Fondo Margot Loyola
En septiembre de 1985, gracias al contacto del docente Julio Mariangel, se produciría en Chile un hecho histórico para la cultura tradicional de dos naciones, reunir en un mismo lugar, a las dos folcloristas de mayor calidad y trayectoria a nivel internacional en un inolvidable encuentro realizado en la ciudad de Valdivia, Décima región de Chile, denominado “Lleuquén 85”; programado por el Instituto de Artes Musicales de la Facultad de Filosofía y Humanidades, y el Departamento de actividades extracurriculares, DAE, en conjunto con el ballet folclórico de la Uach. Estos enormes personajes eran la chilena Margot Loyola; y representando a la República Argentina,la Sra. LedaValladares.
Al llegar a nuestro país, la destacada folclorista trasandina declaraba feliz a la prensa local: “Este encuentro es maravilloso. Por primera vez estoy en Chile, tenía ganas de conocer en persona a Margot Loyola, aunque ya había seguido su trayectoria”.
Este gran aporte al intercambio cultural de dos naciones tendría una extensa agenda por delante; es que había que aprovecharse de la sapiencia de estos dos grandes baluartes latinoamericanos.
El programa se iniciaría el martes 3 de septiembre con un magno concierto para estudiantes, realizado en la Direcciónde asuntos estudiantiles dela Uach. Undía después, tendrían un encuentro con alumnos universitarios, y una charla ilustrada con videos en el Cine Club dela Uach. El jueves, ofrecerían un concierto oficial en la sala Provincia de Valdivia de la ilustre Municipalidad, para posteriormente ofrecer una Peña-concierto en la DAE. El viernes 6, éste primer encuentro musical entre dos naciones finalizaba con una valiosa reunión junto al ballet folclórico de la Uach.
El mentor de éste gran movimiento, el señor Julio Mariangel, declaraba satisfecho que la venida a Valdivia de éstas insignes folcloristas, significaba un gran aporte al intercambio cultural entre chilenos y argentinos.
Fue por esta misma razón, que el sello discográfico “Raíces” no dejó pasar por alto tan glorioso encuentro invitándolas a dejar un registro fonográfico histórico. Margot Loyola incluiría temas de Isla de Pascua; mapuche; chilota; provincia del Loa; y campo de la zona central. Leda Valladares, por su parte, lo haría con temas andinos; indígenas y criollos del noroeste argentino.
¿Qué recuerdos tiene de este gran evento?
“Antes que todo, debo decir que fue un acierto lo organizado por este gran señor llamado Julio Mariangel, quien nos invita a este hermoso evento realizado en Valdivia”.
¿Cómo define este encuentro?
“Como un gran recital de hermandad entre Chile y Argentina, sin lugar a dudas”.
Háblenos acerca de lo que ocurrió en estos recitales.
“Fue algo precioso para todos esos académicos y estudiantes que nos iban a ver; jornadas repletas de gente, todos muy comprometidos con el folclore, muy respetuosos de lo que ahí estábamos haciendo. Leda en una esquina, hablaba de su tierra; y yo en la otra de la mía. Después de esto, cantábamos géneros musicales similares, de ambos países, viendo las diferencias y similitudes de estos géneros que compartíamos entre Chile y Argentina. Por ejemplo, ella cantaba bagualas, y yo coplas chilenas; ella una tonada argentina, y yo una chilena; Leda una zamba argentina, y yo una cueca chilena; ella una sajuriana, y yo la otra; así nos fuimos, una y una, todo muy bien explicado por ambas, algo precioso, muy necesario para estos días, pero por sobretodo histórico”.
Además de esto, consiguen grabar una producción musical.
“Tiene razón. Lo que pasa es que después de esta linda experiencia por el sur, desarrollamos este mismo programa en la Universidad Católica de Valparaíso. Ahí fue cuando nos invitan a dejar un registro de todo esto en Santiago; así grabamos una hermosa producción con la misma temática de los recitales, o sea, una canción Leda y yo la otra, todo muy lindo en ese casete llamado “Igual rumbo”.
¿Qué significó para usted conocer a Leda Valladares?
“Una linda experiencia, ya que Leda hizo una gran labor como investigadora; una mujer que vivió muchos años en Francia, mostrando su música en muchos países, no tan sólo como cantante, sino que como maestra también.
