para otro lado, y que no tenía que ver con nuestro equipo”. Ahí quedamos. Yo creo que fue lo más cercano que anduvimos de las manos de estos personajes. Fue en la época de Pateando Piedras.
“Veo difícil que nos juntemos a tocar alguna vez”
En tus últimas declaraciones te has abierto a la posibilidad de que la banda se vuelva a reunir, con declaraciones como “sé que la vida tiene muchas vueltas y hay que dejar que las cosas fluyan” ¿Lo ves posible?
Sí, pero desde mi punto de vista, nada más.
Es decir, por ti no habría problemas.
En el fondo eso quiero decir, pero no digo que lo vayamos a hacer ni nada de eso.
Más allá de ti ¿ves alguna posibilidad?
No, lo veo difícil, muy difícil. Pero en los 90, en que estuvimos todos separados, con Narea y Jorge nos juntamos en un par de oportunidades y tocamos juntos, aunque nadie supo. Tocamos en la sala de ensayo de Balmaceda (1215) y otra en la sala de ensayo de Jorge. Es como si de repente yo me encuentro un día con Jorge y Claudio y les digo ¿vamos a tocar a mi sala de ensayo?, y nos juntamos, sin nada de público. A mí, cuando me preguntaron sobre este tema, la verdad es que contesté pensando en eso, que nosotros nos podíamos encontrar.
Si se juntaron a ensayar es porque no están tan peleados entonces…
Claro. Pero en este momento estamos más separados que antes, creo yo, porque con Jorge nos peleamos hace tiempo, no hemos hablado más. Narea también sigue con sus resquemores con Jorge. Es difícil, pero pienso que la vida tiene muchas vueltas.
Claro, tampoco se puede escupir al cielo.
Lo digo por vueltas de la vida, ah, no hablo de juntarnos porque necesitamos plata. La vida es así, a veces te va bien y otras mal, puede ser que nos juntemos a tocar alguna vez, pero yo lo veo difícil. No tengo ninguna gana en este momento, por lo menos de hacerlo. Estoy tranquilo, puedo vivir bien, austeramente.
Desde Pirque el ex batero de Los Prisioneros cuenta sobre el grupo, su encuentro con la tradición de los payadores y sobre su gusto por la música latinoamericana.
En un sector de parcelas llamado Luna de Pirque, en dirección al Cajón del Maipo, está el cuartel de operaciones de Miguel Orlando Tapia Mendoza. Allí, entre las faldas de la imponente cordillera, caminos de ripio y spa alternativos, el ex baterista de Los Prisioneros decidió hace unos años construir su hogar, el que incluye una acondicionada sala de ensayos donde desarrolla su diversos proyectos profesionales.
Un entorno bucólico y extremadamente tranquilo para alguien que podría – sin complejos ni riesgo a equivocarse- calificarse como un auténtico rock star chileno. Un músico sanmiguelino de origen más bien modesto y adolescencia tímida, que integró la banda más popular en la historia del rock chileno, creadora de himnos trans-generacionales (uno de ellos, Quién mató a Marilyn, es de su autoría), que vendió miles de discos, y cuya canción Tren al sur obtuvo el premio Mejor video latino de la cadena MTV. Que para su regreso en 2001 llenó dos veces el Estadio Nacional, y cuyas bizarras peleas entre sus integrantes -como si el asunto se tratara de género o formato- estuvieron a la altura de todo gran fenómeno pop.
Sin embargo, hoy Miguel Tapia está lejos de enrollarse con su pasado. Tampoco se cree el cuento en demasía. En Pirque vive desde 2008, en una casa que construyó con sus propias manos, ayudado por un maestro de la construcción.
“Me encanta trabajar, yo tengo esa faceta. De hecho, tengo mis herramientas que las guardo en otra parte, porque para mí valen tanto como mis instrumentos. Me da la mismo si me roban un televisor, pero si se llevan una sierra eléctrica me joden, porque trabajar con esas herramientas, es lo que me entretiene, me relaja”, cuenta el batero.
Cerca de ahí, por el sector de El Manzano, viven y estudian sus dos hijos de nueve y once años. “Ni siquiera tengo que ir a Santiago cuando los voy a buscar al colegio”, cuenta Tapia con cierta satisfacción. “Soy muy aficionado a la astronomía y al mayor también le gusta mucho, influenciado por mí. Acá tengo mi telescopio, mis libros. No he tomado ningún curso ni nada, pero sé bastante del tema porque es mi hobby”, asegura.
También le gusta la sanación vía magnetismo con imanes, la cual ha aprendido a través de Leo, un amigo suyo.
Sin embargo, tanta tranquilidad no alcanza a espantar los males de toda gran urbe: ya le han entrado a robar tres veces. Confiesa que está harto que le rompan la puerta y la chapa. Incluso le envenenaron una perra guardiana. Aún así, asegura que está feliz. “Son opciones, te fijas, poder vivir acá, ir lo menos posible a Santiago. Yo incluso he pensando irme más al sur en algunos años más. A Valdivia”.
No obstante, y a pesar de su claustro voluntario, Los Prisioneros y sus circunstancias siempre aparecerán por ahí de tanto en tanto en la vida de Miguel. Ahora, es el estreno de Miguel San Miguel, la primera película chilena que recrea la historia de su banda madre, lo que lo trae de vuelta a los inicios de su propia historia, cuando junto a Jorge González y Claudio Narea conformaba un trío de adolescentes sanmiguelinos que soñaba con formar una famosa banda de rock. Dirigida por Matías Cruz, el largometraje plasma en un formato blanco y negro los difíciles años 80, en donde los jóvenes aprenden los primeros secretos del oficio musical, entre la represión de la dictadura y la música de bandas como The Clash, Kiss y The Beatles.
“Me gusta tocar en lugares pequeños, íntimos”
Un elegante piano de fino sonido, acompañado de una serie de instrumentos acústicos, componen la mayor parte del equipamiento de la sala de ensayo de Miguel Tapia. Allí, junto a Leo, un bajista cubano que fue famoso en su país en los 70 con una banda de rock; el Choco, guatemalteco que toca la guitarra, y Gabriela, una cantante que vivió muchos años en Brasil, da rienda a un viejo sueño: hacer un recorrido por las raíces de la música latinoamericana.
Miguel, por su parte, se encarga del cajón peruano, tumbadora y los bongoes. También usa secuencias. “Eso es como mi aporte al tema. Hacemos unas cositas medio electrónicas pero finas, muy finas, para que la mezcla no sea a la fuerza, porque cuando son forzadas son malas. Está súper choro”, cuenta.
Son varios los factores que entusiasman a Tapia en este proyecto. El primero, que se trata de un grupo de viejos amigos; el segundo, su temprana relación con el folklore: creció escuchando -de la mano de sus padres, hermanos y tíos- a Víctor Jara y la música de la Nueva Canción chilena. Tal como ilustran algunas escenas de Miguel San Miguel. “Eso me gusta un poco de la película, se muestra ese lado que no se conocía”, dice el baterista. “En la época de las giras con Los Prisioneros viajé a Colombia, y me traje mucha música de ahí, al igual que de otros países”.
El tercer factor que le entusiasma es la ausencia de presiones u altas expectativas. “Este proyecto no lo estamos haciendo para hacer carrera o ganar lucas, porque afortunadamente todos tenemos nuestras profesiones”, asegura Tapia. “El grupo aún no tiene nombre pero la música se llama Travesía: hay canciones propias, pero también hay son cubano, clásicos de vallenato, de Colombia, y, obviamente, también hay un poquito de bossa nova. Es como mi chochería en este momento”, reconoce el ex Prisionero.
¿Tienen planes para sacar pronto un disco?
Sí, vamos a sacar un disco de todas maneras. Lo queremos grabar y tocar. La otra vez tocamos por primera vez los cuatro juntos y nos fue súper bien, fue en un local muy pequeñito, como para 200 y tantas personas. Ahora estamos partiendo con expectativas, pero de inicio (el proyecto) era puro relajo no más.
Tapia cuenta que en Pirque, hasta hace pocos años, vivió un gran folklorista experto en el guitarrón chileno, llamado Santos Rubio, muy conocido dentro del mundo de los payadores, y que también era ciego. Asegura que su abuelo le enseñó a la Violeta Parra todo lo relacionado al “canto de lo humano y lo divino”, una suerte de paya improvisada antiquísima, que la matriarca musical chilena fue a conocer y a aprender por esos pagos.
El baterista y sus amigos, tras conocer a Santos, y constatar el valioso hallazgo folklórico que tenían entre manos, decidieron grabar un disco íntegro con sus canciones. También planean publicar un libro basado en sus conversaciones.
Estás todo un investigador del folklore, no lo imaginaba en ti.
Cuando armamos aquí el estudio, le sugerí al Leo que al primero que grabáramos fuera a Santos Rubio. Hasta que vino un día para acá, era un viejito, un personaje. El que también grabó cosas de él, como al año después, fue el hermano del Álvaro Henríquez, Gonzalo, pero lo grabó con otra gente, no como un disco solista de este caballero. Santos me contó muchas historias sobre cuando tocó con la Violeta, cuando la conoció. Recuerdo que un día puse un disco en mi computador y le pregunto: “Santito ¿este instrumento que suena aquí es un guitarrón?” Y el viejito me responde con otra pregunta: “¿Ese disco es de Víctor Jara?”, sí, le respondí. “Pon la canción número 12”. Él reconoció el disco, escuchamos la canción, y aparece la voz de Víctor Jara diciendo “vamos santito con la primera patita”. Caaacha, po, ahí quedé. Y el Leo, ciego, sirviendo un café, y este otro caballero ciego también, y yo ahí (risas). Esa es la historia.
De forma paralela, y como ancla con su perfil más mediático, Tapia también trabaja desde 2009 en un proyecto en conjunto con su viejo partner Claudio Narea, denominado simplemente Narea-Tapia. En 2011 subieron a la web tres sencillos, Fiesta Nuclear (que quedó fuera del disco Los Prisioneros de 2003), Legitimar y No me ves y el resultado sorprendió a todos: en tres meses, según su sitio, se registraron un millón 500 mil descargas. “Fue heavy, descargaron de todas partes, de Europa, hasta de Japón. Nosotros, cuando fuimos a tocar a España, nos encontramos con muchos chilenos, obvio, pero también había gente de Ecuador, venezolanos, peruanos, colombianos. Los Prisioneros siempre fueron muy fuertes en Latinoamérica, sobre todo en Sudamérica. Entonces, nada de raro que un peruano o un ecuatoriano en Japón haya bajado los temas”, reflexiona el batero.
