domingo, mayo 26, 2024

Violeta de mayo

 



El Mercurio


Antes de darse a conocer como cantante de su obra propia y difusora del folklore chileno, Violeta Parra tuvo un momento artístico español. Recién llegada a Santiago fue testigo en los años 40 de la moda de la música española, que copaba teatros y boites donde cantaban y bailaban los más populares exponentes del flamenco, la copla y el pasodoble. Ella quiso formar parte, como artista, de esta corriente y se presentó en los escenarios con un nombre que evocaba a España.

Juan Pablo González Universidad Alberto Hurtado


Terminada la guerra civil española, América Latina recibía una oleada de cantaores y bailaores de España, unos alejándose del régimen de Franco y otros promoviéndolo, aunque compartiendo los mismos géneros músicales. Varios de ellos se radicaron en Argentina y México, donde junto con participar en abundantes producciones cinematográficas difundidas por el continente, visitaron regularmente las naciones americanas ante un público ávido de españolismos. Es así como la actividad del exilio se fue superponiendo a las embajadas artísticas enviadas por el franquismo temprano como una forma de vencer su aislamiento luego de la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. El primer destino fue Argentina, en 1948, y al año siguiente se repitió la experiencia con Chile y Perú, y con Colombia y Panamá, buscando países vecinos de distintas zonas de América. De este modo, las dos Españas confluían en el nuevo continente unidas por la misma música.


De todo esto fue testigo Violeta Parra en los inicios de su carrera en Santiago, encontrando en la música española una posibilidad de desarrollo artístico y de apertura al mundo. Su hermano Nicanor le había transmitido la fascinación por la generación española del 27, aquella integrada por Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre y varios más, que habría sido un factor importante para despertar en ella el interés por la cultura y la música española, según sus biógrafos. Esta música no solo estaba en boga en América, sino que también se relacionaba con el exilio republicano luego de la llegada a Valparaíso en 1939 de más de dos mil refugiados a bordo del “Winnipeg”, gracias a las gestiones realizadas por Pablo Neruda en el extranjero.


Violeta siempre tomó partido ante el acontecer político y social de su tiempo, aunque demostrando gran apertura en materias artísticas. Es interesante constatar que ni para ella ni para el mundo progresista del que formaba parte constituía una afrenta el hecho de que el flamenquismo y la copla, los dos géneros españoles que imperaban dentro y fuera de España desde los años treinta, fueran también promovidos por la diplomacia musical franquista. Dicho público los apreciaba igual que las canciones recogidas por García Lorca o entonadas por el bando republicano. Además, para la migración y el exilio, todo ese repertorio era una forma de reencontrarse con trozos de la España lejana.


Es en este contexto que Violeta Parra comenzó a integrar música española a su repertorio de cantante de bares a fines de los años treinta. Luego de llegar a Santiago a los diecinueve años de edad, había encontrado su primer trabajo estable en el restaurante El Popular, de la esquina de Matucana con Mapocho. Violeta combinaba canciones españolas con boleros, rancheras y corridos que ya aparecían en el cine mexicano exhibido en el país. Todo esto lo absorbió con prontitud, a lo que agregó algunos tangos y las infaltables cuecas como fin de fiesta. Al frente de El Popular estaba el Tordo Azul, que pronto se transformaría en su principal escenario y lugar de encuentro con su primer marido, padre de Isabel y Ángel.


El desembarco español


Por ese entonces, dos cantaores flamencos refugiados en Buenos Aires visitaban Chile en forma recurrente: Juan Mendoza –El Niño de Utrera– y Ángel Sampedro –Angelillo–. Fue el Teatro Baquedano el que albergó el debut de Angelillo en Santiago a mediados de 1944, quien cinco años más tarde regresaría para presentarse en la recién inaugurada boite Goyescas de la esquina de Estado con Huérfanos, escenario principal para la música española en la capital. Angelillo era el músico español con el mayor catálogo discográfico en el país, destacándose sus discos RCA Victor grabados en Santiago de bulerías, farrucas, zambras y pasodobles, géneros con los que Violeta Parra aprendería a cantar español.


El Niño de Utrera también vino varias veces a Chile desde los años cuarenta, al comienzo como parte del elenco del espectáculo de variedades selectas Cabalgata, del Teatro Lara de Madrid, que incluía canciones, poesía y baile a cargo de cancionistas, estilistas, bailarines gitanos y guitarristas flamencos. Algunas de sus canciones fueron publicadas en partituras para canto y piano por Casa Amarilla en Santiago, reflejando el interés que despertaba esta música en el público ilustrado. Estos espectáculos fueron coronados con la llegada en noviembre de 1945 de la diva mimada del franquismo: Concha Piquer, junto a su espectáculo Canciones y Bailes de España. La presencia en Valparaíso y Santiago de la Piquer con un elenco de veinte integrantes –más sus memorables baúles–, resultaba todo un acontecimiento artístico y social para el país. Luego de haber sido una cupletista de renombre, Concha Piquer hacía carrera con la copla, una canción narrativa de amor basada en géneros flamencos y folclóricos de gran despliegue escénico. La copla era popular desde antes de la guerra civil, les sirvió a los vencidos para sobrellevar la derrota, y también fue instrumentalizada por el franquismo como reflejo de la España profunda. Esta faceta artística o selecta de la música y el baile español es la que más le atraería a Violeta Parra y dentro de la cual desarrolló su propia carrera como Violeta de Mayo.


No cabe duda de que el fomento de la hispanidad propiciado por el franquismo en América, sumado al exilio republicano, contribuyó a estrechar lazos intelectuales, políticos y artísticos entre el mundo hispano con la música y sus industrias asociadas jugando un papel central. La continua presencia de artistas del cante flamenco y copla en México, Santiago o Buenos Aires puede haber contribuido tanto o más a revertir la “desunión espiritual de los pueblos hispánicos” como se quejaban en España, que la labor de embajadores, ministros e intelectuales afines y opositores al régimen. Las continuas visitas de artistas españoles a Chile y la permanente oferta de discos y de españoladas cinematográficas contribuyeron a formar un público especializado posible de alimentar localmente. De esto se encargarían varios artistas chilenos que construyeron personajes artísticos españoles. Junto a nuestra Violeta de Mayo, se destacaba Pepe Lucena, apodo con el que Francisco Gómez Ortiz se presentaba en Radio Minería y en El Goyescas como cantaor flamenco; el destacado bailarín y coreógrafo Paco Mairena, en su faceta de bailarín gitano; Manolita Reina, presentada como estilista andaluza, y el guitarrista Claudio Moral, entre muchos otros. Asimismo, las orquestas chilenas incluían habitualmente repertorio español en sus actuaciones, especialmente la dirigida por Don Roy, quien en los años cincuenta publicaría varios discos con arreglos de jotas y pasodobles.


La radio se sumaba con fuerza al auge de la música española en Chile no solo incluyendo repertorio español en su programación diaria, sino que también ofreciendo programas especializados en música española. Este era el caso del Colmao Llodrá, programa dominical transmitido por Radio Minería desde comienzos de los años cuarenta, que “se ha convertido en clásico dentro del ambiente”, señala la revista Ecran. Programas como estos le permitieron a Violeta Parra familiarizarse con el repertorio español mientras criaba a sus pequeños hijos en casa. Al poco tiempo, comenzaría a ser noticia por sus interpretaciones de canciones españolas por Radio del Pacífico. Su voz es “sumamente bien afiatada y firme, con algo de la de Imperio Argentina” señala Ecran. En efecto, luego de haber conocido cupletistas de circo cuando adolescente, Violeta encontró inspiración en la cupletista y actriz de cine Imperio Argentina, nacida en el país trasandino pero radicada en España, donde llegó a ser otra de las artistas favorecidas por Franco. Algo que Violeta Parra no tenía por qué saber.


El paso decisivo


En medio de la eclosión de giras de artistas españoles por América y de la aparición de artistas locales personificados como españoles, Violeta Parra daba el paso definitivo para entrar en gloria y majestad al mundo de la música española. Esto lo logró ganando un concurso de canto y baile organizado por exiliados españoles en el Teatro Baquedano en 1944, el mismo lugar y año en que debutaba Angelillo en Chile. Es allí donde se presentó como Violeta de Mayo, mes en que se conmemora en España el levantamiento contra la invasión napoleónica y la fiesta de San Isidro, patrono de Madrid. Al mismo tiempo, en Chile se celebra la Cruz de Mayo, de la cual Violeta era devota, celebración que provenía de España y, como en muchos lugares del mundo, se conmemora el Día del Trabajo. Gran parte de lo que era y de lo que quería ser Violeta se encarnaba en el mes de mayo.


Como siempre, Violeta Parra se preparaba muy bien para lo que hacía, y con la asesoría de Jesús López, profesor español de bailes regionales, había aprendido a cantar y bailar zambras, farrucas, pasodobles y sevillanas. Hasta habría aprendido a tocar castañuelas, adminículos indispensables para el baile y el cante flamenco. Premunida de todo este bagaje, ingresó a la compañía del actor melodramático valenciano Doroteo Martí, con quien realizó giras por el país, actuando, cantando, tocando y bailando música española junto a sus dos pequeños hijos. Además, madre e hija fueron contratadas en 1946 como número español en la recién inaugurada boite Casanova, de la calle Huérfanos de Santiago. Allí Violeta era presentada como una auténtica intérprete del folklore español, que ya cantaba con un logrado acento castizo.


Sin embargo, en sus primeros seis discos para RCA Victor, grabados con su hermana Hilda entre 1949 y 1952, Violeta Parra no incluyó el repertorio español al que la había conducido su hermano Nicanor, que por ese entonces estudiaba en Oxford. Al parecer, luego de haber visto a la espléndida bailaora, cantante y actriz española Carmen Amaya en el Teatro Municipal de Santiago en febrero de 1950, habría asumido que ella no era una española auténtica, como recuerda su hijo Ángel, poniendo fin a Violeta de Mayo. De todos modos, en sus años dedicada al repertorio español, Violeta Parra incrementó su experiencia escénica, se inició en la radio, se enfrentó al micrófono, realizó sus primeras giras nacionales y pudo integrar a su familia a su actividad artística. Todo esto marcará su carrera a partir de los años cincuenta, enfocada en la difusión del folklore chileno y de su propia obra por el mundo.

domingo, mayo 12, 2024

Quilapayún: “Siempre hemos estado angustiados con la repetición”


 

El Mercurio


Próximos a cumplir 60 años de historia, el conjunto prepara un concierto inédito en su carrera, con el atractivo de un sonido inmersivo y una selección especial de su repertorio.

