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lunes, junio 17, 2013
Teatro Cariola: en busca de una segunda vida
Golpeado por el paso del tiempo y los recuerdos de su brillo de antaño, el monumento histórico de calle San Diego prepara estrategias para volver a la primera línea.
IÑIGO DÍAZ
Su construcción tardó seis años y tuvo un costo de 45 millones de pesos según apunta la crónica de "El Mercurio", fechada el 19 de marzo de 1954. Era el día de la inauguración del entonces llamado Teatro Satch, sigla para la Sociedad de Autores Teatrales de Chile. El público copó las mil 170 localidades en dos plateas y palcos para ver la comedia "Qué vergüenza para la familia", de Carlos Cariola, con la compañía de Alejandro Flores, que, según cuentan, era un galán al punto de que las mujeres se peleaban los boletos para verlo actuar.
La Satch había sido creada en 1915 por un grupo de autores y actores que buscaban defender sus derechos de propiedad intelectual. Treinta años después, Cariola -uno de los fundadores- convenció a la directiva de la necesidad de contar con un espacio propio. "Aburridos de arrendar los teatros Rex, Central o Huérfanos para que se presentaran las compañías nacionales, la Satch compró un terreno. ¿Por qué en calle San Diego al 246? En el centro, uno más pequeño costaba diez veces más", cuenta el actor, autor y actual presidente de la Satch, José Luis Gómez.
Vigente como Monumento Histórico desde enero, el recinto -que pasó a llamarse Teatro Cariola tras la muerte de su ideólogo en 1960- se encuentra en un deteriorado presente. Del orgullo de sus primeros años, del esplendor en los 60 y de la categoría en los 70 solo quedan algunas fotografías y una biblioteca donde se conservan los libretos de operetas, zarzuelas y obras presentadas allí por compañías como las de Carmen Amaya, Jorge Mistral, Silvia Pinal, Silvia Piñeiro y Arturo Moya Grau.
"El teatro aguantó cuatro terremotos. No está abandonado y seguimos con espectáculos todo el año, porque la sala se arrienda a diversas compañías. Se pueden ver los montajes del conjunto Palomar de Margot Loyola, versiones de 'Jesucristo Superestrella' o espectáculos del comediante Daniel Vilches", confirma Gómez, aunque también admite que no tienen capacidad económica para solventar un repunte.
"Su infraestructura data de muchos años y hay que normalizarla", advierte Félix Allende, jefe de preinversión del Gobierno Regional, entidad a la que el teatro acudió en busca de apoyo. "No se puede generar inversión pública con instalaciones eléctricas obsoletas o infraestructura de seguridad, sanitaria o de climatización que no está al día. Hay que ajustarlas a la normativa de ingreso para discapacitados", señala.
La Satch es una sociedad sin fines de lucro, de modo que todos sus ingresos debe invertirlos en nuevas producciones escénicas, servicios básicos, gastos operacionales y sueldos de un equipo que hoy está reducido de diecisiete personas a tres. La declaratoria de Monumento Histórico, al menos, le permitió dejar de pagar contribuciones, que llegaban a los $13 millones al año. Pero los problemas económicos están a la vista.
Hay butacas maltratadas, se advierte robo de las placas recordatorias de sus donantes originales, molduras derruidas, letreros luminosos quebrados, camarines deteriorados. Incluso la sociedad arrendó espacios en los cinco pisos del teatro a un instituto profesional cuyos alumnos realizaron notorios destrozos. "Todavía no resolvemos ese tema", dice José Luis Gómez.
"La restauración del teatro está estimada en $600 millones, distribuidos en el rescate de las butacas, que es lo fundamental, el recambio de cableado y cañerías, restauración estructural de fachada, camarines e implementación técnica", dice Felipe Mesina, productor y gestor vinculado al teatro, quien desde el ángulo artístico ve con buenos ojos el futuro del Cariola.
"Hay que aprovechar el gran potencial. No solo es la sala principal. También está el Teatro Alejandro Flores, con 140 butacas, siete camarines, un piano y un gran escenario. Allí se puede abrir el abanico hacia la música. Ya estamos diseñando una programación nueva y potente, que comenzará a operar en julio y que nos permitirá volver a llenar el viejo Teatro Cariola", dice.
viernes, enero 25, 2013
El emblemático Teatro Cariola es ahora Monumento Histórico
La protección patrimonial permitirá la reparación de las butacas y la modernización de sus equipos técnicos.
Carlos Andueza
A fines de 2010, la Sociedad de Autores Teatrales de Chile (Satch) presentó ante el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) un proyecto que buscaba declarar monumento nacional en la categoría de monumento histórico al emblemático Teatro Cariola. En agosto del año pasado, el CMN aprobó la declaración, pero ésta se concretó ayer, con la publicación del decreto en el Diario Oficial.
