sábado, octubre 10, 2020

El Duelo de Patricio Manns

 



El Mercurio


Está de vuelta en su departamento de Concón, después de casi un mes hospitalizado. En esos días enfrentó una operación al pie y la muerte de su mujer. Hoy, el escritor y músico junta fuerzas para volver a subirse a un escenario y pagar la deuda que le dejó la clínica: más de $400 millones, dice. Confidencia que está escribiendo sus memorias y que le gustaría hacer un cambio de vida: dejar su casa y comprarse un yate para dedicarse a navegar. Sobre su última nominación al Premio Nacional de Música, afirma: “A mí me deben el premio”.


Por Carola Solari, desde Concón


Al centro del living, en un sillón individual, junto a una mesa llena de diarios y una guitarra, está sentado Patricio Manns. No puede levantarse, por su reciente operación al pie izquierdo, y hace señas con la mano. Tiene 83 años, el pelo canoso revuelto y viste buzo y polera negra. Por la ventana de su departamento en Concón, ubicado frente al Club de Yates de Higuerillas, la vista es grandiosa: es un día soleado y el océano brilla con un azul intenso.


—Es rico estar de vuelta acá. Este es mi hábitat: tengo mi terraza, mis cosas. Es muy distinto a estar en la clínica —dice con voz rasposa. Luego agrega: “Allá no podía escuchar música. Recorrí como 20 veces la televisión buscando un concierto o un canto popular, pero no había nada. Aquí me siento en este sillón y escucho música selecta: Borodin y Musorgski, unos rusos del siglo XIX que son fantásticos. Escuchar música me hace bien”.


Hace dos días regresó a su casa, después de 23 que pasó hospitalizado en la Clínica Reñaca, donde se sometió a una operación que duró seis horas para salvar su pie diabético, afectado por una herida interna. La intervención resultó exitosa, pero en esos días hospitalizado falleció su mujer, Alejandra Lastra, psicóloga argentina a quien conoció en París: se casaron en Gibraltar, en el mismo lugar donde, cuenta, se habían casado John Lennon y Yoko Ono. A su regreso a Chile, a fines de los 90, se instalaron en este departamento frente a la playa y ella se convirtió en su manager. Llevaban 45 años juntos.


—Alejandra estaba con un cáncer al pulmón que se agravó justo cuando me vino esta cosa en el pie. Tuvimos que internarnos los dos. Nos pusieron en la misma pieza, cama con cama. Ella pidió que yo me quedara a su lado —dice.


—¿Cómo fue para usted?


—Fue horroroso. Ella estaba con oxígeno. Agonizó cuatro horas. Estábamos tomados de la mano. Fue un dolor que me llegó hasta acá (se toca el estómago).


—Usted la acompañó a morir.


—Fue la última cosa lúcida que pidió. Después cayó en una especie de sopor raro. Le pregunté al médico: “Dime la firme: ¿Qué sintió ella cuando estaba muriendo?”. Me respondió que creía que no había sentido nada. Estaba en otra parte, como si estuviera mirando las cosas desde cierta distancia. Yo creo que se fue tranquila finalmente, dentro de su intranquilidad. Porque yo vi cómo se fue desgastando. Cada vez peleaba menos. Al principio se sacaba la cosa del oxígeno y decía: “Basta, déjenme irme, no quiero estar más acá”; esto a las cinco de la mañana (…). Bueno, cumplí con mi deber. No estuvo sola ni un segundo y eso me llenó de orgullo.


—¿Cómo ha llevado el duelo?


—Imagínate. Estiro la mano en la cama y ella ya no está a mi lado. Encuentro la cama vacía. Es lo que se llama una tragedia: verdaderamente trágico. La vi morir y esa es una imagen indeleble, que no se borra. Se agarraba a mi mano: no sé si quería llevarme o que yo la retuviera.


