domingo, agosto 02, 2026

“Violeta y Gilbert”, la historia de un amor tormentosamente intenso

 



El Mercurio

El libro de Patricia Díaz-Inostroza se adentra en la relación entre la folclorista y el aventurero suizo. Una bitácora de sus últimos años, que también derriba mitos, y plantea que “Gracias a la vida” está inspirada en él.

José Vásquez

La historia, completa, tiene rasgos novelescos. “Violeta y Gilbert” (Pehuén), el libro que acaba de lanzar Patricia Díaz-Inostroza, está cruzado por el viaje y el amor tormentoso, donde el destino, o quizás el azar, fueron construyendo una narrativa que si no estuviera tan bien documentada, podría pasar perfectamente por un guion de ficción.

Sobre la vida y obra de Violeta Parra existe abundante bibliografía. La folclorista más universal de Chile está ampliamente cubierta, pero este episodio de su vida, el capítulo de su relación más importante, no se había explorado en profundidad, como ahora, donde también se perfila quién fue Gilbert Favre. Un suizo que trabajaba de tramoya en Ginebra, que era un músico aficionado amante del jazz, que entonces soñaba con ir a buscarse la vida a Grecia, pero que de pronto, por una conversación casual con un amigo, llegó a ofrecerse frente al arqueólogo Jean-Christian Spahni, que buscaba un colaborador para viajar al otro lado del Atlántico.

El relato, que va a ser cronológico, se inicia en 1960. Favre tiene una historia increíble en la primera parada en África, o el hundimiento posterior del barco que lo llevó hasta Argentina. La autora destaca al suizo con un término que se repetirá a lo largo del libro: “Su buena estrella”, que lo acompaña.

Y bueno, llegado a Santiago, apenas hablando algunas palabras de español, va a una disquería en el centro para investigar sobre el folclor del país. Desde ahí le señalan que sus preguntas serían mejor respondidas en la Universidad de Chile, donde llega hasta una sala en la que estaba Gastón Soublette, y escucha los nombres de Margot Loyola y Violeta Parra. “¿Cuál es más interesante?”, pregunta. Le dicen que Parra. Adela Gallo, fotógrafa y amiga de la cantautora, justo andaba por ahí. Era 3 de octubre, y le ofrece llevarlo a conocerla al otro día, que era su cumpleaños.

Todo parece demasiado conectado. Ya en la casa de La Reina, ella rompe el malhumor de Violeta diciéndole que le traía “un gringo de regalo”. Su cara se ilumina al instante. Él tenía casi 20 años menos. Lo que sigue luego es una historia interminable de idas y venidas, pasión y violencia. Distanciamiento por los viajes a Buenos Aires, y Europa, su exposición en el Louvre, y una comunicación tan tórrida como cariñosa y sentimental a través de las cartas.

Una violetóloga

“El libro lo escribí como una novela de no ficción porque sentí que no había otra forma de hacerlo, además, ella (Violeta) me fue indicando el camino”, cuenta Díaz-Inostroza, que desde prácticamente hace cuatro décadas ha estudiado a la artista. La autora de “Violeta y Gilbert”, con la bajada de “una historia de amor, locura y música”, es periodista y musicóloga, ha publicado obras como “El Canto Nuevo chileno: Un legado musical” (2007), y sobre la cantante lírica, “Clara Oyuela y el arte de cantar” (2017), entre otros, y fue la directora del grupo folclórico Abril.

El 2015, en LASA (Latin American Studies Association), un congreso realizado en Puerto Rico, fue presentada como “violetóloga”, donde fue invitada a hablar de la cantautora. Ese, cuenta, fue el impulso para comenzar este libro, que tuvo una primera edición autogestionada en 2023 de solo 200 ejemplares, que se vendieron casi de inmediato, hasta ahora que tiene esta primera edición de Pehuén, con una mayor distribución, lanzada el pasado miércoles.

“El libro parte en 1960 y cubre la etapa, quizás, más creativa de Violeta, pero también porque me interesaba tener una pista del por qué ella se había quitado la vida. Por eso me metí en profundidad en esos años y cuando aparece Gilbert, esta investigación se me agrandó”, dice la autora. ¿Es responsable el suizo de la decisión de la artista? Para Díaz-Inostroza, esa conclusión es apresurada, y responde con que fue una sumatoria de cosas.

“Hablar del amor de Violeta y Gilbert como tóxico es verlo con palabras contemporáneas. Fue un amor muy apasionado, ellos vivieron juntos, se decían ‘marido y mujer'. No eran gente común y corriente, porque Gilbert quería conocer el mundo, era un enamorado de la vida y hacen cortocircuito cuando se mandaban a la punta del cerro. Más lo hacía la Violeta con él, que al revés”, dice la autora.

De ahí nacieron canciones como “Run run se fue pa'l norte”, inspirada en lo que él le describe cuando la deja, yéndose a Bolivia, o “Gracias a la vida”, que la escritora defiende como un tema de amor, también inspirado en Favre.

Antes de su muerte, ocurrida el 5 de febrero de 1967, había aparecido un personaje que la autora sí sindica como “tóxico”, el uruguayo Alberto Zapicán. “Ella pasaba un momento de depresión importante y sentía que todo el mundo le daba la espalda, sus hijos, sus compañeros de canto, y Gilbert, que la había dejado”.

En este epílogo oscuro hay espacio para desmitificar el fracaso del que se habló, que fue su carpa en La Reina. El lugar sufrió con el temporal en 1966, “un año muy lluvioso, donde se rompe la carpa”, explica la autora. “También se decía que ese fracaso tuvo implicancias en su suicidio, porque era su gran obra, pero no fue así. Fue un proyecto más de ella, que cuando cae, no es que la haya abandonado el público. Era invierno. En verano o primavera, había mucha gente. Era un lugar más grande que la Peña de los Parra, que estaba en el centro. La investigación profunda rompe mitos”, plantea Díaz-Inostroza.

Gilbert Favre se casó en Bolivia, y desde ahí forjó una destacada carrera con el conjunto Los Jairas, trascendentes dentro de la canción andina. Falleció en 1998, ya de regreso en Europa.


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