sábado, noviembre 14, 2020

Eduardo Gatti “Nunca me he cansado de tocar ‘Los momentos'”

 


El Mercurio


Recién fue nombrado Figura Fundamental de la Música Chilena y ayer se inauguró una exposición que conmemora los 50 años de su canción, una de las más relevantes del repertorio musical del país. En esta entrevista, el cantautor repasa la accidentada historia del tema, habla de su adicción a la cocaína y de la inusual manera en que se recuperó, y confiesa sus “sentimientos encontrados” cada vez que hoy escucha “El derecho de vivir en paz”, de Víctor Jara. Además, descarta que Los Blops se vuelvan a reunir, revela la antipatía que les tenía Neruda y critica a la ministra de Cultura por sus últimas declaraciones.

Por Gazi Jalil F.


El año 2020 ha tenido dos caras para Eduardo Gatti. Una es la de la pandemia. Hace meses que no pisa un escenario y las entradas de dinero “han sido mínimas”, dice.


—Los músicos hemos tenido muy poco trabajo. Incluso hay quienes están viviendo momentos dramáticos, sobre todo los de estudio, las bandas. Pero menos mal a mí me pilló un poco preparado.


—¿Por qué?


—Porque hace como 10 años tuve la intuición de que se iba a mover el piso y comencé a ahorrar. Eso me ha salvado hasta el momento. Pero igual empieza a ser preocupante. Ya vamos a estar un año en esto y el barco empieza a crujir.


Gatti ha tenido algunas actuaciones vía remota, aunque reconoce que ha sido insuficiente.


—Han andado bien, pero rentan mucho menos. No soy de grandes salas, toco en lugares de máximo 300 personas, pero esas 300 personas hoy no están. Al menos algo llega por concepto de derechos de autor y, aparte, mi mujer sigue trabajando.


La otra cara del año es más amable para Gatti. A fines de octubre fue nombrado por la SCD como Figura Fundamental de la Música Chilena y ayer la Corporación Cultural de Las Condes inauguró una exposición de 50 pintores que homenajean los 50 años de “Los momentos”, una de las composiciones más relevantes del cancionero nacional. La muestra se presentará hasta el 24 de enero y contempla un concierto al aire libre del cantante.


—Este fue un proyecto que se le ocurrió a Juan Claudio Edwards. Somos vecinos y amigos. Y cuando me dijo, me pareció fantástico, pero no sabía qué iban a decir los pintores, y todos acudieron.


Gatti, 71 años, considerado uno de los precursores del rock en Chile, habla en la terraza de su parcela de Chicureo. Es un refugio de 5 mil metros cuadrados donde crecen palmeras y secuoyas plantadas por él mismo. Al fondo mantiene un pequeño huerto de lechugas, cebollines, acelgas y ajíes.


—Compramos este lugar el año 89 a un precio irrisorio, cuando aquí no había nada —explica—. Ese tiempo yo no tenía lucas. Arrendábamos una casa en Santiago y estaba endeudado hasta el cuello. Y un amigo nos dijo, oye, sabes qué, hay una oportunidad en un lugar que se llama Chicureo. Vinimos a verlo. Nos picaron mil zancudos, pero era bonito el entorno.


Gatti mira a su alrededor.


—Esto era una sabana africana: no había ni un árbol. Tampoco camino. Era puro yuyo, que me gustaba, pero terminé odiándolo. Para comprar alimentos o remedios teníamos que ir a Colina y como no había autopista, para Santiago te demorabas una hora y media.


Hace 23 años que el músico vive aquí junto a su mujer, la orientadora familiar Paulina Krebs, y sus cuatro hijos.


La historia de “Los momentos” comienza en París. Eduardo Gatti tenía 20 años y había llegado a Francia como tripulante de un buque carguero para asistir a los conciertos de Pink Floyd, Procol Harum y Fleetwood Mac. Pero no contaba con la crudeza del invierno europeo y pronto cayó enfermo de neumonía.


—Llegué a tener 40 grados de fiebre. Un día, aún convaleciente, me senté en la cama, agarré la guitarra y comencé a componer algo. Encontré bonita la secuencia, me inspiré, armé una melodía encima y dije, ya, la voy a guardar.


No fue hasta seis meses después, ya en Chile, que le puso la letra.