-Y con ese impulso ¿no les dio ganas de hacer un lanzamiento a mayor escala de este proyecto?
-En eso estábamos, pero tuvimos ahí un quiebre con un mánager, que en realidad se fue porque no nos gustaba cómo estaba manejando el tema. Y nos fuimos a tocar afuera en ese momento. Fuimos a Venezuela, Colombia, y como que dejamos de lado un poco acá. Ahora nos gustaría retomarlo, pero es distinto para mí ahora ¿sabes? Creo que pasa harto por ese tema: yo estoy mucho más pasivo con el tema de hacer carrera.
-¿De verdad no te dan ganas de volver a la masividad? ¿A grandes recintos que estén repletos, ser invitado a programas de televisión, a todo ese mundo?
-No, no. Me gusta tocar en lugares pequeños, íntimos (…)
“Nunca fuimos pobres”
“Miguel San Miguel es un proyecto de Matías Cruz. O sea, es algo muy personal, pero yo jamás habría escrito un libro contando mi historia, ni mucho menos una película. Mi ego no es tan grande”, parte aclarando de entrada Miguel Tapia. Miguel San Miguel, en rigor, es un proyecto de su director, Matías Cruz, y resultó tras un largo proceso iniciado en 2004. En principio, la idea era más ambiciosa: rodar la historia completa de la banda. Sn embargo, el proyecto se desmoronó tras la quiebra de una de las compañías productoras.
De todas formas, tú asesoraste a Cruz en el guión…
Obvio. Es que a eso voy, no es que yo llamé a Matías y le dije: “Sabes que quiero contar mi verdad”… no. Él hace años andaba buscando la posibilidad de hacer una historia de Los Prisioneros. Años. Habló con Jorge y nos convenció cuando Narea ya no estaba en la banda, era la segunda etapa (de la reunión de Los Prisioneros). Te estoy hablando del 2005, más o menos. Le dimos el vamos a Matías, y empezó a hacer entrevistas con Jorge y conmigo. Nos juntamos varias veces y ahí partió el proyecto. Tanto así que si bien Matías empezó a escribir los primeros bocetos del guión, el que vino a “hacerlo” a Chile fue el mismo que escribió el de Estación Central, una película brasileña que ganó un Oscar. Ese guionista vino a Chile, se juntó con Matías, escribió el primer guión de la película -que lo tengo- estuvo en mi barrio, en el barrio de Narea, en el barrio de Jorge, se impregnó un poquito del tema, y escribió un guión interesante, al que hice unas pocas correcciones después. Pero la productora que iba a poner las lucas quebró, así es que el proyecto también quedó ahí, stand by. Y después pasó, no sé, un tiempo largo, y Matías lo intentó de nuevo con otra gente, con una productora que era -creo- de la hija de Littín (Miguel). Y ahí también tuvo unos problemas, y también se cayó. Y en ese momento Jorge y yo ya no estábamos tocando juntos, para variar nos habíamos peleado.
¿Eso fue tras la última actuación de Los Prisioneros en Caracas en 2006?
Exactamente. Ahí nos peleamos con Jorge, se fue a México, yo me quedé acá, y el proyecto quedó totalmente botado. Y Matías se acercó a mí el 2010, me llama y me dice que quiere hacer la historia, porque era un proyecto muy personal, pero basada en la génesis de Los Prisioneros, cuando vivía en mi barrio. Me dijo “en esa parte encontré algo muy interesante que rescatar, que son los inicios de ustedes, cuando inventaron los primeros instrumentos, lo que pasó en tu barrio, el tema político”. Le respondí que no sabía si sería interesante, pero que me dejara pensarlo. Y a los pocos días me llama, y yo le digo, ya, hagámoslo. Y así fue, en realidad.
Matías Cruz ha dicho: “Elegí la historia de Miguel, porque es la más dramática, la adolescencia más difícil le tocó a él. Era el más pobre, su ambiente de barrio en términos políticos también fue muy duro ¿compartes esta descripción ?
No, no (ríe), porque, la verdad, no era el más pobre, ninguno de los tres, afortunadamente, fuimos pobres. Éramos clase media. Mi papá no tenía ninguna deuda, nunca faltó la comida en mi casa. La clase media de ahora tiene muchas cosas, pero están hasta el cuello y más arriba con las deudas, hasta que se mueran, y la educación y todo eso que es un tema infinito. Lo que pasa es que mi barrio era más activo políticamente; prácticamente todos eran obreros. Mi papá trabajaba en una fábrica textil, y bueno, los Palestro (la familia política militante del Partido Socialista, encabezada por el fallecido diputado Mario Palestro) son de San Miguel. Los tres vivíamos en la misma comuna, pero mi población se llama Miguel Munizaga; Jorge vivía en el paradero 18 de Gran Avenida, donde realmente no pasaba nada, porque eran casas más residenciales; y Narea vivía en una villa, una de las primeras de la época. Entonces, esos dos lugares donde ellos vivían eran muy tranquilos, pero donde vivía yo era de película.
Si, la imagen que deja la película es impresionante. Un extranjero pensaría que era Irak o Ciudad de Dios…
Claro, y ahí en la película aparece una detención por sospecha, pero a mí me llevaron detenido dos veces. Con Narea fuimos presos una vez juntos; después, otra vez, fui preso con Jorge y otros amigos; y Jorge por otro lado se fue preso con Narea… y así. No, si era llegar y llevar (risas). En la película también se ve, por ejemplo, como que de repente vienen a buscar a alguien, a un vecino. Todas esas cosas pasaban, que venían a buscar a alguien que estuvo detenido en el Estadio Nacional, que los soltaron, y después iban por ellos de nuevo. Los allanamientos también. Allá mataron a dos muchachos en la época de las protestas, muy cerca de mi casa. Pero la vida es así, nada más, po. Por decirte: el que nace rico tiene una realidad y se acostumbra a esa realidad, y el que nace de clase media, es así. Para nosotros era muy normal eso finalmente, eso es lo quiero decirte. Uno se acostumbra, así como ahora hay gente que está acostumbrada a vivir en los barrios llenos de violencia de los narcos, de cabros que andan armados.
La película muestra también las largas conversaciones que tenías con Jorge, algunas “casi existencialistas” cómo tú has definido…
Yo le hice harto hincapié de eso al Matías. Con Jorge teníamos hartas conversaciones existencialistas, muchas, muchas. Jorge vivía a nueve o diez cuadras de mi casa. En la noche, tipo nueve o diez yo lo iba a dejar a su casa. Después estábamos tan embalados en la conversa que él me pasaba a dejar a mí, y así, hasta que de repente llegábamos a un punto intermedio y ahí nos separábamos esa noche. Esto pasó muchas veces, con Jorge conversábamos harto. Claudio y Jorge enganchaban por un lado bien chistoso, ellos armaron un grupo que se llamaba Seudopillos. Hay unas grabaciones que están en el disco Ni por la razón ni por la fuerza, como El extremista. Ellos tenían ese enganche más cómico, más lúdico. Con Jorge yo tenía una conexión más política, más social… puede ser por el tema que pasaba en mi barrio. Y porque mi papá, por otro lado, siendo una persona clase obrera -que tiene 90 años y hasta el día de hoy se mantiene lúcido- toda la vida estuvo muy informado con lo que pasaba. Era socialista, y todo el tiempo tuvo súper claro para dónde iba la cuestión. O sea, cuando fue el plebiscito del 80 sabía lo que iba a pasar con la educación, lo que iba a pasar con los trabajadores, lo que iba a pasar con las AFP.
¿Has tenido algún feedback con Jorge respecto a qué le pareció la película?
Nada. Sólo sé que casualmente Jorge se encontró en la calle con Bruno Bettati, el productor de la película, dos días antes del estreno, y Jorge le pidió una copia. Es lo único que sé. De hecho, Jorge una semana antes ya había cedido todas sus canciones para la producción.
Y a Claudio Narea ¿le gustó?
No, no lo he visto.
¿No conversaste del tema con él durante la gira de la Teletón?
No, él no ha visto la película. Pero yo tampoco he leído el libro de Narea. O sea, yo no he leído ningún libro. No me interesa, con toda franqueza.
Tiene revelaciones bien fuertes.
Seguramente. Mi pareja, que es periodista, me dijo “Narea no te deja muy bien en algunas partes del libro”. Antes que ella me dijera eso, cuando empecé a tocar con Narea -para la Cumbre del Rock del 2009, parece- me llamó un periodista para decirme que el 2008 se cumplían no sé cuántos años del No. Le di mi opinión por teléfono. Me dice que ahora va a entrevistar a Narea, “ah, dale saludos”, le respondo. Con Narea estábamos peleados. Y sin duda se los dio, porque Narea me llamó como a los dos meses para decirme que iba a sacar su libro, aunque francamente creo que era para ponerse el parche antes de la herida, cachai. Que iba a sacar su libro, y que pucha, que habían temas, pero que él había descubierto algunas cosas y que aquí, que allá, y que con Jorge… Narea tiene muchos rollos con Jorge, y eso todo el mundo lo sabe, no tiene nada nuevo que lo diga yo. Y yo le dije “mira Claudio, si a ti te sirve el libro para sanar todos tus temas que tienes conmigo -y con Jorge, sobre todo- bien. Yo no tengo ningún problema. O sea, que bueno que te sirva”, esas fueron mis palabras. Siempre lo he dicho, yo nunca he leído el libro, tampoco lo voy a leer, y tampoco voy a leer el de Freddy Stock, y tampoco el de Julio Osses, tampoco leeré la entrevista a Jorge González.
Volviendo a Miguel San Miguel, allí se aprecia que fuiste tú quien le propuso a Jorge González formar una banda, y quien también sugirió el nombre Los Prisioneros tras unas breves horas como Los Criminales ¿fue así en la realidad? ¿Fuiste tú el fundador de la banda?