Nos ha ligado una amistad muy fuerte, y por supuesto, una admiración recíproca. La admiré desde mucho antes que nos conociéramos, tanto como investigadora como cantante, y bueno, ella también a mí de la misma manera…una gran satisfacción”. Contesta la maestra Loyola, recordando a la investigadora trasandina recientemente fallecida este 12 de julio de 2012.
NOTA DEL AUTOR:
El 14 de septiembre de 1998, se inaugura en el Centro Cultural dela Embajada argentina en Chile, una biblioteca con el nombre de Margot Loyola y Leda Valladares, contando con la histórica presencia de ambas investigadoras del folclor latinoamericano. Hoy se recuerda dicho momento con una foto de ambas enlazadas por las manos y el cariño por sus raíces.
Julio Fernando San Martín
Este es un blog que tiene como misión recopilar información o noticias sobre música chilena, la Industria musical y la industria cultural de nuestro país aparecida en diversos medios de comunicación. Por lo tanto los textos son propiedad de los medios y de los periodistas que encabezan cada nota.
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martes, agosto 07, 2012
domingo, julio 22, 2012
De grito negro a grito indio
Página 12
Los dejo con esta nota publicada sobre la recientemente fallecida folclorista argentina Leda Valladares y en donde se nombra marginalmente a Los Jaivas.
Por Claudio Kleiman
El espíritu libre de Leda Valladares la ubicó en un lugar alejado de cualquier ortodoxia. Como investigadora, intérprete, musicóloga, recopiladora, desarrolló su obra en forma obstinadamente personal, al margen de las instituciones, recogiendo el folklore andino acompañada de su inseparable grabador, en esa enorme franja que media entre Ecuador y Santiago del Estero. Conocía a fondo la obra de los investigadores que la precedieron, como Raúl Cortazar, Carlos Vega e Isabel Aretz, pero tenía su propia cosmovisión, que la apartaba de cualquier academicismo. El canto “bonito” del folklore edulcorado que poblaba los festivales le resultaba vacuo, pasatista. Ella era una iconoclasta, siempre dispuesta a ir a fondo, descartando cierta idea de belleza proveniente de la cultura europea para priorizar una estética que “no busca la forma ni la belleza sino el desborde de la emoción”. Para alcanzar ese objetivo, la técnica es “la imaginación total y la libertad de la voz, que puede alcanzar cualquier salto mortal que sirva para el desangre psíquico”.
En ese sentido, Leda veía más próximas a esas esencias contenidas en la sabiduría ancestral de los pueblos originarios, a los artistas provenientes del rock, y también a los rebeldes del folklore, cuya búsqueda los llevaba a ser marginados por el establishment del género. Uno de sus muchos aportes fue transmitir sus hallazgos a una gran cantidad de músicos jóvenes formados en la cultura del rock, en una forma que –en muchos casos– afectaría de manera decisiva su futura producción artística.
Claro que esto no era casual. Leda, que había comenzado cantando blues hasta que descubrió las bagualas anónimas del NOA, consideraba que la vidala era “nuestro” blues, y tenía una fundamentación profunda para explicar ese nexo. “En todos los continentes pervive aún el cantor de montaña, campo, selva o playa abandonada, frente a quien tomamos conciencia del miserable uso de nuestra voz y del raquitismo que padecemos para sentir y hacer sentir nuestras emociones musicales (...). En las mismas ciudades, si el intérprete ha bebido en aquellas fuentes –por ejemplo, los del cantejondo, los negros de Harlem, los del beat, del rock, los bagualeros del NOA–, produce el auténtico delirio del público. Por algo el himno de la generación beat fue el tema ‘Howl’, es decir, ‘Aullido’. La música joven asentándose en el blues fue en procura de todas las jaurías del canto primero de la tierra.”
Uno de los primeros músicos de rock en aproximarse a Leda fue Gustavo Santaolalla, quien aún comandaba el grupo Arco Iris, pioneros en la fusión de rock y folklore. También la banda chilena Los Jaivas, quienes en esa época residían en Buenos Aires, corridos por la dictadura de Pinochet (y antes de tener que emigrar a Francia, perseguidos en este caso por la dictadura argentina). En 1974 realizaron experiencias, haciendo cantar bagualas anónimas a miles de estudiantes en la Facultad de Ciencias Económicas. Por la misma época, también colaboró con José Luis Castiñeira de Dios y Susana Lago, del grupo Anacrusa.