—Me salió en 15 minutos. Tiene una parte muy individual, sobre un amor platónico que nunca resultó, una desilusión amorosa que tuve. Y también está mi visión sobre las trabas y los dogmas de mi generación. ¿Sabes?, yo no hice un tremendo ejercicio intelectual para hacer la canción, fue algo que me surgió desde adentro, brotó. Y tal vez por el hecho de brotar en forma tan natural, separada del ego, tuvo ese enganche con el inconsciente colectivo, porque yo no tenía ninguna intención con “Los momentos”.


—¿No sospechaste en lo que se iba a transformar?


—Para nada. Además, yo era una persona muy introvertida, me planteaba como músico de rock, me sorprendió a mí mismo. Pensaba, de dónde saqué esto. Hurgando, en Europa tuve mi primer contacto con la música celta y con la música de Leonard Cohen. Además, tenía una semilla plantada desde los 16 años, cuando por primera y última vez fui a ver a la Violeta Parra. Eso me llegó mucho. Mis padres me llevaron a la peña donde ella actuaba. En mi ignorancia, a esa edad pensaba que el folclor era la tonada y la cueca, no conocía más. Claro, no era un panorama muy atractivo para mí ir a la peña, pero no tenía nada más que hacer, y la verdad es que me llevé una sorpresa mayúscula.


“Los momentos” apareció en 1970 en el primer disco de Los Blops, el grupo al cual pertenecía Gatti. No fue algo planeado, sino que accidental. Como el ingeniero en sonido les dijo que había que rellenar tres minutos del disco, el músico ofreció su tema.


—Yo era bien tímido y pensaba guardar la canción para otro disco. Ahí fue la primera vez que la mostré, porque antes no me atrevía. La ensayamos unos 15 minutos y la voz femenina la hizo una amiga que nos estaba sacando fotos. Todo muy improvisado. Y fue la primera vez que escuché mi voz cantando. También fue un shock. Me daba vergüenza cantar, ser solista. Fue raro, aunque me gustó mi voz. Me encontré relativamente agradable —ríe.


Esa versión hoy puede escucharse por YouTube con el detalle que siempre llamó la atención: termina de forma abrupta, casi como si fuera un error.


—Lo que sucedió es que yo me equivoqué al final y no había tiempo para regrabarla. Ese tiempo tenías que hacer todo de nuevo, así que el ingeniero sugirió hacer un fade (que la música se vaya de a poco). Yo le dije, no, todas las canciones del mundo terminan igual, mejor córtala así nomás, yo te voy a decir cuándo. Y la cortó justo en un acorde que deja la canción suspendida. Ni siquiera es un acorde resolutivo. Y eso produjo algo muy curioso: cuando la tocaban en la radio, ni el radioperador ni el locutor alcanzaban a reaccionar, porque los pillaba de sorpresa, y se producía un silencio dramático que llegó a ser parte de la canción.


Sin embargo, “Los momentos”, lejos de ser un éxito, pasó inadvertido.


—No nos dieron pelota. No sonó nada —dice Gatti.


—¿Te decepcionó?


—No. Lo que pasa es que estaba todo tan revuelto ese tiempo, que nosotros seguíamos trabajando y ya estábamos pensando en el segundo LP. No había mucho tiempo para llorar.


Los Blops grabaron dos discos más y se separaron en 1973, poco antes del golpe militar, “por falta de trabajo y dinero”, cuenta Gatti. Todos los originales de esas tres producciones se perdieron o fueron destruidos durante la dictadura, agrega.


En 1978, el grupo volvió a reunirse y editaron una nueva versión de “Los momentos”. Solo entonces el tema tuvo éxito.


—Pasó que cuando tocábamos esa canción, mucha gente se la sabía y eso era porque había tenido un camino casi medieval, de boca en boca. De hecho, no se sabía bien de quién era, pensaban que era una canción argentina o uruguaya, hasta que la grabamos de nuevo con RCA y explotó. Tampoco esperaba que fuera a explotar tanto, pero obviamente que salté en una pata —ríe.


—Tenías 20 años cuando compusiste “Los momentos”. ¿No fue una presión haberla hecho tan joven?


—Yo encuentro que fue todo lo contrario, fue una ventaja, porque cuando hice “Los momentos” me planteaba seguir componiendo, y así fue. Entonces, hoy la canción es parte de un repertorio. No es que me llamen para cantar solo “Los momentos”. No es un one hit. Hay otras canciones como “Navegante”, “Quiero paz”, “Naomi”, “La Francisca”, “Huacas del sol y de la luna”, en fin. No dependo solo de “Los momentos”.


—Pero no puedes dejar de cantarla en tus presentaciones.