Sí, claro. Tal cual tú lo estás diciendo. Me considero tanto así, como sé que el autor y dueño de las espectaculares canciones y letras que se hicieron es Jorge González. Me puedo atribuir que el fundador de la banda fui yo. Afortunadamente me encontré con dos tipos que al poco rato les nació el bicho de armar un grupo, como a mí, porque yo lo traía de niño. Jorge y Claudio no lo habían pensado, a ellos les gustaba la música, pero nunca se habían proyectado en tener un grupo. Yo lo tenía tan metido en mi cabeza que me lo imaginaba, tal como se ve en la película en una escena en que estoy conversando con mi familia. Yo soñaba despierto: escuchaba las canciones de los Beatles, de Paul McCartney y me imaginaba tocando en un escenario con mi grupo, y como que me iba muy bien. Ése era mi sueño.
En la película se aprecia que desde muy temprano Jorge González y Claudio Narea tuvieron fuertes roces, y que en ese contexto tu cumpliste una función conciliadora…
Y eso fue así. Mira, la discusión que aparece en la película por la compra de un pedal para el bombo, fue tal cual. Creo que también sale en algunos libros, por lo que me han contado. Pero eso fue una peleita chica, porque la pelea grande fue en la época de Corazones, cuando hubo este lío de faldas entre los muchachos. Ahí claro mi tema era “hay que sostener como sea este barco”, porque mi tema era el grupo, seguir parando el proyecto que era mi sueño.
¿Te imaginas una segunda parte con la historia de Los Prisioneros? Por ejemplo, como sugería un fan en un portal, una que muestre cómo fue la disolución antes de Corazones…
Podría existir una segunda parte ah… mira, como te comenté hace un rato, cuando Matías me sugirió hacer una película con mi historia, yo le dije “no sé si será interesante”, dudé… y bueno, resultó una película que igual ha gustado y que a mí me ha gustado también. Ahora, también podría ser que más adelante se pudiera hacer una película con el resto de la historia. O sea, sin duda, hay mucha historia que contar.
Se podría hacer una zaga…
Alguna vez nosotros fuimos a tocar a Arica y la gente de la CNI nos quiso raptar, ponte tú. Terminamos un show y recuerdo que había dos vehículos, y la gente nos tironeaba para un vehículo, y otra gente nos tiraba para otro vehículo. Nosotros tirábamos pa allá… y pa acá. Nos agarraban, pero era como “escóndanse porque viene el público”. Finalmente nos subimos a un vehículo que era el correcto. Claudio y Jorge no se dieron cuenta de esto, porque por sus personalidades son más volaos de algún modo, pero yo caché que algo raro estaba pasando porque era mucho tironeo, imagínate que me quedó grabado. Cuando llegamos al hotel, cenamos y después llegó el productor que nos llevó, y nos dice “miren muchachos, les quiero contar que pasó una situación: hubo gente que no sabíamos de dónde era, que los quería llevar a ustedes para otro lado, y que no tenía que ver con nuestro equipo”. Ahí quedamos. Yo creo que fue lo más cercano que anduvimos de las manos de estos personajes. Fue en la época de Pateando Piedras.
“Veo difícil que nos juntemos a tocar alguna vez”
En tus últimas declaraciones te has abierto a la posibilidad de que la banda se vuelva a reunir, con declaraciones como “sé que la vida tiene muchas vueltas y hay que dejar que las cosas fluyan” ¿Lo ves posible?
Sí, pero desde mi punto de vista, nada más.
Es decir, por ti no habría problemas.
En el fondo eso quiero decir, pero no digo que lo vayamos a hacer ni nada de eso.
Más allá de ti ¿ves alguna posibilidad?
No, lo veo difícil, muy difícil. Pero en los 90, en que estuvimos todos separados, con Narea y Jorge nos juntamos en un par de oportunidades y tocamos juntos, aunque nadie supo. Tocamos en la sala de ensayo de Balmaceda (1215) y otra en la sala de ensayo de Jorge. Es como si de repente yo me encuentro un día con Jorge y Claudio y les digo ¿vamos a tocar a mi sala de ensayo?, y nos juntamos, sin nada de público. A mí, cuando me preguntaron sobre este tema, la verdad es que contesté pensando en eso, que nosotros nos podíamos encontrar.
Si se juntaron a ensayar es porque no están tan peleados entonces…
Claro. Pero en este momento estamos más separados que antes, creo yo, porque con Jorge nos peleamos hace tiempo, no hemos hablado más. Narea también sigue con sus resquemores con Jorge. Es difícil, pero pienso que la vida tiene muchas vueltas.
Claro, tampoco se puede escupir al cielo.
Lo digo por vueltas de la vida, ah, no hablo de juntarnos porque necesitamos plata. La vida es así, a veces te va bien y otras mal, puede ser que nos juntemos a tocar alguna vez, pero yo lo veo difícil. No tengo ninguna gana en este momento, por lo menos de hacerlo. Estoy tranquilo, puedo vivir bien, austeramente.
lunes, octubre 15, 2012
La voz de Miguel
La Tercera
Fue el Ringo Starr de Los Prisioneros. El que debía poner paños fríos a los fuegos del vocalista Jorge González y el guitarrista Claudio Narea. Pero una película que se estrena en noviembre reivindica al baterista como el principal motor del grupo. Miguel Tapia vuelve al barrio de su infancia después de una década, a desentrañar esa historia.
por Gabriela García
Mediodía en San Miguel. Un hombre asomado a la ventana del segundo piso de una casa amarilla, grita: “¿Te gustan los murales?”. El transeúnte que está fotografiando con el celular la pintura que cubre su fachada, levanta la vista.
“Pasa”, dice Roberto y en el living le entrega un libro y un DVD sobre el Museo a cielo abierto de San Miguel, un proyecto barrial que, desde 2009, convoca a pintores y graffiteros a colorear los muros de los clásicos blocks de la población Miguel Munizaga Mossino, en Avenida Departamental.
“El primero fue el de Los Prisioneros”, dice el gestor y muestra una foto del mural de 80 metros cuadrados que está en la vereda norte de Departamental. Allí aparece el trío de músicos, rodeado de cajones de frutas y verduras como en el video Maldito Sudaca. “Narea es el que menos se parece, pero los otros dos están igualitos. Son el emblema popular del barrio, crecieron acá”, cuenta.
-Es que el Claudio siempre fue más feo -bromea de vuelta el desconocido visitante. Quince minutos después, Roberto por fin abre los ojos.
-¿Miguel, eres tú? -exclama sorprendido.
-¿Nos conocemos? -dice Miguel Tapia, el baterista de Los Prisioneros.
-Nos veníamos caminando juntos del Liceo 6. Mi grupo venía hablando de chiquillas y el tuyo de pura música. Vivía al frente tuyo. Era amigo del Marco Cuevas, el que te tiraba piedras desde su ventana cuando empezaste a tocar la batería.
Roberto y Miguel se acercan a los 50 años, pero esa tarde ríen como dos cabros chicos. La conversación deriva en un tal Joselo, el compañero que copiaba los demos de la banda en casete y los distribuía entre los alumnos a fines de los 70, cuando Miguel y sus amigos aún no debutaban en el Festival de la Canción del Instituto Miguel León Prado como Los Prisioneros, sino que se hacían llamar Los Vinchucas y tocaban temas como Paramar y Quién mató a Marilyn. Eran sus primeras presentaciones en el salón de actos de la misma escuela donde la profesora de matemáticas ridiculizó a Miguel frente al curso, diciéndole que no llegaría a ningún lado, frente a una foto de Pinochet con la bandera chilena de fondo.
La patria de Tapia se encuentra en esas calles. Específicamente, en ese barrio de la infancia, delimitado al sur por Avenida Departamental, al norte por calle Carlos Edwards, al poniente por la Panamericana Sur y al oriente por la calle Gauss.
Su casa -blanca, de dos pisos- se yergue en ese cuadrante y se ubica en Teodoro Schmidt 5319. Su familia ya no vive allí, pero sigue siendo una de las pocas que hay en la población obrera en medio de edificios de cuatro pisos levantados en los 60. De las ventanas cuelgan ropas de todos los colores. Y los perros aúllan, como en la introducción de la canción El baile de los que sobran. “Aquí tuve las primeras pololas, los primeros amigos, aquí empezaron las primeras ilusiones de armar una banda. Aquí fui feliz”, dice Miguel.
No venía hace 10 años.
San Miguel es como el Liverpool de Los Prisioneros, pero Miguel pasará más de una hora en el barrio sin que nadie lo reconozca. Cuando en 1983 se hizo baterista del grupo, sólo se preocupó de una cosa: de llevar el pulso musical de la banda a través de su instrumento. Y no podía desconcentrarse. Ese concepto se traspasó en el modo en que ha regido su vida.
Mucho antes, sin embargo, caminó innumerables veces por la Gran Avenida con sus compañeros de curso, Jorge González y Claudio Narea. Se venían juntos al terminar las clases y Miguel le daba golpes con lápiz bic al maletín mientras cantaban a Gary Numan. “Cuando llegábamos a mi casa nos separábamos porque la de Jorge quedaba a 10 cuadras y la de Claudio, cruzando la Panamericana. Aquí, también, nos detuvieron los pacos. Los barrios de ellos eran mucho más tranquilos que el mío. Aquí los allanamientos eran espantosos. A veces Jorge se tenía que quedar pues era imposible salir”, cuenta.
De esa realidad social y política, que Miguel le transmitiría a sus amigos, saldrían las letras del grupo. “En ese block que está al frente, los pacos tiraban las lacrimógenas y en esa plaza de la esquina mataron a un cabro en toque de queda. Una vez también explotó una casa. Adentro estaban fabricando explosivos. Con eso me crié, con eso crecí”, dice.
De los testimonios de Miguel sobre la etapa inicial de Los Prisioneros se hizo una película. Miguel San Miguel, dirigida por Matías Cruz, se acaba de estrenar en el Festival de Cine de Valdivia, llega a cines en noviembre y da cuenta de esa precuela. El baterista, hospedado en el mismo Hotel Melillanca donde en los 80 se quedó con la banda para promocionar el disco Pateando piedras, recordó los buenos tiempos. La cinta es una biografía que Miguel, a diferencia de sus compañeros, nunca escribió.