José Vásquez

Lo de romper esquemas no es nuevo para Quilapayún, figuras capitales dentro del movimiento de la Nueva Canción Chilena, asociados primero al folclor, por sus reconocibles ponchos negros, pero por contrapartida, siempre atentos a la vanguardia. Es por esto que Eduardo Carrasco, director de la banda, llama a no sorprenderse con que ellos vayan a realizar, este 18 de mayo en el Centro Cultural Ceina, un inédito concierto con sonido inmersivo, porque lo del conjunto y la tecnología es una historia ya de larga data.


“Siempre nos ha interesado hacer ese tipo de experimentos”, señala Carrasco, quien recuerda que en 2003 realizaron un show en vivo y en directo, con músicos en Chile y en Europa, gracias a una incipiente versión de una videoconferencia. “Fue un concierto donde algunos miembros de Quilapayún estaban en Francia y otros acá en Santiago, en el auditorio de la Torre Telefónica y, al final, lo que escuchaba la gente era la suma de los dos lugares. Fue muy bonito; de hecho, eso salió en las páginas de Tecnología de ‘El Mercurio'”, recuerda el músico, quien hace 21 años ya visualizaba las posibilidades que iba a ofrecer el futuro.


“Las proyecciones son asombrosas, muy pronto asistiremos a conciertos donde la orquesta estará tocando en Chile, el solista en Japón y otra parte en Nueva York”, declaraba el director del grupo entonces, en agosto de 2003 a este diario y hoy también postula algo similar, antes de su show con este sonido en 360 grados: “Desde el punto de vista puramente musical, es un recurso artístico importante y es probable que después se vuelva más común hacer este tipo de cosas”, señala Carrasco.


La idea surgió luego de que Sergio Stecher le presentara al grupo las posibilidades que ofrecía el sonido inmersivo. “Él, que hace sonido a casi todos los grandes espectáculos que se realizan en Chile, nos mostró su sala donde lo tenía instalado y quedamos en utilizarlo en un concierto cuando tuviéramos un teatro adecuado, porque no se puede hacer en cualquier parte”, destaca el músico sobre la particularidad de esta propuesta, que se caracteriza porque se podrá oír el concierto desde todos los sectores del recinto, es por eso que al show lo titularon: “P´aquí, p´acá, p´allá, payún”.


“Los parlantes no están solo al frente dirigidos al público, como habitualmente se hace en los conciertos. Aquí estarán alrededor de la sala, donde se podrá oír una voz que llega de atrás, otra de adelante, de al lado, todo en un sonido envolvente”, describe Carrasco, que dice que utilizarán esta tecnología, “sin que se transforme en una cosa artificiosa” y “aprovechándola como una especie de instrumento más”, señala. “Será como escuchar nuestra música habitual, pero de otra manera”, explica.


Para Quilapayún, este concierto nació con la idea de hacer un espectáculo “con las canciones más logradas en nuestra historia y no necesariamente las más populares”, plantea el músico que cuenta que hicieron un listado que se cerró en 20 temas, que serán los que interpretarán.


“Una característica nuestra es siempre estar haciendo cosas nuevas, entonces con un repertorio enorme, de unas 400 o 500 canciones, donde se encuentra una gran variedad de estilos, damos cuenta que siempre entendimos al grupo como una especie de taller de creatividad porque siempre hemos estado angustiados con la repetición”, explica Carrasco.


“Nos gusta experimentar, estar atentos a cosas nuevas, por eso el grupo es una cosa difícil de definir en lo musical, porque hemos hecho cuecas, cantatas, música clásica, hasta trap con Pablo Chill-E”, sostiene el director de la banda y reafirma su compromiso de “romper con la monotonía, salir de la repetición y buscar la renovación”, como objetivo invariable del conjunto a lo largo de estos casi 60 años de trayectoria.

martes, abril 09, 2024

Consolidan el gran archivo de Juan Amenábar en la Biblioteca Nacional

El archivo resguarda 50 partituras del catálogo de Juan Amenábar, compositor e ingeniero hidráulico.


 El Mercurio


En 1957 compuso “Los peces”, una obra pionera en el campo de la electroacústica, y décadas después formó el Gabinete Electroacústico para la Música de Arte. Donado por su familia, un cuerpo de sus partituras, cintas magnetofónicas, manuscritos y documentos académicos llegará al Archivo de Música.

IÑIGO DÍAZ

El trajín doméstico en la casa de calle Domingo Bondi incluía todo lo que le puede ocurrir a una familia con niños, salvo que ahí los niños eran parte de una creación. En su estudio, el compositor Juan Amenábar tenía libros, documentos archivados, un piano y el chelo que le perteneció a su padre, y además altavoces, micrófonos y grabadoras. Con todo ello elaboraba su música.


“A veces nos pedía a nosotros que participáramos de sus experimentos con sonido. Hay obras que tienen la voz de mi mamá o de mi hermano Claudio. A mí una vez me pidió que tocara ese chelo. Nosotros ayudábamos a generar el sonido. Desde esa casa surgió absolutamente todo”, cuenta Juan Cristián Amenábar, uno de los cinco hijos del músico e ingeniero hidráulico fallecido en 1999, a los 76 años.


Junto con su hermana, la cantante lírica Magdalena Amenábar, son los impulsores de la donación que esta semana recibirá la Biblioteca Nacional: el archivo definitivo de Juan Amenábar. Consiste en una serie de documentos relacionados con su quehacer creativo, desde el ámbito académico y docente, hasta cartas, programas y recortes de prensa. Pero lo más significativo es un nuevo cuerpo de partituras, que se unirán a las 50 que fueron entregadas por su familia en 2013 como primera etapa de la consolidación del archivo. A ello se añaden los objetos que mejor representan a un músico electroacústico: las cintas magnetofónicas.


“Son unas 20 cintas en sus cajas, debidamente etiquetadas. Como ingeniero, mi papá era muy meticuloso. Hay cintas rotuladas como ‘material base' para tal obra y otras que dicen ‘original' de tal otra. Es material de los años 50, 60 y 70”, dice Juan Cristián Amenábar. “Existe un mundo en este archivo, lleno de apuntes y borradores. Nos ha tomado 25 años investigar ese contenido. La donación no termina aquí. Ya estamos pensando en una tercera etapa de entrega, que incluiría sus tres grabadoras”, agrega.


“Un archivo comprende toda la documentación generada por alguien en el transcurso de sus funciones y tiene un sentido privado. En el caso de Amenábar, este se construyó naturalmente y cuando murió pasó a ser un archivo histórico con acceso público”, señala Cecilia Astudillo, jefa del Archivo de Música, que custodia la documentación de compositores como Alfonso Letelier, Gustavo Becerra y Miguel Letelier, pero también de figuras como Valentín Trujillo, Eduardo Peralta y de los sellos discográficos Alerce y Raíces.


“Amenábar fue el primero que se percató de lo importante que eran estos archivos de los músicos. En 1970, él gestionó que en la biblioteca se creara el Archivo del Compositor, que hoy es nuestro Archivo de Música. A este conjunto de apuntes, cartas, manuscritos, fotografías los llamamos ‘expediente de obra', porque son el registro del proceso creativo de una obra y tienen el valor de la autentificación”, cierra.




Varias partituras, como “Divertimento cordovés” o “Los peces”, requerían papel de hojas desplegables. IÑIGO DÍAZ



El material en custodia incluye valiosos vinilos de época. BIBLIOTECA NACIONAL


viernes, marzo 01, 2024

Marcela Parra y una música hacia el silencio y la palabra



29-02-2024

El Mercurio


“Poetas de Chile” es una serie de seis documentales que cuenta con música de la compositora, cantautora, profesora y también poeta.

IÑIGO DÍAZ

La Marcela Parra (1981) de hace una década es distinta a la actual. En su primer disco, “Astronautas en la playa” (2015), abundaba la palabra poética escrita y cantada a la manera de un trovador. Hoy, esa palabra reaparece en diversas formas, incluso la palabra en completo silencio, algo que ella ya había esbozado en su segundo trabajo, “El sonido no coincide con la imagen” (2019).


“Las metodologías y las herramientas musicales cambiaron para mí porque pasé del canto y la guitarra al trabajo con medios digitales. Es una experimentación que ahora se profundiza en esta obra de cinco partes, una música para imagen, la banda sonora de documentales”, dice Marcela Parra, compositora, autora, profesora universitaria de arte y también poeta: el año pasado publicó el poemario visual “La pescadora de estrellas” (Pez Espiral).


Acaba de lanzar su tercer disco, “Poetas de Chile”, esa obra de varias secciones a la que se refiere y que opera no solo como música incidental, sino como un relato simultáneo y con vida propia. Con composiciones en la estética de la electrónica ambient, acompaña los documentales del mismo nombre producidos por Archipiélago Films y dirigidos por Gerardo Quezada, próximos a estrenarse en canales culturales de TV y plataformas digitales. Son capítulos de 25 minutos, que recorren el imaginario y pensamiento poético de autores como Lionel Lienlaf, Carlos Cociña, Carmen Berenguer o Rosabetty Muñoz, situados en sus propios espacios de vida: la costa lafkenche, la ciudad de Los Ángeles, el corazón de Plaza Italia o un bosque chilote de cielos cubiertos.


“Quise representar esos territorios con collages sonoros, creados por distintos elementos de mi banco de sonido y su modulación a partir de sintetizadores digitales que emulan antiguos aparatos análogos: el Pigment, el Jup-8 o el Buchla. Me he inspirado en compositoras que han utilizado estos sintetizadores de los años 80, como la estadounidense Suzanne Ciani o la italiana Caterina Barbieri”, dice Marcela. “Es interesante representar el silencio, la poesía y la naturaleza a través de las herramientas digitales, porque a la nota y su duración añade la posibilidad de transformación”, agrega.


