domingo, abril 07, 2019

Las desconocidas historias de las mujeres que participaron en la Guerra del Pacífico

Nota de Purochilemusical: Si bien esta nota no se alinea completamente al objetivo de este blog, la he incorporado por dos puntos.
1. En ella se mencionan que un par de músicos de época.
2. Es interesante la nota en relación a la perspectiva de la participación femenina dentro de la Guerra del Pacífico.

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Matías Bakit y Josefina Ossandón
Reportajes
El Mercurio

No aparecieron en listados oficiales porque no se les permitía alistarse. Pero en archivos inéditos aparecen chilenas que como soldados, cantineras o enfermeras fueron heroínas y mártires.



"Señor Comandante de Armas: Al ver a mis compatriotas arrimados de un verdadero entusiasmo marcial, hoy que nuestra querida patria nos llama hacia sus filas para combatir a un enemigo extranjero, yo, como ciudadana chilena, no puedo menos que ofrecer mis débiles esfuerzos a favor de nuestra causa, impulsada por el mismo patriotismo. Así, deseo ingresar a las filas de la Guardia Nacional en la clase de cantinera. La pólvora y las balas no me asustan y bien podré cuidar a los heridos en medio del estruendo del combate. No quiero quedar desairada en mi justa petición, porque lo mismo puede servir a la patria una mujer que un hombre cuando no falta corazón y se tiene un sacrosanto amor a la patria".

La chilena Josefina Carvallo firmaba esas palabras en una carta a "El Mercurio" de Valparaíso, el 18 de marzo de 1879. Faltaba poco para que comenzara la Guerra del Pacífico.

Hoy, a 140 años del conflicto bélico, según los registros del Ejército, no hay certeza de la cantidad de mujeres que protagonizaron la Guerra del Pacífico, porque en un principio no se les quería permitir alistarse. Muchas lo hicieron de todas formas, ilegalmente, acompañando a sus maridos o padres. Nunca fueron registradas en las listas de los regimientos.

Finalmente, para algunas hubo permisos oficiales para acompañar a los destacamentos en labores domésticas, sanitarias y hospitalarias, lo que no fue obstáculo para que varias se destacaran por sus acciones de guerra.

"La mujer chilena estuvo presente en todo el conflicto. Alcanzó, al igual que los hombres, grados militares y medallas, ganadas a fuerza de heroísmo y sacrificio", explica el exprefecto de la PDI Gilberto Loch, quien como director ejecutivo del Centro de Estudios Históricos Forenses encabeza una investigación llamada "Las heroínas olvidadas de la guerra".

La prohibición

La historia de las mujeres en la Guerra del Pacífico comenzó con una prohibición. Un no rotundo, del cual hay registro: "El buen servicio público exige que al emprender su marcha los contingentes de tropas de las provincias o departamentos de la república, con destino al ejército expedicionario del norte, no sean acompañados por mujeres, porque además, del mayor gasto que originan, entorpecen el movimiento de la tropa y la rápida ejecución de las órdenes superiores", escribía, el 14 de junio de 1879, el ministro de Guerra, General Basilio Urrutia, en una comunicación oficial al gobierno de la época.

Su deseo sería confirmado el 5 de agosto. "No conviene, en punto de vista general, la presencia de las mujeres en los ejércitos en campaña, por las perturbaciones que ocasionan entre los soldados y embarazo en las marchas del ejército. (...) La presencia de las mujeres en nuestro ejército del norte, además de ser un embarazo, debe constituir una disminución efectiva de la alimentación y del agua de los soldados que, naturalmente, tendrán que compartir con ellas las raciones recibidas, a no ser que la comisaría consultara estas raciones, lo que aumentaría los gastos", se publicó en el Diario Oficial.

En otro párrafo, se detallaba la única excepción: "Solo para ayuda de los enfermeros y los preparadores del rancho, podrán permitirse en cada regimiento dos mujeres de moralidad reconocida, para que marchen con el ejército, y cuyas raciones de agua y alimento deberán ser consultadas por la comisaría respectiva".