“Un día fuimos hasta Providencia a pie. Tres horas de recorrido hasta dar con una disquería. Queríamos un disco de The Clash, pero no lo encontramos y regresamos con las manos vacías”, dijo Miguel, tras salir de la función. Afuera lo esperaba Miguel Barriga, del grupo Sexual Democracia. “Lo que para ustedes fue The Clash, para nosotros fueron Los Prisioneros. Era estudiante cuando los traje a un gimnasio de Valdivia. ¿Te acuerdas, Miguel?”. El batero asiente. “Ni Jorge ni Claudio pensaron en tener un grupo. Al menos, no de manera profesional. Yo, en cambio, lo tenía asimilado. Era mi sueño. Y tal vez por eso nunca me extrañó que lográramos éxito”.
Aunque Miguel fue el primero de los tres en conseguir polola, de todos los integrantes fue el más callado. Por ser el último de siete hijos, escuchaba y veía más de lo que hablaba. Entre sus recuerdos, fragmentados en imágenes, está su padre -empleado de una fábrica textil y socialista- sintonizando la radio a pilas, Jaime Guzmán anunciando el “Chile nuevo” un día antes del golpe por la tele, la pared blanca por la que doblaba para ir al colegio con marcas de balas, su hermano Carlos tocando Los Chalchaleros y Cuncumén en el living y dos objetos en sus manos: el vinilo de Revolver, de The Beatles, y un aviso en el diario: ese que anunciaba que se vendía una batería a $ 12.000 en Santa Rosa, y que lo obsesionó: Miguel quería tener una banda y así se lo transmitió a González. Juntos fueron a comprarla en micro. “Jorge siempre fue más para afuera, tenía una personalidad complicada, pero a pesar de eso, éramos yuntas. Hacer Los Prisioneros sólo se pudo cumplir sobre la base de esa amistad. Imagínate que la batería la llevábamos a pata hasta su casa, en un carro de feria. Tenía una pelota de golf en el pedal”, cuenta.
Miguel se transformó en el motor de ese sueño. Mientras sus compañeros se peleaban por quién iba a tocar la guitarra, su bombo seguía actuando como un cable a tierra. “Pasé muchos años tratando de mantener estas dos personas unidas porque eso significaba, para mí, seguir con el proyecto más importante de mi vida. Los bateros no pueden perder la calma, son el corazón de una banda. Y cuando perdí esa calma, se acabó”. Fue después del reencuentro en 2001, Miguel y Jorge se pelearon en el aeropuerto y dejaron de hablarse.
Puede que Miguel haya sobrevivido a esa separación porque había sufrido peores experiencias. Cuando nació, hace 48 años, los médicos lo desahuciaron apenas nacido y su madre quedó hospitalizada por una incompatibilidad sanguínea. “Me hicieron tres transfusiones de sangre y me salvé”, dice. Años más tarde, cuando Miguel ya estaba en segundo medio, esa misma madre sufriría una trombosis que la dejaría sin poder hablar. Miguel, que vivió con ella en su casa de San Miguel hasta los 27 años, le cantaba las canciones de Los Prisioneros para subirle el ánimo y le decía lo famosos que eran.
Hacer Los Prisioneros fue una conquista, pero al final de cuentas fue el sueño íntimo de un cabro de clase media baja. Después de llenar estadios en Colombia o Perú, Miguel volvía al mismo barrio y era el mismo de siempre. “Recuerdo que era tanto el contraste que me daban angustias. Me acuerdo de estar mirando un domingo las ropas colgadas de mis vecinos sin poderla creer. Pero ahora pienso que fueron todas esas cosas las que me dieron una muy buena huincha de medir la realidad que me tocó vivir”.
Miguel Tapia habita en una parcela de cinco mil metros cuadrados, en Pirque. Aunque tiene una pareja hace nueve años y dos hijos de un matrimonio anterior, allí vive solo, desde 2008. Los días los pasa haciendo regadío con mangas, podando abedules, buscando con un telescopio estrellas o dando de comer a sus caballos Trueno y Tormenta. No tiene una batería. Hoy vive de los derechos de autor, de lo que le dan sus bienes raíces y sus tocatas.
Con Jorge son concuñados, pero no se ven. Con Claudio ofrece algunos shows, pero su relación es estrictamente musical. “El otro día mis hijos me contaron que sus compañeros en el colegio le dijeron que tenían un papá famoso. Yo nunca les hablé de Los Prisioneros, ¿para qué?”.
En Teodoro Schmidt tampoco necesita hablar de eso. Entre la multitud y los bocinazos, Miguel Tapia se detiene frente al mural de Los Prisioneros como cualquier peatón. Ha vuelto al origen. A ser uno más.
Fue el Ringo Starr de Los Prisioneros. El que debía poner paños fríos a los fuegos del vocalista Jorge González y el guitarrista Claudio Narea. Pero una película que se estrena en noviembre reivindica al baterista como el principal motor del grupo. Miguel Tapia vuelve al barrio de su infancia después de una década, a desentrañar esa historia.
por Gabriela García
Mediodía en San Miguel. Un hombre asomado a la ventana del segundo piso de una casa amarilla, grita: “¿Te gustan los murales?”. El transeúnte que está fotografiando con el celular la pintura que cubre su fachada, levanta la vista.
“Pasa”, dice Roberto y en el living le entrega un libro y un DVD sobre el Museo a cielo abierto de San Miguel, un proyecto barrial que, desde 2009, convoca a pintores y graffiteros a colorear los muros de los clásicos blocks de la población Miguel Munizaga Mossino, en Avenida Departamental.
“El primero fue el de Los Prisioneros”, dice el gestor y muestra una foto del mural de 80 metros cuadrados que está en la vereda norte de Departamental. Allí aparece el trío de músicos, rodeado de cajones de frutas y verduras como en el video Maldito Sudaca. “Narea es el que menos se parece, pero los otros dos están igualitos. Son el emblema popular del barrio, crecieron acá”, cuenta.
-Es que el Claudio siempre fue más feo -bromea de vuelta el desconocido visitante. Quince minutos después, Roberto por fin abre los ojos.
-¿Miguel, eres tú? -exclama sorprendido.
-¿Nos conocemos? -dice Miguel Tapia, el baterista de Los Prisioneros.
-Nos veníamos caminando juntos del Liceo 6. Mi grupo venía hablando de chiquillas y el tuyo de pura música. Vivía al frente tuyo. Era amigo del Marco Cuevas, el que te tiraba piedras desde su ventana cuando empezaste a tocar la batería.
Roberto y Miguel se acercan a los 50 años, pero esa tarde ríen como dos cabros chicos. La conversación deriva en un tal Joselo, el compañero que copiaba los demos de la banda en casete y los distribuía entre los alumnos a fines de los 70, cuando Miguel y sus amigos aún no debutaban en el Festival de la Canción del Instituto Miguel León Prado como Los Prisioneros, sino que se hacían llamar Los Vinchucas y tocaban temas como Paramar y Quién mató a Marilyn. Eran sus primeras presentaciones en el salón de actos de la misma escuela donde la profesora de matemáticas ridiculizó a Miguel frente al curso, diciéndole que no llegaría a ningún lado, frente a una foto de Pinochet con la bandera chilena de fondo.
La patria de Tapia se encuentra en esas calles. Específicamente, en ese barrio de la infancia, delimitado al sur por Avenida Departamental, al norte por calle Carlos Edwards, al poniente por la Panamericana Sur y al oriente por la calle Gauss.
Su casa -blanca, de dos pisos- se yergue en ese cuadrante y se ubica en Teodoro Schmidt 5319. Su familia ya no vive allí, pero sigue siendo una de las pocas que hay en la población obrera en medio de edificios de cuatro pisos levantados en los 60. De las ventanas cuelgan ropas de todos los colores. Y los perros aúllan, como en la introducción de la canción El baile de los que sobran. “Aquí tuve las primeras pololas, los primeros amigos, aquí empezaron las primeras ilusiones de armar una banda. Aquí fui feliz”, dice Miguel.
No venía hace 10 años.
San Miguel es como el Liverpool de Los Prisioneros, pero Miguel pasará más de una hora en el barrio sin que nadie lo reconozca. Cuando en 1983 se hizo baterista del grupo, sólo se preocupó de una cosa: de llevar el pulso musical de la banda a través de su instrumento. Y no podía desconcentrarse. Ese concepto se traspasó en el modo en que ha regido su vida.
Mucho antes, sin embargo, caminó innumerables veces por la Gran Avenida con sus compañeros de curso, Jorge González y Claudio Narea. Se venían juntos al terminar las clases y Miguel le daba golpes con lápiz bic al maletín mientras cantaban a Gary Numan. “Cuando llegábamos a mi casa nos separábamos porque la de Jorge quedaba a 10 cuadras y la de Claudio, cruzando la Panamericana. Aquí, también, nos detuvieron los pacos. Los barrios de ellos eran mucho más tranquilos que el mío. Aquí los allanamientos eran espantosos. A veces Jorge se tenía que quedar pues era imposible salir”, cuenta.
De esa realidad social y política, que Miguel le transmitiría a sus amigos, saldrían las letras del grupo. “En ese block que está al frente, los pacos tiraban las lacrimógenas y en esa plaza de la esquina mataron a un cabro en toque de queda. Una vez también explotó una casa. Adentro estaban fabricando explosivos. Con eso me crié, con eso crecí”, dice.
De los testimonios de Miguel sobre la etapa inicial de Los Prisioneros se hizo una película. Miguel San Miguel, dirigida por Matías Cruz, se acaba de estrenar en el Festival de Cine de Valdivia, llega a cines en noviembre y da cuenta de esa precuela. El baterista, hospedado en el mismo Hotel Melillanca donde en los 80 se quedó con la banda para promocionar el disco Pateando piedras, recordó los buenos tiempos. La cinta es una biografía que Miguel, a diferencia de sus compañeros, nunca escribió.
