domingo, noviembre 28, 2010

El vertiginoso viaje del discjockey

El Mercurio

Las dos letras que forman la abreviatura DJ han avanzado desde los albores tempranos de la historia de la radio hasta ser parte de la expresión más contemporánea de la industria de la música y el entretenimiento. Siempre con nuevas fronteras por disolver, así ha sido la transformación del locutor de radio en chamán posmoderno.

DAVID PONCE
Ha sido un camino sinuoso, un viaje estimulante a través de décadas de culto por el baile en constante transformación, y un tránsito vertiginoso entre dos puntos en apariencia tan lejanos como la cabina solitaria de una estación de radio y lo más alto de una disco en llamas. Pero hay un rasgo que la figura del DJ siempre ha podido reclamar para sí, ya fuera en las viejas radioemisoras de los años del rock and roll o en la próxima fiesta electrónica por venir: el derecho a ser una estrella de la música.

Entre los formales discjockeys radiales de traje y anteojos oscuros de los años '50 y los actuales DJs que estimulan a las masas con música de baile hay algo más que ese simple nombre en común: DJ, diminutivo de discjockey. Es, más allá de los cambios de vestuario, de escenario y de contexto, el rol de mediador que los DJs cumplen entre los discos y el público. Y es la proyección que ese rol trae consigo. Si la categoría de la estrella de rock ya es parte de una convención de ese género musical, el discjockey sostiene un status similar, y más que haberlo conseguido, es un status que estuvo siempre en su naturaleza.

La etimología es múltiple, pero el significado más inmediato de "jockey" es el de "jinete", e implica no sólo la acción de montarse sobre algo en movimiento sino también la capacidad de hacerlo con destreza. Es el sentido del vocablo que reconstituyen Bill Brewster y Frank Broughton, los autores de la historia del DJ impresa en el libro "Last night a DJ saved my life . The history of the disc jockey".

El primer registro que ambos autores encuentran del uso del término "disc jockey" se remonta a una edición de la revista Variety en 1941, a propósito de un locutor radial que "canta sobre las canciones". La radio había sido, desde sus inicios en la primera década del siglo, el medio destinado a albergar al locutor que anuncia una canción antes de ponerla al aire. Y para los años '40 esa relación entre música y presentación hablada ya era mucho más próxima.

Es significativa la relación entre ese locutor que "canta sobre la canción" y el equivalente que señala en Chile el musicólogo Juan Pablo González, coautor de los libros "Historia social de la música popular en Chile", cuando se refiere a Ricardo García, el más reconocido de los discjockeys de la era dorada de la radiotelefonía nacional.

"El discjockey en Chile viene desde mediados de los '50, muy relacionado con el rock and roll con el disco single", señala González, quien establece como hitos de la época el impacto radial "Rock around the clock", de Bill Halley, y el momento en que el ya avezado locutor Raúl Matas, de radio Minería, emigra a Europa y deja el exitoso programa "Discomanía" en manos de un joven Ricardo García.

"Y él (García) empieza a difundir rock and roll, después a los Beatles el '63 y ya tiene una relación con el disco single y con la cultura juvenil", refiere González. "Y si uno escucha las grabaciones de la época él ya está animando, ya está interactuando en la radio".

De presentar a remezclar: las nuevas fronteras

El posterior desplazamiento del DJ desde la radio al club o la discoteca no es sólo un cambio de lugar, sino también de naturaleza, como establecen Brewster y Broughton. "Esto es lo que hacen los DJs de radio: presentar música e intercalarla con conversación, comedia u otro tipo de actuación. El DJ de club abandona ese rol por algo más creativo musicalmente. Atrás queda la idea de presentar los discos, y entra la idea de tocarlos" (performing them, en el original).

Desde entonces el discjockey sigue sumando nuevas millas. De la discoteca o el club avanza hacia las raves o fiestas masivas de música electrónica. En otra dirección gana también la frontera de la industria disquera, y en nuestros días el DJ no es sólo un consumidor de discos para girar en sus tornamesas, sino también un generador de grabaciones de sus propias remezclas, al modo de gente como 2 Many DJ's y las ediciones discográficas de sus extraordinarias sesiones bailables.

Y cada género musical, desde el hip-hop hasta el reggae, ha dotado de especificidades propias al oficio del DJ. Es el caso de Marcos Meza, compositor, pianista e integrante del quinteto chileno "Cómo Asesinar a Felipes", un grupo en el que se combinan un rapero, un pianista, un bajista, un baterista y un DJ para dar forma a un encuentro musical rico en jazz y rap como puntos cardinales.

"Como pianista asimilo la música que estudio, la incorporo y luego viene un proceso de innovación: los acordes que toco en el piano pueden haber sido hechos hace cincuenta años pero están filtrados por los elementos actuales.

"En ese sentido no hay diferencia con el DJ, que también toma algo y lo transforma", dice Meza. Y hay coincidencia en que esas destrezas son equivalentes a las necesarias para cualquier instrumento: manejar el oído, el ritmo, el pulso, la improvisación, la comunicación en tiempo real con el público y otras categorías musicales.

"Todavía hay una visión arcaica de pretender que el músico no pasa por la prueba de ser músico si no tiene un instrumento acústico colgado. Pero cuando viene Radiohead, que en un noventa y cinco por ciento puede estar basado en secuencias programadas, no hacen el mismo ejercicio de rigurosidad", dice a su vez Vicente Sanfuentes, músico y DJ chileno de constante actividad internacional e involucrado en los últimos dos años con el atractivo sello independiente Cómemel junto al músico y DJ Matías Aguayo, también chileno radicado en Alemania.

No es casual que la remezcla sea la denominación del producto del DJ por definición. El discjockey es en último término una expresión de la mezcla en más de un sentido, como establece el crítico inglés Simon Reynolds en el prólogo del libro "Loops. Una historia de la música electrónica". "Más que una obra de arte completa e intocable, un corte dance supone una colección provisional de recursos sónicos que reorganizar. De ahí la moda de los álbumes de remezclas donde DJs y productores rinden tributo a un artista por medio de remezclas, a veces llegando a borrar su música".

Entre recolección y selección, con destreza y heterogeneidad, la rúbrica de todos los oficios del DJ es el poder que es capaz de ejercer, en un rol que bien puede volverse casi chamánico en el ritual del baile colectivo. Al comienzo de esta historia el DJ pudo haber sido el mensajero: el hombre que seleccionaba la música que los demás escucharían. Pero cada vez se ha disuelto más la frontera entre el mensajero y su transformación en el músico en sí mismo.

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