jueves, marzo 28, 2019

“La musicología chilena lo ha puesto en un lugar muy pequeño porque no lo conocen”: dimensionando la figura de Carlos Isamitt

La Tercera

Descubrió a la folclorista Margot Loyola, fue un activo participante del quehacer artístico del siglo pasado y artífice, entre otros asuntos, de la investigación de la música de los pueblos originarios. Hoy, el trabajo recopilatorio de un musicólogo chileno podría ubicarlo como el primer dodecafonista latinoamericano. Acá repasamos la historia del Premio Nacional de Artes Musicales de 1965.

Por Felipe Rojas

“El ser humano, sensible e introspectivo; la naturaleza fragante, sonora, plena de poesía; la juventud y la niñez, a quienes dedica sus mejores páginas; la música aborigen de Chile y, por último, la música del folklore nacional”. Así Historia de la música en Chile relataba sobre las cinco fuentes de inspiración de Carlos Isamitt, figura clave de la música chilena en la primera mitad del siglo XX.

Nacido el 13 de marzo de 1887 en Rengo y de madre arpista, Isamitt comenzó desde temprana edad a adentrarse en el mundo de la música. A ello, se le sumó su pasión por pintar y su incursión en el mundo de la pedagogía. Todos ellos convergerían más adelante para dar grandes frutos al arte chileno.

“El caso de Isamitt en Chile es único. Es de mucha complejidad poder comprender la dimensión de su figura”, cuenta de entrada Freddy Chávez Cancino, profesor del Departamento de Música de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE), quien se ha dedicado a investigar al músico, además de ser el curador de su archivo (en palabras más simples, es el encargado de preservar y restaurar su obra). Como tal, una de sus conclusiones ha sido que “la musicología chilena, a mi entender, lo recortado a ponerlo en un lugar muy específico y muy pequeño porque no lo conocen”.

Entonces, ¿cómo podemos dimensionar la trascendencia de quien logró el Premio Nacional de Arte mención música en 1965? Acá una aproximación a ello.

Los inicios de Carlos

Ya a los cinco años, Isamitt comenzó su aprendizaje como intérprete de violín. Años después, en 1899, el violinista italiano Saint Lo Priore fue su tutor y en 1903 empezó sus estudios de armonía, composición y contrapunto en el Conservatorio Nacional de Música. En ese mismo año y por otra parte, recibió el título de profesor.

Ya llegando 1910, el joven músico tuvo vínculos con dos personas claves en su vida: Pedro Humberto Allende y Alfonso Leng, dos futuros Premios Nacional de Arte mención Música. En 1966, en una entrevista realizada por la Revista Musical Chilena, Isamitt recordó un episodio junto a Leng, quien tocó las “Doloras” para él. “La dignidad y fuerza expresiva de esas joyas pianísticas creó en mí el deseo de superarme”, relató.

Luis Merino, musicólogo y docente de profesor titular de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile -quien por sus aportes al ámbito cultural recibió el Premio Bicentenario en 2004-, aprovecha de repasar la influencia de Pedro Humberto. “Cabe señalar que Allende fue un pionero de los estudios acerca de la cultura del pueblo mapuche, para lo cual realizó viajes de terreno en las entonces regiones de Nueva Imperial, Boroa y Lepe. Gracias a Allende además es que se conservan grabaciones fonográficas de música mapuche realizadas a mediados de la segunda década del siglo XX, conservadas en museos etnográficos de Europa y América”, afirma Merino.

En paralelo a su aprendizaje musical, a inicios del nuevo siglo comenzó sus estudios plásticos en la Escuela de Bellas Artes, los que concluyó en 1917. Durante ese tiempo, se dedicó a recorrer el sur de Chile (en donde conoció y compartió con Gabriela Mistral), realizando sus primeras aproximaciones al mundo investigativo, el cual sería punto clave de su carrera como artista. Freddy Chávez asegura al respecto que los viajes de aquella época tenían como finalidad “la enseñanza de la plástica en Chile desde los elementos populares, criollos e indígenas”.

Cabe destacar que además de estudiar, en la década del ’20 fue profesor y director de la Escuela de Bellas Artes, dirigiendo también el Museo de Bellas Artes en 1927 y 1928. A su vez, fue parte de la Superintendencia de Educación en aquella época.

“Es el primero en entender que la cultura mapuche es una cultura propia”

Uno de los puntos más relevantes de la carrera de Isamitt está vinculado a la investigación y preservación de la música indígena, la cual, de acuerdo a la mayoría de la documentación disponible, tuvo su punto de partida en el vínculo que formó con el compositor y musicólogo chileno Carlos Lavín, a quien conoció a mediados de la década de 1920 en Francia.

En el pasado, Lavín guardó registro de la poca bibliografía dedicada a la cultura araucana en la Biblioteca Nacional y el Archivo Histórico Nacional, para luego buscar contrarrestar este panorama estudiando la música indígena y dejar legado en el área, según asegura otra edición de la misma revista, publicada en 1967.