“Un día fuimos hasta Providencia a pie. Tres horas de recorrido hasta dar con una disquería. Queríamos un disco de The Clash, pero no lo encontramos y regresamos con las manos vacías”, dijo Miguel, tras salir de la función. Afuera lo esperaba Miguel Barriga, del grupo Sexual Democracia. “Lo que para ustedes fue The Clash, para nosotros fueron Los Prisioneros. Era estudiante cuando los traje a un gimnasio de Valdivia. ¿Te acuerdas, Miguel?”. El batero asiente. “Ni Jorge ni Claudio pensaron en tener un grupo. Al menos, no de manera profesional. Yo, en cambio, lo tenía asimilado. Era mi sueño. Y tal vez por eso nunca me extrañó que lográramos éxito”.
Aunque Miguel fue el primero de los tres en conseguir polola, de todos los integrantes fue el más callado. Por ser el último de siete hijos, escuchaba y veía más de lo que hablaba. Entre sus recuerdos, fragmentados en imágenes, está su padre -empleado de una fábrica textil y socialista- sintonizando la radio a pilas, Jaime Guzmán anunciando el “Chile nuevo” un día antes del golpe por la tele, la pared blanca por la que doblaba para ir al colegio con marcas de balas, su hermano Carlos tocando Los Chalchaleros y Cuncumén en el living y dos objetos en sus manos: el vinilo de Revolver, de The Beatles, y un aviso en el diario: ese que anunciaba que se vendía una batería a $ 12.000 en Santa Rosa, y que lo obsesionó: Miguel quería tener una banda y así se lo transmitió a González. Juntos fueron a comprarla en micro. “Jorge siempre fue más para afuera, tenía una personalidad complicada, pero a pesar de eso, éramos yuntas. Hacer Los Prisioneros sólo se pudo cumplir sobre la base de esa amistad. Imagínate que la batería la llevábamos a pata hasta su casa, en un carro de feria. Tenía una pelota de golf en el pedal”, cuenta.
Miguel se transformó en el motor de ese sueño. Mientras sus compañeros se peleaban por quién iba a tocar la guitarra, su bombo seguía actuando como un cable a tierra. “Pasé muchos años tratando de mantener estas dos personas unidas porque eso significaba, para mí, seguir con el proyecto más importante de mi vida. Los bateros no pueden perder la calma, son el corazón de una banda. Y cuando perdí esa calma, se acabó”. Fue después del reencuentro en 2001, Miguel y Jorge se pelearon en el aeropuerto y dejaron de hablarse.
Puede que Miguel haya sobrevivido a esa separación porque había sufrido peores experiencias. Cuando nació, hace 48 años, los médicos lo desahuciaron apenas nacido y su madre quedó hospitalizada por una incompatibilidad sanguínea. “Me hicieron tres transfusiones de sangre y me salvé”, dice. Años más tarde, cuando Miguel ya estaba en segundo medio, esa misma madre sufriría una trombosis que la dejaría sin poder hablar. Miguel, que vivió con ella en su casa de San Miguel hasta los 27 años, le cantaba las canciones de Los Prisioneros para subirle el ánimo y le decía lo famosos que eran.
Hacer Los Prisioneros fue una conquista, pero al final de cuentas fue el sueño íntimo de un cabro de clase media baja. Después de llenar estadios en Colombia o Perú, Miguel volvía al mismo barrio y era el mismo de siempre. “Recuerdo que era tanto el contraste que me daban angustias. Me acuerdo de estar mirando un domingo las ropas colgadas de mis vecinos sin poderla creer. Pero ahora pienso que fueron todas esas cosas las que me dieron una muy buena huincha de medir la realidad que me tocó vivir”.
Miguel Tapia habita en una parcela de cinco mil metros cuadrados, en Pirque. Aunque tiene una pareja hace nueve años y dos hijos de un matrimonio anterior, allí vive solo, desde 2008. Los días los pasa haciendo regadío con mangas, podando abedules, buscando con un telescopio estrellas o dando de comer a sus caballos Trueno y Tormenta. No tiene una batería. Hoy vive de los derechos de autor, de lo que le dan sus bienes raíces y sus tocatas.
Con Jorge son concuñados, pero no se ven. Con Claudio ofrece algunos shows, pero su relación es estrictamente musical. “El otro día mis hijos me contaron que sus compañeros en el colegio le dijeron que tenían un papá famoso. Yo nunca les hablé de Los Prisioneros, ¿para qué?”.
En Teodoro Schmidt tampoco necesita hablar de eso. Entre la multitud y los bocinazos, Miguel Tapia se detiene frente al mural de Los Prisioneros como cualquier peatón. Ha vuelto al origen. A ser uno más.
viernes, septiembre 14, 2012
Miguel Tapia: "Estoy seguro que Los Prisioneros vamos a volver a tocar juntos”
La Tercera
El baterista habla de Miguel, San Miguel, la película sobre su vida que se estrena el 2 de octubre.
por Claudio Vergara
Miguel Tapia (48) escarba en el pasado, retorna al presente, mira el destino de los dos músicos más importantes que conoció en su vida. Jorge González y Claudio Narea, y detecta una paradoja: “En los 80 fui el único de los tres que tenía claro que quería formar una banda y que siempre empujó para que eso pasara. Ahora, ya adultos, ellos dos son mucho más animales de escenario, les gusta tocar y armar proyectos, mientras que yo amo estar alejado en mi refugio”.
El baterista contempla la parcela de casi cinco mil metros que compró en una de las zonas más reposadas de Pirque y donde no solo asoman sus dos caballos, Trueno y Tormenta, sino que también la amplia casa que el mismo construyó durante un año. Ahí, distanciado del alboroto capitalino, pasa un tramo importante del año y solo sale para trámites de relativa urgencia, como cuando en la última semana partió a comprar el disco La voz de los 80 para un regalo personal. “Llegué y a la niña de la tienda le dije: ‘¿Dónde tiene algo de este grupo tan encachado y estos gallos tan guapos llamados Los Prisioneros?’”, relata. La vendedora no lo reconoció. “Entonces le fue preguntando a otra y a otra y recién la tercera flaca sabía quién era yo. La gente me conoce poco y yo nunca me he creído la raja por haber sido de Los Prisioneros. Hay personas que se juran increíbles por bastante menos, pero yo no transo esa tranquilidad”.
Un rol que la historia ha etiquetado como secundario en la banda más trascendente del rock chileno, casi en las antípodas de la exposición mediática que ha perseguido a sus socios históricos, pero que por primera vez adoptará un carácter protagónico: Miguel, San Miguel, la película de Matías Cruz en torno al trío y una de las cintas locales más esperadas de la temporada, se centra en la vida de Tapia y el 2 de octubre inaugurará el Festival de Cine de Valdivia, con posible estreno masivo para el mes siguiente. El hombre que alguna vez cantó ¿Quién mató a Marilyn? se juntó tres veces con el realizador para detallarle su historia y ya ha visto el filme en dos oportunidades.
Usted creó el grupo con González e inventó su nombre. ¿Cree que este proyecto hace justicia a su aporte?
Mira, la palabra justicia la sacaría altiro, no me gusta. Acá solamente va a quedar más claro que mi rol no solo fue bautizar a la banda, sino que también impulsarla, porque Claudio y Jorge jamás pensaron dedicarse a esto. Pero, con toda franqueza, nunca me cuestioné eso de ‘¿por qué nunca nadie ha hecho algo con respecto a mi vida?’. Así es mi personalidad. Aparte que Los Prisioneros nunca recibieron ningún reconocimiento, quizás porque no somos tan taquillas como Miguel Bosé. Igual cuando Matías me ofreció el proyecto, me pareció poco importante y me pregunté: ‘¿Será para tanto?’. Pero después, cuando empezamos a hablar, me di cuenta que había una gran historia”.
Al mirar su guion, el músico revela que lo emocionaron las secuencias donde se revive el ataque cerebral que sufrió su madre, mientras él cursaba segundo medio, o el instante donde González ensambla un precario aparataje de cables y parlantes para fabricar el sonido eléctrico de su guitarra. Pero lejos lo que más lo estremeció fue la escena donde los tres futuros músicos se conocen en el Liceo 6 de San Miguel. “No es que extrañe esos lazos o sienta nostalgia. Son solo emociones por un instante determinado. Además, me gustó lo bien plasmado que está, lo ganso que éramos, como toda esa generación, aunque conectados con lo social”, establece.
Además, acota un matiz: crecido en la villa Miguel Munizaga de San Miguel, Tapia se proclama como el único miembro del conjunto que vivió en un barrio realmente violentado por la dictadura. “No lo digo porque ahora ya estemos distanciados, pero donde vivía Jorge eran casas grandes, patios amplios, una zona residencial y muy parecida a Ñuñoa. Claudio también vivía en una villa. En esas zonas no pasaba nada. Donde realmente quedaba la cagada y yo sentía los balazos por la noche era en mi barrio”.
Hoy su vínculo con González y Narea se sitúa en mundos opuestos. Con el primero se distanció para siempre desde esa tarde de 2006 en que decidieron sepultar la segunda vida de Los Prisioneros -inaugurada cinco años antes en el Estadio Nacional- tras un enfrentamiento verbal al terminar un concierto en Venezuela. “Nunca más hubo un contacto. Esa vez nos peleamos, pero nos dijimos las cosas de frente, no por los diarios. Solo me entero de él porque mi hermana está casada con el hermano de Jorge. Pero no lo echo de menos, para mí es una etapa superada y, a estas alturas, solo extraño a mis hijos. Cuando veo que él toca con la marca Los Prisioneros, me parece bien. Aunque es mía, y no corresponde que lo haga, yo no tengo ningún problema, porque también es su historia”, asegura.
Millones por un regreso
Con Narea ha mantenido una activa agenda con el proyecto Narea & Tapia, nacido en 2009 y que a fin de año podría tener un álbum debut. El baterista sigue: “No somos amigos íntimos ni nada, porque, de verdad, nunca lo fuimos. Pero Claudio sin duda es alguien súper importante en mi vida. Solo hemos tenido que compatibilizar nuestros gustos para armar el álbum”.
