domingo, agosto 02, 2026

SCD demanda a Walmart y Cencosud y pide anular contrato para emitir música en locales: “No son legales”

 


El Mercurio

La SCD cuenta con 65 personas para monitorear restaurantes, tiendas, pizzerías y otros espacios que deben pagar una licencia por la música. Ha iniciado acciones legales contra una decena, incluidos retailers, a quienes acusa de tener un contrato de reproducción con un tercero no legitimado. 

Por María José Tapia

 Tío Tomate, la Destilería, Santino, Casa Lastarria, Mulato, La CAV, sucursales de Johnny Rockets y McDonalds, solo por nombrar algunos. La Sociedad Chilena del Derecho de Autor ha impulsado cientos de demandas en los últimos años, y una veintena solo en este ejercicio. Todas por no pago de licencia para reproducir música en locales comerciales, restaurantes o retailers. En algunos casos, las deudas superan varios millones.

La ley autoriza a la SCD a realizar la gestión colectiva de los derechos de autor y conexos, y cobrar por esos derechos a quienes los utilicen. Cada local —desde restaurantes hasta clínicas— debe tener una licencia entregada por la asociación. Es un pago mensual determinado por metros cuadrados, cantidad de mesas o ingresos, dependiendo del giro, que puede partir en unos $20.000 al mes hasta varios miles en los casos de grandes superficies.

“El usuario tiene que pedir la licencia. Eso en la práctica casi no ocurre, por lo que tenemos un grupo de ejecutivos de Arica a Punta Arenas que, mediante un sistema informático, busca usos”, señala el director general de SCD, Juan Antonio Durán, sobre las 65 personas que ubican restaurantes y piden firmar el contrato.

Los restaurantes demandados se han defendido aduciendo fuerza mayor por el período de pandemia, y prescripciones. Por ejemplo, a la pizzería Tío Tomate del Mañío le reclaman $4,9 millones y 50 UTM por indemnización. La causa sigue en curso.

“No se cobró en pandemia”, dicen en la SCD. Dieron de baja más de 6.500 usuarios, entre los que cerraron, quebraron o no podían operar. “Antes de la pandemia teníamos 15.500 usuarios y este año esperamos llegar a 13.000, recién. No hemos podido recuperar el nivel que teníamos antes de la pandemia”. Y agregan: “Si un usuario dejó de pagar en la pandemia y no dijo nada, sí estamos demandando, porque eso quedó atrás hace rato”. Al cierre de 2025, la SCD reportaba ingresos por $14.612 millones. De ellos, la mitad proviene de los derechos que pagan las grandes plataformas, como Spotify, YouTube, Netflix. Luego vienen los conciertos y grandes espectáculos. Y entre un 15% a 20% de los retornos tienen que ver con estos locales, denominados Usuarios Generales Permanentes.

A comienzos de junio, la Corte Suprema falló en favor de la SCD. Rechazó los recursos interpuestos por El Mesón de la Patagonia en Lo Barnechea. Le ordenó —se lee— pagar una multa de 5 UTM por infringir la Ley Nº17.336 de propiedad intelectual y una indemnización equivalente a 2,40 UTM mensuales, más un 50% por derechos conexos. Existen otros varios casos en los que la SCD triunfó, estrategia que ha dado un paso más.

La arremetida sobre los retailers

El 27 de mayo, la organización demandó a Walmart y todas sus filiales, antes lo había hecho también con Cencosud.

En 2017, ambos retailers habían firmado un contrato de reproducción de música con la empresa D&A, que según la SCD contraviene los artículos 67 y 91 de la LPI, que plantean que el cobro de derechos deberá efectuarse a través de la entidad de gestión colectiva que los representa.

D&A Licencing fue fundada en 2016. A diferencia de la SCD que gestiona colectivamente derechos de autor, D&A —señala— gestiona de manera individual, no se basa en un repertorio, sino en un catálogo determinado de unas 900 canciones —la SCD procesa 50 millones semestralmente—, autorizadas por sus titulares, directamente o a través de la firma de gestión de derechos europea, Soundreef, según subrayan en las acciones judiciales. Todos, planteamientos que SCD rechaza. “Ellos recurren a un eufemismo, al decir ‘no hacemos gestión colectiva, sino gestión individual múltiple', pero hacen exactamente lo mismo que SCD”, dice Durán.