Sin embargo, Chávez atenúa cómo se ha interpretado este nexo entre ambos, afirmando que Isamitt, en múltiples cartas y misivas, contaba sobre la impresión que le generaba la dedicación de Lavín de seguir estudiando a los mapuches, incluso desde el extranjero, pero que su interés en el área investigativa venía de mucho antes.

¿Qué fue lo que vino después? Consigo su retorno a Chile, tuvo un trabajo arduo de años, el que abarcó gran parte de la década del ’30 y que el mismo Carlos Isamitt relató a la Revista Musical Chilena:

Siete años consecutivos viví entre los araucanos. Durante siete meses del año realizaba trabajos de campo, estudiaba el idioma y ligaba amistad con los araucanos. No obstante, antes de cuatro meses de permanencia entre ellos, no pude recoger absolutamente nada. Obligadamente tenía que limitarme a observar su manera de vivir, estudiar su psicología y los distintos aspectos de su cultura. Después de largo tiempo logré iniciar la recolección musical. El araucano no da sus canciones con facilidad porque tiene la superstición de que al hacerlo pierde sus poderes espirituales. No obstante, un día logré convencer a una mujer que un Machi me había autorizado para pedirle a ella una canción de cuna. La estaba engañando, pero gané la partida. Desde ese momento nunca más volví a enfrentarme a dificultades. Todos querían cantarme sus canciones.

“Es el primero capaz de reconocer e instalar, en el caso del ‘Friso araucano’ del año 1931, la música de ‘las bestias’ en el lugar del salón de la música”, comenta Freddy Chávez para dimensionar la trascendencia de la tarea de Isamitt en el sur de Chile. Eso sí, es de las pocas obras suyas que ha circulado continuamente. “Otras importantes obras también vinculadas al pueblo mapuche, han circulado con una frecuencia menor, que no guarda relación con su valor”, añade Luis Merino, aprovechando de destacar “Cinco cantos huilliches”, “Cantos araucanos” y “Lautaro”.

Los primeros adelantos de su investigación en terreno los publicó en la revista Aulos, en octubre de 1932. Ahí aseguraba que “medio año de rebuscas entre los araucanos me permite el atrevimiento de expresar, en contra de la opinión negativa vulgarizada, que en ese pueblo hay un material folklórico de gran riqueza y de condiciones artísticas diferenciales, dignas de toda atención, tanto por su valor intrínseco, como por las proyecciones que de él podrían derivarse”.

En aquella misma publicación, que lleva por nombre apuntes sobre nuestro folklore musical, Isamitt detallaba sobre las manifestaciones del mapuche en su cotidianidad. “Para cada circunstancia de la vida individual o colectiva, el araucano tiene canciones o trozos musicales de originalidad sorprendente. Esta riqueza artística musical, que evidencia facultades creadoras desarrolladas, es superior a la que puede ofrecernos el resto de nuestro pueblo”, escribió. Así, sumó cantos para hacer dormir a los niños (ulmaq ül Pichichen), para espantar a los espíritus (amul Püllün) y el de las mujeres al realizar tareas cotidianas (llamecan), por mencionar algunos.

“Isamitt es el primer etnomusicólogo chileno, con los principios musicológicos, cuando ni siquiera existía la palabra etnomusicología. El concepto como tal aparece en los años ’50 y esto lo está haciendo el año ’30. Es, bajo toda orden de estudio, un pionero”, asegura Chávez, añadiendo que Isamitt incluso tiene en sus escritos anotaciones sobre todas las combinaciones de frutos con hojas para obtener los colores con que teñían la lana los mapuches, demostrando de paso que su recolección de información trascendía el arte.

En la misma línea, Jorge Martínez, magíster en Musicología y profesor titular de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, añade que en el campo de la etnomusicología chilena Isamitt con Lavín son los primeros, pero que la “mirada eurocéntrica” sigue presente. “Por ejemplo, lo que hace Isamitt es anotar o transcribir los cantos mapuches y la música mapuche en el lenguaje pentatónico occidental y eso es un error. Yo diría que la música escrita, llamémosle ‘académica’, no opera según los mismos parámetros que la música mapuche”, cuenta.

Eso sí, Martínez rescata que los aportes de Isamitt le fijan “un cable a tierra a la música chilena académica, la que tendía un poco a ser una copia del modelo europeo”, añadiendo que “es un compositor de bastante calidad y es el primero en entender que la cultura mapuche es una cultura propia, de gran complejidad, que hay que respetar y considerarla como tal”.

Pionero del dodecafonismo en Latinoamérica

Antes de comenzar a hablar del término, es necesario aclarar qué significa. El dodecafonismo es un sistema tonal creado por el teórico musical y compositor austriaco Arnold Schönberg (1874-1951), el cual usa las doce notas (naturales y sostenidas, también conocida como escala cromática), pero omitiendo una jerarquización de estas, como sucede con las escalas del sistema de mayores-menores.