Diez años después, fueron León Gieco y el propio Santaolalla (esta vez en calidad de productor artístico) quienes se acercaron a Valladares para que bendijera con su aprobación y consejos el proyecto De Ushuaia a La Quiaca, al que reconocían como una continuación directa del Mapa Musical Argentino realizado por Leda entre los años 1960 y 1974, un extraordinario emprendimiento registrando las músicas auténticamente folklóricas de las distintas regiones del país. En De Ushuaia a La Quiaca quedaron registrados también algunos de los experimentos de Valladares, como el “canto colectivo”, en el que reunieron a cientos de chicos de las escuelas primarias de Tucumán –y sus maestras– en el Anfiteatro El Cadillal de esa provincia, cantando al unísono bagualas y vidalas anónimas. Era la concreción de una idea que impulsó desde siempre, y es que esas canciones deberían enseñarse en las escuelas para que los chicos aprendan a cantar la verdadera música de su tierra, sin las inhibiciones y limitaciones que imponen los coros tradicionales. Otra de sus ideas vanguardistas fue la “baguala centrífuga”, con varios bagualeros cantando simultáneamente distintos temas, como una forma de reproducir esa especie de cacofonía que se da naturalmente durante los carnavales del Norte, cuando las comparsas bajan de las montañas entonando cada una sus cantos, que se mezclan en el aire preñado de olores y promesas.
A fines de los ’80 y principios los ’90, Leda trabajó con una serie de músicos, entre los que se cuentan Fabiana Cantilo, Pedro Aznar, Gustavo Cerati, Fito Páez, Raúl Carnota, Federico Moura, Daniel Sbarra, Liliana Herrero, Suna Rocha, Jairo, Litto Nebbia, Gieco y Santaolalla, en tres álbumes editados por el sello Melopea (de Nebbia), titulados Grito en el cielo Vol. I (1989), Grito en el cielo Vol. II (1990) y América en cueros (1992), donde aparecía junto a una cantidad de cantores y comparsas de los valles norteños, haciendo temas anónimos del NOA. En el último de esos discos, la búsqueda se ampliaba para incluir las raíces de la música afroamericana, como el candomblé y las batucadas de Brasil, y el rito Lucumí de Cuba.
Explicando estas experiencias, Leda decía: “Y así, de grito negro a grito indio, repetía incansablemente que todos los grupos del rock, estuvieran donde estuvieran, se acercaran a escuchar estas canciones. Ellos, que sin duda tienen sensibilidad musical, advertirían enseguida la fuerza fenomenal del canto con caja. Y nos acercamos de músicos a músicos, no de formas y géneros musicales a otras formas y géneros musicales”.
Leda ya no está, pero quedan sus registros, sus numerosos hallazgos, sus enseñanzas, la hazaña de haber registrado cientos de cantores, coplas y formas de expresión que corrían el riesgo de perderse para siempre. Y esa búsqueda estaba impregnada de un aliento místico, rastreando en el canto agreste y milenario la fuente de una sabiduría que recupere el cordón umbilical que une al hombre con la tierra. En el texto que escribió para Grito en el cielo lo expresaba con estremecedora belleza: “Los sagrados cantores de los valles, los ‘vallistos’ que descienden de los siglos andinos, nos están esperando en los cerros del Noroeste argentino para revelarnos otra dimensión del canto, terrestre y sideral. Al escucharlos, aterrizamos en América y la descubrimos. Su discurso de cantores es la suprema desnudez: sólo tres notas escalofriadas por la voz del abismo. Este rayo nos inicia en el canto planetario que establece la jerarquía del grito y el lamento como sacralidades del iniciado (...). Para los que claman ‘las fuentes’, queda sonando esta magia, y para esas multitudes estudiantiles que sin saberlo van suplicando raíces para afincar su sed de rumbo y belleza. La montaña nos muestra el milagro. Las ciudades deberán bendecirlo y enarbolarlo para que cumpla su misión de epicentro solar”.
Los dejo con esta nota publicada sobre la recientemente fallecida folclorista argentina Leda Valladares y en donde se nombra marginalmente a Los Jaivas.