"Este es un respaldo histórico para el Teatro Cariola", afirma Claudio Gómez, vicepresidente de la Satch, entidad que actualmente es la encargada de administrar el edificio. "Estamos felices, porque ser considerados dentro de la categoría de protección patrimonial es una credencial ante la sociedad y ante los organismos públicos y privados que nos puede permitir elaborar proyectos de gestión, tanto para la recuperación como para la mantención de todos los espacios del teatro", dice Claudio Gómez, refiriéndose en particular a las butacas deterioradas por el paso del tiempo, los equipos técnicos y el piso del recinto.
El tradicional inmueble, ubicado en San Diego 246 de la comuna de Santiago, fue construido entre 1949 y 1954; cuenta con cinco pisos, y alberga dos salas de teatro: la principal, llamada Carlos Cariola, que tiene 1.170 butacas, y la sala Alejandro Flores, con 145 asientos.
Según consta en el Diario Oficial, el área protegida tiene una superficie aproximada de 1.329 m {+2} , y se destaca que "el inmueble posee una especial singularidad en relación a los teatros que se construyeron en mitad del siglo XX, debido a que representa una tipología de teatro para espectáculos de gran escala, construido en un momento de auge de los teatros de cámara o teatros de bolsillo".
domingo, junio 11, 2000
Crisis de Espacio
El Mercurio
En los últimos años, la escasez de salas teatrales institucionalizó el uso de lugares destinados originalmente para otros fines. No se trata de una opción ética o estética, y las consecuencias de su precariedad afectan muchos de los espectáculos presentados allí.
Por Juan Andrés Piña
Hace un par de meses, la publicidad de una obra de la compañía Gran Circo Teatro recordaba al público que asistiera a las funciones en la sala Casa Amarilla provistos de una frazada y almohadón. Simultáneamente, las noches en que se exhibía "Los bufones de Shakespeare", en el Teatro del Puente, sobre el río Mapocho, había una introducción ritual de la presentadora: 'No se alarmen si el puente se mueve: es normal". Y hace pocas semanas, un crítico teatral advertía al grupo La Memoria que el montaje de "Patas de perro" sólo podía ser visto completamente por la primera fila, debido a las especiales condiciones de la sala Galpón 7.
Las anteriores son sólo algunas señales de una crisis que el teatro chileno -o al menos santiaguino- arrastra en los últimos años: la escasez de salas que ofrezcan a actores y espectadores ciertas condiciones básicas de comodidad y eficiencia. Es posible que para un público juvenil -hasta de 25 años, digamos- los espacios en que han presenciado montajes teatrales les resulten comunes y corrientes, la normalidad. Es decir, básicamente sitios con problemas acústicos, de a ratos dificultosa iluminación, excesivamente amplios o severamente estrechos, quizá en los extramuros de la ciudad y donde ellos, como espectadores, debían trepar a lo alto de precarias graderías para alcanzar unos ásperos asientos, en los cuales espaldas de unos convivían íntimamente con rodillas de otros durante la función. Habitualmente asfixiantes en verano y gélidas en invierno, estas "salas" teatrales se han convertido en la norma más o menos usual de nuestros espectáculos, al punto de que resulta sorpresivamente grata la asistencia a un montaje en un espacio relativamente "convencional" como La Comedia, por ejemplo: butacas, eficaces dispositivos de iluminación, sonido adecuado, vista panorámica del escenario.
Marginación y no Marginalidad
Contrario a lo que pudiera pensarse, estos nuevos espacios teatrales no son necesariamente una opción estética ni menos ética: básicamente los grupos que trabajan allí simplemente carecen de alternativas y, en la mayoría de los casos, deben inventárselas o aceptar posiblemente a contrapelo lo que se les ofrece. Alternativa ética y estética fue la del Teatro Radical Norteamericano, que a comienzos de la década de 1960 renegó de los recintos tradicionales y buscó en sitios eriazos, locales abandonados, garajes y hasta en la calle, espacios donde mostrar sus propuestas. Pero aquellas exploración obedecía a un concepto mucho mayor, que incluía aspectos políticos, sociales y artísticos: un modo diverso y rupturista con el cual hacerle frente al teatro establecido u oficial.