Volviendo a Isamitt, Chávez asegura que ha dado con algunos hallazgos al respecto, los cuales reformularían la historia musical latinoamericana. “Yo encontré ahora partituras del año ’30 que ya usan el sistema dodecafónico y que se estarían adelantando al primer dodecafonista latinoamericano que ya estaba constituido, que es Juan Carlos Paz (de Argentina)”, afirma el profesor, quien añade que debe ceñirse a normas protocolares al momento de enunciar ello, ya que “si yo digo que es el primero, lo cierro. Pero yo digo ‘hasta ahora podríamos considerar, a la luz de las obras encontradas en su archivo, como la obra Suite -del año 1932, ejecutada en 1936- como la primera dodecafónica en Chile y posiblemente en Latinoamérica'”.

Una de las obras del compositor en que recurre al dodecafonismo es “Tres Pastorales”, subida este mes en el canal Fundación Carlos Isamitt en YouTube y obtenida del álbum Dúos para violín y piano (2017), trabajado por Dionis Isamitt (hijo de Carlos) y el mismo Freddy Chávez.

Margot Loyola

Todo parte en Curacaví, al iniciar la década del ’40. Ahí, las hermanas Estela y Margot Loyola formaron un dúo, presentándose en el teatro de la ciudad y, dada la calidad musical de ambas, llegaron hasta un programa de la Radio del Pacífico en Santiago, teniendo shows también en rodeos de Rancagua y Osorno. Luego de algunas incursiones con las hermanas Cabrera (con quienes formaron el cuarteto Las criollitas) y presentaciones en regiones, vino el punto de inflexión en la carrera de ambas, especialmente de Margot.

“Mi madre había comprado la farmacia Venus, en la Calle Santos Dumont. Un día llegó hasta ahí un señor precioso con un sombrero muy alón: Don Carlos Isamitt, acompañado de otro señor, Carlos Lavín ¡a escucharnos, nada menos! No tenía la menor idea de quiénes eran ni lo que iba a pasar. Nos oyeron cantar y dijeron: ‘sí, estas niñas nos sirven’. Nos llevaron al Instituto de Investigaciones del Folklore Musical de la Universidad de Chile —mire usted la suerte—, y empezaron a orientarnos. Ahí conocí a Pablo Garrido, a Eugenio Pereira Salas, y tanta gente importante”, contaba la folclorista en entrevista realizada por Agustín Ruiz Zamora, publicada por la Revista Musical Chilena en 1995.

El nexo derivó además en un desarrollo artístico para Loyola, quien incorporó canciones mapuches y pascuenses a su repertorio, además de viajar a países como Argentina y Uruguay en donde presentó su trabajo.

Eso sí, hubo diferencias, según cuenta Freddy Chávez: la folclorista “le solicitó cantos mapuches a Carlos Isamit, que accedió a enseñarle algunos, no todos, pero en algún momento no quiso seguir pasando más material de lo que él había recopilado, porque él sentía que no era algo de él”. Aquello derivó en un distanciamiento de Loyola. Sin embargo, ella no dejó de reconocer a Isamitt como un pilar en su carrera.

Cosas del destino siguieron deparándoles destinos similares: en 1965 Isamitt recibió el Premio Nacional de Arte -mención música-, condecoración que también obtuvo Margot Loyola en 1994 (dos años antes cambió de nombre a Premio Nacional de Artes Musicales), siendo de paso la primera mujer y la primera representante de la música popular en lograr el reconocimiento.

Hallazgos

Una de las grandes diferencias de la obra de Carlos Isamitt en relación a otros artistas es que su archivo nunca fue donado ni transcrito. Su familia lo preserva hasta el día de hoy. En él hay cartas, partituras, pinturas y anotaciones a las que Freddy Chávez accedió.

“Me llamó mucho la atención que la Musicología chilena nunca haya ido a buscarlo”, cuenta el docente, quien asegura que lanzará un libro sobre el compositor -el cual pasa por últimas revisiones- dentro de los próximos meses.

Además de ello, cuenta que gracias al contacto que generó con los hijos de Isamitt pudo aumentar la cantidad de obras catalogadas del compositor, publicando algunas en lanzamientos discográficos y otras en presentaciones junto a orquestas chilenas. De ellas, afirma que espera -a medida de que sean grabadas- subirlas progresivamente a YouTube.

Casi al terminar la conversación con Freddy Chávez, aprovecha de deslizar algo que ha descubierto en sus investigaciones. “Poco se conocen también las visitas que hacía Violeta Parra a la casa de Carlos Isamitt. Eso no se sabe nada, pero fue varias veces”, dice. “¿Eso va a salir igual en algún trabajo tuyo?”, le preguntamos de vuelta. “En algún momento”, cierra con una sonrisa.

Mi vida no tiene más que una finalidad y un imperativo: el afán de perfeccionamiento, porque esa es la única ruta digna del hombre. La experiencia me ha enseñado que no podemos ni dar ni recibir felicidad, pero podemos crearla. Creo firmemente en la felicidad de crear nuestra propia vida. Como conozco el dolor del hombre y me duele, me acerqué a él; eso fue lo que me impulsó primordialmente hacia el araucano y hacia cada ser humano. Defender a los semejantes también es creación – Carlos Isamitt para Revista Musical Chilena, 1966.

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