Sin embargo, poco a poco se fueron ganando un lugar, siendo aceptadas por los oficiales de mayor rango como ayudantes, enfermeras y cocineras, según relata Soledad González, coordinadora de Historia del Museo Histórico Militar.

Muchas de sus historias se perdieron. Pero otras fueron recogidas por testigos y compañeros de armas.

Soldado por venganza

Una de las más destacadas cantineras de la Guerra del Pacífico fue Irene Morales Infante, nacida en la Chimba (actual Recoleta) y radicada en Valparaíso desde los 13 años. En esa ciudad, Morales se casó y luego enviudó, tras lo cual se mudó a Antofagasta, en ese tiempo Bolivia. Ahí conoció, en 1877, a Santiago Pizarro, un músico chileno. Un año después, enviudaría de nuevo. Los registros del Ejército cuentan que Pizarro tuvo una riña con un soldado boliviano a quien dio muerte. Tras eso, fue fusilado en la pampa.

Cuentan que, en ese mes de septiembre de 1878, la chilena "juró venganza" y se transformó en una de las principales activistas chilenas de Antofagasta. "Irene fue parte de la destrucción de numerosos símbolos bolivianos que había en la ciudad", dice el informe del "Centro de Estudios Históricos Forenses".

Morales se disfrazó de soldado para poder integrarse al 3° de Línea. Así peleó en la batalla de Dolores. Ya como "cantinera", Morales participó en las campañas de Los Ángeles, Arica, Chorrillos y Miraflores, la mayoría de las veces como enfermera y acompañando a los moribundos. Según las crónicas, la apodaron "el ángel de la caridad".

Tras la guerra, volvió a Santiago, siendo su labor reconocida al grado que, hasta hoy, una de las calles aledañas al Parque Forestal lleva su nombre. Falleció de pulmonía, a los 26 años, en una sala común del Hospital San Francisco de Borja, en 1890.

La madrecita del Atacama

La copiapina Filomena Valenzuela Goyenechea tenía 31 años cuando decidió alistarse, como cantinera, en el Batallón Atacama siguiendo a su marido, quien era director de la banda del regimiento.

Según los archivos del Ejército, su primera batalla fue en 1879, en el desembarco en Pisagua, donde fue una de las primeras en pisar la playa junto a las tropas, acompañándolos para darles agua y auxiliar a los heridos.

Más tarde llegaría la acción donde se hizo célebre en el combate de Los Ángeles, en el que el batallón Atacama debió escalar un desfiladero casi vertical. Una de las primeras en llegar a la cima, empuñando un fúsil pese a estar herida de bala, fue Valenzuela. "Su hazaña fue tan aplaudida que el general Baquedano la invistió como subteniente", dice el informe de Loch.

Otra de las anécdotas recopiladas sobre ella es que evitó que las tropas chilenas, en un momento de furia, tomaran represalias contra las casas tacneñas. Haciendo valer su grado, desenvainó su espada y alejó a los soldados.

Fue apodada "la madrecita del Atacama".

La espada legendaria

"¡Viva Chile! Sobre esta espada, que nunca jamás Chile sea vencido". Dice la leyenda que son las palabras que Juana López grabó en la espada que se hizo conocida por empuñar durante la guerra.

Porteña, nacida en 1845, Juana López fue parte del 2° Regimiento movilizado "Valparaíso", mientras su marido y sus tres hijos fueron repartidos en otras unidades. Todos murieron en la guerra. Sin embargo, ella decidió quedarse hasta el final, participando en las acciones bélicas de Antofagasta, Pisagua, San Francisco, Tacna, Chorrillos y Miraflores.

Fue en esta última batalla en la que, dicen las crónicas, entró a Lima, con el ejército chileno, llevando la espada de un oficial enemigo.