En su regreso a casa, Patricio Manns ha estado acompañado de Liselotte, una de sus hijas que se fue a vivir con él y se hizo cargo de la casa. Tiene cinco hijos, de distintas madres, pero cuenta que con los demás no ha tenido mayor contacto: “No se han aparecido”, dice.


—Ella es una locomotora. Pasó como un rayo, cambió todos los muebles de lugar. Y cocina fantástico. Anoche vinieron mis músicos a comer y ella nos cocinó salsa de jaiba con locos.


—Los poetas hicieron un recital en beneficio suyo para reunir fondos y ayudarlo con los gastos de la clínica.


—Hay varios encargados de eso. A mí me han dado cuentas, pero yo estaba en otra onda. Pero era una cosa monstruosa, mundial. Llegaban llamados de Londres, de Tumbuctú (se ríe).


—Todos preocupados por su estado.


—Acaban de hacer un concierto en Buenos Aires con 20 cantantes famosos y enviaron el dinero para acá. Y así. Porque yo estoy sin trabajo desde que comenzó la pandemia. Dejé de cantar y dejó de entrar plata. Teníamos unos ahorros y se fueron todos.


—¿Se fueron por los gastos de la hospitalización?


—Estoy debiendo $453 millones. En diciembre me los empiezan a cobrar, así que antes de esa fecha espero estar parándome arriba del escenario.


—¿Pero cómo se encuentra de su pie?


—Todavía no puedo caminar normalmente. Ando con un burro que está por ahí. De repente levanto el burro y camino 20 pasos solo. Pero estoy haciendo tentativas: probando. Porque tengo pérdidas de equilibrio de repente. Pero ya estoy al otro lado. No va a ser difícil. Lo que viene ahora es más suave: hay días lindos de sol. En la mañana me siento en la terraza, miro y leo.


—¿Ya volvió a tocar música?


—Estoy escuchando mucha música, pero tocar todavía no. Ahí está la guitarra. Cantar me gustaría, pero dentro de una semana o dos. Mis músicos me decían que hay como diez ofertas de conciertos fuera de Chile. Hay que ver cuándo se pueden hacer, porque yo todavía no puedo caminar hasta el avión. Entonces tengo que esperar un poco. Pero cuando vuelva a cantar, voy a salir adelante, porque es dinero fresco que entra.


—Sus amigos han sido bien solidarios. ¿Tiene buenos amigos?


—Sí, en el mundo entero. Me llamó Silvio Rodríguez. El llamado de Silvio fue especial, me dijo: “Coño, ¿cómo estás?”. Le respondí: “Bueno, ya tú sabes…”. Me dijo: “Mira, la amistad no es solo tomarse un trago. Yo me hago cargo de todos tus gastos”. Y habló con Víctor Heredia, el cantante argentino, que me llamó también y me dijo: “No, Silvio se hace cargo de la mitad y yo de la otra”. En eso están. Es que son sumas enormes. Y la gente ha hecho aportes. Yo también en su momento he hecho lo mismo por otra gente. Así es la cosa: nos ayudamos los unos a los otros.


Patricio Manns creció en la cordillera de Nahuelbuta, en el pueblo Los Laureles. Su casa estaba en la punta de un cerro y no tenía luz ni agua potable. Pero había dos pianos y una guitarra: su madre, de ascendencia francesa, era concertista de piano y tocaba los clásicos. Su padre, de ascendencia suiza alemana, era profesor, fundador de escuelas y tocaba jazz.


—Los dos pianos estaban de espalda y nos sentaban a los cinco hijos al medio. Mi madre empezaba con Chopin y mi padre la seguía en jazz. Esa es la primera música que escuché. Con el tiempo llegó el agua a la casa y pusieron luz y empezamos a descubrir la radio. ¡Uy, fue increíble! Llegaba la onda corta. Me quedaba hasta las cinco de la mañana escuchando radios de México o de El Salvador.


Esa infancia en la cordillera la describe con una palabra: fantástica.