Eso sí, casi de manera inesperada, 2012 pudo convertirse en el nuevo año del reencuentro: los mentores del festival Maquinaria sondearon una posible reunión de Los Prisioneros para el evento que se realizará en noviembre y hasta le lanzaron la oferta a Tapia. Y él, la aceptó. “Les dije que no tenía ningún problema. Ni siquiera me lo cuestioné y fue por dos razones: ofrecían buenas lucas y siento que, cuando nos juntamos los tres, hay una energía súper chora para mí. Un power que sólo sentimos como parte de Los Prisioneros. Además, habría mucha gente que lo pasaría la raja. No prosperó porque alguno de ellos dijo que no, pero yo no tengo ninguna aprensión”.
¿Cree que algún día se pueda dar?
Estoy seguro que vamos a volver a tocar juntos. Es una sensación muy personal, pero no tengo ninguna rencilla con ninguno, solo falta que ellos lo acepten. Pero el cariño nunca ha desaparecido.
El baterista habla de Miguel, San Miguel, la película sobre su vida que se estrena el 2 de octubre.
por Claudio Vergara
Miguel Tapia (48) escarba en el pasado, retorna al presente, mira el destino de los dos músicos más importantes que conoció en su vida. Jorge González y Claudio Narea, y detecta una paradoja: “En los 80 fui el único de los tres que tenía claro que quería formar una banda y que siempre empujó para que eso pasara. Ahora, ya adultos, ellos dos son mucho más animales de escenario, les gusta tocar y armar proyectos, mientras que yo amo estar alejado en mi refugio”.
El baterista contempla la parcela de casi cinco mil metros que compró en una de las zonas más reposadas de Pirque y donde no solo asoman sus dos caballos, Trueno y Tormenta, sino que también la amplia casa que el mismo construyó durante un año. Ahí, distanciado del alboroto capitalino, pasa un tramo importante del año y solo sale para trámites de relativa urgencia, como cuando en la última semana partió a comprar el disco La voz de los 80 para un regalo personal. “Llegué y a la niña de la tienda le dije: ‘¿Dónde tiene algo de este grupo tan encachado y estos gallos tan guapos llamados Los Prisioneros?’”, relata. La vendedora no lo reconoció. “Entonces le fue preguntando a otra y a otra y recién la tercera flaca sabía quién era yo. La gente me conoce poco y yo nunca me he creído la raja por haber sido de Los Prisioneros. Hay personas que se juran increíbles por bastante menos, pero yo no transo esa tranquilidad”.
Un rol que la historia ha etiquetado como secundario en la banda más trascendente del rock chileno, casi en las antípodas de la exposición mediática que ha perseguido a sus socios históricos, pero que por primera vez adoptará un carácter protagónico: Miguel, San Miguel, la película de Matías Cruz en torno al trío y una de las cintas locales más esperadas de la temporada, se centra en la vida de Tapia y el 2 de octubre inaugurará el Festival de Cine de Valdivia, con posible estreno masivo para el mes siguiente. El hombre que alguna vez cantó ¿Quién mató a Marilyn? se juntó tres veces con el realizador para detallarle su historia y ya ha visto el filme en dos oportunidades.
Usted creó el grupo con González e inventó su nombre. ¿Cree que este proyecto hace justicia a su aporte?
Mira, la palabra justicia la sacaría altiro, no me gusta. Acá solamente va a quedar más claro que mi rol no solo fue bautizar a la banda, sino que también impulsarla, porque Claudio y Jorge jamás pensaron dedicarse a esto. Pero, con toda franqueza, nunca me cuestioné eso de ‘¿por qué nunca nadie ha hecho algo con respecto a mi vida?’. Así es mi personalidad. Aparte que Los Prisioneros nunca recibieron ningún reconocimiento, quizás porque no somos tan taquillas como Miguel Bosé. Igual cuando Matías me ofreció el proyecto, me pareció poco importante y me pregunté: ‘¿Será para tanto?’. Pero después, cuando empezamos a hablar, me di cuenta que había una gran historia”.
Al mirar su guion, el músico revela que lo emocionaron las secuencias donde se revive el ataque cerebral que sufrió su madre, mientras él cursaba segundo medio, o el instante donde González ensambla un precario aparataje de cables y parlantes para fabricar el sonido eléctrico de su guitarra. Pero lejos lo que más lo estremeció fue la escena donde los tres futuros músicos se conocen en el Liceo 6 de San Miguel. “No es que extrañe esos lazos o sienta nostalgia. Son solo emociones por un instante determinado. Además, me gustó lo bien plasmado que está, lo ganso que éramos, como toda esa generación, aunque conectados con lo social”, establece.
Además, acota un matiz: crecido en la villa Miguel Munizaga de San Miguel, Tapia se proclama como el único miembro del conjunto que vivió en un barrio realmente violentado por la dictadura. “No lo digo porque ahora ya estemos distanciados, pero donde vivía Jorge eran casas grandes, patios amplios, una zona residencial y muy parecida a Ñuñoa. Claudio también vivía en una villa. En esas zonas no pasaba nada. Donde realmente quedaba la cagada y yo sentía los balazos por la noche era en mi barrio”.
Hoy su vínculo con González y Narea se sitúa en mundos opuestos. Con el primero se distanció para siempre desde esa tarde de 2006 en que decidieron sepultar la segunda vida de Los Prisioneros -inaugurada cinco años antes en el Estadio Nacional- tras un enfrentamiento verbal al terminar un concierto en Venezuela. “Nunca más hubo un contacto. Esa vez nos peleamos, pero nos dijimos las cosas de frente, no por los diarios. Solo me entero de él porque mi hermana está casada con el hermano de Jorge. Pero no lo echo de menos, para mí es una etapa superada y, a estas alturas, solo extraño a mis hijos. Cuando veo que él toca con la marca Los Prisioneros, me parece bien. Aunque es mía, y no corresponde que lo haga, yo no tengo ningún problema, porque también es su historia”, asegura.
Millones por un regreso
Con Narea ha mantenido una activa agenda con el proyecto Narea & Tapia, nacido en 2009 y que a fin de año podría tener un álbum debut. El baterista sigue: “No somos amigos íntimos ni nada, porque, de verdad, nunca lo fuimos. Pero Claudio sin duda es alguien súper importante en mi vida. Solo hemos tenido que compatibilizar nuestros gustos para armar el álbum”.
Eso sí, casi de manera inesperada, 2012 pudo convertirse en el nuevo año del reencuentro: los mentores del festival Maquinaria sondearon una posible reunión de Los Prisioneros para el evento que se realizará en noviembre y hasta le lanzaron la oferta a Tapia. Y él, la aceptó. “Les dije que no tenía ningún problema. Ni siquiera me lo cuestioné y fue por dos razones: ofrecían buenas lucas y siento que, cuando nos juntamos los tres, hay una energía súper chora para mí. Un power que sólo sentimos como parte de Los Prisioneros. Además, habría mucha gente que lo pasaría la raja. No prosperó porque alguno de ellos dijo que no, pero yo no tengo ninguna aprensión”.
¿Cree que algún día se pueda dar?
Estoy seguro que vamos a volver a tocar juntos. Es una sensación muy personal, pero no tengo ninguna rencilla con ninguno, solo falta que ellos lo acepten. Pero el cariño nunca ha desaparecido.
sábado, abril 14, 2012
Carlos Fonseca: Confesiones de una (anónima) estrella de rock.
El Mercurio
De la mano de Manuel García, el histórico mánager de Los Prisioneros ha recuperado el sabor de una profesión dura, extenuante, pero siempre entretenida. A punto de celebrar sus 30 años como difusor de la música chilena, alaba la creatividad de Jorge González, declara su orgullo por su pasado con Los Prisioneros, asegura que Claudio Narea debería estar feliz de haber estado en ese grupo seminal, se refiere a las dificultades de la profesión para formar una familia y se declara convencido de que su nuevo ahijado musical todavía no alcanza el techo artístico que le corresponde.
Felipe Rodríguez
Sus inicios en la música
"Viví en Argentina desde los 10 años porque mi papá trabajaba en una empresa multinacional y lo trasladaban. De hecho, nací en Perú. En el colegio, era el tipo de la música. Grababa discos, fui DJ en las fiestas. Un gran amigo conocía a un tipo que iba a poner una disquería en el centro de Buenos Aires y yo quería hacer lo mismo. Me paraba en la calle Florida para mirar cuántas personas salían con bolsas de las disquerías. Hasta que convencí a mi viejo".
"Nunca me interesó tocar instrumentos. Estudié flauta traversa y guitarra, pero me aburría: prefería escuchar música. Me gustaba difundir. Hinchaba a mi papá y a mi hermano para que escucharan música conmigo. A veces me pescaban y a veces no".
"Toqué primero que nadie a todas las bandas legendarias como The Cure, Depeche Mode, The Smiths, Charly García y Los Prisioneros. Era un programa que tenía en la radio Beethoven desde el 82 al 85. Me llegaban revistas como Melody Maker y Rolling Stone, y ahí me enteraba de las bandas que la llevaban en su momento".
"Cuando volví a Chile, a comienzos de los 80, hice conciertos. Acá no pasaba nada, mientras en Buenos Aires había conciertos todas las semanas. Fui al Café del Cerro y no me gustaba la música. Me chocó harto que sólo se tocaba jazz y eso no era lo que la juventud quería".
Charly García y Calamaro
"A través de un amigo de mi hermano conseguí en el 83 el dato del mánager de Charly García. Los contacté y me invitaron al Gran Rex a ver su show de 'Clics Modernos'. Una persona lo quería traer a Chile, pero yo le caía mucho mejor, pero me achapliné. Había que invertir plata y ya estaba con Los Prisioneros. Me equivoqué. A Charly le fue súper bien en Chile ".
"Las tres primeras veces que vino Charly García a Chile me llamaba para que saliéramos. Era pelacable, divertido y todo lo que decía era ley. Una vez, nos fuimos a mi disquería (Fusión) a escuchar música y Charly andaba con un sobretodo. De repente, lo abre y tenía dos botellas de Chivas Regal. Era un clásico".
" Andrés Calamaro pasó una etapa muy oscura. Se fue a negro. Estuvo en mi disquería y nos encontramos en Amnesty en Mendoza. Andaba pintando el mono todo el rato y me aburrió. Hablaba bien de Los Prisioneros y el Jorge (González) lo trataba mal. Le decía 'soi pintamonos, estái borracho y drogado' . Pero debo reconocer que Calamaro era un tipo muy creativo".