—Es de cajón que tiene que estar —sonríe—. Salvo una vez que andaba atravesado y dije, no voy a cantar ‘Los momentos”. Y el dueño del local me dijo, si no la canta, no le pago. Y tuve que cantarla, nomás.


—¿Has sacado la cuenta de cuántas veces la has cantado en vivo?


—La otra vez estaba pensando: creo que ya voy en 4 mil ejecuciones. Pero nunca me he cansado de tocarla, porque en cada actuación el público es distinto y, además, participa mucho y siempre es un momento especial. Me sigue gustando, no es que esté hostigado.


—¿Qué te queda de tu época hippie con Los Blops?


Eduardo Gatti saca un cigarrillo.


—Lo que te queda de esa época es la mirada hacia adentro, de que la solución de los problemas no está afuera, sino dentro de uno. Diría que ese fue el gran legado de los 70, que aún no se valora lo suficiente.


Por su parcela pasean varios perros que el mismo Gatti ha recogido de la calle.


—Haber sido hippie es como un estereotipo, pero para nosotros no fue eso. Es cierto que nos dejamos el pelo largo y todo eso, pero siempre hicimos un trabajo muy enfocado. Cuando integré The Apparition (su primera banda de rock) ensayábamos mucho, trabajábamos, conseguíamos datos. Con Los Blops igual. Vivimos todo eso como una gran familia, estaban Los Jaivas, Congreso, pero era un hippismo muy a la chilena. No era del tipo Woodstock. Para mí fue una época muy interesante. Empezamos a conectar con la literatura oriental, que aquí no se conocía: leí el Bhagavad-gîtâ (texto sagrado hinduista), a Khalil Gibran, Lao Tse, Confucio. Todavía tengo los primeros libros. Además, fuimos una juventud bastante sana. Hubo excesos, pero eran individuales. De partida, era muy raro ver alcohol en el grupo nuestro. Hasta dejamos de tomar cerveza.


—¿Cómo fue tu relación con las drogas?


—Las probamos todas.


—¿Duras y blandas?


—Blandas. Para el proceso creativo, la marihuana era muy entretenida. Probamos el ácido lisérgico, pero ahí fuimos tremendamente cautos. Primero nos asegurábamos de dónde provenía, si realmente era de buena calidad. Y segundo, fueron dosis muy bajas. Yo nunca me tomé más de un cuarto de una dosis. Pero fue, no sé, tres veces en mi vida. Después, más adelante, caí en drogas más duras.


—¿Cuál?


—En la cocaína, fue un momento muy complejo. No tenía un peso, no había trabajo. Te estoy hablando del año 78, 79, más o menos. Fue un calvario que viví prácticamente solo, porque no quería que mi familia supiera. Finalmente un día agarré un libro de mi madre, que era psicóloga, vi cuál era el tratamiento para drogas duras, me fui a la farmacia, compré dos frascos de unos calmantes bien fuertes que recomendaba el libro, cerré las persianas y a tiritar. En esa época conocí a mi actual mujer, que me ayudó mucho en esto. Y nunca más la cocaína. Mi familia jamás se enteró. Deben haber sospechado, porque andaba medio raro, pero nunca supieron por qué.


Gatti venía llegando desde Alemania, donde había estado un año trabajando como músico de estudio. Allá colaboró con Scorpions e incluso hizo una gira con un grupo pop integrado por el cantante chileno Mario Argandoña.


En Chile, tras el éxito de “Los momentos”, se presentó en programas de televisión, festivales y peñas, como el Café del Cerro, y tocó en México, Ecuador y Canadá.


—Tus canciones no eran de protesta. ¿Eso te facilitó poder actuar sin problemas durante la dictadura?


—Yo creo que sí. Tampoco era partidario, pero sentía que el camino iba por otra parte. Uno pisaba huevos todo el día. A veces te censuraban. Si ibas a tocar a una parroquia o a una olla común en una población, te castigaban y no te invitaban a la tele o te bajaban de un festival, por ejemplo. Pero nunca sufrí agresiones físicas. En la canción “La loba” hay unos guiños políticos, pero están hechos de forma muy metafórica. De hecho, nadie entendió, pero los que tenían que entender, lo hicieron.


—¿Es cierta la historia de que en una presentación tuya en el Café del Cerro Jorge González te gritó: “Hippie, nunca quedas mal con nadie”?


—Me acuerdo de esa noche, pero nunca escuché eso e incluso Jorge lo ha negado. He estado con él y ha sido una persona muy amable conmigo. No sé si lo inventaron o a lo mejor lo gritó otra persona.