Marcela Parra integra la Orquesta de Poetas, y su voz aparece en el reciente álbum “Todas voces”, del sello Discos PM, que también edita “Poetas de Chile”. Además de componer, dar clases y ser mediadora en el Palacio Pereira, aparece en otra saga de documentales transmitidos por 13C, “Ellas en la palabra”, donde comparte espacio con mujeres poetas: Verónica Zondek, Margarita Bustos y Roxana Miranda, entre otras.

sábado, noviembre 25, 2023

El testigo de Joan Jara

 


El Mercurio


Héctor Herrera es el hombre que evitó que Víctor Jara fuera un detenido desaparecido más: junto a su mujer, Joan Jara, lograron sacarlo de la morgue y enterrarlo en el Cementerio General. Hace unos días él volvió a ir a ese lugar, esta vez a dejar a la esposa del cantautor. “Fue el cierre de un ciclo”, dice hoy a los 73 años, mientras recuerda su historia con ella y también sus últimos dolores, esos que lo llevaron a decir que se quedará viviendo hasta su muerte en Francia.

Por Estela Cabezas


El miércoles 15 de noviembre Héctor Herrera se paró en frente de la tumba de Víctor Jara, en el Cementerio General, y le habló en silencio. Acababan de dejar ahí, a su lado, a Joan Jara, su esposa, repitiendo el mismo ritual que Herrera y ella habían hecho 50 años antes, cuando pudieron sacar de manera clandestina el cuerpo de Víctor Jara de la morgue y lograron darle sepultura, evitando así que se transformara en un detenido desaparecido más.


—Le dije que por fin iban a estar juntos y que así como lo había dejado a él ahí, ahora venía a dejarla a ella.


Héctor Herrera, quien hoy tiene 73 años, está jubilado y vino de visita a Chile a cerrar varios temas personales, no pensó que esta vez también cerraría esta historia que lo ha acompañado toda su vida y a la que se enfrentó por casualidad días después del Golpe, cuando solo tenía 23 años y era un trabajador más del Registro Civil. Cuenta que el sábado 15 de septiembre de 1973 fue a trabajar porque así se lo habían pedido y que ese día fue elegido por un uniformado, junto a otros compañeros, para una tarea especial y terrible: identificar a los cientos de muertos que había en la morgue. Entre la pila de cadáveres, un compañero, al que le decían Kiko, encontró el cuerpo de Víctor Jara lleno de heridas de bala y con el cuerpo y cara completamente golpeados. Ahí, el joven Herrera inició una carrera contra el tiempo para chequear su identidad y darle así aviso a su viuda, la bailarina británica Joan Turner. Juntos lo enterraron de manera clandestina, saltando todas las barreras de seguridad que tenían en ese lugar los militares, el 18 de septiembre de 1973. En el Cementerio General solo estuvieron ella, él, Héctor Ibaceta —un amigo de la pareja que financió el cajón y la tumba—, y los dos funcionarios del cementerio, como testigos.


La travesía que ambos vivieron está contada en detalle en 5 minutos. La vida eterna de Víctor Jara, una biografía novelada que fue escrita por el periodista Freddy Stock.


—No he leído aún el libro, pero sé que está escrito con el corazón y desde la emoción de lo que vivimos Joan y yo. Quiero leerlo tranquilo y terminar de cerrar así esta historia —dice.


De alguna manera, el que él haya hecho su vida en Francia se debe a ese evento: tras dejar a Víctor en el cementerio y volver a su trabajo en el Registro Civil, lo tomaron detenido cuatro veces, sin decirle bien por qué. Él y su familia siempre tuvieron miedo de que se enteraran de su rol en el entierro del cantante, por lo que tres años después emigró a Francia, junto a una familia francesa con la que había trabajado en Chile. Tras dejarlos, hizo un curso de cocina y se empleó en un restaurante, donde trabajó varios años. Ahí juntó dinero y en 1985 instaló su propio restaurante en Milhaud.


—Hice mi vida y fui muy feliz —dice.


Tras salir del cementerio, Joan Jara dejó a Héctor Herrera en la puerta de su casa, en el sector de Vivaceta, en la comuna de Independencia. Al despedirse prometieron no verse nunca más y no contarle a nadie lo que había sucedido. Él cumplió a rajatabla: solo su familia sabía.


Pero en 1979, cuando viajó a Berlín, supo que un primo suyo había contado más de la cuenta sobre él.


—Yo no quería contarle a nadie por temor, mis papás aún vivían en Chile y tenía la ilusión de poder volver. Pero mi primo había contado. Eso lo supe cuando fuimos a una comida donde estaban los principales exjerarcas de la Unidad Popular, exministros y exsubsecretarios. Llegué a ese salón, con esta gente que había perdido todo y a la que el dolor se les sentía y que estaban esperando que yo les contara todo lo que había pasado con Víctor. Y ahí me llevé a mi primo a un lado y le pegué un retón: “¿No sabes que yo tengo un secreto con su esposa, la Joan Jara? Porque ella piensa volver un día a Chile”.


Cuenta que varios de los que estaban allí le dijeron que las hijas de Víctor Jara tenían el derecho de saber y que su mamá (Joan Jara) habría insistido en que él dejara una relación de los hechos para un posible juicio. Así es que llegaron a un acuerdo: él iba a grabar un audio y ellos lo iban a transcribir.


—Les hice firmar un papel de honor que dijera que eso nunca se iba a publicar y que sería entregado a su esposa.


Un año después, en 1980, él vivía en París junto a su señora y recibían turistas, entre ellos varios chilenos. Un día salió con algunos a mostrarles la ciudad. Al volver, uno de los que se habían quedado le dijo: “no te puedes imaginar con quién estuve todo el día tomando tecito aquí en tu casa”.


— “¿Quién?”, le digo yo. “¡La señora de Víctor Jara!”. Y los otros “¡¿qué?!”. Ahí les dije que ella era una exprofesora mía de la universidad. Ella me había dejado la transcripción en un sobre, con el teléfono de Rayén, una bailarina que estaba casada con Willy Oddó, de Quilapayún, para que la llamara.


Ahí se juntaron a hablar por primera vez después de siete años.


—Nos fuimos a un café. La gente que nos vio ahí debe haber pensado que estábamos rompiendo, porque lloraba ella, lloraba yo. Ahí le dije que todo eso que estaba escrito ahí lo podía usar para un posible juicio. Y también le dije “esta va a ser la última vez que nos vamos a ver, porque yo para usted soy el peor recuerdo”, todo esto llorando los dos. Le dije: “no voy a olvidar lo que pasó en Chile, pero yo quiero vivir”.


Héctor se queda en silencio un momento y luego dice:


—Y ella lo entendió.


Ese día Joan le contó un poco de su vida. Estaba en Londres y se había enterado por esa reunión en Alemania sobre quién era él: cuando pasó lo de la morgue y el entierro, nunca supo su apellido ni nada que le permitiera identificarlo.


—Me contó que ella cuidaba mucho a sus hijas, Manuela y Amanda, porque se preocupaba de no exponerlas. También le interesaba que no perdieran clases, sus rutinas, por eso no las llevaba a sus viajes. “Seguramente habrás leído que soy invitada aquí, allá, en todas partes y trato de cuidarlas mucho porque antes de salir de Chile, yo les tuve que anunciar la muerte de su padre, y el grito que dieron lo tengo aquí, y no quiero que a ellas las conozcan como las hijas de. Quiero que formen su propia personalidad”, me dijo. Yo le encontré razón, querer cuidar a esas niñas de un peso tan grande. Me contó que ya había pasado a ser “la mujer de Víctor” y que estaba bien que yo no quisiera transformarme en el tipo que enterró a Víctor.


En ese momento, dice, le preguntó si es que ella no había encontrado un compañero en todo ese tiempo.


—Me dijo que no, que después del peso de Víctor, no había forma. Me explicó que se había puesto la misión de hacer justicia, que por eso se había contactado conmigo y que era importante para ella que yo le diera la autorización para que un abogado usara mi testimonio en un juicio.


—¿Ella a esas alturas había investigado algo?

—Yo creo que sí, pero ahí me dijo, “tú eres el que más sabe”. Yo lo vi con tierra; bueno, ella también; tenía tierra apelmazada con la sangre seca, sobre todo en los pómulos, claro con los golpes de nudillos que le dieron. Y los orificios de las balas (…) Entonces ahí le dije que le entregaba todo, pero que yo no quería vivir triste, porque había visto a muchos chilenos que se juntaban entre ellos y eran el dolor mismo.


En 1987 pidió permiso para venir a Chile. Como no estaba en ninguna lista, un año después se lo dieron.


—Visité todo Santiago y fui a la tumba de Víctor un día, escondido.


Vino varias veces después, una de ellas para el funeral de su madre. Pero en 1992 fue distinto. En ese viaje, una noticia en un diario sobre la creación de la Fundación Víctor Jara le llamó la atención. Anotó el teléfono y llamó.


—La secretaria me dijo que le dejara un recado, y yo pensé: “¿qué le puedo decir para que me reconozca?”.


El recado fue: “Nos conocimos un 18 de septiembre”.


—La secretaria al teléfono me dijo, ¿entenderá la señora Joan un mensaje así? Le respondí: “mire, si no entiende la frase, no me va a llamar. Pero esté segura de que si la entiende, me va a llamar”.


Y lo hizo. Y se juntaron. Y lloraron otra vez.


Ese día Héctor Herrera y su pareja decidieron que cuando volvieran a Francia iban a desarrollar distintos eventos para juntar dinero para dársela a la naciente fundación. Así sucedió durante 33 años, hasta que él se jubiló.


Esa vez , Joan le contó que se estaba armando el juicio contra los asesinos de Víctor Jara y le preguntó si estaba dispuesto a romper su secreto para ser interrogado por la PDI como testigo y así conseguir una cita con el juez del caso.


—Le dije que sí y vinieron casi inmediatamente tres jóvenes de la PDI. Ahí me di cuenta de que yo tenía una memoria increíble, que había dejado guardado eso y que estaba abriendo un cajoncito y ahí estaba todo. Luego hablé con el juez, y me dijo que yo era el único testigo que tenía que había visto todos los balazos que tenía el cuerpo de Víctor Jara, así como los golpes. Con su testimonio se echaron abajo varios otros que se habían dado, entre ellos una autopsia falsa que estaba fechada el 22 de septiembre.