Hace poco, en Chile también hubo algo parecido. El caso más emblemático fue el del Teatro de Fin de Siglo, que dirigía Ramón Griffero, y que a mediados de los años 80 se presentaba en el ya mítico El Trolley, un espacio marginal, alternativo y sobre todo impensado para la exhibición de una obra. Pero en aquella época, los temas de los detenidos desaparecidos o de las marginalidades políticas o sexuales impedían una representación cercana al mundo instituido: había que- a veces con mucho sacrificio-crear otro lugar. Entonces, las dificultades en la percepción de estos espectáculos eran asumidas como parte de las reglas de juego: la marginalidad se trabajaba en la marginalidad y sólo desde allí se podría acceder alguna vez a cierta legitimidad social.
Pasaron los años y marginación cedió, aun cuando no el tipo de sala. Ya no se trataba, claro, de barrios cercanos a la delincuencia y la prostitución donde estas obras se presentaban, pero igualmente persistieron las nuevas salas nacidas en lugares impensados originalmente para una representación teatral. Así, en la última década se institucionalizó y consolidó un concepto extraño, por decir lo menos, en el teatro independiente: cualquier lugar podría ser un potencial escenario. Y si era demasiado estrecho, se construyeron las famosas graderías en altura, el terror de un público adulto que paulatinamente fue dejando de asistir a estos espectáculos.
Una crisis histórica
Incluso el notable esfuerzo cultural de la Estación Mapocho, que creó varios espacios teatrales para los festivales de verano, deja ver que los recintos adaptados para tales efectos nada tenían que ver con el objeto para el cual fueron creados: mala acústica, lobreguez, precariedad en los mecanismos técnicos mínimos. Si bien es cierto en muchos casos directores y escenógrafos les han sacado partido a las condiciones específicas del espacio creado-el reciente caso del uso de las cortinas en "Patas de perro' por ejemplo, o la amplia verticalidad del Teatro del Puente- en la mayoría de ellos textos, actores y espectadores deben doblegarse frente a las condiciones del recinto. Uno de los casos más tragicómicos en los últimos años fue el montaje de "Infieles", de Marco Antonio de la Parra, en un lugar denominado El Burlitzer, en los bajos del Drugstore de avenida Providencia: la multitud de columnas que poblaban el local impedían que cualquiera tuviera acceso al espectáculo completo y los mas afortunados debían contentarse con ver la mitad del accionar escénico. Una obra para escuchar.
El tema no es nuevo: frente a la crisis de salas, a comienzos de los 40 la Sociedad de Autores Teatrales de Chile (SATCh) decidió construir una propia, el hoy llamado Teatro Carlos Cariola. Los trabajos se iniciaron en 1945 y el lugar sólo fue inaugurado en 1954. Pero a esas alturas, el concepto de sala de teatro estaba cambiando: los grandes recintos como aquél ya desaparecían, dando paso a los Teatros de Bolsillo, es decir, las salas teatrales más pequeñas fenómeno, por lo demás, universal. Por ello "el Cariola", como se le conoce, tuvo pocos años de esplendor y es un milagro que todavía subsista como tal y no se haya convertido en una bodega mas de la calle San Diego.
La invención de estos espacios postizos en los últimos años tuvo una causa: la progresiva desaparición de la mayoría de las salas teatrales que durante años y hasta finales de la década de 1970 funcionaron en Santiago. Entre ellas: Moneda, Camilo Henríquez, Petit Rex, Abril, Del Ángel, Bulnes, Cámara Negra. De este estilo sólo subsiste La Comedia. Por su parte, sólo los teatros universitarios cuentan con lugares propios (Antonio Varas y las dos salas de la Universidad Católica), los que sólo en ocasiones muy especiales son ocupados por otros grupos. Haber dejado morir aquellas salas -hoy convertidas en financieras o gimnasios- sin haber creado lugares válidamente alternativos, es parte de una tradición nacional cuyo énfasis no ha sido precisamente la cultura. Capitales mucho más pequeñas que Santiago, como Montevideo, por ejemplo, cuentan con al menos una docena de salas de diverso tamaño, confortables y adecuadas para el montaje de obras tanto tradicionales como rupturistas: allí, la posición estética o política del grupo no se mide por la precariedad del espacio- es decir, mientras mas desolador es el lugar, mas vanguardista es la puesta en escena- sino por las cualidades intrínsecas del espectáculo.
Es de esperar que la reciente creación de la sala San Ginés en el barrio Bellavista corra mejor suerte que otros interesantes lugares como la sala Nuval-inexplicablemente desaparecida- o la multisala Arena, actualmente subutilizada, ya que constituye una oferta que supera esta tradición de espacios inadecuados para una correcta representación teatral.
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Texto extraído de la edición en papel de Artes y Letras del 11 de Junio de 2000.
Trancripción: Víctor Tapia. 26 de Abril 2025.