El paso por EMI
"Llevaba tres años en el sello EMI, me estaba yendo bien y me fui porque contrataron una persona con la que me llevaba pésimo. ¿Quién? Alejandro Sanfuentes. Fue mi asistente de La Ley, le di una oportunidad porque estaba peleado con todo el mundo y me levantó al grupo. No lo toleraba".
"Los contratos chacrean las relaciones. Es como casarse. Firmé con Anita Tijoux, los Teleradio y con otros no. Me fui una semana a Colombia con Los Prisioneros y cuando volví, La Ley me muestra una carta de renuncia. Se iban con Sanfuentes. Perdí seis millones de pesos en 1991 por no tener nada firmado".
"Me fui el 97 de la EMI y tuvieron su mejor año el 98. Sacamos discos antes que nadie en la región. Backstreet Boys y Spice Girls salieron antes en Chile que en México. Lo mismo que Radiohead y Blur. Hicimos un trabajo alucinante".
Los Prisioneros
"Desde que lo escuché molestar a una profesora (en la Facultad de Artes de la U. de Chile), Jorge González me cayó bien. Ella se equivocó en algo que estaba explicando y Jorge le llevó la contra y dejó en evidencia su error. Después vi sus letras y me pareció genial. Siempre supe que podía hacer algo grande".
"Cada vez que escucho a Los Prisioneros, siento orgullo. No me gusta escucharlos por mi cuenta porque me traen muchos recuerdos. Hicimos cosas que nadie hizo y eso me llena de satisfacción".
"En 1984, unos tipos nos amenazaron de muerte en una discoteque en Quintero llamada Waikiki. Me conseguí que cantaran y todo el mundo alucinó. Nos alojamos en un hotel del dueño de la disco y, tipo tres de la mañana, entra este tipo con tres personas más. Le molestó que yo tuviera acento argentino y nos mostraron una pistola. '¿Se creen protegidos porque son argentinos?'. El Jorge se había quedado en otro lugar con la Jacqueline (Fresard, su primera mujer). Apenas amaneció, salimos con las zapatillas en las manos y nos fuimos. Ahora me causa risa".
"Cuando Jorge (González) grabó su primer disco solista fue alucinante. Había mucha plata en 1992. EMI y Warner se pelearon a Jorge y negociamos en Estados Unidos e Inglaterra. De hecho, firmamos el contrato en Londres. Viajamos en primera clase, me quedé 35 días en el Hilton de Los Angeles, ocupamos los mejores estudios. Nos pagaron 150 mil dólares por disco y 35 mil por cada video. El problema fue que en Chile criticaron mal el disco y Jorge no lo quiso trabajar".
"Cuando Álvaro Henríquez se sumó a la gira por México de Los Prisioneros junto a Café Tacuba, Jorge se peleó con él. Álvaro fue poco profesional, fue a puro carretear, no iba a las pruebas de sonido. No estaba ni ahí. De todas formas, Jorge no se fue en mala con Álvaro. Sólo porque era el líder de Los Tres".
La relación de González y Narea
"El libro de Narea ('Mi vida como prisionero') me pareció feo. No lo leí, pero me contaron algunas cosas y creo que hizo una crítica muy subjetiva. Debería estar contento de haberse topado con Jorge en la vida. Él siempre hizo toda la pega".
"Claudio (Narea) cuestionaba mucho a Jorge en la etapa final de Los Prisioneros. Pensé que era porque se había puesto bueno pa' tomar. En una gira a Colombia, Claudio lo criticaba mucho y se peleaban. Miguel (Tapia) estaba con Claudio. Recién cuando se fue supe toda la historia".
"Narea quería componer cuando volvieron a juntarse y creía estar al mismo nivel que Jorge. González le dijo que compusiera y le dio un plazo largo. Tres, seis meses. Claudio no hacía nada y no le gustaban las canciones nuevas de Jorge. Le contraté hasta un estudio y no avanzó. Y le decía a todo el mundo que las canciones de Jorge no eran buenas. Llegó un momento que Jorge dijo 'hay que echarlo'. Y lo echó".
"Conocí la historia de Claudia, la ex mujer de Claudio. Estaba loca por Jorge y él no la pescó porque estaba con Jacqueline. Claudio se puso de novio con ella y quedó embarazada. Fue todo muy a la fuerza. Después, Claudio se excedió. Creo que peleas por mujeres entre amigos pasan siempre y no puedes estar armando un lío toda tu vida".
El trabajo con Teleradio Donoso y Manuel García
"Teleradio Donoso era una banda gigante. Fue una estupidez que Alex Anwandter separara a la banda. Cuando fui su mánager, me tenía agotado su ego, era muy divo, muy autosuficiente. Es genial y tiene un control de calidad muy alto de su música, pero necesita ayuda, que lo cuiden".
"Mis expectativas con Manuel García son elevadas. Desconozco su techo y creo que puede llegar alto. No sé si para conquistar todos los mercados, pero sí puede ser un aporte para la cultura chilena y latina. Como tiene más de 40 años, es fácil trabajar con él. No hay que andar diciéndole cosas. Sabe lo que es ser profesional porque todo le ha costado".
Su presente
"Estar metido en este ambiente es difícil para formar familia. Siempre me tuve que mover mucho, viajar y tuve que relacionarme mucho con gente que no lleva una vida normal. Es todo muy difícil si quieres tener una pareja".
"Ahora existe mucho menos locura que en los 80. En los 90, la gente se tranquilizó. Las bandas, cuando comienzan, sólo quieren carretear. Cuando te haces famoso, las drogas llegan y te encuentras con eso. Hay algunos que las prueban y pasan y otros se quedan pegados. Siempre pasa lo mismo".
"He estado trabajando con una periodista para escribir un libro. Me lo sugirieron de una editorial. Pero hemos hecho pocas entrevistas. Me gustaría que saliera en 2013. No quiero que sea puro cahuineo porque no me interesa, pero tendré que contar buenas historias. De lo contrario, no le importará a nadie".
"La costumbre de escuchar música no se me ha quitado nunca. No memorizo nombres, pero me gustan grupos como Atlas Sound, Fleet Foxes, Foster The People, Beach House, Bon Iver y Cass McCombs. De Chile, escucho a Gepe, Fernando Milagros y Astro. Creo que la música está mejor que nunca".
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sábado, agosto 13, 2011
Ex miembros de Los Prisioneros fijan giras por Latinoamérica
La Tercera
Mientras Narea y Tapia harán ocho shows en Venezuela, Jorge González hará lo propio en Colombia, Perú y 15 shows en EE.UU.
por Claudio Vergara
El baterista Miguel Tapia enumera la formación que secunda el proyecto musical que en 2009 lo reencontró con Claudio Narea y tropieza con una coincidencia. "Es un trabajo que está centrado en nosotros dos, más otro miembro que se llama Jorge. Ja, qué loco y absurdo cómo a veces son las cosas. Además, también es bajista", se sorprende el músico al mencionar a Jorge Dureaux, parte del grupo de acompañamiento de Narea & Tapia y cuyo nombre de pila lo emparenta casualmente con Jorge González, el tercer vértice de Los Prisioneros.
Pero las coincidencias entre los tres hombres históricos del trío no se remiten sólo a los nombres. Durante septiembre, los músicos emprenderán sus mayores recorridos internacionales tras el fin de la agrupación: mientras el dúo agendó un tour de ocho fechas por Venezuela, el cantante y compositor hará cuatro recitales en Colombia, tres en Perú y 15 en Estados Unidos. Además y para continuar la sincronía, los tres preparan material nuevo, que esperan editar antes de fin de año.
"Me parece súper importante volver a Venezuela, ya que no sólo lo hacemos por la relevancia histórica de nuestra trayectoria, sino que también porque los temas nuevos que hemos armado con Claudio han empezado a sonar allá. O sea, no es sólo algo del pasado", define Tapia ante No me ves, una de las canciones compuestas con el guitarrista y que a fines de 2010 colgaron en la web, totalizando hasta hoy cerca de dos millones de descargas.
La gira por el país está impulsada por un empresario ligado al rubro del petróleo e incluye una charla en una universidad. Fechas: el 9 de septiembre estarán en Maracaibo, el 10 en Paraguana, el 14 en Caracas, el 16 en Valencia, un día después en Barquisimetro, el 18 aterrizan en la plaza de toros Nuevo Circo, de la capital venezolana; el 23 cantarán en el festival Zona Urbana de la misma ciudad, donde todo remata el 26.
Tras el periplo -donde proyectan tocar hits como La cultura de la basura y We are sudamerican rockers-, Narea y Tapia volverán al estudio, para terminar de grabar su primera aventura en conjunto. "Hemos avanzado mucho y siento que va a tener cosas muy novedosas, no sólo de nuestro rock and roll, sino que también matices de música latina que lo harán muy variado", adelanta Tapia.
Con su ex camarada, González, el escenario no es muy diferente. Radicado en Berlín desde junio pasado -luego de llegar a España junto a su familia, en 2008-, el cantante hoy prepara dos producciones: uno de música electrónica, que mantiene el tono bailable de sus últimos años, y otro que lo devuelve a su perfil de cantautor sin decorados electrónicos y que trabaja a distancia con la misma banda con la que giró por el país en el verano, integrada por Pedropiedra en batería, Gonzalo Yáñez en guitarra y Jorge del Campo en bajo. Se trata de su primer álbum de canciones bajo una impronta más melódica en 12 años. Ambos se editarán en este semestre.
Con ese mismo conjunto, el músico viajará por Colombia y pasará el 1 de septiembre por la plaza de toros de Manizales; el 2 por el Royal Center de Bogotá; un día después, por la discoteca Palmahía de Medellín, y todo culmina el 9, en el club Palla Caviche, de Ibagué. Luego vendrá Perú y el periplo por clubes norteamericanos, donde mostrará lo más granado de su repertorio. En el verano volverá a Chile.
martes, enero 04, 2011
Narea y Tapia: "No quisiéramos ser una morisqueta de Los Prisioneros"
El Mercurio
El nuevo experimento musical de Claudio Narea y Miguel Tapia es un éxito. 320 mil descargas de las tres canciones que pusieron gratis en su sitio web son un dato interesante, pero relativo.