Por Claudio Kleiman
El espíritu libre de Leda Valladares la ubicó en un lugar alejado de cualquier ortodoxia. Como investigadora, intérprete, musicóloga, recopiladora, desarrolló su obra en forma obstinadamente personal, al margen de las instituciones, recogiendo el folklore andino acompañada de su inseparable grabador, en esa enorme franja que media entre Ecuador y Santiago del Estero. Conocía a fondo la obra de los investigadores que la precedieron, como Raúl Cortazar, Carlos Vega e Isabel Aretz, pero tenía su propia cosmovisión, que la apartaba de cualquier academicismo. El canto “bonito” del folklore edulcorado que poblaba los festivales le resultaba vacuo, pasatista. Ella era una iconoclasta, siempre dispuesta a ir a fondo, descartando cierta idea de belleza proveniente de la cultura europea para priorizar una estética que “no busca la forma ni la belleza sino el desborde de la emoción”. Para alcanzar ese objetivo, la técnica es “la imaginación total y la libertad de la voz, que puede alcanzar cualquier salto mortal que sirva para el desangre psíquico”.
En ese sentido, Leda veía más próximas a esas esencias contenidas en la sabiduría ancestral de los pueblos originarios, a los artistas provenientes del rock, y también a los rebeldes del folklore, cuya búsqueda los llevaba a ser marginados por el establishment del género. Uno de sus muchos aportes fue transmitir sus hallazgos a una gran cantidad de músicos jóvenes formados en la cultura del rock, en una forma que –en muchos casos– afectaría de manera decisiva su futura producción artística.
Claro que esto no era casual. Leda, que había comenzado cantando blues hasta que descubrió las bagualas anónimas del NOA, consideraba que la vidala era “nuestro” blues, y tenía una fundamentación profunda para explicar ese nexo. “En todos los continentes pervive aún el cantor de montaña, campo, selva o playa abandonada, frente a quien tomamos conciencia del miserable uso de nuestra voz y del raquitismo que padecemos para sentir y hacer sentir nuestras emociones musicales (...). En las mismas ciudades, si el intérprete ha bebido en aquellas fuentes –por ejemplo, los del cantejondo, los negros de Harlem, los del beat, del rock, los bagualeros del NOA–, produce el auténtico delirio del público. Por algo el himno de la generación beat fue el tema ‘Howl’, es decir, ‘Aullido’. La música joven asentándose en el blues fue en procura de todas las jaurías del canto primero de la tierra.”
Uno de los primeros músicos de rock en aproximarse a Leda fue Gustavo Santaolalla, quien aún comandaba el grupo Arco Iris, pioneros en la fusión de rock y folklore. También la banda chilena Los Jaivas, quienes en esa época residían en Buenos Aires, corridos por la dictadura de Pinochet (y antes de tener que emigrar a Francia, perseguidos en este caso por la dictadura argentina). En 1974 realizaron experiencias, haciendo cantar bagualas anónimas a miles de estudiantes en la Facultad de Ciencias Económicas. Por la misma época, también colaboró con José Luis Castiñeira de Dios y Susana Lago, del grupo Anacrusa.
Diez años después, fueron León Gieco y el propio Santaolalla (esta vez en calidad de productor artístico) quienes se acercaron a Valladares para que bendijera con su aprobación y consejos el proyecto De Ushuaia a La Quiaca, al que reconocían como una continuación directa del Mapa Musical Argentino realizado por Leda entre los años 1960 y 1974, un extraordinario emprendimiento registrando las músicas auténticamente folklóricas de las distintas regiones del país. En De Ushuaia a La Quiaca quedaron registrados también algunos de los experimentos de Valladares, como el “canto colectivo”, en el que reunieron a cientos de chicos de las escuelas primarias de Tucumán –y sus maestras– en el Anfiteatro El Cadillal de esa provincia, cantando al unísono bagualas y vidalas anónimas. Era la concreción de una idea que impulsó desde siempre, y es que esas canciones deberían enseñarse en las escuelas para que los chicos aprendan a cantar la verdadera música de su tierra, sin las inhibiciones y limitaciones que imponen los coros tradicionales. Otra de sus ideas vanguardistas fue la “baguala centrífuga”, con varios bagualeros cantando simultáneamente distintos temas, como una forma de reproducir esa especie de cacofonía que se da naturalmente durante los carnavales del Norte, cuando las comparsas bajan de las montañas entonando cada una sus cantos, que se mezclan en el aire preñado de olores y promesas.