En la primera línea

Dolores Rodríguez estaba en Antofagasta cuando comenzó la guerra y su marido, Lorenzo Sánchez, debió alistarse en el 2º de Línea. Según las historias, ella lo acompañó, marchando a pie hasta a Mejillones y luego embarcándose hasta Pisagua.

Fue en Tarapacá, sin embargo, donde se hizo célebre. En esa batalla, perdida por el ejército chileno, Dolores Rodríguez lo vio morir. En ese momento, según las crónicas, ella decidió tomar el fusil y defender las líneas, peleando hasta que ella misma fue herida de bala en una pierna. Pese a esto, fue una de las más resistentes en la marcha de retirada entre Tarapacá y Agua Santa.

En los archivos del Ejército se relata que, cuando los generales la vieron llegar, la nombraron sargento al instante.

Un caso similar fue el de Carmen Vilches quien, según la recopilación de Gilberto Loch, fue una de las primeras en llegar a la cima en el combate de Los Ángeles, donde se batió con los soldados peruanos con un arrojo que le valió un informe de su comandante al general Manuel Baquedano.

"Creo un deber de mi parte hacer presente a UD. que los méritos de la cantinera Carmen Vilches, dando agua y atendiendo a los que caían rendidos, como igualmente peleando en el asalto de la cuesta de Los Ángeles con su rifle e infundiendo ánimo a la tropa con su presencia y singular arrojo, obligan nuestra gratitud", escribió el comandante Juan Martínez.

Las mártires

Así como no se sabe con certeza cuántas chilenas pelearon en la Guerra del Pacífico, tampoco se sabe cuántas lograron regresar. Varias murieron en los campos de batalla del norte.

Fue el caso de Leonor Solar, Rosa Ramírez y Susana Montenegro, quienes fallecieron en la batalla de Tarapacá, junto a otros 513 chilenos.

Las tres eran cantineras del 2º de Línea, enfermeras de la tropa y ayudantes del comandante del regimiento, Eleuterio Ramírez. Según los partes de guerra, cuando Ramírez fue herido y se parapetó en una casa del poblado, las tres mujeres se negaron a alejarse de su lado, defendiéndolo incluso horas después de su muerte.

Sobrevivientes de la batalla cuentan que Solar, Ramírez y Montenegro se defendieron con cuchillos, hasta que los enemigos les dieron muerte.

Vuelta a la realidad

"Soy la cantinera del regimiento segundo de línea, María Quiteria Ramírez. En octubre de 1879 embarqué para Antofagasta y el 14 del mismo mes, después de una entrevista con el valiente comandante, don Eleuterio Ramírez, fui aceptada y me incorporé como primera cantinera. Poco después pasamos a la toma de Pisagua. En este lugar el comandante Ramírez me expresó que tan luego como se pasase revista se determinaría el sueldo que me correspondería por la plaza que ocupaba en el Ejército, pero la revista no se llevó a efecto porque marchamos inmediatamente al campo de Dolores. Regresé a Chile el 14 de marzo de 1881. Vengo ahora, sr, en solicitar los sueldos y recompensas en que puedo ser acreedora y suplico a usía que pida informe a los jefes de regimiento, Mi coronel Miguel Arrate, mi Mayor, sr don Pedro Nolasco del Canto. Quedaré eternamente agradecida de cuanto se haga por mí, viviendo hoy, en la mayor indigencia".

Esta carta, encontrada en los archivos del Ejército, refleja las penurias que pasaron las mujeres una vez que concluyó el conflicto debido a que nunca se las inscribió en las listas de lo regimientos y, muchas veces, tampoco se les pagó un sueldo. Recién en 1906 se abrió un proceso para pagar las indemnizaciones a los veteranos y veteranas que correspondiera. Entre los papeles, hay uno que llama la atención: uno de los reclamos por sus servicios en la guerra es de la cantinera del Regimiento Atacama, María Rojas Jeria. Para esto, el Ejército abrió un sumario, donde se descubrió que María Rojas sí estaba en los registros del batallón, pero inscrita como hombre: era Pedro Rojas Moya.


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