Por eso, la acción judicial recae sobre el contrato que firmaron los retailers y D&A. Apuntan a que la justicia los anule. “Sostenemos que no son legales, y por tanto es una operación ilícita”.

En años anteriores, la asociación ya había intentado ir sobre D&A con una querella penal. La Corte de Apelaciones la desestimó. Y los socios de la empresa, tras dos años de investigación, fueron sobreseídos. “D&A sí cuenta con autorizaciones”, señaló el tribunal.

“Solo dijo que esto podrá exigirse por otra vía, no por la vía penal, y por eso estamos demandando civilmente”, señala el dirigente.

“La verdadera razón por la cual la SCD ha interpuesto la demanda es porque pretende arrogarse una representación que no tiene”, dice D&A en una acción judicial. “Pretende —subrayaron— prohibir que mi representada licencie o sublicencie, las canciones respecto a las cuales tiene derecho, erigiéndose con ello como la única alternativa para que empresas que atienden público tengan música ambiental”.

Hace dos semanas, Walmart contestó la demanda. Reiteró que no es primera vez que la SCD intenta ir sobre el rol de D&A. Y que el tribunal ya desestimó esas acusaciones. “La SCD confiesa que su cuestionamiento no recae sobre el contrato en su individualidad, sino sobre la actividad comerciales de D&A en general. Ese juzgamiento es ajeno a una acción de nulidad”.

Según antecedentes aportados a la causa, en 2023, un Ekono pagaba $32.400 al mes; un Acuenta, unos $62.000; un Express, promediaba $50.000, y un HiperLider podía llegar hasta $82.000 mensuales, por derechos musicales. Todos de la cadena Walmart.

Las tarifas de D&A serían hasta la mitad de lo cobrado por la SCD.

En el caso de Cencosud, la disputa venía desde bastante antes. En 2023 fue la primera vez que SCD demandó a su negocio de mejoramiento del hogar, Easy. Pidió también la nulidad del contrato con D&A. “Las relaciones comerciales entre D&A, Cencosud y Easy no adolecen de objeto ni causa ilícita”, se defendió el retailer. “En definitiva, lo que la SCD pretende es apropiarse ilegítimamente de la gestión de derechos de autor y conexos, sobre los cuales ni la demandante —ni nadie— puede tener derechos exclusivos”, añade la defensa. La causa sigue tramitándose.

Contactados D&A y los retailers, no estuvieron disponibles para este reportaje.  

“Violeta y Gilbert”, la historia de un amor tormentosamente intenso

 



El Mercurio

El libro de Patricia Díaz-Inostroza se adentra en la relación entre la folclorista y el aventurero suizo. Una bitácora de sus últimos años, que también derriba mitos, y plantea que “Gracias a la vida” está inspirada en él.

José Vásquez

La historia, completa, tiene rasgos novelescos. “Violeta y Gilbert” (Pehuén), el libro que acaba de lanzar Patricia Díaz-Inostroza, está cruzado por el viaje y el amor tormentoso, donde el destino, o quizás el azar, fueron construyendo una narrativa que si no estuviera tan bien documentada, podría pasar perfectamente por un guion de ficción.

Sobre la vida y obra de Violeta Parra existe abundante bibliografía. La folclorista más universal de Chile está ampliamente cubierta, pero este episodio de su vida, el capítulo de su relación más importante, no se había explorado en profundidad, como ahora, donde también se perfila quién fue Gilbert Favre. Un suizo que trabajaba de tramoya en Ginebra, que era un músico aficionado amante del jazz, que entonces soñaba con ir a buscarse la vida a Grecia, pero que de pronto, por una conversación casual con un amigo, llegó a ofrecerse frente al arqueólogo Jean-Christian Spahni, que buscaba un colaborador para viajar al otro lado del Atlántico.

El relato, que va a ser cronológico, se inicia en 1960. Favre tiene una historia increíble en la primera parada en África, o el hundimiento posterior del barco que lo llevó hasta Argentina. La autora destaca al suizo con un término que se repetirá a lo largo del libro: “Su buena estrella”, que lo acompaña.