—No teníamos bicicleta ni patines, ninguna de esas cosas. Entonces nos dieron un caballo a cada uno para que hiciéramos lo que quisiéramos. Vivíamos galopando, sin montura, sin nada. Íbamos a robar melones, saltando los cercos a caballo. Y teníamos una biblioteca en la casa enorme. Entonces, andábamos a caballo o estábamos leyendo.


Su primer soneto, cuenta, lo escribió a los 8 años y su padre se encargó de enviarlo a la revista Peneca. A los 14 el diario El Colono de Traiguén publicó uno de sus poemas. Su primera novela, Parias en el vedado, que reescribió años después con el título La noche sobre el rastro, ganó el premio Alerce, de la Sociedad de Escritores de Chile. Y su novela Cavelier seul (Corazón a contraluz) fue seleccionada como una de las tres mejores publicadas en Francia y recibió el premio Prix Rhône Alpes. Hoy cuenta con más de 30 libros publicados, entre poesía, novela y ensayo.


Patricio Manns dejó la casa familiar a los 15 años y empezó a buscarse la vida solo. Ejerció múltiples oficios: fue minero en Lota, trabajó en un barco mercante como marinero y ejerció como periodista; incluso entrevistó al Chacal de Nahueltoro para la radio Balmaceda y cubrió su fusilamiento.


—Yo creo en una frase de Sartre que dice: “No se escribe sobre lo que no se conoce”. Eso lo leí a los 12 o 13 años y se me quedó aquí —dice, apuntando a su cabeza.


Como llevaba la música en la sangre, se inició como compositor en 1959 con la canción “Bandido”, que fue grabada en Argentina por los Trovadores del Norte y en Chile por los Cuatro Cuartos. Cantó con los hermanos Parra en la emblemática Peña de los Parra y, junto a otros músicos, fundó el movimiento de la Nueva Canción Chilena. Sus canciones, entre ellas “Arriba de la cordillera” y “El cautivo de Til Til”, han sido emblema del repertorio popular. Y “Cuando me acuerdo de mi país” fue un himno del exilio, que él pasó inicialmente en Cuba, donde colaboró en el guion de la película La cantata de Chile e hizo canciones junto a Silvio Rodríguez para documentales. Luego, se fue a Europa, donde trabajó junto al grupo Inti Illimani: con ellos grabó temas como “Vuelvo” y “Samba landó”.


—Este año lo postularon al Premio Nacional Música, pero ya había sido nominado antes. ¿Le hace ilusión ganárselo?


—Yo lo veo de otra manera: a mí me deben el premio. He hecho 500 canciones, que están todas grabadas, lo que no es poca cosa. He escrito además libros de poemas, novelas y cuentos. Entonces, creo ese es un buen trabajo, un buen aporte a la cultura de América Latina. Pero creo que ya no me lo gané. Soy muy viejo. Voy a tener 85 años cuando se entregue el próximo.


—¿Cómo ha sido para usted envejecer?


—Me siento bien. Jugamos con los músicos a la pelota acá en la terraza. Nunca he visto a un viejo de 83 jugando al fútbol, cantando. Porque no he perdido la voz. Tampoco he perdido la capacidad de escribir. Un día en la clínica me desperté a las 8 de la mañana, agarré cuaderno y lápiz y me puse a escribir. Hice 18 poemas en un día. Los voy a pasar al computador y examinar cómo quedaron, para ver qué se puede sacar de ahí. Porque son poemas escritos al calor de lo que estaba pasando.


—¿Siempre se mantiene escribiendo?


—Me voy a morir escribiendo. De hecho, estoy escribiendo mis memorias: llevo 445 páginas y se titulan Doy por soñado todo lo vivido. Las estoy escribiendo sin censura; entonces, hay viejas que deben estar arrancando para el extranjero ahora que voy a contarlo todo (se ríe).