A fines de los ’80 y principios los ’90, Leda trabajó con una serie de músicos, entre los que se cuentan Fabiana Cantilo, Pedro Aznar, Gustavo Cerati, Fito Páez, Raúl Carnota, Federico Moura, Daniel Sbarra, Liliana Herrero, Suna Rocha, Jairo, Litto Nebbia, Gieco y Santaolalla, en tres álbumes editados por el sello Melopea (de Nebbia), titulados Grito en el cielo Vol. I (1989), Grito en el cielo Vol. II (1990) y América en cueros (1992), donde aparecía junto a una cantidad de cantores y comparsas de los valles norteños, haciendo temas anónimos del NOA. En el último de esos discos, la búsqueda se ampliaba para incluir las raíces de la música afroamericana, como el candomblé y las batucadas de Brasil, y el rito Lucumí de Cuba.
Explicando estas experiencias, Leda decía: “Y así, de grito negro a grito indio, repetía incansablemente que todos los grupos del rock, estuvieran donde estuvieran, se acercaran a escuchar estas canciones. Ellos, que sin duda tienen sensibilidad musical, advertirían enseguida la fuerza fenomenal del canto con caja. Y nos acercamos de músicos a músicos, no de formas y géneros musicales a otras formas y géneros musicales”.
Leda ya no está, pero quedan sus registros, sus numerosos hallazgos, sus enseñanzas, la hazaña de haber registrado cientos de cantores, coplas y formas de expresión que corrían el riesgo de perderse para siempre. Y esa búsqueda estaba impregnada de un aliento místico, rastreando en el canto agreste y milenario la fuente de una sabiduría que recupere el cordón umbilical que une al hombre con la tierra. En el texto que escribió para Grito en el cielo lo expresaba con estremecedora belleza: “Los sagrados cantores de los valles, los ‘vallistos’ que descienden de los siglos andinos, nos están esperando en los cerros del Noroeste argentino para revelarnos otra dimensión del canto, terrestre y sideral. Al escucharlos, aterrizamos en América y la descubrimos. Su discurso de cantores es la suprema desnudez: sólo tres notas escalofriadas por la voz del abismo. Este rayo nos inicia en el canto planetario que establece la jerarquía del grito y el lamento como sacralidades del iniciado (...). Para los que claman ‘las fuentes’, queda sonando esta magia, y para esas multitudes estudiantiles que sin saberlo van suplicando raíces para afincar su sed de rumbo y belleza. La montaña nos muestra el milagro. Las ciudades deberán bendecirlo y enarbolarlo para que cumpla su misión de epicentro solar”.
martes, enero 11, 2011
Maria Elena Walsh
Ha Fallecido María Elena Walsh, creadora argentina que ha tenido una fuerte influencia dentro del cancionero hispanoamericano, incluyendo por supuesto a Chile.
Les dejo con dos notas, uno publicada por Cancioneros.com en donde se hace mención a la influencia que tuvieron sus producciones junto con Leda Valladares dentro de la primera etapa de Víctor Jara y Quilapayún.
Y otra nota del Clarín de Argentina, en donde se extrae el relato de María Elena Walsh cuando conoció a Violeta Parra en Francia.
Fallece María Elena Walsh
Cancioneros.com
La compositora y escritora argentina María Elena Walsh, una de las voces más reconocidas del folklore, la canción de autor, la música para niños y la literatura infantil latinoamericana, falleció hoy a los 80 años en Buenos Aires tras una larga enfermedad.
10/01/2011 REDACCIÓN
María Elena Walsh falleció "luego de una prolongada internación y como epílogo de padecimientos crónicos que la aquejaban", según el informe médico emitido por el sanatorio de la Trinidad del barrio porteño de Palermo donde se encontraba internada. En 1981 le fue diagnosticado un cáncer óseo.
Los restos de la trovadora y escritora argentina serán velados en la tarde de este lunes en la sede de Sadaic y serán inhumados en la mañana de este martes en el Panteón que la sociedad posee en el Cementerio de la Chacarita, ubicado en Buenos Aires (capital).