—Bueno, los 70 también fueron políticamente complicados para Los Blops. La derecha los consideraba comunistas y para el PC eran burgueses.


—Es cierto. De hecho, nuestro primer LP, donde incorporamos a última hora “Los momentos”, lo grabamos en el sello Dicap, de las Juventudes Comunistas, pero estuvo a punto de no salir. Me acuerdo que los ejecutivos consideraban nuestra música extranjerizante y nuestras letras poco comprometidas con la revolución. Si no fuera por Víctor Jara, que nos defendió, jamás lo habríamos grabado.


De esa época es la amistad entre Los Blops y Jara. A él le llamaba la atención el cruce entre el rock y la música latinoamericana del grupo y pronto los invitó a grabar con él varias de sus nuevas composiciones, entre ellas “El derecho de vivir en paz”.


—¿Qué te parece el renacimiento que ha tenido esa canción tras el estallido social?


—Tengo sentimientos encontrados con eso. Víctor era una persona muy abierta, se destacaba del resto porque no era tan dogmático y siento que esa parte de él no se ha mostrado, sino que solo se muestra su lado militante. Parece que tampoco les interesa mucho destacar eso.


—¿A quiénes te refieres?


—A la izquierda más radical y al entorno de Víctor. Tengo la impresión de que sienten que el hecho de que haya tocado con un grupo de rock como Los Blops fue un pecado de él, un desliz. No es mi percepción solamente, sino que de todo el grupo. De hecho, se sabe muy poco que trabajamos juntos y ha sido muy mal informado el tema de los derechos de intérprete que eso generaba. Nosotros no figuramos como intérpretes. Está inscrita una lista enorme de músicos que no sé quiénes son y nunca tocaron con él. Esos son los que han recibido durante 40 años los derechos. Nosotros, absolutamente nada.


—¿Nunca reclamaste?


—Hice algunas tentativas, pero no van a fructificar. Y como esos derechos no son retroactivos, es imposible recuperarlos, así que no tengo ganas de meterme en las patas de los caballos, en especial por respeto a Víctor, porque tengo una imagen de él de una persona muy querida.


—A propósito del PC, entiendo que Neruda tampoco los quería.


Gatti le da una larga bocanada a su cigarro y se echa a reír.


—Neruda nos sacaba del frente de su casa en Isla Negra. “¡Salgan de aquí, hippies de mierda!”, nos gritaba. Les molestaba que estuviéramos en su playa. Le cargaban los hippies. Yo creo que para él los hippies eran un producto de la cultura norteamericana.


—Ah, pero no se conocían.


—No. Una vez íbamos a tocar en el Municipal con Los Blops y después hablaba Neruda. Pero justo antes de nuestra actuación se quemaron todos los fusibles de los amplificadores y no pudimos cantar. Entonces salió Neruda y no me acuerdo qué dijo, pero fueron unas cosas muy pencas contra nosotros. “Ah, qué bueno que no pudieron tocar”, algo así… Era muy pesado. Pero de chico admiro su poesía y lo sigo leyendo.


—¿Los Blops se podrían juntar hoy?


—No, ninguna posibilidad, porque hay algunos con problemas de salud y hemos tomado caminos muy diferentes en la vida.


—¿Pero crees que funcionarían?


—Tengo mis dudas, porque Los Blops no fue solamente la música, sino que fue todo este trabajo espiritual que hicimos, la comunidad en que estábamos insertos, nos conteníamos unos a otros. Sería difícil hoy, ya todo cambió demasiado.


—¿Quiénes te gustan de la nueva generación de cantautores chilenos, entonces?


—Admiro mucho el trabajo de Manuel García y encuentro muy innovador lo que hace Gepe, Camila Moreno y Nano Stern, tremendo músico. Chinoy también. Es una generación muy potente y no es una cosa sofisticada, llena de teclados, sino que algo que va al callo con una sola guitarra.


—¿Qué esperas de la nueva Constitución desde el punto de vista de la cultura y las artes?


—En ese sentido me declaro ignorante, porque me cuesta distinguir qué es constitucional y qué es materia de ley. La cultura debiera tener un respaldo, pero tal vez eso se puede lograr con un buen ministro de Cultura. Y no hablemos de la actual.


Gatti apaga el cigarro, se echa para atrás en la silla y comienza a hablar como si tuviera enfrente a la misma ministra Valdés:


—Si usted dice que un peso que se le da a la cultura es un peso que se les quita a los chilenos, entonces qué hace en ese cargo. ¡Váyase de ahí!

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