—¿Cómo es la relación con sus fans? Porque antes de casarse con Alejandra, las mujeres se le colgaban al cuello.


—Eso era antes, ya no. Se han puesto más decentes. Se sientan ahí, bien tranquilas. Es fantástico cuando empiezan a cantar conmigo. Yo leo las canciones, ellas se las saben mejor que yo.


—¿Alejandra era celosa?


—No. Ella fue la que me dijo cuando empecé a escribir las memorias: “cuenta todo, sin censura”.


—Ella era su primera lectora.


—Sí. Y discutíamos hasta por una A. Ella sabía mucho de literatura. Creo que sabía tanto como yo: hablábamos de igual a igual. En la noche, cuando nos íbamos a acostar, cada uno estaba con su libro. Y a veces, cuando nos llegaba un libro nuevo, lo rifábamos para ver quién lo leía primero.


—Si lleva más de 400 páginas escritas, ¿quiere decir que ya está terminando sus memorias o le falta por escribir?


—Creo que, al ojo, voy a llegar a las mil páginas. Quizá sean dos libros de 500 páginas; eso lo veremos con el editor. Pero lo que llevo me gusta mucho y eso que soy bastante crítico. Pero aquí encontré una veta nueva que es contarme a mí mismo y lo que me rodea. Es lindo, lleno de hallazgos.


—¿Tiene buena memoria?


—Uf, los detalles de mi infancia los recuerdo muy bien. Tengo recuerdos, además, de otras experiencias. Porque aquí nos hicimos regresiones con Alejandra, con una psicóloga argentina que es famosa en eso. Y nos salieron unas cosas extrañísimas. Recuerdo que me paré frente a una calle de nombre alemán. Yo comunicaba lo que veía: “Estoy frente a un letrero que dice esto: anoten”. Y yo hablaba el lenguaje local, que era como alemán o polaco.


—¿Escribiendo se le han venido a la mente esos recuerdos?


—Claro. Además, te da tanta tranquilidad frente a la muerte, que sé que vamos para otro lado. A lo mejor, en el futuro, me hago una regresión y me veo acá, que me están haciendo una entrevista. Sería fantástico (se ríe).


—¿En qué tiene puesta la cabeza hoy, además de sus memorias?


—Estoy tratando de mandarle mensajes al pie. Una mujer me dijo: “Piense en el pie, dígale que le obedezca”. En eso estoy. Le digo que se mejore, para que a fin de año pueda estar cantando. Porque yo, donde voy a cantar, se llena. Y también quiero comprarme un yate.


—¿Pero sabe navegar?


—Sí sé, porque trabajé de marinero. Sé conducir un barco: el timón, que no es así nomás. Sé hacer los cambios de la máquina de abajo. Averigüé y puedo comprarme uno por 4 millones, con 4 literas, donde cabemos mi hija Liselotte, su marido y su hijo. Es que quiero cambiar completamente: pasar de una casa a andar allá adentro.


—¿Es una idea que le surgió ahora?


—La tengo hace años. Tengo amigos acá que viven en yates y me cuentan. Imagínate pescar tu propio alimento y tirarte al agua a sacar unos loquitos. En Chiloé yo sacaba locos con cuchillo. Además, lo único que puedo hacer ahora es nadar. No puedo correr ni saltar. Me gusta meterme al mar. Me pongo un traje de látex y me meto, porque el agua acá es muy fría.


—¿Dónde le gustaría ir?


—Estudié un mapa: sales de Concón rumbo a Japón, y a la pasada tienes Australia, Nueva Zelandia, un montón de islas chicas. Eso es cambiar de vida. Eso es ponerle color a la vida.




1 comentario:

Unknown dijo...

Lamento su partida, pero también es cierto que la vida tiene su encanto, y te la quita en el momento que debe ser Q. E.P.D.
Conozco a su hija Liselotte es una mujer de un corazón maravilloso, sin dejar de mencionar que es guapísima...