En agosto pasado, la Segunda Sala de la Corte Suprema confirmó la sentencia definitiva por los crímenes de Jara y del exdirector de prisiones Littré Quiroga, quien también fue asesinado en el Estadio Chile. Seis de los condenados fueron sentenciados como autores de secuestro y homicidio calificado en ambos casos. El 28 de noviembre, Pedro Pablo Barrientos, también acusado del crimen de Víctor Jara, será extraditado desde Estados Unidos a Chile para enfrentar a la justicia.


Desde ese año 1992, Joan Jara y Héctor Herrera se mantuvieron permanentemente en contacto. Él venía una vez al año junto a su esposa a Chile y siempre pasaban a dejar el dinero para la Fundación. Ahí tenían conversaciones.


—Un día Joan Jara me dijo “mira, estar casada con un hombre como Víctor, tan completo, es casi imposible… yo aquí en Chile me he transformado… yo sin quererlo aquí he perdido hasta mi apellido. A mí me llaman Joan o me dicen Joan Jara. Yo me llamo Joan Turner, pero eso ya lo perdí.


—¿Usted cree que eso le pesaba?

—No, al contrario. Era como una misión, me dijo que ella donde podía hablaba de los detenidos desaparecidos, no solamente de Víctor. Bueno, y entonces ese día me dice “mira”, mostrándome una foto del Víctor, “él con esta historia salió ganando”. Y yo le dije “¿pero cómo salió ganando si lo mataron?”. Y Joan me dijo “sí, claro, eso es lo horroroso, pero mira: “nosotros estamos aquí con el pelo blanco, con arrugas y él quedó joven, jovencito”.


En 1995, cuando Herrera vino a Chile, no pudo ver a Joan, recuerda. Ella estaba escribiendo su libro Un canto truncado. Se juntó entonces con Manuela y Amanda, para entregarles el dinero para la fundación.


—Ahí pasó que la Manuela y la Amanda me dijeron: “Héctor, mira, ya que estamos aquí tú podrías contarnos lo que pasó ese día con mi papá. Es doloroso, tenemos recuerdos de muy chicas, cuando mi mamá nos avisó, pero después ella no nos dijo más. Ella nos cuidaba mucho, no nos dejaba ir a las manifestaciones, no quería que pasáramos a ser las hijas de Víctor Jara, y escuchar horrores y los discursos y solidaridad. Nos protegió. Y cuando estábamos un poco más grandes, las dos nos pusimos de acuerdo y le pedimos que nos contara cómo encontró al papá. Y ella nos dijo ‘ustedes son muy jovencitas, yo tengo el deber de cuidarlas, un día les voy a contar cuando estén más grandes'. Pero nunca pasó, siempre tuvo una excusa”.


Él sintió que no podía hacer otra cosa, por lo que solo les pidió que fueran fuertes.


—A los cinco minutos, lloraban como magdalenas, porque era su padre. Fue con mucho detalle, muy fuerte. Fue la primera vez que supieron todo. La Manuela se acordaba un poco de este joven que apareció y que después las mandamos con la Quena al segundo piso, pero no sabía lo que habíamos conversado, la relación con su madre, todo eso. Estaba muy impresionada; en mis manos lloró no sé cuánto tiempo.


—¿Cuándo fue la última vez que vio a Joan Jara?

—Así de estar solos, el 2014. Le anunciamos que el 2015 yo me jubilaba, vendía el local y no íbamos a tener nunca más la plata para dar a la fundación. Entendió perfecto, estaba contenta, me dijo “cómo se pasaron los años”. El 2016 vinimos porque la Presidenta Bachelet le iba a entregar un premio y nos dijo que quería que estuviéramos. Éramos los únicos fuera de la familia y de la Fundación; bueno, también estaba Ángel Parra. Después nos llamó para invitarnos a un concierto en el Teatro de la Universidad de Chile. Ahí ya estaba quedando ciega. Pidió que nos sacaran una foto a Héctor Ibaceta, a ella y a mí. Así es que ahí posamos los mismos que enterramos a Víctor. Habían pasado ya cuarenta y tantos años.


Héctor Herrera viajó a Chile con Beatrice Dumond, su mujer, en diciembre de 2019. Venían a vivir por seis meses. Se habían comprado un departamento y ahí estaban cuando comenzó el covid. Ambos se encerraron, pero enfermaron igual y en junio de 2020 su mujer falleció.


Finalmente él pudo volver a Francia, con las cenizas de su mujer a fines de agosto.


—Perdí como 12 kilos con el coronavirus y con la muerte de mi mujer, llegué allá muy mal y anímicamente peor. Me encerré un mes más. Y un día me estaba muriendo, eso sentía, y pasó que ese día decidí vivir. Fui al peluquero y al médico y me mandaron a caminar para recuperar masa muscular.


Y comenzó a caminar en un bosque que está cerca de su pueblo, que se llama Garrige y que queda frente a Milhaud, en el departamento de Gard, en la región de Occitania.


—Y caminé y caminé y descubrí que en la naturaleza podía dejar todo mi dolor.


Ahí, cuenta, comenzó a ver que había mucho plástico, cosas de comida chatarra que dejaban tiradas los jóvenes y empezó a recogerlas, siempre a modo de ejercicio. Se ponía un palo en la espalda, armaba dos bolsas y colgaba una a cada lado. Llegó a recoger 1.070 botellas en un radio de cinco kilómetros.


Lo que estaba haciendo trascendió a los medios: un día llegó una periodista al lugar y contó su historia en los medios locales, luego salió en la prensa nacional. Al poco tiempo se le unieron muchas personas que solían caminar, grupos de mujeres en su mayoría.


—Las autoridades se enteraron, me contactaron, me animaron para crear una asociación y me ofrecieron una subvención para seguir trabajando en eso.


La fundación se llama “La felicidad” y actualmente tiene 70 socios. Ellos se dan cita los sábados a las nueve de la mañana para salir a limpiar. Este año, además, le entregaron la medalla de la ciudad en reconocimiento a su trabajo.


—¿Por qué cree que le han sucedido todas estas cosas?

—Yo vi demasiada gente a la que le quitaron su vida y siento que en nombre de ellos tengo que hacer cosas, y lo más importante, disfrutar. Y vivir.




jueves, noviembre 09, 2023

Una madre y una hija: valiosos cancioneros de Violeta e Isabel Parra

 

Violeta con Isabel Parra en 1957.

El Mercurio


La reconstitución de un cuerpo de creaciones de ambas autoras se encuentra en los volúmenes de Ediciones UC, “Violeta Parra. Virtud de los elementos” e “Isabel Parra. Libro de mis canciones”.

IÑIGO DÍAZ

“Me encontré con tesoros desconocidos al reescuchar una a una las canciones, cosas que aparecían en las versiones de Violeta Parra y que se han ido perdiendo con el tiempo. Ella tenía una intencionalidad especial: deliberadamente creaba compases irregulares que le daban valor a una canción. Nada de eso fue al azar”, dice Greco Acuña, un percusionista con larga historia en la música latinoamericana.


Él participó en la transcripción a partituras de 63 canciones de Violeta Parra, del total de 116 que se consideran en su catálogo y que incluyen material desde 1948 hasta esa serie de canciones reencontradas en París. Es un auténtico traspaso de la oralidad a la tradición escrita, en un libro que en realidad es un cancionero: “Violeta Parra. Virtud de los elementos” (Ediciones UC, $16.000).


Pero en rigor este material es una actualización del libro homónimo de 1993, que contó con transcripciones y correcciones de Osiel Vega, editado entonces por la Fundación Violeta Parra.


“Muchos conjuntos que han tocado la música de Violeta Parra tienden a eliminar esos elementos ‘irregulares' que creaba para sus canciones. Entonces, a partir las versiones originales las repusimos y las reprodujimos ahora por escrito, en la partitura”, señala Greco Acuña.


Las transcripciones corregidas llevan al pentagrama la línea melódica de la voz de cada canción, acompañada por la letra y la armonía en clave americana, junto con una serie de notaciones: el tempo, el tipo de rasgueo, las introducciones de guitarra o bombo o la afinación campesina si se trata de guitarra traspuesta.


Desde lo musical, el proyecto fue encabezado por Tita Parra, pero no solo para este libro, sino también para “Isabel Parra. Libro de mis canciones” (Ediciones UC, $16.000), que incluye 74 piezas. “Por primera vez se publica un trabajo de este tipo con la obra de Isabel Parra. Era un paso muy importante en su historia personal, pero también para nuestro medio, porque reconocemos su cancionero como parte de un patrimonio chileno”, señala María Angélica Zegers, directora de Ediciones UC.


“Isabel Parra. Libro de mis canciones” cuenta con un prólogo de Silvio Rodríguez, una biografía escrita por Tita Parra y cuantiosas fotografías nunca vistas o poco difundidas, además de una discografía razonada. En el caso de “Violeta Parra. Virtud de los elementos”, el cancionero se acompaña por otra presentación de Silvio Rodríguez, fotos, afiches recuperados y una serie de cartas y manuscritos obtenidos de sus cuadernos.


Allí aparecen, por ejemplo, el puño y letra para canciones como “Arauco tiene una pena”, titulada entonces como “Levántate Huenchullán” y otras piezas medulares como “Arriba quemando el sol” o “Gracias a la vida”, ni más ni menos. “El próximo año vamos a publicar esos cuadernos de Violeta Parra en una edición facsimilar. Son una maravilla porque además de canciones, tienen reflexiones, notas al margen y apuntes domésticos”, concluye Zegers.

martes, octubre 24, 2023

“Es como llegar a la primavera nuevamente”: Hermanos Ilabaca adelantan su nuevo álbum con “Alma Mía”

 



La Cuarta


Felipe y Pablo no componían juntos desde el último trabajo de estudio de Chancho en Piedra, ahora los hermanos han regresado a sus raíces musicales para ofrecer un “disco terrible vacilón”, que según comentaron a La Cuarta, viene cargado de su característico sonido con melodías funkys como solo ellos saben.