Y bueno, llegado a Santiago, apenas hablando algunas palabras de español, va a una disquería en el centro para investigar sobre el folclor del país. Desde ahí le señalan que sus preguntas serían mejor respondidas en la Universidad de Chile, donde llega hasta una sala en la que estaba Gastón Soublette, y escucha los nombres de Margot Loyola y Violeta Parra. “¿Cuál es más interesante?”, pregunta. Le dicen que Parra. Adela Gallo, fotógrafa y amiga de la cantautora, justo andaba por ahí. Era 3 de octubre, y le ofrece llevarlo a conocerla al otro día, que era su cumpleaños.

Todo parece demasiado conectado. Ya en la casa de La Reina, ella rompe el malhumor de Violeta diciéndole que le traía “un gringo de regalo”. Su cara se ilumina al instante. Él tenía casi 20 años menos. Lo que sigue luego es una historia interminable de idas y venidas, pasión y violencia. Distanciamiento por los viajes a Buenos Aires, y Europa, su exposición en el Louvre, y una comunicación tan tórrida como cariñosa y sentimental a través de las cartas.

Una violetóloga

“El libro lo escribí como una novela de no ficción porque sentí que no había otra forma de hacerlo, además, ella (Violeta) me fue indicando el camino”, cuenta Díaz-Inostroza, que desde prácticamente hace cuatro décadas ha estudiado a la artista. La autora de “Violeta y Gilbert”, con la bajada de “una historia de amor, locura y música”, es periodista y musicóloga, ha publicado obras como “El Canto Nuevo chileno: Un legado musical” (2007), y sobre la cantante lírica, “Clara Oyuela y el arte de cantar” (2017), entre otros, y fue la directora del grupo folclórico Abril.

El 2015, en LASA (Latin American Studies Association), un congreso realizado en Puerto Rico, fue presentada como “violetóloga”, donde fue invitada a hablar de la cantautora. Ese, cuenta, fue el impulso para comenzar este libro, que tuvo una primera edición autogestionada en 2023 de solo 200 ejemplares, que se vendieron casi de inmediato, hasta ahora que tiene esta primera edición de Pehuén, con una mayor distribución, lanzada el pasado miércoles.

“El libro parte en 1960 y cubre la etapa, quizás, más creativa de Violeta, pero también porque me interesaba tener una pista del por qué ella se había quitado la vida. Por eso me metí en profundidad en esos años y cuando aparece Gilbert, esta investigación se me agrandó”, dice la autora. ¿Es responsable el suizo de la decisión de la artista? Para Díaz-Inostroza, esa conclusión es apresurada, y responde con que fue una sumatoria de cosas.

“Hablar del amor de Violeta y Gilbert como tóxico es verlo con palabras contemporáneas. Fue un amor muy apasionado, ellos vivieron juntos, se decían ‘marido y mujer'. No eran gente común y corriente, porque Gilbert quería conocer el mundo, era un enamorado de la vida y hacen cortocircuito cuando se mandaban a la punta del cerro. Más lo hacía la Violeta con él, que al revés”, dice la autora.

De ahí nacieron canciones como “Run run se fue pa'l norte”, inspirada en lo que él le describe cuando la deja, yéndose a Bolivia, o “Gracias a la vida”, que la escritora defiende como un tema de amor, también inspirado en Favre.

Antes de su muerte, ocurrida el 5 de febrero de 1967, había aparecido un personaje que la autora sí sindica como “tóxico”, el uruguayo Alberto Zapicán. “Ella pasaba un momento de depresión importante y sentía que todo el mundo le daba la espalda, sus hijos, sus compañeros de canto, y Gilbert, que la había dejado”.

En este epílogo oscuro hay espacio para desmitificar el fracaso del que se habló, que fue su carpa en La Reina. El lugar sufrió con el temporal en 1966, “un año muy lluvioso, donde se rompe la carpa”, explica la autora. “También se decía que ese fracaso tuvo implicancias en su suicidio, porque era su gran obra, pero no fue así. Fue un proyecto más de ella, que cuando cae, no es que la haya abandonado el público. Era invierno. En verano o primavera, había mucha gente. Era un lugar más grande que la Peña de los Parra, que estaba en el centro. La investigación profunda rompe mitos”, plantea Díaz-Inostroza.

Gilbert Favre se casó en Bolivia, y desde ahí forjó una destacada carrera con el conjunto Los Jairas, trascendentes dentro de la canción andina. Falleció en 1998, ya de regreso en Europa.