Nacida en Buenos Aires en 1930, hija de un ferroviario de padres ingleses y de una argentina descendiente de andaluces, publicó su primer poema a los 15 años y su primer libro, Otoño Imperdonable, con 17.
Con esta primera obra logró muy buenas críticas y el segundo premio Municipal de Poesía, reconocimiento que le impulsó a comenzar a escribir ensayos y a introducirse en círculos literarios y universitarios.
Tras viajar a Estados Unidos con el poeta español Juan Ramón Jiménez, regresó a Argentina y publicó en 1951 su segundo libro, Baladas con Ángel.
Poco después, y debido a la difícil situación del país, Walsh se exilió en París con su compatriota Leda Valladares, con quien integró el dúo "Leda y María".
Juntas recorrieron diferentes lugares como intérpretes de música folclórica, recibieron varios premios y cosecharon un considerable éxito que les llevó a grabar varios discos que se han convertido en clásicos del folclore del noroeste argentino que influenciaron notablemente los primeros discos de Víctor Jara o Quilapayún, entre otros.
A partir de 1963 empezó a grabar en solitario composiciones propias que han dado la vuelta al mundo como por ejemplo Como la cigarra, Serenata para la tierra de uno, Endecha española o Vals del diccionario y que han sido interpretados por Mercedes Sosa, Joan Manuel Serrat, León Gieco o Rosa León entre muchos otros.
Durante sus cuatro años en la capital francesa, comenzó a escribir poemas y cuentos para niños, un trabajo que la convirtió en una reconocida figura de las letras infantiles en América Latina.
Entre las décadas de 1960 y 1970 publicó el grueso de su producción infantil, como Zoo Loco (1964), El reino del revés (1965), Dailan Kifki (1966), Cuentopos de Gulubú (1966) y Versos tradicionales para cebollitas (1967).
Más tarde llegarían El diablo inglés (1974), Chaucha y Palito (1975), Pocopán (1977), La nube traicionera (1989), Manuelita ¿Dónde vas? (1997) y Canciones para Mirar (2000).
Sus cuentos se convirtieron en clásicos de la literatura infantil argentina y sus personajes, como Manuelita la tortuga —llevada al cine en 1999 por el español radicado en Argentina Manuel García Ferré—, acompañaron la infancia de millones de niños latinoamericanos.
En 1985 fue nombrada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y, en 1990, Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba y Personalidad Ilustre de la Provincia de Buenos Aires. En 1991 fue galardonada con el Highly Commended del Premio Hans Christian Andersen de la IBBY (International Board on Books for Young People).
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Junto a Leda, un mal recuerdo para Violeta Parra
Clarin
Durante gran parte de los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón, en la década del 50 y como tantos otros artistas, María Elena Walsh vivió fuera de la Argentina. Junto con la tucumana Leda Valladares se instalaron en París donde comenzaron a cantar a dúo, en un circuito de bares y cafés, temas del cancionero folklórico argentino.
En aquellos años también estaba en París, probando suerte y acechada por la pobreza, la cantautora chilena Violeta Parra. En alguna ocasión se encontraron las tres. Mucho tiempo después, María Elena Walsh evocó aquel contacto que aparece en el libro Las cuerdas vivas de América (Editorial Sudamericana, 2002). “Violeta era absolutamente intratable. Como la famosa higuera de Juana de Ibarbourou, ‘era áspera y fea’. Alguien nos habló de ella y vino una tarde a nuestro plácido cuarto del Hotel du Grand Balcon (ya nos habíamos mudado del ‘más barato’ y elegido éste porque recogía algunos rayos del mísero sol de París). Violeta entró, huraña, peleadora, mal prevenida, empuñó la guitarra como quien va a matar y cantó sus viejas melodías, chilenísima, profunda, sufrida, conmovedora hasta los tuétanos”, recordó. “Hubiéramos querido hablar -supongo-, ‘cambiar figuritas’, es decir canciones y comentarios, como hacíamos con otros payadores, pero fue imposible. Recibimos una serie de estocadas intempestivas, de las que sólo recuerdo el insulto ‘burguesas’. La Violeta, al menos ese día, era una pura cabra de monte coceadora, celosa, desconfiada. Creo que con el insulto no aludía tanto a nuestra extracción social, sino que rabiaba contra la racha de prosperidad que atravesábamos en medio de la paupérrima colonia hispanoamericana de París”
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