Bastián Escalona Ampuero


Pocos hermanos han logrado influir tanto en la música nacional como Felipe y Pablo Ilabaca, ya que los artistas llevan casi 30 años dejando su huella con cada uno de sus proyectos, ya sea con Chancho en Piedra, 31 Minutos o Pillanes. Ahora este dúo está explorando en sus inicios artísticos para entregar un disco cargado de melodías alegres y pegajosas bajo el nombre Hermanos Ilabaca (HI).

A pesar de que los músicos llevaban un tiempo alejados de crear en conjunto, el trabajar en este próximo álbum los ha llevado a reconectarse con su infancia y componer en equipo al igual que lo hacían cuando niños. Hace un mes HI mostró al mundo su primer single, titulado “Sólo de ti”, y esta semana lanzaron “Alma Mía”, una canción con el sello característico de este parcito.

En conversación con La Cuarta, los artistas adelantaron parte de lo que se viene en este próximo álbum de 11 canciones que preparan los hermanos y cómo han sentido la recepción del público en esta primera aventura que emprenden en “solitario”.

“Estamos súper contentos. Ha sido un trabajo que lo estamos haciendo muy profesionalmente, con la conciencia, el alma y el corazón metido entero en el proyecto Hermanos Ilabaca. Para mí, que no tocaba con Felipe ni grababa con él hace unos cinco años más o menos, ha sido como llegar a la primavera nuevamente. Salir a tocar en distintos escenarios, la recepción de la gente en los conciertos que hemos hecho ha sido espectacular, entonces no te puedo decir otra cosa, solo que me siento muy bien”, partió señalando Pablo.

Según comentó Felipe, le ha sorprendido gratamente que en cada una de sus presentaciones, haya gente que ya se sabe las letras de algunas canciones que ni siquiera han sido estrenadas, por lo que se nota el compromiso de sus fans con la música que crean.

“La recepción ha sido súper sorpresiva para nosotros, el alcance y la buena acogida que ha tenido, y siendo consciente de la carrera larga que tenemos y el reconocimiento que hemos tenido en nuestra carrera, uno nunca da por hecho que tu música tiene que gustar, por eso Pablo y yo estábamos bien expectantes de saber si les iba a gustar a la gente nuestra música. Cada vez que hemos tocado, que ya van dos o tres presentaciones, ha sido espectacular, hay gente que se sabía “Alma Mía”, cuando ni siquiera había salido y eso habla de que le han prestado mucha atención a la letra en vivo. Esos son los más fanáticos y fanáticas de nuestra carrera, pero también está aquella gente que está recién descubriendo esta música como si nosotros fuéramos un dúo emergente y ha sido súper bien recibida, así que estamos muy contentos”, agregó el cantante.

Si bien Felipe y Pablo son los principales creadores e intérpretes de este disco, ya que estuvieron a cargo de las guitarras, bajos y voces, en el proceso de grabación pudieron compartir con grandes artistas nacionales que colaboraron en el estudio. Danilo Donoso estuvo a cargo de las baterías, los teclados y pianos recayeron en Valentín Trujillo Godoy, nieto del “Maestro” Valentín, además participó el cuarteto de cuerdas Las 4 Estaciones.

A la fecha solo han visto la luz dos temas de este disco, siendo la más reciente “Alma Mía”, la que fue estrenada junto a un videoclip que se grabó en un hotel capitalino. “Quisimos hacer todo una intervención del hotel, desde el acceso hasta la azotea, nos tomamos los pisos, los ascensores, algunas habitaciones y estuvimos ahí prácticamente todo el día grabando muchas tomas para registrar el espíritu de lo que somos nosotros, yo creo que eso es lo más entretenido que tiene el videoclip. Tiene un aire muy primaveral por así decirlo y desde el acceso y dentro del hotel se pueden apreciar los colores de estos cielos que ya se asoman en la ciudad y que reflejan el espíritu de la canción, así que está hecho con mucho cariño y con mucha onda”, comenta Felipe.

PROCESO DE CREACIÓN

Ustedes además de tener una gran conexión por ser hermanos, llevan muchos años trabajando juntos, ¿cómo fluyó la creación de este álbum?

—Pablo: Muy fluido, súper entretenido y natural. Con Felipe hacemos música desde que tenemos como cinco años, pero siempre sigue siendo algo nuevo. Siempre seguimos aprendiendo cosas nuevas, en el disco hay temas que son instrumentales, hay uno que se llama “Que no pare el webeo” que salió como tres cucharadas, la papa. Hay otro tema que hizo Feli que se llama “Escorpión”, que es super difícil de tocar, es bien complejo, tienes que tener una destreza importante para poder realizarlo, entonces van pasando esas cositas nuevas en el camino, uno sigue aprendiendo a tocar. En mi caso, me está gustando demasiado tocar la guitarra ahora, porque me volví a encontrar con la guitarra nuevamente y eso me inspira y me motiva para tocar cada vez mejor. En el último tiempo me he dedicado más a cantar que a tocar guitarra y esa energía se siente heavy y la van a sentir cuando escuchan el disco.

—Felipe: Ha sido súper natural y bonito, hace siete años que no componíamos juntos, lo último que hicimos fue el último disco de los Chancho en Piedra Funkybarítico, hedónico, fantástico, después tuvimos alguna aventura en el estudio, pero era música de Pablo.


Al haber compartido en tantos proyectos musicales distintos, ¿cuál creen que es la fórmula para que cada uno de estos grupos tenga una identidad propia?

—Pablo: Yo creo que puede ser el respeto que hay que tenerle a la música, como entidad, como algo de la naturaleza, algo que hay que respetar y eso significa conectarse con ella, grabarla de la mejor forma. Pero sin duda es porque somos hermanos y tenemos una interactividad musical férrea con Felipe, lo otro que me gusta mucho es como suenan nuestras dos voces y se produce un chorus Ilabaca que queda en los corazones de las personas.


La infancia

¿Siempre fueron unidos? ¿o cuando más chicos tenían la típica rivalidad de hermanos?

—Felipe: Siempre fuimos yuntas, pero naturalmente cuando éramos más chicos pasó lo típico, que primero son los dos de la primera infancia, pero después uno se queda en la primera infancia y el otro (yo, que soy el mayor) crecía un poco más y jugaba la pelota con los más grandes, naturalmente eso se va acortando con los años, pero siempre jugamos juntos, muy hermanables. La diferencia se puede haber producido en la adolescencia, porque yo tenía amigos más grandes que mi hermano, pero se hizo nada después cuando los dos nos hicimos jóvenes y sobre todo cuando me metí a los Chancho en Piedra, porque yo fui el último en entrar a la formación original, el grupo originalmente lo habían armado Pablo y Lalo, siendo ellos compañero de curso, después entró Toño (Leonardo Corvalán) que es contemporáneo a mí, íbamos cuatro o cinco cursos más arriba que los chiquillos, imagínate toda la diferencia que puede haber en eso, o sea, cuando yo estaba en cuarto medio, Pablo estaba en octavo. Pero cuando formamos la banda volvimos a jugar a la música como niños, y ese fue el momento en que empezamos a hacernos profesionales en esto y confirmamos esa hermandad y esa fraternidad que teníamos desde muy chiquititos.


¿Nunca pasaron por un momento como el de los hermanos Gallagher, de no querer verse ni en pintura?

—Pablo: ¡No!, nos agarramos harto de las mechas por situaciones musicales, como: ‘oye toca este acorde, o toca esto’, cosas así, pero para nada, somos súper hermanables, nos queremos harto. Y esta etapa está increíble, volver a tocar y ver la respuesta de la gente nos tiene súper contentos y muy motivados.


Según comentaron los Hermanos Ilabaca, una característica de este álbum es la mezcla de sonidos retro que incorporaron, lo que se traduce como un verdadero viaje al pasado que hicieron los artistas en el proceso de creación. Recordaron la música que se escuchaba en su casa durante su niñez, y las melodías que los motivaron a convertirse en lo que son actualmente, recogiendo matices de varios géneros para entregar un resultado fresco y disfrutable.


En su familia ¿quién fue la persona que los introdujo en la música?

—Felipe: Principalmente nuestro padre, primero que todo. Yo creo que él hubiese querido ser músico, en la casa había una guitarra y había mucha música envasada. Él tiene una buena colección de vinilos, de cassette y discos de 45, un variopinto catálogo de música, desde la música clásica, hasta música popular, folklore latinoamericano y chileno, la Nueva Canción Chilena: Quilapayún, Inti-Illimani, Violeta Parra, Los Jaivas y por otro lado, música orquestada de Fausto Papetti, Los Indios Tabajaras, rock británico de Pink Floyd, The Who y The Beatles sobre todo, era un beatlemaníaco que nos influyó mucho. Y la otra gran influencia en nosotros fueron nuestros tíos, cuando había reuniones en su casa siempre se cantaba, sobre todo samba Argentina, era muy popular la canción española también, Joan Manuel Serrat.

“Después vinieron nuestros hermanos mayores, que ellos siendo adolescentes cuando nosotros éramos niños, todas sus influencias llegaron a nosotros, desde la Nueva Trova Cubana de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, hasta la música pop, new wave, incluso heavy metal que nuestra hermana escuchaba, por ejemplo Iron Maiden, Ozzy Osbourne, todo lo que estaba muy de moda en los 80s, que era una mezcla entre eso y al otro lado tenías a Donna Summer o música disco. Entonces había mucha influencia en nosotros desde chico y yo creo que ahí nació el bichito de hacer nuestra propia música, era tanto lo que escuchamos, que se nos ocurrían melodías todo el día”.

—Pablo: Hay una fauna super variada de la música que nosotros escuchamos de niños, había de todo como decía Felipe, pero lo principal eran los Beatles. Los dos discos que escuchamos harto fueron: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (The Beatles) y La Cantata de Santa María de Iquique de Luis Advis, los escuchábamos caleta, y el Jesucristo Superstar de Camilos Sesto.


¿Cuáles son los planes en el corto plazo de los Hermanos Ilabaca?