JULIO OSSES
Claudio Narea entregado a la pantalla de un notebook, con lentes de apoyo para leer colgados del tabique nasal, no cuadra con el joven eterno de las carátulas de los primeros discos de Los Prisioneros. Aún así, Narea está igual pero un poco más robusto, 25 años más viejo, más decidido, más elocuente. Miguel Tapia tiene canas pero se ve joven. Renovado tal vez por su vida en las afueras de Santiago. Ya no es ni el sanmiguelino de camisas sobrias de "La Voz de los 80" ni el hippie al estilo Jaivas de la reunión de Los Prisioneros en el Estadio Nacional al principio de esta década en retirada.
Al escuchar las tres canciones inéditas que el dúo puso gratis en internet hace pocos días, dos vertientes muy claras golpean el oído. Guitarras crujientes, afiladas, de rock-garage por un lado. Pop con mucha armonía vocal y bases rítmicas limpias y lacónicas, por otro. Mucho del Narea de "La Voz de los 80" y "Pateando Piedras". Bastante del Tapia que hace buenos coros y no le teme al azúcar popero de las estructuras rítmicas de austeridad espartana.
"Hemos tenido comentarios de que suena algo totalmente nuevo". Es Narea el que toma el guante. "Pero yo creo que sí hay una conexión. Porque ¿cuál es el sonido de Los Prisioneros, finalmente? Esa es la pregunta. En realidad, el sonido de Los Prisioneros (siempre) fue "lo que quepa".
Es así. Tal vez hay algo nuevo y maduro en el romanticismo jangle-rock de "No me ves". Pero en "Fiesta nuclear" y "Legitimar", la huella sonora del guitarrista y el baterista de Los Prisioneros flota nítida. "Unos dicen que suena súper actual, y no tratamos de ser actuales. No hubo ningún estudio de mercado" ironiza el guitarrista. "Además, nunca pensamos en vender los temas. Los tiramos para ver qué pasaba, y pasó harto". Narea hace la pausa de quien va a reflexionar en voz alta. Quizás le ronda el no menor dato del aluvión de descargas en poco más de una semana. "Es bastante. No hubiéramos podido vender 300 mil discos. Qué bueno que a nuestros 45, 46 años podamos hacer música que suene joven. Quiere decir que hay algo joven en nosotros aún". Tapia se sube al tren de pensamiento. "Hace muchos años ya que la música dejó de ser negocio. Antes llegaba un sello discográfico, te promocionaba, los discos se vendían y todo bien. Hoy, por disco vendido no se gana ni un peso. Yo creo que este sistema de poner de inmediato la música en internet, que la gente los baje y los conozca es muy bueno. Pero nos sirve a nosotros que somos conocidos".
Narea tiene algo que decir. "Ojo, que no hay mucha gente dispuesta a abrir sus oídos a la nueva música. Mira lo que pasa con Chico Trujillo. A mí me parece genial lo bien que les va, pero la cumbia no implica ningún esfuerzo del público. Sigues el ritmo, mueves la patita y quedaste contento. No hay un avance allí. Creo que el grueso del público chileno es bien flojo, está pegado. Nosotros tenemos claro que si hemos sido un éxito de descargas es porque la gente va por lo que conoce".
En lo que sí los fans no son nada de pasivos, es en el cruento enfrentamiento online de gonzalistas y nareístas, una guerrilla sin tregua donde, históricamente, Tapia ha quedado atrapado entre dos fuegos.
-Si hay más de dos Prisioneros en el mismo grupo, parece natural que la gente espere que se digan cosas. Al menos eso pasa con Jorge González. Lo de salirse de madre es casi un ritual que se espera de él, un comportamiento lógico...
"Yo creo que es importante que la gente sepa que no vamos a andar buscando intencionalmente ser una copia de lo que fue. De lo que fuimos", se apresura a aclarar Tapia.
"En internet tu puedes decir lo que quieras. Y eso está bien", interviene Narea. "Pero si no te gusta lo que yo hago, escucha otra música, para qué andar perdiendo el tiempo. No queremos ser la parodia o una morisqueta de Los Prisioneros".
El nuevo experimento musical de Claudio Narea y Miguel Tapia es un éxito. 320 mil descargas de las tres canciones que pusieron gratis en su sitio web son un dato interesante, pero relativo.
JULIO OSSES
Claudio Narea entregado a la pantalla de un notebook, con lentes de apoyo para leer colgados del tabique nasal, no cuadra con el joven eterno de las carátulas de los primeros discos de Los Prisioneros. Aún así, Narea está igual pero un poco más robusto, 25 años más viejo, más decidido, más elocuente. Miguel Tapia tiene canas pero se ve joven. Renovado tal vez por su vida en las afueras de Santiago. Ya no es ni el sanmiguelino de camisas sobrias de "La Voz de los 80" ni el hippie al estilo Jaivas de la reunión de Los Prisioneros en el Estadio Nacional al principio de esta década en retirada.
Al escuchar las tres canciones inéditas que el dúo puso gratis en internet hace pocos días, dos vertientes muy claras golpean el oído. Guitarras crujientes, afiladas, de rock-garage por un lado. Pop con mucha armonía vocal y bases rítmicas limpias y lacónicas, por otro. Mucho del Narea de "La Voz de los 80" y "Pateando Piedras". Bastante del Tapia que hace buenos coros y no le teme al azúcar popero de las estructuras rítmicas de austeridad espartana.
"Hemos tenido comentarios de que suena algo totalmente nuevo". Es Narea el que toma el guante. "Pero yo creo que sí hay una conexión. Porque ¿cuál es el sonido de Los Prisioneros, finalmente? Esa es la pregunta. En realidad, el sonido de Los Prisioneros (siempre) fue "lo que quepa".
Es así. Tal vez hay algo nuevo y maduro en el romanticismo jangle-rock de "No me ves". Pero en "Fiesta nuclear" y "Legitimar", la huella sonora del guitarrista y el baterista de Los Prisioneros flota nítida. "Unos dicen que suena súper actual, y no tratamos de ser actuales. No hubo ningún estudio de mercado" ironiza el guitarrista. "Además, nunca pensamos en vender los temas. Los tiramos para ver qué pasaba, y pasó harto". Narea hace la pausa de quien va a reflexionar en voz alta. Quizás le ronda el no menor dato del aluvión de descargas en poco más de una semana. "Es bastante. No hubiéramos podido vender 300 mil discos. Qué bueno que a nuestros 45, 46 años podamos hacer música que suene joven. Quiere decir que hay algo joven en nosotros aún". Tapia se sube al tren de pensamiento. "Hace muchos años ya que la música dejó de ser negocio. Antes llegaba un sello discográfico, te promocionaba, los discos se vendían y todo bien. Hoy, por disco vendido no se gana ni un peso. Yo creo que este sistema de poner de inmediato la música en internet, que la gente los baje y los conozca es muy bueno. Pero nos sirve a nosotros que somos conocidos".
Narea tiene algo que decir. "Ojo, que no hay mucha gente dispuesta a abrir sus oídos a la nueva música. Mira lo que pasa con Chico Trujillo. A mí me parece genial lo bien que les va, pero la cumbia no implica ningún esfuerzo del público. Sigues el ritmo, mueves la patita y quedaste contento. No hay un avance allí. Creo que el grueso del público chileno es bien flojo, está pegado. Nosotros tenemos claro que si hemos sido un éxito de descargas es porque la gente va por lo que conoce".
En lo que sí los fans no son nada de pasivos, es en el cruento enfrentamiento online de gonzalistas y nareístas, una guerrilla sin tregua donde, históricamente, Tapia ha quedado atrapado entre dos fuegos.
-Si hay más de dos Prisioneros en el mismo grupo, parece natural que la gente espere que se digan cosas. Al menos eso pasa con Jorge González. Lo de salirse de madre es casi un ritual que se espera de él, un comportamiento lógico...
"Yo creo que es importante que la gente sepa que no vamos a andar buscando intencionalmente ser una copia de lo que fue. De lo que fuimos", se apresura a aclarar Tapia.
"En internet tu puedes decir lo que quieras. Y eso está bien", interviene Narea. "Pero si no te gusta lo que yo hago, escucha otra música, para qué andar perdiendo el tiempo. No queremos ser la parodia o una morisqueta de Los Prisioneros".
miércoles, diciembre 15, 2010
Claudio Narea y Miguel Tapia lanzan tres nuevas canciones para descarga gratuita
La Tercera
Claudio Narea y Miguel Tapia tienen nuevas cosas que decir y cantar. El ex guitarrista y ex baterista del grupo Los Prisioneros, respectivamente, presentarán el lunes tres nuevas composiciones. Estos temas estarán a disposición para descarga gratuita a partir de ese mismo día.
Esta semana, los músicos están trabajando en la mezcla de las canciones y se adelanta que una de ellas lleva por título Fiesta nuclear.
Sobre el estilo que tiene la nueva propuesta, Claudio Narea señala que "en estos temas intentamos sonar de manera distinta a lo que hicimos en Los Prisioneros". Además, se espera que, próximamente -en al menos dos meses-, lancen otras tres nuevas composiciones, y que durante el verano realicen una serie de presentaciones a través del país, acompañados por una banda.
Claudio Narea y Miguel Tapia tienen nuevas cosas que decir y cantar. El ex guitarrista y ex baterista del grupo Los Prisioneros, respectivamente, presentarán el lunes tres nuevas composiciones. Estos temas estarán a disposición para descarga gratuita a partir de ese mismo día.
Esta semana, los músicos están trabajando en la mezcla de las canciones y se adelanta que una de ellas lleva por título Fiesta nuclear.
Sobre el estilo que tiene la nueva propuesta, Claudio Narea señala que "en estos temas intentamos sonar de manera distinta a lo que hicimos en Los Prisioneros". Además, se espera que, próximamente -en al menos dos meses-, lancen otras tres nuevas composiciones, y que durante el verano realicen una serie de presentaciones a través del país, acompañados por una banda.
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