sábado, abril 20, 2019

Una esperada "Fuerza del destino"

Andrés Yaksic
Cultura
El Mercurio





El inicio de la temporada de ópera del Municipal de Santiago con una logradísima "Fuerza del destino" (en la versión habitual de 1869), es un gran acierto de programación, tanto por la enorme talla de la obra como por los sesenta años desde su última presentación en Chile. El régisseur Stefano Vizioli, en nueva producción para nuestro teatro, ha realizado un trabajo encomiable con ambos elencos y con las masas corales y de figurantes y bailarines -estos últimos en coreografías que sobrepasan ampliamente el nivel rudimentario que se nos suele presentar- y multiplica detalles que dan vida a la hiperromántica trama del duque de Rivas-Piave-Ghislanzoni, haciendo olvidar lo que a ojos contemporáneos sería truculencia. Vizioli lo explica como "un teatro de la vida", a menudo una vida cruel y grotesca. La dirección teatral integra el drama personal de los protagonistas con el frenesí de un mundo que alterna cruda violencia bélica con grotescas tabernas, lo trágico y lo cómico. Con los modelos de Shakespeare, Schiller y Victor Hugo en mente, así lo quiso Verdi, y su estructura dramático-musical mal pudo ser ignorada por Mussorgsky para sus "Boris Godunov" y "Khovanshina".

El escenógrafo Nicolás Boni aprovecha con ingenio el conocido recurso de un teatro a la italiana que en el escenario hace espejo a la sala real, y cuyas superpuestas líneas de palcos dan espacio para intervenciones de grupos y masas. Básicamente fijo durante toda la obra, ese marco se deteriora progresivamente a medida que las vidas y esperanzas de los protagonistas van siendo destruidas por el destino y la guerra. Notable es, por ejemplo, el efecto escénico del quiebre que separa parte del teatro antes de La Vergine degli Angeli , abriendo el camino de Leonora hacia la ermita. Pequeñas licencias respecto del libreto (Don Carlo hiere a Leonora y muere en escena; Preziosilla y toda la multitud son fulminados al término del III acto) no restan sino que añaden al drama. Complementan esta eficaz visualidad la iluminación (Ricardo Castro) y el minucioso y coherente vestuario (Monse Catalá). Así, en lo escénico, una propuesta que respeta el libreto pero se hace cargo de la modernidad merece el más amplio elogio.

En lo vocal el conjunto es sólido, y el coro estuvo a la altura de su gran preponderancia en esta obra. Las reservas recayeron principalmente en la Leonora de la soprano armenia Lilit Soghomonyan. Con un volumen limitado, una línea de canto algo plana, sin suficiente expresión ni matices, al proyectarse al agudo forte evidenciaba un marcado vibrato , particularmente en el primer y segundo acto. Mejoró en su desgarrador monólogo del cuarto acto. El tenor mexicano Héctor Sandoval, al parecer debutante en este rol, logró construir un convincente Don Álvaro, papel para el que escasean los titulares. Algo tenso inicialmente, se arrojó luego con aplomo a las incontables dificultades a partir del tercer acto. Correcto el Don Carlo de Vargas de Ricardo López, de una interpretación pareja. La mayor revelación fue el ucraniano Taras Berezhansky, un Padre Guardiano con voz de grano oscuro, esmalte sin melladura, calibre poderoso. Un placer escuchar sus descensos a los Fa grave que pide la partitura, no meramente rozados, sino prodigados con duradera soltura, todo ello unido a un desenvolvimiento actoral que transmite la nobleza y profundidad humana de un personaje de pocas aristas. Es de retener este nombre, que bien podría alcanzar una consagración de primer plano internacional. Patricio Sabaté acentuó la dimensión graciosa de Fray Melitone con una interpretación ágil en un papel de gran importancia para Verdi. Gran desempeño de Evelyn Ramírez como Preziosilla, pese a que su rol difícilmente brinda dividendos. Destacó la interpretación de Matías Moncada en los roles de alcalde y cirujano, y de Paola Rodríguez como Curra. Correcto el desempeño de Jaime Mondaca como Marqués de Calatrava y de Pablo Ortiz como Trabuco.

La dirección de Pedro Pablo Prudencio, si bien no se inflama con todos los cambiantes fuegos de esta partitura, mantiene la cohesión de una obra caleidoscópica, apoya con sabiduría a los solistas, y la Filarmónica y el coro lo siguen con confianza y sin percances.

La audacia del director general, Frédéric Chambert, al programar este título ha sido compensada. Ningún gustador de la ópera debe perderse esta producción valiosísima. No sabemos cuándo podrá el destino depararle otra Forza a Santiago.

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