—Pablo: El disco va a salir el primero de diciembre, estamos súper contentos porque ya viene, se pasó rápido el tiempo y tocar, tocar y tocar, en todos lados. Queremos que el grupo Hermanos Ilabaca te llegue a tu oído por comentarios, por el boca a boca, y para eso tienes que tocar en todos lados, a corto plazo esos son nuestros planes, lanzar nuestra música, tocarla, promocionarla y el próximo año, en marzo o abril meterse al grabar otro al toque. Como que fuera una inyección intravenosa pero rítmica.


A pesar de que en los últimos años la escena musical rockera ha ido perdiendo terreno, mientras que otros movimientos ganan cada vez más espacios de representatividad, Felipe y Pablo Ilabaca miran con optimismo el futuro de la música “orgánica” chilena. El regreso de Los Tres con su formación original y el rotundo éxito que han conseguido Los Bunkers en la venta de tickets marcan un precedente alentador para los amantes del género, quienes ven en estos acontecimientos un último grito de guerra de un estilo que no quiere morir en silencio.


—Felipe: Nosotros que somos bien longevos en esto y que llevamos 30 años de carrera profesional hemos visto como esto siempre sube y baja, cada cierto tiempo aparece una tendencia que desplaza al rock, y ya partamos de la base de que el rock haya sido popular en alguna oportunidad, ya fue un gran logro. Porque en teoría debiese ser algo subversivo y más alternativo dentro del panorama musical, quizás nos mal acostumbramos a que en los 90′ se transformó en el mainstream. Pero lo más natural es que otras corrientes más comerciales y populares sean la música principal.

“Hace unos cinco años se veía bastante oscuro el panorama, estadísticas mundiales decían que el rock iba en retroceso. Ahora quizás viene una nueva ola, un nuevo un nuevo resurgir de la mano del retorno de Los Tres,y por supuesto el éxito de Los Búnkers, que marcan un hito y llenan de optimismo a todos los que trabajamos de la misma forma, con amplificadores, baterías, guitarras, teclado, música que se cocina en vivo. Es algo que nos motiva, creemos que nosotros al no haber bajado los brazos nunca en cualquiera de nuestros proyectos, hemos contribuido a eso”.

“Es muy inspirador para la nueva generación, supongo que a todos los colegas les deben decir lo mismo, pero a nosotros constantemente nos llegan videos de chicos muy jóvenes que sacan nuestra música, que están tocando guitarra y bajo. Tan inspirador como ver a Congreso, que saca y saca discos siendo casi una leyenda viva y creemos, estamos seguros que nuestro disco es un aporte a eso también”.

—Pablo: Absolutamente, lo de Congreso es heavy el ejemplo que nos dan, como podemos llegar a los 70-80 años tocando, y ni hablar de Los Jaivas. Creo que nuestro disco está fresquito, está nutrido por toda esa inspiración, aunque no es un disco de rock, es un disco de funk-soul, tiene bien poco rock, nuestra actitud es la rockera, nuestras letras, pero es un disco terrible vacilón.



Beatriz Bustos: “El nuevo espacio de Chile en Venecia es muy secundario”

 El Mercurio


La exdirectora del Centro Cultural La Moneda cree que la controversia que ha rodeado al envío chileno a la Bienal de Arte de Venecia inhibirá a “artistas profesionales” a postular al evento.

Roberto Careaga C.

Cuando en 2013 Alfredo Jaar representó a Chile en la Bienal de Arte de Venecia, Beatriz Bustos estuvo en un papel clave de las bambalinas: fue la gestora del pabellón local, coordinando el diálogo entre el artista, instituciones culturales locales y la misma bienal. La exdirectora del Centro Cultural La Moneda trabajó por más de un año en la gestión. Por entonces, Jaar fue escogido por el Ministerio de las Culturas para representar a nuestro país en Italia, sin la necesidad de entrar a un concurso, como hoy se elige a un proyecto para ir al evento. Para Bustos, el proceso en torno al certamen debería ser revisado, especialmente a la luz de la controversia que se ha generado este año.


Las alertas sobre la participación en Venecia venían de antes, pero estallaron el 10 de octubre pasado, cuando el artista Patrick Hamilton y su equipo desistieron de seguir adelante en el concurso para representar a Chile en la bienal acusando una “serie de escollos” en el proceso. Según plantearon, fue decisiva la demora en informar que el espacio de exposición no estaría dentro del Artiglieri dell'Arsenale, como ya era tradicional, sino en otro más grande y lejano del centro del evento ubicado en el edificio de la Marina Militar. Luego, la dupla integrada por Joaquín Cociña y Cristóbal León también se bajó del certamen del ministerio, del que era finalista junto a otros seis proyectos.


Una semana después renunció a su cargo la secretaria de las Artes de la Visualidad del ministerio, Alessandra Burotto, mientras la ministra de las Culturas, Carolina Arredondo, instruía una investigación para “clarificar las eventualidades irregularidades y las consecuentes responsabilidades” en el proceso. Beatriz Bustos ha estado atenta a todos los pasos de la controversia.


“Patrick Hamilton y su equipo, y la dupla de León y Cociña, son artistas que han estado en Venecia, conocen bien las dinámicas de la bienal, y por eso saben perfectamente en qué lugar se instalaba el pabellón (y eventualmente su obra) y la carga simbólica de la trayectoria del pabellón nacional. La decisión que tomaron me parece tremendamente seria. Difícil, pero refleja su profesionalismo. Para mí, la credibilidad del concurso está en las personas que se retiraron”, dice Bustos.


La participación de nuestro país en Venecia tuvo un punto de inflexión el año 2009, cuando se empezó a arrendar un espacio para su pabellón en la zona de Artiglieri dell'Arsenale. “Conseguir estar de manera permanente ahí fue un logro para las artes visuales de Chile”, dice Bustos, que no está del todo conforme con la explicación del Ministerio de las Culturas sobre el cambio de lugar: que el espacio del Arsenale será sometido en 2024 a trabajos de restauración.


—¿Para usted esa no es una explicación suficiente?


“Desconozco la verdadera razón que llevó a que el ministerio cambiara la sede, pero no me convence el argumento dado. No operan así las cosas en Venecia. No me parece suficiente, porque una institución como la bienal avisa con mucha antelación el espacio de sus pabellones. Venecia arrienda sus espacios con mucha antelación y se podrían haber hecho gestiones mucho antes”.


—¿Qué tan importante es estar en el Arsenalle?


“El Arsenalle es un espacio importantísimo. Hay otros espacios que son secundarios y otros que son invisibles. El lugar que en que se ha informado que finalmente estará Chile es simbólicamente muy secundario. Puede circular menos gente, pero sobre todo levanta una pregunta: ¿por qué Chile no está en Arsenalle? Después de haber estado tantos años en ese espacio, dejarlo significa que nuestro país baja de lugar”.


—¿Cuánto daño puede hacerle esta controversia a la estructura que se había desarrollado para la participación de los artistas chilenos en Venencia?


“Impacta mucho al sector. Había cierto prestigio y validación en el medio de los procesos para la convocatoria a Venecia y toda esa figura hoy queda muy débil. Es muy difícil que artistas profesionales quieran dedicarle tiempo y energía a postular a un pabellón nacional si es que ha habido todos estos problemas. No tienen la certeza de cuál es el espacio, o si la gestión del ministerio y todas las otras instituciones va a ser fiable. Ahora que estamos en una crisis quizás hay que revisar si realmente es buena política hacer un concurso para elegir un representante; revisar también el presupuesto y los tiempos que se manejan. Pero no es el momento. Hoy me pregunto si se han hecho todas las gestiones necesarias que ya deberían haberse hecho, desde el arriendo de hoteles, contratación de imprentas para catálogos, personal para construir el pabellón. Si no se ha hecho ya, el gasto va a subir mucho.


—¿Le parece que los problemas que se han visto en el envío chileno a Venecia es un efecto de un problema mayor en el Ministerio de las Culturas?


“Para realmente ponerle proa en eventos internacionales hay que creer en Venecia, hay que creer en (la Feria Internacional del Libro) Frankfurt; hay que creer en el rol de la presencia de Chile en estos espacios. Hay que creer que es importante para la cultura chilena estar en espacios de validación internacional. Me pregunto si existió la voluntad, si se puso como un objetivo prioritario, como ha sido desde 2009.


Trabajadores del ministerio llaman a paro indefinido


Las Asociaciones Nacionales de Trabajadores y Trabajadoras del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural hizo ayer un llamado a sus asociados a una “paralización indefinida” a partir del jueves 26 de octubre. La movilización surge después de varias reuniones con autoridades del Ministerio de las Culturas en que se les habría negado la posibilidad de reasignar y aumentar el presupuesto destinado a sus condiciones laborales, hoy determinado en el proyecto de ley del Presupuesto 2024. La convocatoria se enmarca en la ocupación de la oficina de la ministra de las Culturas, Carolina Arredondo, que mantiene desde el jueves pasado la asociación.


David Greilsammer cerrará hoy con un recital gratuito el ciclo “Pianistas, la nueva generación”.

 El Mercurio


Con una nutrida discografía bajo sellos de primera línea como Sony Classical y Naïve, por estos días el músico radicado en Suiza David Greilsammer está desplegando en nuestro país una intensa agenda como director de orquesta y pianista.


Como intérprete se presentó el domingo en la Universidad Técnica Santa María de Valparaíso y hoy, a las 19:00 horas y en el Teatro Oriente, cerrará el ciclo “Pianistas, la nueva generación”, que organiza la Fundación Cultural de Providencia.


El músico llega a Santiago gracias a la Embajada de Suiza en Chile y la Universidad Andrés Bello. En la presentación de hoy abordará piezas de su última grabación, “Labyrinth”, entre otras, las “Bagatelas”, Op. 126, de Beethoven.


“Este disco es la historia de un sueño que tuve a los 15 años, un sueño muy extraño donde caminé por un laberinto. Este álbum, con muchos compositores, estilos y épocas, da cuenta de este sueño muy misterioso”, comenta a través de un contacto telefónico David Greilsammer. Agrega que el concierto de hoy contempla las mismas composiciones que incluyó en su último disco. “Partimos con el Barroco, el siglo XVII, hasta llegar a la música contemporánea. Son casi 400 años de música. Será un viaje sin pausa”.


Más información en Teatrooriente.cl.

lunes, octubre 23, 2023

Sello Raíces recobrado: 30 antiguas grabaciones, ahora en línea



 El Mercurio


La disquera en los años 80, que fue un hermano menor del sello Alerce, donó su gran archivo a la Biblioteca Nacional y, en paralelo, digitalizó el catálogo completo de casetes de folclor, canto urbano, canción contingente y poesía.

IÑIGO DÍAZ

El cantor Pedro Yáñez toma la palabra para introducir al público en el Festival Nacional de Folklore en San Bernardo acerca de la denominada “paya a dos razones”, una de las variaciones en el canto a lo poeta.


“A dos razones significa improvisar entre dos poetas. Una décima, que tiene diez líneas, se canta alternadamente entre dos poetas, por lo tanto, el primero canta las dos primeras y las dos últimas y se va alternando con el otro cantor, que a su vez acompaña... Ustedes lo van a ver, es muy sencillo”, dice. Pero su interlocutor, el poeta pircano ciego Santos Rubio, le contesta “ya, no expliquís na' mejor”.


Esa grabación de 1981 es un tesoro nacional de la música chilena. Se le considera la primera vez que cantores y poetas de aquella tricentenaria tradición salían de su hábitat natural, patios, ramadas, cantinas y casas campesinas, para subir a un escenario frente a una audiencia.


“Pedro Yáñez, Santos Rubio, Piojo Salinas y Jorge Yáñez eran los cuatro grandes y ese fue un momento histórico. Grabamos un día, y al otro día ya teníamos el casete fabricado, que vendimos en el festival y también lo llevamos a las disquerías de Santiago”, recuerda Ramón Andreu, creador del sello discográfico Raíces, en 1980.


Folclorista, músico y bailarín iniciado a los 17 años en Rauquén, uno de los tantos conjuntos de proyección folclórica de los años 50 y 60, Ramón Andreu puso en marcha esta editora de música en tiempos complejos. En toda la década de los 80 editó una treintena de trabajos, todos en el formato de casetes, de folclor campesino, canto urbano, canción de protesta y varias grabaciones de poesía.


De hecho, uno de los más sobresalientes del catálogo es “Neruda vive! A diez años de su muerte” (1983), con la grabación de un recital de Neruda en 1955 en el Teatro Municipal de Viña del Mar, donde aparecen Roberto Parada y María Maluenda. “Y de repente, canta Margot Loyola. Es la primera vez que se musicalizaban las ‘Tonadas de Manuel Rodríguez', antes incluso que la famosa orquestación que hizo Vicente Bianchi para estos poemas de Neruda”, dimensiona el folclorista y antropólogo Camilo Leiva.


Él está a cargo de un proceso paralelo que el sello Raíces puso en marcha junto con la donación de su gran archivo a la Biblioteca Nacional. Se trata de la digitalización de todo ese acervo fonográfico para ponerlo a disposición de la escucha en plataformas digitales.


Semana a semana se están publicando los casetes en la cuenta de YouTube Sello Raíces Digital. Ya se encuentran ahí el primero del catálogo histórico, “Encuentro de payadores”, con los cuatro grandes a toda máquina en San Bernardo, además de “Santiago, canto y raíz. Vol. 1” (1981), con intérpretes como el dúo Tierra y Canto, el conjunto Palomar de Margot Loyola, Los Parralitos, Paillal, Calicanto o Los Hermanos Morales de Lolol.


Entre esas grabaciones también está el primero de los tres programas “Chile Ríe y Canta”, que René Largo Farías grabó en casete para Raíces tras su regreso al país en 1985; el concierto de despedida del payaso Tilusa y su casa Kamarundi en su viaje a Europa del año 81, o la grabación clandestina “Vamos Chile”, con Gabriela Pizarro, Osvaldo Jaque y Catalina Rojas. El último casete digitalizado de la serie en incorporarse a la plataforma en línea será “América Latina”, de la cantautora Orietta Alveal, un nombre desconocido para las audiencias actuales.


“En Raíces éramos como el hermano menor del sello Alerce, y, como ellos, hicimos un registro de época que contribuyó a poner en valor a los músicos que en dictadura habían perdido espacios. Hoy esa música tiene un nuevo valor histórico”, cierra Ramón Andreu.


Se Puede acceder al material a través de este link  https://www.youtube.com/@selloraicesdigital/featured






domingo, octubre 15, 2023

“El cuaderno de Oxford”: el diario en que Nicanor Parra ideó los antipoemas

 

Nicanor Parra Por Francisco Javier Olea


El Mercurio


Entre 1949 y 1952, el poeta estudió en Inglaterra un doctorado en Cosmología, pero lo que en realidad hizo fue afinar el tono de la antipoesía. Mantuvo un diario de trabajo que también era una bitácora de vida donde logró cristalizar el método iconoclasta de su obra y, entre otras cosas, ideó el nombre del libro “Poemas y antipoemas”. Desconocido, pero alguna vez mencionado como una leyenda, el cuaderno hoy lo tiene el librero especializado en títulos antiguos y raros Eduardo Morel. Son 150 páginas que conforman un laboratorio de preocupaciones íntimas y literarias de valor decisivo para indagar en su obra. Parra siguió por años dejando notas en el diario hasta que lo cerró en 1986.

Roberto Careaga C.

Llevaba ocho meses viviendo en un departamento ubicado el 31 de Norham Road, en la ciudad de Oxford, cuando decidió dibujar posibles portadas para un conjunto de poemas que estaba trabajando hacía años. El sábado 19 de mayo de 1951 Nicanor Parra tomó el cuaderno que usaba como diario de trabajo o bitácora diaria, y en una página hizo cinco bocetos sencillos con lápiz pasta azul en los que básicamente aparecían títulos. Nombres tentativos: “Notas al borde de un abismo”, “Memorias de un ataúd y otras historias”, “El joven experto”, “Versos a lo humano y lo divino” y, finalmente, “Poemas y antipoemas”. Ese último sería el título que Parra escogió para un libro que haría temblar los cimientos de la poesía en español.


Pero aún faltaban al menos tres años para que Parra publicara “Poemas y antipoemas”. Después de su primer libro, “Cancionero sin nombre” (1937), avanzó a tiras y aflojas en el tono iconoclasta de la antipoesía y, según él mismo contaría, fue en Inglaterra donde la idea terminó por cuajar. La historia es clásica: un día en Londres ve en la vitrina de una librería un libro del francés Henri Michaux llamado “Apoems” y se activa su inspiración. “Me llamó mucho la atención esta palabra ‘apoems'”. Pero, simultáneamente, me pareció una palabra que estaba a medio camino. ¿Por qué no le pondría directamente ‘antipoemas'?”, contó el escritor en una charla en el Liceo de Temuco en 1982.


En esa misma charla, justo antes de hablar del libro de Michaux, Parra mencionó que estaba puliendo varios textos: un “mamotreto”, fue la palabra que ocupó. Lo que no dijo es que, paralelamente, llevaba un diario personal en que anotaba las bambalinas de esos trabajos y que lo acompañó durante toda su estadía en Inglaterra, entre 1949 y 1952. Entre sus 30 y 33 años. Es un cuaderno de tapas duras negras, de alrededor de 30 centímetros de alto y de 200 páginas, de las cuales el poeta llenó 150 con innumerables apuntes, poemas, anotaciones diarias, citas, dibujos y fórmulas matemáticas. Es un laboratorio de preocupaciones íntimas y literarias que en su primera página anuncia el tono general en un par de frases: “Commonplace, book of a day to day (lugares comunes, libro de un día a día). Notas, apuntes. Work book (libro de trabajo)”.


Fallecido el 23 de enero de 2018 con 103 años, Parra dejó un legado cultural incalculable que no solo puso en cuestión las formas clásicas de la poesía contemporánea, sino que también retrató el desasosiego del sujeto de fines del siglo XX desde un sospecha radical. “Durante medio siglo / La poesía fue / El paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / Y me instalé con mi montaña rusa”, escribió Parra en 1962, luego de haber entrenado su mordacidad por años. Precisar el inicio de esa rebelión es imposible, pero durante sus años en Inglaterra, estudiando un doctorado en Cosmología en la Universidad de Oxford, llegó a cristalizar el método de la antipoesía.


La ruta de los diarios


Es probable que el cuaderno de Oxford sea la pieza faltante para armar el rompecabezas de la creación de Parra. El poeta cuidó del objeto por años: no solo lo trajo desde Inglaterra a Chile, sino que lo visitó de cuando en cuando y fue dejando notas esporádicas ahí hasta 1986, cuando lo cerró para siempre con un par de líneas a dos días del atentado a Augusto Pinochet, el 7 de septiembre de ese año. Fue un secreto al que pocos tuvieron acceso y, sin embargo, existe. Antes de que falleciera, el cuaderno salió de su casa en La Reina, pasó por manos de algunos coleccionistas y hoy está en poder del librero especializado en libros antiguos y primeras ediciones Eduardo Morel. Y está en perfectas condiciones.


“Lo tengo desde hace ocho años. Originalmente fue vendido hace como 15, en 2008, por uno de los hijos de Nicanor Parra, el Barraco (Juan de Dios). Lo tenía un coleccionista, Javier Echeverría Prieto, y él me lo vendió a mí”, cuenta Morel en su librería, un local ubicado en la Galería La Merced que siempre está cerrado. En la puerta tiene un letrero que pide a los interesados ubicar al dueño a través de un celular. Adentro está lleno de primeras ediciones y libros raros, entre los que ciertamente no está el cuaderno de Oxford. Ese está en la bóveda de un banco. “Cuando lo vi supe que debía ser para el Estado de Chile. Esto es un patrimonio, esto no puede irse fuera de Chile. Es de una importancia fundamental. Registra todo el proceso mental de cómo Parra concibe la poesía y llega a la antipoesía”, añade.


La ruta que ha seguido el cuaderno de Oxford es parte de un camino complicado que siguieron otros cuadernos de Parra y que incluso llegó a la justicia. A fines de 2017, la hija del antipoeta, Colombina Parra, y su hijo, Cristóbal Ugarte, denunciaron la pérdida de aquellos papeles e hicieron un llamado público para que quienes los tuvieran los devolvieran a la familia. “La cagué vendiendo algunos cuadernos y papeles de mi padre, pero no me robé el Louvre. Sus cosas eran también mis cosas, y siempre lo tomé como un empeño”, reconoció Barraco en el diario La Tercera en 2018. Paralelamente, el reconocido bibliófilo César Soto fue acusado del delito de receptación por tener “escrituras, pensamientos escritos, papeles íntimos o inéditos” de Parra, pero en octubre de 2019 el Octavo Juzgado de Garantía de Santiago declaró inadmisible la querella contra Soto.


“Yo tenía este cuaderno en barbecho, pero me asusté un poco cuando la familia de Parra hizo denuncias a la justicia por la procedencia de estos papeles. Pero fue el hijo de Parra quien los vendió. ¿Cómo iba a ser que uno los devolviera de forma gratuita? Por eso es que la justicia ya dictaminó que eso no ha lugar”, cuenta Eduardo Morel con confianza en su pertenencia. Y relata que ya han existido interesados en comprarle el cuaderno de Oxford. Entre ellos, uno de importancia: el Presidente Gabriel Boric. El primer mandatario, según dice Morel, revisó el documento en la misma librería a inicios de este año, le sacó fotos y evaluó la posibilidad de adquirirlo para que lo preservara el Estado. Desde La Moneda, sin embargo, declinaron comentar el asunto.


Un despistado en Oxford


“Lo ‘vi' alguna vez en la casa de La Reina de Nicanor, creo que fue en el año 1992, pero fue una noche con amigos y mucho vino, y no llegué a leer nada”, recuerda Niall Binns sobre el cuaderno de Oxford, en un e-mail desde España. Académico británico especialista en la antipoesía y parte del equipo que editó las Obras completas de Parra para Galaxia Gutenberg, en 2011 Binns publicó un ensayo llamado “¿Qué hay en un nombre? ‘Poemas y antipoemas'. Oxford 1950”, donde menciona la noche en que vio el cuaderno. “Poder revisar ese cuaderno de su época ayudaría a aclarar el impacto que tuvo en el poeta su estancia en la ciudad universitaria por antonomasia de Inglaterra”, escribió.


Según cuenta Binns, en 1951 Enrique Lihn anunció la futura publicación de dos libros de Parra: “Oxford 1950” —quizás los futuros “Poemas y antipoemas”— y otro de apuntes titulado “Notas al borde del abismo”. “Supongo que el cuaderno de Oxford sería la base de ese libro”, dice Binns. “¡Cuánto me gustaría verlo y cuánto lamento, en esa noche de risas y vino, haber postergado mi curiosidad! Años después, en Las Cruces, me puse con Nicanor a buscarlo, pero no estaba entre los cuadernos que tenía allí”, añade.


Lo más probable es que aún estuviera en la casa de La Reina, donde, luego de dejar Santiago, Parra mantuvo una biblioteca entre la que se incluían decenas de cuadernos de diferentes épocas. Combinando lápiz pasta y grafito, Parra escribió el diario alternando entre el inglés y el español. “Para mí un individuo se encuentra al borde del precipicio. Meditaciones abordo: para mí no existe otro más que el que llevamos en la cabeza”, anota al iniciar la bitácora, a la que va sumando notas domésticas, apuntes de sus estudios y citas del físico Niels Bohr, Goethe, Da Vinci o Platón. Pronto llega hasta las páginas la sueca Inga Palmen, con quien se casó en Inglaterra terminando el matrimonio con Ana Troncoso, quien se había quedado en Chile.


Becado por el British Council, Parra se matriculó en el Saint Catherine's College, perteneciente a Oxford, el 19 de octubre de 1949 para estudiar mecánica moderna y vivió el primer año en Pembroke Street, donde escribió poemas como “El soliloquio del individuo”. El cuaderno de Oxford lo empieza a llevar cuando se cambia al departamento de Norham Road, en agosto de 1950. En una de las primeras anotaciones en el diario cuenta esa mudanza, un trámite tan sencillo que hacia la dos de la tarde ya estaba listo para su cuarta clase de manejo: “Partí a la perfección y solo una vez cometí el error de no soltar el acelerador. Aprendí sin dificultad dar una vuelta en la esquina, ya sea a la derecha o a la izquierda. Me divertí como un chino”, escribió.


Ese mismo día, Parra anduvo en bicicleta y se juntó con amigos. “A las 16:30 terminé de desempaquetar y me miré al espejo. Tengo una expresión de agotamiento, la camisola verde me da un aspecto de ridículo, el pelo me está escaseando de forma dramática en el centro del cráneo. Y hacia los lados se ven algunas canas. Además estoy chupado como una manzana. Debí haberme echado a dormir, pero a las 17:15 tenía que jugar tenis con Guillermo y unas jóvenes españolas”, cuenta el escritor que ya tenía 31 años.


Por entonces, el poeta empezó a trabajar con el astrofísico Edward Arthur Milne en una tesis que tuvo como título “Some unsolved problems on kinetic relativity” (“Algunos problemas no resueltos en la relatividad kinética”). Y aunque en el diario deja una nota sobre el tema que dice “estudiar la teoría del movimiento relativo”, sus apuntes empiezan a ser dominados por citas a filósofos, listas de poemas, ideas literarias. “Fui al siquiatra para que me viera el tarot”, escribe sin contexto. Y luego, otra vez sin explicaciones: “La neurosis no niega la realidad, se limita a no querérselas ver con nada de ello. La sicosis la niega e intenta sustituirla. Octopus, el block maravilloso, la máquina infernal”.


“Él no es un estudiante serio de matemáticas. Sugiero que él haga lo pertinente para aprovechar las oportunidades de Oxford, y que no sea presionado para seguir los cursos”, dice en carta a las autoridades de la universidad el profesor Milne, y al parecer la recomendación funcionó. Entonces llega al 19 de mayo de 1951, día que, entre unos bosquejos de cartas en inglés, cuenta que mantuvo unas partidas de ajedrez que perdió “miserablemente”. “El final de la partida con el hindú sudafricano me derrumbó como una pirámide de letras en conserva. Dolores de cabeza, opacidad, confusión de sentimientos, taquicardia”, anota y luego hace los dibujos de las portadas donde aparecerá “Poemas y antipoemas”. A un lado, deja una palabra: “Despistado”.


El destino del cuaderno


Parra persistió en el diario hasta 1958, aunque cada vez con menos regularidad. De regreso a Chile, junto a Inga Palmen, aborda detalles de la elaboración de “El Quebrantahuesos”, los collages con recortes de prensa que realizó junto a Jodorowsky y Lihn y exhibió en el restaurante El Naturista y frente a los Tribunales de Justicia en 1952. “Ayer colgamos Jodorowsky y el que habla un número del Quebrantahuesos que me tocó hacer a mí solo. La gente sigue riendo a carcajadas, pero me siento exhausto de mi esfuerzo tan sostenido. A ratos no veía más que una mancha negra delante de mí, un juego obligatorio de mis más ingratos trabajos”, anota en mayo de ese año. Luego, deja una frase: “Poesía funambulesca, pintoresca”.


En los años siguientes, los apuntes en el diario son cada vez más espaciados. Habla de Violeta Parra; menciona a Luis Oyarzún, Tomás Lago, Jorge Millas, Gastón Soublette. “Pongo en práctica uno de los consejos de Don Quijote a Sancho: anda despacio”, anota sin contexto. En 1968 cuenta que su hija Catalina se casa con el poeta Ronald Kay y escribe junto a esa información: “Dogmatizar y filosofar. Ojalá que me corten la cabeza”. En los años 70 casi no hay notas y en 1986, la última: “Antenoche fue el atentado contra P. (Pinochet). Hoy al mediodía comienza mi nuevo semestre. ‘El barco que se hunde', Robert Louis Stevenson”.


Enorme, laberíntico, lleno de notas oblicuas, la mayoría personales, el cuaderno de Oxford requeriría a un especialista parriano para ser descifrado. O más de uno. Hace unos años, el coleccionista y editor en el sello Pequeño Dios, Guillermo García, accedió al cuaderno. El librero Eduardo Morel se lo mostró pensando en que García podría completar una colección de primeras ediciones y diversos papeles de Parra que ha reunido. Entre ellos, algunos cuadernos más contemporáneos del poeta, en los que solía trabajar en uno o dos poemas por decenas de páginas. Evaluó comprarlo, pero su colección ya está cerrada.


“El cuaderno de Oxford relata una etapa fundamental en su poesía. Vendría a ser como los manuscritos de ‘El canto general' de Neruda a la obra de Parra. Ese es el valor que tiene. Ahí es cuando surge la antipoesía”, dice García. “Ningún cuaderno marca hallazgo decisivo como para cambiar la historia, pero este es un cuaderno fundamental. Es el más importante de los que se tiene conocimiento. Y proviene de una época donde prácticamente no hay material más que las publicaciones. Hay que recordar que Nicanor también era muy desprendido con sus cosas. Que él lo halla conservado significa que lo consideraba relevante”, agrega.


Es posible que el cuaderno de Oxford tenga que ser leído con al menos otros dos libros que Parra dejó inéditos: el poemario “Simbad el marino”, fechado en 1939, y un cuaderno de mecánica racional no datado, pero de la década de 1940, que tiene decenas de poemas, casi todos inéditos. Ambos son parte de la colección de César Soto y no están a la venta. En cambio, Morel sí tiene a la venta el diario de Inglaterra. En sus planes, espera que sea el Estado de Chile quien pueda acceder a él para que no se pierda el patrimonio del poeta. Si no, cree, es probable que lo adquiera una entidad extrajera. Incluso podría ser la Universidad de Oxford. Quizás hay que seguir al pie de la letra una indicación que dejó Parra junto a otra portada que dibujó y que tituló “Consejos teóricos y prácticos. 1950”. Ahí dice: “Lámpara: frotarla, puede ser la de Aladino”.


Nicanor Parra en Oxford, Inglaterra, donde estudió en 1949 y 1952 y llegó a concebir la idea de la antipoesía. Archivo Nicanor Parra